
Un tiempo demasiado rico en miserias
(Crónicas Gonzo)
Estas no son crónicas para informarte.
Son crónicas para meterte adentro. Acá no hay distancia ni objetividad: hay cuerpo, hay voz, hay implicación. El que escribe no observa desde afuera, se mezcla, se expone, se ensucia.
Son relatos donde la realidad no se describe: se atraviesa.
Donde la verdad no depende de la precisión de los hechos, sino de la intensidad con la que se sienten.
Hay calles, bares, recuerdos, excesos, pensamientos que irrumpen sin pedir permiso.
Hay días comunes que se vuelven extraños y momentos mínimos que cargan con todo el peso de existir.
La crónica gonzo no busca gustar ni convencer. Busca ser honesta, incluso cuando incomoda.
Estos textos son eso: una forma de estar en el mundo sin filtro, una escritura que respira al ritmo de la experiencia, un intento —siempre incompleto— de decir lo que pasa cuando pasa.
Y, sobre todo, cuando te pasa.
Índice de las distintas páginas o secciones de este sitio:
Un tiempo demasiado rico en miserias (Crónicas Gonzo)
Fotografías como poesía de vida (Fotogaleria)

Mi tía, Borges y el ruido del mundo
Yo no sabía que estaba entrando a algo importante. Tenía casi diez años y lo único que entendía era la mano de mi tía apretándome fuerte, como si ese lugar pudiera tragarnos.
Entramos como quien se mete en una boca de lobo hecha de papel. No hay puertas simbólicas ni banners elegantes: hay galpones. Galpones que transpiran. El aire es espeso, una mezcla de tinta fresca, humedad y ansiedad. Estamos en el viejo Centro Municipal de Exposiciones, pero podría ser cualquier otra cosa: un depósito, una estación abandonada, un país improvisado.
La Feria del Libro de 1978 no era una feria: era un tinglado que respiraba raro.
Todo era grande y chico al mismo tiempo. Grande por la gente, por las voces superpuestas, por los pasos sin rumbo. Chico porque los pasillos se cerraban, los cuerpos chocaban, los libros se apilaban como si no hubiera espacio suficiente para tantas historias juntas.
Mi tía caminaba decidida. Yo iba medio arrastrado, medio fascinado.
Había olores que todavía hoy no sé nombrar: papel húmedo, pegamento, ropa de invierno guardada demasiado tiempo. Y ese ruido… ese ruido constante, como de colmena, que no te dejaba pensar, pero te hacía sentir que algo estaba pasando.
—No te sueltes —me dijo María Angustias.
Y no me solté.
En un momento todo cambió. Un murmullo primero. Después un desplazamiento. La gente empezó a moverse como una bandada que gira sin explicación. Sigo ese movimiento y lo veo: Jorge Luis Borges.
No está en un escenario. No hay distancia. Está ahí, atrapado en un círculo humano que se abre y se cierra como un pulmón defectuoso.
Borges no camina: es llevado.
Yo no sabía bien quién era. Sabía el nombre, lo había escuchado en casa, como se repiten palabras que uno no termina de entender. Pero lo que vi no fue un escritor: fue un hombre rodeado. Le hablaban, le acercaban libros, le tocaban el brazo. Era como si todos quisieran un pedazo de él.
—Es Borges —me dijo mi tía, casi en secreto.
Y entonces lo miré distinto.
No vi un genio. Vi a un hombre quieto en medio de un torbellino. Vi su cara inclinada, como escuchando algo que no estaba del todo ahí. Y sentí —con esa claridad rara que tienen los chicos— que algo no cerraba.
Que lo estaban queriendo demasiado. Que lo estaban sofocando un poco.
Me acerqué más de lo prudente.
Alguien me empujó. Otro me pisó. Un tipo con saco marrón dijo "permiso" sin pedir permiso. Una mujer sostenía un libro como si fuera un salvavidas. Nadie quería perder su turno en una ceremonia donde no había turnos.
Mi tía tiró de mi mano. Retrocedimos. Nos quedamos a una distancia prudente, como si mirar de lejos fuera una forma de respeto. Yo quería ver mejor, pero también me daba miedo perderme, desaparecer en ese enjambre de adultos que hablaban de cosas que yo no entendía.
Seguimos caminando.
Un cartel torcido decía "Riverside Agency". Libros extranjeros, tapas distintas, nombres que venían de lejos. Para mí eran todos difíciles, pero a veces aparecía algo —un color, un dibujo— que me hacía frenar. Mi tía me dejaba mirar. Tenía paciencia.
