“Crónicas del Desvelo”

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Crónicas urbanas, memoria, cultura y pensamiento al borde de la madrugada.
Una mirada íntima y crítica sobre la ciudad, el arte, la política, la literatura y las pequeñas fisuras de la vida cotidiana.
Textos escritos desde el insomnio, la observación y la sospecha de que la realidad nunca es del todo lo que aparenta.
Porque a veces hay que mirar más allá de lo evidente para entender qué nos pasa, qué nos duele y qué mundo estamos construyendo.
"Crónicas del Desvelo" es un espacio de escritura y reflexión donde conviven la crónica gonzo, el ensayo, la observación urbana y la memoria personal.
Un recorrido por la cultura contemporánea, los conflictos sociales, las obsesiones políticas, el arte, la economía y las emociones que atraviesan nuestra época.
Aquí la ciudad no aparece como postal turística, sino como territorio vivo: calles, bares, bibliotecas, cuerpos cansados, conversaciones nocturnas, luces de neón, ruinas afectivas y pensamientos que no dejan dormir.
Porque escribir también es una forma de resistir al olvido.
Halls Negras en Barrio Parque
Ya sé que tengo hábitos extraños. Pero también sé que la gente socialmente adaptable tiene costumbres que nadie cuestiona. Por ejemplo, pagar dinero para subirse a una máquina que los deja cabeza abajo durante dos minutos y luego bajarse sonriendo. O soplar una torta llena de fuego una vez al año mientras todos alrededor cantan la misma canción. O triturar granos tostados, echarles agua hirviendo encima y depender de eso para poder hablar con otros seres humanos. O ponerse un pedazo de tela anudado al cuello cuando quieren parecer más importantes. Y ni hablar de tomar una semilla encerrada en una cáscara durísima, golpearla con una herramienta diseñada para clavar clavos y comérsela después. A eso lo llaman algo completamente normal.
La gente normal es muy extraña cuando uno la mira de cerca. Estas situaciones parecen completamente corrientes. En cambio, caminar solo escuchando discos viejos y observando carteles absurdos convierte a cualquiera en un sospechoso.
La gente normal es muy hostil.
Salí a caminar por el barrio con "Random Access Memories" de Daft Punk sonando en los auriculares. Todavía me cuesta aceptar que se hayan separado. Quizás algún día los volvamos a ver, sin cascos, convertidos en simples mortales. El disco me lo hizo escuchar mi hija Azul Brisa allá por el año del señor de 2013, cuando todavía algunas cosas parecían destinadas a durar para siempre.
Caminar es una forma elegante de perder el tiempo. También es una manera de espiar la realidad.
A veces me siento como el oscuro pasajero de las novelas de Jeff Lindsay. Otras veces como Holden Caulfield observando el desfile interminable de farsantes. Y muchas veces uso la ironía porque las normas de convivencia me impiden otras alternativas más ruidosas.
Así que camino. Salgo a ver qué pasa en el barrio. Y en el corazón de Barrio Parque encontré esto.
Una puerta cualquiera. Un negocio cualquiera. Un mural improvisado de bicicleta pintado en blanco y negro. Y sobre esa escenografía doméstica, dos carteles escritos a mano que parecían redactados por un surrealista en crisis.
El primero ofrecía cepillos dentales descartables y enjuague bucal.
El segundo anunciaba, con la solemnidad de un decreto presidencial: "Tenemos Halls negras (para sexo oral)".
Nada más. Ninguna explicación. Ningún contexto. Ninguna vergüenza. Debajo, un precio.
La economía nacional resumida en una golosina mentolada y una promesa implícita.
Me quedé observando la escena mientras Daft Punk seguía sonando. Pensé que si un arqueólogo del futuro encontrara esa fotografía podría reconstruir gran parte de nuestra civilización. La obsesión por la higiene. El comercio de cercanía. El sexo convertido en estrategia de ventas. El humor involuntario. La crisis económica escrita con marcador negro sobre cartulina verde.
Todo estaba ahí. La historia de un país condensada en una puerta.
Mientras seguía caminando pensé que quizás el verdadero arte contemporáneo no está en los museos. Está en estos pequeños accidentes urbanos. En estos mensajes que nadie planificó para la posteridad y que terminan diciendo más sobre nosotros que cualquier discurso político o cualquier encuesta sociológica.
Seguí mi camino. Daft Punk cantaba sobre el contacto humano. Y detrás de mí quedaba aquel cartel fluorescente, brillando bajo el sol de Barrio Parque como una instalación artística financiada por el absurdo.

