Escribo crónicas porque nunca aprendí a mirar las cosas
desde afuera.
Cuando algo me interesa, me meto.
Cuando algo me molesta, también.
Y cuando algo me conmueve, peor todavía.
No sé escribir como si estuviera detrás de un vidrio,
tomando distancia de aquello que sucede. En mis textos siempre termino
apareciendo yo: con mis obsesiones, mis recuerdos, mis contradicciones, mis
lecturas, mis películas, mi música, mis manías y esa costumbre bastante poco
saludable de encontrarle una historia a casi cualquier cosa.
Una crónica no empieza necesariamente cuando sucede algo.
Puede empezar mucho antes: en una caminata, en una conversación, en una canción
que suena en la cabeza, en una vieja película, en un recuerdo que aparece
cuando menos corresponde.
No me interesa escribir: "El cine estaba lleno."
Me interesa escribir: "Yo estaba en la fila del cine
contando las monedas como un ludópata en abstinencia mientras la inflación me
respiraba en la nuca."
Porque si yo no soy afectado por aquello que estoy
contando, ¿qué sentido tiene que lo cuente?
No creo demasiado en la objetividad periodística.
Creo en la honestidad de la mirada.
Yo no puedo prometerle al lector que voy a contar las
cosas exactamente como sucedieron. Puedo prometerle algo distinto: que voy a
contar cómo las viví.
Y esa diferencia, para mí, es fundamental.
Puedo exagerar una escena, deformarla, llevarla hasta el
borde del absurdo. Puedo convertir una espera de veinte minutos en una
eternidad, a un empleado malhumorado en un burócrata del infierno o a una tarde
cualquiera en el comienzo del Apocalipsis.
Pero hay algo que intento no traicionar: la verdad
emocional de lo que estoy contando.
Porque para mí no importa tanto que una escena sea
literalmente exacta.
Importa que se sienta real.
En mis crónicas no soy un observador neutral.
Soy parte del problema.
Si voy al cine, está mi película, pero también está mi
memoria del cine.
Si hablo de un libro, aparece el libro, pero también
aparece el lector que fui cuando lo descubrí.
Si escucho una canción, nunca escucho solamente una
canción: aparecen los años, las personas, los lugares, las noches.
No quiero cerrar una historia. Quiero dejar una herida
abierta.
No me interesa que todo sea literal. Me interesa que se
sienta real.
Porque al final de cuentas, quizás escribir una crónica
sea solamente eso: meterse en el mundo hasta ensuciarse las manos y después
contar cómo quedó la sangre.
Esto no son textos objetivos. Tampoco pretenden serlo.
Es una mirada. Es una confesión. Es una exageración. Es
una experiencia. Y si alguna parte no sucedió exactamente así: mejor.
Porque lo importante no es que haya ocurrido
literalmente. Lo importante es que, mientras lo leías, vos también hayas estado
ahí.