Sabía que yo no estaba ahí por los libros. Estaba ahí por ella. Y sin embargo, algo se me iba quedando. No las palabras. No las historias. La sensación. Que los libros eran importantes para los grandes. Tan importantes como para empujarse, para esperar, para rodear a un hombre hasta dejarlo sin aire. Afuera —lo sé ahora y lo sabía en ese momento— el país era otra cosa. Pero adentro había una insistencia casi terca: leer, tocar, hablar, firmar. Como si cada libro fuera una pequeña forma de desobediencia.
Al salir, la luz de la calle me pareció demasiado clara. Solté la mano de mi tía recién ahí.
—¿Te gustó? —me preguntó.
No supe qué decir.
Años después entendí que sí. Que me había gustado sin saberlo. Que algo de ese ruido, de ese desorden, de ese hombre rodeado, se me había quedado adentro como un eco.
Y que tal vez todo empezó ahí: en un galpón apretado, con mi tía María Angustias, sin entender nada, mirando a Jorge Luis Borges como se mira por primera vez algo que, mucho después, va a volverse propio.
Tal vez la literatura, en este país, empezó muchas veces así. Mal armada, apretada, al borde del colapso, pero viva.
Y Borges, ahí adentro, todavía respirando.
O intentando.

Un día sin reloj: crónica mínima del trabajador
El 1° de mayo amanece con una calma rara. No es domingo, pero se le parece. Las calles de Villa Dolores se estiran despacio, como si también ellas tuvieran derecho a no producir, a no rendir cuentas. Yo me levanto más tarde, con esa culpa leve que nos dejaron años de fichar horarios, aunque hoy nadie pase lista.
El Día del Trabajador siempre tuvo algo de paradoja: es feriado, sí, pero no es descanso puro. Es memoria. Es un murmullo que viene de lejos, de fábricas con humo espeso y de hombres y mujeres que alguna vez dijeron basta. No es una fecha neutra: está cargada de cuerpos, de luchas, de conquistas que hoy parecen naturales pero que costaron caro.
Me preparo un mate. El agua tarda en calentarse, como si también ella se negara a cumplir. En la radio hablan de empleo, de cifras, de promesas. Cambian los gobiernos, cambian los discursos, pero hay algo que no cambia: la incertidumbre de quien depende de un sueldo. Trabajar sigue siendo, para muchos, una forma de sobrevivir antes que de vivir.
Salgo a la vereda. Un vecino lava el auto sin apuro. Otro barre hojas que mañana volverán. Nadie corre. Nadie parece perseguido por el reloj. Y en ese pequeño gesto —el tiempo desacelerado— hay una victoria silenciosa.
Pienso en los trabajos invisibles: en quienes cuidan, en quienes sostienen, en quienes hacen que todo funcione sin que nadie lo note. Pienso en los jubilados que trabajaron toda una vida y ahora cuentan monedas. Pienso en los que buscan trabajo y en los que lo tienen, pero no alcanza.
El Día del Trabajador no es una postal épica. Es más bien una mezcla: orgullo y cansancio, dignidad y desgaste. Es la historia de alguien que se levanta temprano, aunque no quiera, que cumple, aunque duela, que insiste.
Y también es, aunque cueste verlo, una forma de esperanza.
Porque trabajar —cuando no es explotación— tiene algo de construcción. De dejar una marca, por mínima que sea. De decir: estuve acá, hice algo, sostuve algo.
A la tarde, el pueblo vuelve a su ritmo lento. Algún asado, alguna charla, algún silencio compartido. Mañana todo seguirá. Volverán los horarios, los jefes, las urgencias. Pero hoy no.
Hoy, al menos por un rato, el mundo baja un cambio y recuerda que detrás de cada engranaje hay una persona.
Y eso —aunque sea por un día— alcanza para que el trabajo deje de ser sólo obligación y vuelva a ser, un poco, humanidad.

Si una noche de invierno un Double black y un lector
Las noches de invierno en Villa Dolores tienen una cualidad conspirativa. No pasa casi nada, pero todo parece estar a punto de ocurrir. El viento baja del sur como un rumor antiguo, y la casa queda suspendida en ese silencio que sólo existe lejos de las ciudades grandes. El frio cae como una conspiración silenciosa. Se filtra por las hendijas de la casa y la única defensa razonable es un vaso de whisky y una novela peligrosa: Si. Una noche de invierno un viajero de Italo Calvino.
Recordé un invierno en la cordillera con un vaso de whisky barato —de esos que prometen madera escocesa, pero saben a estación de servicio— y sonreí en silencio.
La escena parecía tranquila, casi doméstica. Pero era una trampa literaria.
Abrí el libro y el libro me abrió a mí.