Inventario de una sospecha: el amor
El amor, qué cosa es el amor. Qué patraña siniestra o qué milagro menor. Qué desazón o qué belleza. Porque hablar de amor es hablar de demasiadas cosas al mismo tiempo: de abrazos y olvidos, de traiciones y esperas, de celos, de obsesiones y de esa costumbre humana de creer que alguien puede salvarnos de nosotros mismos.
Los enamorados probablemente disentirán conmigo y tampoco tendría cómo discutirles. Ellos viven en ese estado de embobamiento existencial donde todo parece funcionar con leyes distintas. Los que hayan sufrido el amor, en cambio, quizás simpaticen conmigo y asientan la cabeza en silencio.
Hablaré de mí. Tipo diario íntimo. Como quien vacía bolsillos viejos o vomita algunos venenos que todavía siguen haciendo ruido por dentro.
Yo no creía en el amor y eso probablemente tenga que ver con mi historia personal. Mi Tía María Angustias —ya sé, el nombre parecía venir con una condena incorporada— desde chico me repetía:
—Al mundo se viene a sufrir; esto es un valle de lágrimas.
Y yo la escuchaba.
También cantaba algo así como: "el amor, el amor, el amor, cuántas mentiras se dicen por amor", y mientras me cuidaba me explicaba que enamorarse era peligroso. Decía que el amor era un estado de la mente y que no me enamorara nunca porque lo único que conseguiría sería que me extirparan el corazón en una operación dolorosa, sin anestesia, y que esa herida después nunca dejaría de sangrar.
La Tía me mostraba ejemplos.
—Mirá a tu prima Analía.
Y ahí estaba ella: enamorada de uno, amante de otro, esperando llamados telefónicos como quien espera un milagro. Una tarde la escuché decir "Te amo". Me quedó grabado. Sonó tan artificial como el aroma montaña de esos aerosoles para ambientes.
Fui creciendo y desconfiando cada vez más del amor. Me refugié en los autores que me gustaban. Enrique Symns escribió que el amor es una carta que las miradas jamás escriben. Pizarnik decía que las palabras no hacen el amor; hacen la ausencia. Y Dolina fue todavía más cruel: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar.
Uno va encontrando frases ajenas para explicar sus propias ruinas.
Una novia adolescente, que tuvo la mala suerte de padecerme, una vez me gritó:
—Sos un desamorado.
Y curiosamente me gustó esa palabra.
Después otra persona, que muchas veces me entendió y me ayudó, terminó diciéndome que el amor en mis labios era apenas una palabra vulgar.
Quizás tenían razón.
Porque nunca pude definir el amor. Los sentimientos son demasiado abstractos para meterlos dentro de una etiqueta. Además fui hijo único. Nunca aprendí demasiado sobre la falta. Tal vez uno aprende ciertas cosas cuando entiende qué significa perderlas.
Roberto Bolaño escribió: "Se puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un poema, vaya ni siquiera con un movimiento literario."
Y tiene razón.
Nuestra relación con las personas suele parecerse a una foto movida: uno cree que estaba enfocando algo y cuando revela la imagen descubre otra cosa.
También dicen que amar es más cuidar que amar. Yo nunca pude cuidarme demasiado a mí mismo; entonces amar me resultó una tarea complicada.
Porque ese es el error: querer poseer lo que amamos. Incluso la palabra conquistar tiene algo de invasión antigua, de adelantado clavando una bandera en una tierra que ya tenía habitantes.
En mi adolescencia ya había abandonado sueños de arqueólogo, Troya y otras expediciones imposibles. Solo sabía dos cosas: quería escribir y estaba enamorado de la literatura.
Eso sí fue un amor duradero.
Con mi Tía María Angustias hablábamos de libros y de la vida. Mucho después entendí que ella también hablaba desde sus heridas. Tres meses antes de casarse, el hombre que amaba le dijo algo parecido a: "necesito un tiempo".
Las tragedias suelen venir envueltas en frases estúpidas y en mentiras d eno como crees, no me pasa nada y se van alejando.
Escribí poemas malos, poemas decentes y poemas que mis amigos fingían admirar. Crecí. Perdí personas. Perdí certezas.
Y hoy, que mi Tía ya no está, encuentro cierta calma robándole sueños a los enamorados y pensando que quizás el amor no sea más que esto:
una palabra que dos labios destejen al mismo tiempo.
El amor
El amor es una palabra
que otro corazón escucha.
Donde el silencio se hace latido.
Donde la noche quiebra las voces.
Donde el tiempo agudiza los sentidos.
Donde el agua sacia la sed de los cuerpos.
Donde los ojos tragan miradas.
