Los barcos que uno quema

En ciertos momentos de la vida uno cree que los barcos existen para llevarnos a alguna parte. Después uno aprende. Aprende que algunos barcos no llevan a ningún puerto. Que algunos naufragan antes de abandonar la costa. Que otros permanecen amarrados durante años, llenándose de polvo, de humedad, de recuerdos que nadie se atreve a tirar.
Y aprende también que hay momentos en los que la única manera de seguir adelante es quemarlos.
No hablo de grandes gestas. No hay música épica ni horizonte naranja. Nadie toca una campana mientras uno se aleja heroicamente hacia un destino desconocido. La mayoría de las veces sucede en silencio, una noche cualquiera, sentado frente a una computadora, con un vaso al lado y demasiadas cosas dando vueltas en la cabeza.
Uno entiende que ya no puede volver.
Entonces prende fuego.
Quizás por eso, cuando pienso en los barcos, inevitablemente vuelvo a un libro mío: Naves de fuego.

Lo escribí hace años, cuando todavía no sabía que algunas cosas que uno garabatea terminan convirtiéndose en una especie de profecía personal.
Uno escribe sobre el fuego creyendo que habla de otra cosa. Después pasa el tiempo y descubre que estaba hablando de sí mismo.
He quemado algunos barcos. No todos de una vez. La vida no funciona con esa prolijidad. Algunos se fueron incendiando lentamente, durante años. Otros ardieron de golpe, después de una despedida, una decepción, una muerte, un amor terminado o simplemente después de descubrir que ya no quería regresar al lugar del que tanto había intentado escapar.
A veces quemo barcos por cansancio. A veces por orgullo. A veces porque me cansé de esperar que alguien viniera a rescatarme de un naufragio que, para ser sincero, yo mismo había provocado.
También he quemado algunos por amor. Esos son los que más humo hacen. Después queda el muelle. El maldito muelle.
Uno permanece ahí mirando las llamas, preguntándose si realmente era necesario. Y durante unos minutos aparece esa vieja tentación humana de arrepentirse. Pensar que quizá hubiera sido mejor conservar una pequeña embarcación, una chalupa miserable, algo que permitiera regresar cuando la nostalgia se pusiera insoportable. Pero no.
Hay regresos que son solamente otra forma de hundirse. Así que uno se queda. Con los libros. Con las canciones. Con las personas que todavía están. Con los muertos, que son una manera bastante particular de compañía. Con los recuerdos que aparecen sin pedir permiso mientras uno prepara un café, escucha un disco o encuentra una fotografía vieja entre papeles que debería haber tirado hace veinte años. Con los fantasmas y los monstruos que uno carga. Y sigue.
No necesariamente hacia adelante. A veces simplemente sigue. Que ya es bastante.
Porque hay una mentira que nos contaron durante demasiado tiempo: que vivir consiste en avanzar, conquistar, llegar, triunfar. Tal vez vivir consista en otra cosa.
Tal vez consista en aprender qué cosas no queremos volver a ser. Qué puertas no vamos a abrir. Qué barcos no vamos a reconstruir. Yo ya quemé unos cuantos. Y todavía conservo algunas cenizas en los bolsillos. No me molestan. Me recuerdan que alguna vez tuve miedo de saltar. Y que, finalmente, salté. Aunque abajo no hubiera agua.
Aunque no hubiera puerto. Aunque nadie estuviera esperando.
A veces uno quema el barco no para llegar a ninguna parte, sino para asegurarse de que ya no puede volver.
Hay una historia que todos conocemos: Hernán Cortés llegando a México y quemando sus barcos para que sus hombres comprendieran que ya no había regreso.
La historia es probablemente más compleja que la leyenda. Los barcos no fueron simplemente reducidos a cenizas, como suele contarse. Fueron inutilizados.
Pero poco importa. Las leyendas no sobreviven porque sean exactas.
Sobreviven porque encuentran una manera de decir algo que nosotros necesitamos escuchar.
Entonces recuerdo aquel título: Naves de fuego. Quizá no hablaba de barcos.
Quizá hablaba de mí, de nosotros. De esa obstinación absurda de seguir navegando incluso cuando sabemos que el mapa está equivocado. De incendiar lo que dejamos atrás para no convertir el pasado en una casa donde pasar el resto de la vida.
Hoy, después de tantos años, sigo escribiendo. Sigo acumulando libros, discos, recuerdos y ruinas. Sigo mirando de vez en cuando hacia atrás. Pero ya no espero encontrar el barco. Sé que algunas cosas tienen que arder para que uno pueda seguir caminando. Y quizá escribir sea justamente eso: dejar constancia del incendio antes de que llegue la noche y no quede otra cosa que humo. Porque al final uno descubre que nunca se trató de encontrar un puerto. Se trataba de aprender a vivir después de haber quemado los barcos.