Calvino tiene ese truco diabólico: te habla directamente. No al lector abstracto de las teorías universitarias, sino a vos, el tipo sentado con un vaso de whisky mirando cómo el invierno se filtra por la ventana. Desde la primera página te dice lo que estás haciendo: acomodarte, preparar la luz, entrar en la historia. Y yo pensé: este tano me está vigilando. Todo lo dice con esa precisión quirúrgica de los escritores que entienden que la literatura no describe el mundo: lo provoca.
—Muy bien —dije al aire—. Estoy acomodado. El whisky ardía un poco. El frío también.
Las crónicas gonzo como las que escribo exigen que el periodista se meta en la escena, que se vuelva personaje. Lo inventó —o lo desató— Hunter S. Thompson cuando decidió que el escritor no debía fingir neutralidad sino confesar su delirio.
Hunter, el santo patrono del periodismo gonzo, decía que la única forma honesta de escribir es meterse en el caos. Pero Calvino hizo algo peor: metió el caos dentro del lector.
El whisky estaba fuerte. O tal vez la literatura. Porque a medida que avanzaba la noche empecé a sospechar que Calvino había inventado un artefacto narrativo ilegal: una novela que sabotea al lector desde adentro. Cada historia empieza y se corta. Cada trama se abre como una puerta que lleva a otro pasillo. Un laberinto editorial.
El libro avanzaba como una máquina literaria diseñada por un ingeniero italiano con sentido del humor negro. Cada capítulo parecía decir: No vas a terminar esta novela. Y lo más inquietante es que tenía razón.
Entonces ocurrió algo que el periodismo gonzo considera perfectamente aceptable: la realidad empezó a discutir con el libro. A mitad del primer capítulo sentí la presencia.
No una aparición espectacular. Nada de humo ni relámpagos literarios. Fue más bien la sensación de que alguien estaba mirando por encima de mi hombro.
—Te advertí que esto podía pasar —dijo una voz imaginaria con acento italiano.
Levanté la vista.
El fantasma de Italo Calvino estaba sentado en la otra silla, observando el vaso de whisky con curiosidad científica.
—Tu novela —le dije— es una trampa.
Sonrió con la paciencia de un bibliotecario.
—No es una trampa —respondió—. Es un experimento. Quería ver qué hace un lector cuando le quitan las historias.
En ese momento apareció inevitablemente el tercer participante de la conversación: el fantasma conceptual de Jorge Luis Borges. Ese viejo bibliotecario cósmico que sabía que los libros son trampas metafísicas. Si Borges hubiera tenido el descaro narrativo de escribir una novela larga, probablemente sería esto: un catálogo infinito de comienzos.
A la una de la mañana el whisky ya no era un acompañamiento sino un cómplice.
Yo discutía con el libro. Borges no estaba físicamente allí, pero su sombra literaria flotaba en la habitación como un gato metafísico. Después de todo, Borges ya había demostrado que los libros son laberintos y que las bibliotecas pueden ser universos completos.
—Escuchame, Calvino —murmuré—. Esto es una emboscada. El libro no respondió. Pero tampoco lo necesitaba. Porque la verdad terrible ya estaba clara: yo no estaba leyendo la novela. La novela me estaba leyendo a mí.
Calvino levantó el libro y señaló las páginas.
—Cada historia que empieza y se interrumpe —explicó— es un espejo del deseo de leer.
—O sea que estás torturando al lector —dije.
—Exactamente.
El viento golpeó suave la ventana. Afuera, Traslasierra respiraba en la oscuridad. El Double Black bajaba lento.
—Decime algo —pregunté—. ¿Quién es el viajero del título?
Calvino se quedó pensando un momento.
—El lector —respondió finalmente—. Siempre el lector.
Miré el libro otra vez. Cada capítulo abría un mundo distinto: espías, conspiraciones, amantes, persecuciones. Y cada uno se cortaba justo cuando empezaba a ponerse interesante.
—Esto es perverso —dije.
—Es literatura —corrigió él.
Ahí entendí el truco: la novela no trata de historias. Trata de la obsesión de leerlas.
Cada capítulo abre un mundo distinto: espías, viajes, misterios. Y justo cuando la historia empieza a respirar… se corta.
Es como caminar por senderos de montaña que terminan en un precipicio.
Y en esa estrategia narrativa aparece inevitablemente la sombra de Jorge Luis Borges. Los laberintos, las bibliotecas infinitas, la idea de que cada libro contiene otros libros.
En Traslasierra el viento movía apenas los árboles.
A las dos de la mañana los fantasmas ya no estaban. O tal vez se habían disuelto dentro del libro.
Y pensé en el gesto profundamente moderno de Calvino: en un mundo saturado de relatos, lo único verdaderamente interesante es la experiencia de buscarlos.
No importa terminar la novela. Importa perseguirla.