Donde la boca devora besos.
Donde la nariz aspira silencios.
Donde la piel deshace la noche.
El amor es una palabra
que dos labios destejen
al mismo tiempo.
Jose Luis Colombini

Perdidos en Tokio: canciones para gente que mira por la ventana
Hay películas que uno mira y olvida. Y hay películas que quedan funcionando como una canción que escuchaste hace años y vuelve, de golpe, un martes cualquiera, mientras viajás mirando por la ventana de un colectivo.
"Lost in Translation" es una película sobre dos personas solas, sí. Pero eso es apenas la superficie. Debajo hay algo más triste: dos personas que llegaron a un punto de la vida donde ya no saben exactamente quiénes son. Uno parece haber llegado demasiado pronto al cansancio. La otra todavía no sabe hacia dónde está creciendo. Entre los dos aparece esa especie de amistad peligrosa: la que nace cuando alguien reconoce tu cansancio antes que tu nombre.
Tokio alrededor parece un planeta artificial. Neones, habitaciones de hotel, ascensores, bares vacíos a las dos de la mañana. Una ciudad enorme y brillante donde nadie se conoce realmente. O peor: donde todos parecen conocerse menos vos.
Pero hay algo que la película entiende y que muchas otras olvidan: la tristeza tiene sonido.
Porque "Lost in Translation" no usa canciones para acompañar escenas; las usa como si fueran una respiración secreta. Como si la música dijera las cosas que Bob y Charlotte no saben decirse.
Cuando aparece "Sometimes" de My Bloody Valentine, no suena una canción: aparece una niebla. Guitarras que parecen venir desde otra habitación, voces perdidas detrás del ruido, una melodía que da la sensación de estar recordando algo que nunca pasó. La canción cae sobre la película como el cansancio de una madrugada larga. No empuja la escena: la abraza.
Y hay algo extraño ahí, algo que siempre me vuelve después. Porque mucho antes de ver la película, en 1991, yo usaba "My Bloody Valentine" como seudónimo para escribir. Años antes de Tokio, antes de Bob y Charlotte, antes de entender algunas cosas. Me gusta pensar que ciertos nombres, ciertas canciones y ciertas obsesiones aparecen mucho antes de que uno comprenda por qué llegaron. Como si algunas partes de nosotros caminaran adelantadas, esperando que el resto del cuerpo las alcance. Quizá por eso la canción nunca me sonó ajena. Quizá llevaba demasiado tiempo esperándome.
Y después está el karaoke.
Qué escena extraña esa. Porque la gente suele recordar el momento como algo divertido, pero hay algo profundamente triste ahí. Bob canta "More Than This" desafinando un poco, como cantan las personas cuando ya dejaron de intentar impresionar a alguien. Y de golpe entendés que no está cantando una canción: está diciendo algo que no puede explicar de otra manera.
Cuando llega ese "More than this, you know there's nothing" —"más allá de esto, sabés que no hay nada más"— la escena deja de parecer karaoke. Ya no es un hombre cantando en un bar perdido de Tokio: es alguien mirando los restos silenciosos de su propia vida y preguntándose si después de todo lo construido, de todo lo vivido, todavía queda algo más.
Las mejores películas saben algo: hay emociones demasiado grandes para una conversación.
Charlotte canta "Brass in Pocket" y por un momento parece feliz, pero esa felicidad tiene algo raro. Como la gente que sonríe en una foto mientras piensa en otra cosa.
Y después llega el final.
El abrazo. El susurro. Y "Just Like Honey" de The Jesus and Mary Chain entrando lentamente como una despedida que ya estaba esperando en la puerta desde hacía rato. Esa batería inicial parece caminar despacio, y la canción tiene algo hermoso y cruel: no intenta resolver nada. Sólo acompaña la pérdida.
Quizá por eso la película sigue quedándose con uno.
Porque todos tuvimos nuestro Tokio alguna vez. No necesariamente una ciudad. A veces Tokio es una etapa de la vida. Una habitación. Una madrugada. Una persona.
Y todos tuvimos también una canción que sonó exactamente en el momento equivocado y por eso terminó acompañándonos para siempre.

Hablar de otros para no mirarse a ellos mismos
La gente, en vez de preguntar, supone. Y en esa suposición arma versiones enteras de uno. Te leen dos gestos y creen conocer el libro completo. Ven una foto y redactan una biografía. Escuchan una frase aislada y ya dictan sentencia como jueces cansados de escuchar pruebas.
Preguntar exige algo que casi nadie quiere ejercer: interés real.
Supone detenerse. Escuchar. Admitir que quizás uno no entiende del todo al otro.
