En Blanco y Negro La persistencia de la mirada

No fotografío paisajes. Fotografío aquello que queda cuando la gente deja de mirar. Una calle de tierra puede ser un desierto. Un automóvil oxidado puede conservar más memoria que un monumento. Dos muchachas caminando de espaldas pueden contar una historia que ningún rostro revelaría. Un pájaro cruzando el cielo dura apenas un segundo, pero su sombra permanece mucho más tiempo en quien lo vio. El blanco y negro no elimina el color: elimina el ruido. Obliga a detenerse en las formas, en las texturas, en la luz, en el silencio. Devuelve a las cosas una gravedad que el exceso de imágenes cotidianas suele ocultar. Estas fotografías no intentan demostrar nada. Son fragmentos de un territorio íntimo. Caminatas sin destino, tardes donde la luz decidió detenerse unos minutos, objetos que resisten el paso del tiempo, personas que aparecen apenas como un eco dentro del paisaje. Fotografiar es una forma de escribir sin palabras. Cada imagen es una página arrancada de un diario que nunca fue escrito. Quizá por eso vuelvo siempre a los mismos caminos, a las mismas nubes, a las mismas ruinas. Porque el mundo cambia demasiado rápido y la fotografía todavía conserva la posibilidad de escuchar lo que permanece inmóvil. Este álbum no busca respuestas. Sólo invita a caminar despacio. Porque a veces la belleza no está en lo extraordinario, sino en aquello que casi todos pasan de largo.

Hay algo profundamente borgiano y cercano a Mark Fisher en esta imagen: la belleza que persiste cuando la vida comienza a retirarse, como si el tiempo también fuera un artista. Una rosa marchita ya no promete nada. Y, sin embargo, ahí está, sosteniendo su última forma, convirtiendo la decadencia en una manera de permanecer. Porque quizá la belleza...