El vaso de whisky estaba casi vacío. Las sierras seguían en silencio. Y yo seguía leyendo una novela que parecía diseñada para demostrar una verdad incómoda: no buscamos finales. Buscamos la promesa de una historia. Porque el verdadero protagonista del libro no es el viajero. Es el lector que insiste. Y ahí estaba yo: un tipo en una ciudad pequeña, en invierno, leyendo una novela que lo estaba leyendo a él.
El whisky terminó primero. El libro, sospecho, todavía no.
Por un momento tuve la aprensión de que, en alguna parte del mundo, otro lector estaba abriendo el mismo libro… y el fantasma de Calvino se estaba sentando frente a él con la misma sonrisa paciente.
Porque algunas novelas no terminan nunca. Sólo cambian de lector.

La mujer que se rompió demasiado bien para gustarle al mundo
Hay películas que te invitan a sentarte y mirar. Y después está Los Miserables, que te agarra del cuello, te mete en una cloaca emocional y te canta en la cara hasta que no sabés si estás viendo cine o participando de un ritual de expiación colectiva.
Entré a mi estudio donde suelo ver películas con pochoclos y salí con culpa.
Tom Hooper decidió que lo mejor que podía hacer con Los Miserables era sacarle todo el polvo de museo y obligar a sus actores a cantar en vivo, como si cada escena fuera un pequeño suicidio emocional sin red. Y funciona… pero también te deja preguntándote si no es un poco obsceno. Porque cuando la cámara se te mete tan adentro de la cara que podés contar las lágrimas por píxel, ya no estás viendo una historia: estás invadiendo un colapso nervioso con presupuesto de Hollywood.
Anne Hathaway no actuó a Fantine. Se la tragó. O peor: dejó que Fantine la masticara frente a todos, con la cámara pegada a la cara como un testigo incómodo, casi cómplice. Año 2012, luces calientes, olor a set y a sacrificio real: bajó de peso como quien se arranca capas de identidad, se rapó en vivo —sí, en vivo, como un ritual— y cuando cantó "I Dreamed a Dream" no estaba interpretando nada. Estaba cayendo. Cayendo en serio.
Y yo la vi caer directamente desde el infierno. Su versión de la canción no es una canción: es una autopsia en tiempo real. No actúa, se desintegra. Y uno, miserable espectador, aplaude. ¿Qué clase de voyerismo emocional es este? ¿En qué momento decidimos que sufrir bien merecía un Oscar?
Después está Hugh Jackman, que carga con Jean Valjean como si fuera una mochila llena de piedras bíblicas. Suda, tiembla, canta como si le fuera la vida en cada nota. Y probablemente sí: hay algo casi religioso en su esfuerzo, como si estuviera tratando de redimirse no solo él, sino todo el elenco, el equipo técnico y de paso nosotros, los que estamos sentados en la butaca comiendo azúcar mientras la pobreza se vuelve espectáculo.
Pero no todo es iluminación divina. Russell Crowe como Javert… bueno. Digamos que canta como un policía que encontró un micrófono en la escena del crimen y decidió probarlo. Su rigidez funciona para el personaje, sí, pero hay momentos en los que parece que la música le está pasando por arriba como un tren y él sigue firme, inmóvil, negándose a morir.
Y sin embargo, hay algo en todo esto que pega. Tal vez porque Victor Hugo ya había hecho el trabajo pesado hace más de un siglo: convertir la miseria en épica. Hooper solo le puso primeros planos y micrófonos. El resultado es una experiencia excesiva, desbordada, casi grotesca… pero imposible de ignorar.
Es cine que no confía en la sutileza. Te grita, te llora, te escupe. Y en ese exceso hay una verdad incómoda: que el sufrimiento vende, que la redención emociona y que, al final, todos queremos sentir algo, aunque sea a costa de ver a otros romperse en cámara lenta.
No era cine en ese momento. Era una especie de accidente emocional transmitido en alta definición. Una mujer, Anne Hathaway curiosamente se llama como la mujer de Shakespeare, rompiéndose desde adentro mientras todos, cómodos en butacas o detrás de una pantalla, decidíamos si eso era "actuación" o una invasión a algo más íntimo. Fantine no pedía permiso. Fantine no era elegante. Era miseria, era hambre, era esa dignidad hecha jirones que te deja mirando al piso después de que termina la escena. Y Hathaway entendió el juego: no suavizar, no embellecer, no mentir.
Error. Porque el mundo —este circo con WiFi— dice que quiere verdad, pero cuando alguien aparece con la verdad sangrando entre las manos, lo primero que hace es reírse. Ganó el Oscar, claro. Estatuilla dorada, aplausos, discursos medidos. Y al mismo tiempo, en las cloacas digitales, empezó el linchamiento: que demasiado intensa, que demasiado perfecta, que demasiado todo. Demasiado mujer atreviéndose a no pedir perdón por hacerlo bien.