Pero asumir es más rápido. Más cómodo. Más brutal también.
Entonces aparecen esas interpretaciones absurdas. Si callás, sos soberbio; si hablás mucho, necesitás atención; si te alejás, estás enojado;
si volvés, seguro necesitás algo, si sabes mucho o ante la mediocridad reinante te ves como mejor que el resto, eres narcisista.
La gente suele completar los silencios ajenos con el ruido de sus propios prejuicios. Y quizá ahí esté una de las tragedias mínimas de la vida cotidiana, casi nadie pregunta: "¿qué te pasa realmente?". La mayoría prefiere inventar una respuesta y quedarse tranquilo dentro de ella.
A veces pienso que muchas relaciones no terminan por lo que ocurrió, sino por todo lo que alguien imaginó que ocurría.
La gente cree demasiado rápido en las habladurías. En la maledicencia dicha al pasar.
En esos juicios emitidos con la liviandad de quien nunca carga las consecuencias de sus palabras.
Basta que alguien diga "dicen que…" para que aparezca un pequeño tribunal invisible.
Y ahí empiezan las condenas. Sin pruebas. Sin preguntas. Sin escuchar a la otra parte.
Hay algo profundamente miserable en eso: muchas personas prefieren el rumor antes que la complejidad de conocer verdaderamente a alguien. Porque el chisme simplifica. Reduce una vida entera a una etiqueta cómoda. Y además ofrece una ilusión barata de superioridad moral.
La oscura comodidad de juzgar, el prestigio del rumor siempre esta marcado por tres cosas que dominan la mediocridad reinante; Celos, Envidia, Competencia.
La maledicencia funciona como una moneda social: une a los mediocres alrededor de una víctima momentánea. Se comparte como si fuera información, cuando en realidad muchas veces es frustración, celos, resentimiento o simple necesidad de sentirse parte de algo. Y lo más inquietante es que el juicio suele hablar más de quien lo emite que de quien lo recibe.
Hay personas incapaces de mirar su propia oscuridad, entonces necesitan inventar sombras ajenas para distraerse de sí mismas. Por eso conviene desconfiar de quienes hablan demasiado de otros. Casi siempre terminan revelándose solos. Al final, el rumor tiene éxito porque mucha gente no busca verdad: busca entretenimiento emocional.
Y pocas cosas entretienen tanto a ciertas almas pequeñas como sentirse moralmente por encima de alguien más.

El amor y esa falla que no se deja explicar
Hay algo profundamente moderno —y profundamente triste— en querer entender el amor como si fuera un problema técnico. Como si pudiera resolverse con argumentos, estadísticas emocionales o listas de compatibilidad. Vivimos rodeados de discursos que prometen administrar los afectos con eficiencia: vínculos sanos, relaciones inteligentes, personas que "sumen", emociones que no compliquen demasiado la productividad cotidiana.
Pero el amor nunca obedeció esas reglas. El amor irrumpe. Interfiere. Desordena. Por eso resulta tan fascinante aquella escena mínima de "El banquete" de Platón. Aristófanes va a hablar sobre el amor y el cuerpo lo traiciona: le agarra hipo. No puede empezar. La teoría se interrumpe antes de nacer. Hay una risa involuntaria, un espasmo, algo corporal que rompe el orden perfecto del discurso filosófico.
Lacan detecta ahí una verdad enorme: el amor no pertenece al territorio limpio del saber. No amamos porque entendemos. Amamos precisamente donde algo no termina de entenderse.
Y quizás eso sea lo más insoportable para una época obsesionada con controlar todo.
No sabemos realmente por qué alguien nos captura. Podemos inventar explicaciones después: su inteligencia, su cuerpo, una conversación, cierta forma de mirar. Pero siempre hay algo que se escapa. Un resto imposible de traducir en palabras. Algo del otro que nos toma y nos deja girando alrededor de una pregunta sin respuesta.
El problema es que el sujeto contemporáneo tolera cada vez menos aquello que no puede administrar racionalmente.
Entonces aparecen las planillas emocionales del capitalismo afectivo:
"¿Me conviene?"
"¿Me hace bien?"
"¿Pierdo tiempo?"
"¿Me aporta estabilidad?"
"¿Vale el desgaste?"
Y así el amor empieza a hablar el idioma de una empresa de recursos humanos.
Se calculan riesgos emocionales como si se tratara de inversiones financieras. Los vínculos pasan por auditorías permanentes. Todo debe poder justificarse. Todo debe explicar su utilidad.
Pero el deseo no funciona bajo criterios de rentabilidad.
