No fotografío paisajes. Fotografío aquello que queda
cuando la gente deja de mirar. Una calle de tierra puede ser un desierto. Un
automóvil oxidado puede conservar más memoria que un monumento. Dos muchachas
caminando de espaldas pueden contar una historia que ningún rostro revelaría.
Un pájaro cruzando el cielo dura apenas un segundo, pero su sombra permanece
mucho más tiempo en quien lo vio. El blanco y negro no elimina el color:
elimina el ruido. Obliga a detenerse en las formas, en las texturas, en la luz,
en el silencio. Devuelve a las cosas una gravedad que el exceso de imágenes
cotidianas suele ocultar. Estas fotografías no intentan demostrar nada. Son
fragmentos de un territorio íntimo. Caminatas sin destino, tardes donde la luz
decidió detenerse unos minutos, objetos que resisten el paso del tiempo,
personas que aparecen apenas como un eco dentro del paisaje. Fotografiar es una
forma de escribir sin palabras. Cada imagen es una página arrancada de un
diario que nunca fue escrito. Quizá por eso vuelvo siempre a los mismos
caminos, a las mismas nubes, a las mismas ruinas. Porque el mundo cambia
demasiado rápido y la fotografía todavía conserva la posibilidad de escuchar lo
que permanece inmóvil. Este álbum no busca respuestas. Sólo invita a caminar despacio.
Porque a veces la belleza no está en lo extraordinario, sino en aquello que
casi todos pasan de largo.