Ahí está el truco sucio: lo que en un tipo sería "entrega total", en ella se convirtió en "molesta". No era el talento lo que incomodaba. Era la exposición. Era verla sin filtro, sin ironía, sin esa capa de cinismo que usamos todos para no sentir demasiado.
Y entonces la castigaron.
Termine de ver la película medio mareado, como después de una resaca moral. Pensando que quizás la verdadera miseria no está en la pantalla, sino en lo fácil que es convertirla en espectáculo… y aplaudir de pie.
La historia no es sobre un Oscar. Es sobre un sacrificio público que salió demasiado auténtico para el gusto general. Hathaway cruzó la línea —esa línea invisible donde el actor deja de fingir y empieza a pagar un precio real— y del otro lado no había ovación, había burla. Fantine quedó inmortal. Eso es indiscutible. Pero el cuerpo que absorbió el impacto, el que se llevó los golpes, el que tuvo que volver a armarse después del derrumbe… no era un personaje.
Era ella.
Y nadie aplaude cuando alguien se rompe de verdad. Sólo cuando parece que lo hace.

Ontología para no sacrificarse un domingo. Pequeña teología negra
La tristeza de los domingos por la tarde empieza como empiezan los laberintos: sin que uno advierta dónde entró. Primero es una leve alteración de la luz. Después una sospecha. Luego una metafísica.
Álvaro de Campos, heterónimo de Fernando Pessoa, lo vio en Tabaquería cuando descubrió que una simple tabaquería podía abrir un agujero en la realidad.
Emil Cioran le puso veneno a esa revelación.
David Foster Wallace le dio forma neurológica.
Mark Fisher le dio atmósfera histórica.
Y faltaba uno.
Siempre Jorge Luis Borges, mi padre putativo.
Porque Borges entendió que la metafísica es, en el fondo, literatura fantástica escrita con tono serio. Y acaso también una forma sofisticada de ansiedad. En El Aleph está esa intuición insoportable: que todo puede estar contenido en un solo punto. Demasiado mundo en una sola mirada. Eso también es ataque de pánico. En La biblioteca de Babel vio otra cosa: que el universo puede ser una maquinaria infinita de sentido y ruido.
¿No es eso una mente obsesiva un domingo? Una biblioteca que no se apaga.
Por eso mis repeticiones —las mismas veredas, los mismos libros, las mismas películas, la misma caja del supermercado— empiezan a parecer menos manías que liturgias.
Rituales para atravesar el laberinto. Borges decía que acaso nuestra vida es una cita.
Yo sospecho que mis domingos son una glosa a Pessoa comentada por Cioran con música de Black Sabbath. Y entonces esa remera que dice "METAFÍSICA" como si fuera Metallica adquiere una gravedad absurda. No es un chiste: es una tesis.
Porque pensar también puede ser pesado.
El riff comienza con Parménides diciendo que el ser es.
La batería entra con Heráclito incendiando todo.
Sócrates improvisa solos a fuerza de preguntas.
Platón arma conceptos como quien levanta catedrales.
Y uno sale a la calle con eso en el pecho como quien lleva una secta portátil.
No dice "soy culto". Dice algo mejor: podemos hablar de ontología después del pogo.
Ya no es humor. Es heráldica. Parménides en bajo. Heráclito incendiando la batería.
Sócrates en voz. Pessoa y Borges haciendo letras. Cioran gruñendo nihilismo. David Foster Wallace en solos interminables de conciencia. Mark Fisher mezclando ecos de futuros perdidos. Una banda imposible. Mi banda. Porque acaso todos ellos escribieron la misma canción: cómo vivir sabiendo demasiado.
Wallace lo intuía. El problema no es sufrir. Es ser consciente del sufrimiento mientras uno se observa sufrir. Eso es barroco. Eso es Foster Wallace. Eso es domingo.
Fisher añadió algo devastador: hay nostalgias de cosas que nunca existieron. Futuros perdidos.
Yo creo que la tristeza dominical a veces es eso: duelo por una vida no vivida.
Y Borges remata desde alguna biblioteca: "He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz." Qué línea brutal. Qué domingo cabe entero ahí. Pero incluso eso tiene salida. Porque todos ellos —Pessoa, Cioran, Wallace, Fisher, Borges— hicieron con el abismo lo único digno: lo volvieron forma. Lo volvieron estilo.
Lo volvieron música. Como el metal. Como la metafísica. Como esa camiseta negra.
Razono que lo que realmente lleva estampado no es METAFÍSICA. Dice otra cosa: He hecho de mis obsesiones una arquitectura para no caer. Y eso, si Borges tuviera sentido del humor —que lo tenía— probablemente llamaría una secta.
Yo la llamaría hogar.