Uno puede saber perfectamente que cierta relación hace daño y aun así no poder salir de ella. Puede entender racionalmente que algo terminó y, sin embargo, seguir habitando ese fantasma durante años. Porque hay una parte del amor que no responde al yo consciente. Hay algo más oscuro, más antiguo, más opaco.
Eso que Lacan llama síntoma.
El otro deja de ser solamente alguien amado y se convierte en el lugar donde se anudan nuestras heridas, nuestras carencias, nuestros modos de gozar y sufrir. El amor une, sí. Pero también expone fracturas. Obliga a mirar aquello de uno mismo que preferiría permanecer oculto.
Por eso enamorarse suele ser tan poco elegante.
El amor vuelve ridículo al inteligente. Vulnerable al fuerte. Inseguro al que parecía tener todo bajo control. Derrumba personajes sociales completos en cuestión de semanas. Y quizás ahí resida su potencia más brutal: en recordarnos que no somos tan racionales como imaginamos.
Tal vez por eso seguimos escribiendo canciones, poemas y novelas sobre el amor desde hace siglos. Porque el amor nunca termina de resolverse en una fórmula. Siempre deja un resto. Un ruido. Un desajuste.
Y es justamente ese desajuste lo que mantiene vivo el deseo.
Porque, en el fondo, el amor no se comprende mientras ocurre. Se atraviesa. Se padece. Se goza. Y recién después —cuando ya dejó marcas— uno intenta construir un relato para entender qué demonios pasó ahí.
Aunque casi nunca alcance.

La noche, el rostro y lo que todavía insiste
Hay algo extraño en verse partido por la luz.
Media cara iluminada. Media cara devorada por la sombra. Como si una fotografía pudiera capturar no solamente un rostro, sino una forma de estar en el mundo.
Vivimos en una época obsesionada con mostrarse completos: felices, coherentes, seguros, productivos. Todo tiene que estar perfectamente editado, corregido, filtrado. Pero nadie vive realmente así. Todos somos una mezcla incómoda de claridad y oscuridad, de lucidez y cansancio, de deseo y derrumbe.
Quizás por eso la noche sigue siendo uno de los últimos territorios honestos.
Cuando la ciudad baja el volumen y las pantallas empiezan a perder sentido, aparecen cosas que durante el día logran esconderse: pensamientos que no cierran, recuerdos que regresan sin permiso, preguntas que uno venía pateando hace años. El insomnio no siempre es un problema médico. A veces es una conversación pendiente con uno mismo.
"Crónicas del Desvelo" nace un poco de ahí.
No como un proyecto para dar respuestas definitivas, sino como una forma de habitar esas grietas. Una escritura hecha desde el borde: entre la vigilia y el sueño, entre la ironía y la tristeza, entre el análisis político y la confesión íntima.
Porque la vida urbana contemporánea tiene algo profundamente esquizofrénico. Nos empuja a producir constantemente mientras emocionalmente nos vacía. Nos conecta con miles de personas mientras crece la sensación de aislamiento. Nos llena de información y, sin embargo, cada vez entendemos menos qué hacer con nosotros mismos.
Entonces uno escribe.
Escribe para ordenar el ruido.
Para sobrevivir a ciertos fantasmas.
Para dejar registro de que estuvo acá.
Tal vez por eso me interesa tanto la crónica. Porque la crónica todavía conserva algo humano: el temblor de la mirada subjetiva. No pretende la falsa neutralidad de quien observa desde afuera. La crónica se ensucia. Camina la ciudad. Escucha conversaciones ajenas. Se queda despierta demasiado tiempo. Mira una vidriera rota y entiende que ahí también hay una teoría política.
En el fondo, toda escritura verdadera nace de una incomodidad.
Borges decía que uno escribe los libros que necesita leer. Yo sospecho algo parecido: uno escribe las frases que necesita escuchar para no desmoronarse del todo.
Y en ese sentido, el desvelo puede ser también una forma de resistencia.
Mientras todo exige velocidad, dormir rápido, consumir rápido, olvidar rápido, quedarse despierto pensando todavía puede ser un gesto radical. Mirar el mundo sin anestesia. Dudar. Recordar. Asociar ideas imposibles. Cruzar a Lacan con una esquina vacía de barrio. A Chomsky con el ruido de un supermercado a las dos de la mañana. A Holden Caulfield con un tipo cansado mirando el techo de su habitación en Villa Dolores.
Porque al final la cultura también sirve para eso: para construir pequeñas lámparas en medio de la oscuridad.
No para salvarnos completamente.
Pero sí, al menos, para acompañarnos mientras atravesamos la noche.