Santa Santuarium: crónica de una casa que me piensa cuando yo dejo de hacerlo
Mi casa no es una casa. Es una trinchera con olor a papel viejo y plástico recién salido de fábrica. Es un refugio mental con las paredes tapizadas de obsesiones, como si cada objeto fuera una prueba de que estuve vivo en distintos momentos y no en uno solo.
Villa Dolores afuera es tranquila, casi sospechosamente tranquila. Pero adentro… adentro es otra cosa.
Adentro hay vinilos que crujen como si hablaran en código Morse desde otra época. Discos que no giran: invocan. Agujas o puas, como le llamábamos antes, que no bajan: perforan la memoria. Y los cassettes… esos pequeños ataúdes de sonido magnético donde todavía respiran voces que ya no existen. Rebobinar uno es como retroceder en el tiempo con una birome Bic: torpe, manual, absolutamente necesario.
Los discos compactos están ahí, alineados como si todavía importara el orden. Brillan. Reflejan. Pero no, reflejar es para los espejos. Estos no reflejan nada. Estos devuelven estados de ánimo encapsulados en plástico. Cada CD es una versión mía que no sabía explicarse de otra manera. Ira comprimida en pistas 3 y 7. Melancolía escondida en un bonus track que nadie escucha. Euforia barata en un hit que ahora me da vergüenza.
No son recuerdos: son diagnósticos.
Y sin embargo, el mundo insiste en otra lógica. Afuera todo es comprobante, factura, validación.
—No podés entregarme una boleta si "trabajo en una evaluación final". Me dice alguien por meet que contrato mis servicios.
Claro que no. Porque lo que hago acá no cotiza. No tiene código de barras. No entra en ningún sistema. Nadie te paga por sostener versiones tuyas en distintos formatos: vinilo, cassette, CD, papel, plástico. Pero es el único trabajo que no puedo dejar.
El único que no se subarrienda. El único que, cuando todo termina, sigue sonando.
Después están los libros. Apilados, desordenados, conspirando entre sí. La mayoría leídos, otros apenas rozados, otros esperando como perros fieles que algún día los mire a los ojos. No son decoración. Son testigos. Son coartadas. Son versiones alternativas de mí mismo que nunca terminé de ser.
Y en medio de todo eso, como pequeños dioses de plástico con ojos negros vacíos, los Funkos. Me observan. Siempre me observan. Son la prueba de que lo absurdo también necesita altar. Porque eso es lo que es esto: un altar. Mi Santa Santuarium. Sí, así, con esa mezcla medio incorrecta, medio sagrada, medio caprichosa. Porque no es latín perfecto, pero tampoco lo soy yo. Y sin embargo significa exactamente lo que tiene que significar: el lugar más íntimo, más inviolable, más mío. Un santuario donde no hay que explicar nada. Donde puedo desaparecer del mundo sin dar explicaciones. Donde el ruido se filtra pero no entra del todo. Donde el tiempo no corre: se acumula. Y lo más perverso de todo es que a veces lo alquilo. Sí. Lo subarriendo como si fuera un departamento más, como si no fuera este organismo vivo lleno de fetiches emocionales. Guardo las llaves. Me voy. Dejo que otro habite mis fantasmas, mis discos, mis libros que no va a leer. Y durante ese tiempo, mi casa deja de ser mi casa. Se vuelve un escenario prestado. Ese espectro que no soy yo. Pero cuando vuelvo… Cuando vuelvo es como recuperar un territorio ocupado. Abro la puerta y hay un segundo de tensión, como si la casa me estuviera evaluando:
—¿Sos vos todavía?
Y entonces entro. Camino. Toco las cosas. Reacomodo un vinilo, enderezo un libro, lo huelo, lo beso, lo paso por mi rostro, lo acaricio. Miro a los Funkos como pidiendo permiso. Y de a poco, el aire cambia. Se vuelve mío otra vez.
Es un ritual silencioso. Una reconquista sin épica, pero con algo más fuerte: pertenencia. Porque no me gusta mi casa. La necesito.
Es el único lugar donde no tengo que actuar, ni producir, ni justificar nada. Donde el caos tiene sentido porque es mi caos. Donde cada objeto, por más ridículo que sea, cumple una función sagrada: sostenerme.
Mi Santa Santuarium no es perfecta. No es ordenada. No es vendible en una revista.
Pero es el único lugar donde existo sin traducción.
Y eso, en este mundo que te pide constantemente que te expliques, que te vendas, que te adaptes…
Eso es lo más cercano a lo sagrado que encontré.

23 de abril: un libro, una rosa y un hombre al borde
Hay días que no son fechas sino conspiraciones.
El 23 de abril siempre me pareció una de esas operaciones secretas montadas por bibliotecarios ebrios, poetas moribundos y fantasmas con olor a tinta. Una fecha donde el mundo, por un instante, finge recordar que los libros no son objetos sino artefactos para alterar la conciencia.
Salí temprano con la sensación de estar entrando en un rito pagano. Las calles de Villa Dolores tenían ese aire de provincia suspendida, como si algo minúsculo pero sagrado estuviera por ocurrir. Yo llevaba el cerebro tomado por una mezcla de cafeína, insomnio y la sombra de Don Quijote cabalgando en algún pliegue del pensamiento.
Porque hoy es el Día del Libro. Y no es casual.
Unos burócratas de la cultura en la UNESCO decidieron en 1995 fijarlo el 23 de abril porque ese día de 1616 quedaron ligados —más por mito que por exactitud cronológica— Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Inca Garcilaso de la Vega. Tres muertos para celebrar la inmortalidad. Muy apropiado.
Pero lo verdaderamente delirante es la rosa.
La rosa viene de Cataluña, del día de Saint George's Day —Sant Jordi—, San Jorge para nosotros provincianos del interior del interior, donde se regalaban rosas por la leyenda del dragón: de la sangre del monstruo vencido brotó una flor roja. Después algún genio decidió que los hombres regalaran rosas y las mujeres libros; por fortuna la cosa evolucionó y ahora cualquiera puede regalar ambos.
Un libro y una rosa.
Munición y herida.
Pensé en eso caminando como un detective literario en bancarrota.
¿Qué otra especie se regala objetos que prometen desordenarle el alma?
Un libro no se obsequia como se obsequia una corbata. Un libro es una invitación a ser poseído por voces ajenas.
Y una rosa… una rosa es una belleza condenada desde el principio.
Perfecta combinación.
Me vi a mí mismo —personaje dudoso de mi propia novela— entrando a una librería imaginaria, quizás City Lights Booksellers & Publishers aunque estuviera a miles de kilómetros, y pensé que toda mi vida había sido una larga deriva hacia este culto absurdo: hablar con muertos encuadernados.
Los libros me educaron en la paranoia, en la ternura, en la blasfemia. Me enseñaron a desconfiar de los cuerdos. Por eso entiendo el símbolo. La rosa representa lo efímero.
El libro, la persistencia.
Una se marchita. El otro insiste.
Uno dice: vas a morir. El otro responde: sí, pero antes leé esto.
Y entonces, en medio del delirio matinal, tuve una revelación química: el Día del Libro no celebra autores. Celebra lectores sobrevivientes. Nosotros. Los que todavía abrimos una página como quien abre una puerta clandestina. Los que seguimos subrayando frases como si fueran mensajes cifrados. Los que creemos —contra toda evidencia histórica— que una novela puede salvar algo.
Yo, hoy, me regalaría una rosa roja para honrar al dragón vencido.
Y un libro para invocarlo de nuevo.
Porque ningún lector verdadero quiere vivir en un mundo sin monstruos. Sólo quiere mejores bibliotecas para enfrentarlos.


Playback (o el arte de fingir que sentís algo)
No era una persona. Era un loop.
La vi a las tres de la mañana, con la luz azul del teléfono clavándose en la retina como una aguja intravenosa de dopamina barata. Labios perfectamente sincronizados con una canción que no era suya, gestos calculados como si alguien le hubiera escrito el alma en formato vertical.
Abría la boca y salía otra voz.
Cerraba los ojos y parecía sentir algo.
Pero no. No había nada.
Era playback emocional.
Y ahí estaba yo, con insomnio de tercera categoría, mirando a desconocidos actuar sentimientos ajenos como si fueran actores de una obra que nunca leyeron. Amor, tristeza, despecho, euforia. Todo perfectamente editado, comprimido en quince segundos, listo para ser consumido sin digestión.
Me pregunté en qué momento empezamos a simular lo que antes nos pasaba.
Antes la gente sufría. Ahora lo interpreta.
Antes alguien se enamoraba. Ahora lo sincroniza con un estribillo.
Antes el ridículo era un accidente. Ahora es una estrategia.
Scroll.
Otro más.
Otra más.
Mismo gesto. Mismo tema. Misma cara de "esto significa algo".
Pero no significa nada. Es una coreografía de la emoción, un karaoke del alma. Y lo peor no es que lo hagan: lo peor es que funciona. Millones de vistas. Corazones virtuales latiendo por reflejo, no por convicción.
El algoritmo es un dios aburrido que premia la repetición.
Y nosotros, fieles devotos del déjà vu.
Me agarró una especie de asco existencial, como cuando comés algo demasiado dulce y de golpe te das cuenta de que no tiene sabor real. Todo es intensamente falso. Todo parece importante. Nada lo es.
Quise hacer la prueba.
Puse una canción. Me miré en la pantalla. Intenté sincronizar los labios. Fruncí el ceño en la parte triste, sonreí en el estribillo, ladeé la cabeza como si entendiera el dolor del mundo.
Duré siete segundos.
No era incapaz de hacerlo.
Era incapaz de creérmelo.
Apagué el teléfono. El silencio fue brutal, como salir de un boliche a las seis de la mañana: el mundo real no tiene música de fondo ni filtros que te salven la cara.
Ahí entendí algo incómodo: No me molestan ellos. Me molesta lo cerca que estamos todos de convertirnos en eso. Porque el lip sync no es solo mover los labios. Es una forma de vida. Repetir lo que otros dicen. Sentir lo que otros sienten. Ser lo que otros validan. Playback humano. Y yo, en medio de ese circo digital, con ojeras y una lucidez medio enferma, solo quería una cosa simple, casi primitiva: Escuchar a alguien decir algo que le pertenezca. Aunque sea torpe. Aunque sea feo. Pero real. Sin música de fondo. Sin sincronización. Sin actuar. Algo que no se pueda scrollear.

Inflexiones para inventarse la vida (y terminar creyéndola)
Salgo a la calle con la cabeza llena de ruido. No es pensamiento, es interferencia. Un enjambre de recuerdos que no sé si son míos o si los alquilé por temporada en alguna plataforma emocional. Me cruzo con gente que habla como si hubiera vivido diez vidas, como si cada recital, cada película, cada amor, cada derrota, les perteneciera por derecho narrativo.
En mi cabeza retumba lo que vi en un programa de streaming la frase me persigue como un mosquito insomne: "Hay gente que se inventa un pasado… se lo inventan, lo repiten, terminan dando charlas… y en un momento ya es verdad."
La pienso yo. La dice otro. La dice ese amigo con el que siempre volvemos al mismo bar y a la misma sospecha: estamos rodeados de autobiografías adulteradas.
Lo inquietante no es la mentira. Lo inquietante es la fe. Esto me recuerda cuando en el 87 fui con mi amigo Pililo a un recital. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota aterrizaron por primera vez en Córdoba un sábado flaco de gente y cargado de intuiciones: el 6 de octubre de 1987. El escenario fue la ex Asociación Española, un lugar más grande que el público que lo habitaba. Apenas unos cientos.
La banda llegó con material nuevo bajo el brazo —lo que después sería "Un bahión para el ojo idiota"— y con la necesidad de volver a tensionar lo ya hecho en "Gulp" y "Oktubre". Esa noche tocaron para unos 300 fieles: un ritual desprolijo, cargado de acoples, errores de sonido y una intensidad que no pedía permiso. Algunos lograron grabarlo; la cinta circuló sin culpa por una FM local, como si fuera un secreto a voces. Nunca se convirtió en negocio. Tal vez porque todavía no era tiempo de mercantilizar ese tipo de mitos.
La noche anterior, como si el destino necesitara afinar detalles, el Indio Solari y Skay Beilinson se perdieron por los bares de la ciudad. En uno de ellos encontraron a Astroboy, una banda cordobesa con ecos de King Crimson y Talking Heads. Se quedaron. Zaparon. La madrugada hizo lo suyo: borró fronteras, mezcló sonidos y dejó flotando la sensación de que algo —todavía invisible— estaba empezando a suceder.
Hoy la gente que dice que fue a ese concierto llenaría el Chateau Carreras.
Esto pasa porque no es que te mienten: se creen la mentira. Hay una especie de "incepción del recuerdo", una siembra clandestina en la memoria. Primero es un comentario al pasar —"yo estuve ahí"—, después un detalle agregado —"fue increíble, sonaron mejor que ahora"—, después una anécdota pulida. Y un día, listo: archivo consolidado. Pasado certificado. Como que la nostalgia se volvió un producto enlatado, con fecha de vencimiento y estética vintage. La venden tibia, como pan de ayer rehecho en horno nuevo. Y ahí estamos todos, consumiendo recuerdos como si fueran series limitadas. Temporada única. Edición especial. Con comentarios del director.
Pero hay algo más oscuro, más íntimo. Más peligroso. El problema no es que el otro mienta. El problema es cuando vos ya no sabés quién sos. Camino hacia el lugar donde me robaron los sueños, mi laburo. Miro vidrieras. Veo remeras de bandas que nunca escuché, personajes que "amo" pero que en realidad descubrí ayer en una conversación ajena diría gente que conozco. Y entonces aparece otra frase, como un cuchillo sin mango: "Se acuerdan lo mucho que amaban cuando ven que otro habla de eso…" Es brutal. No aman eso que dicen amar. "Recuerdan que deberían haber amado". Se enamoran del entusiasmo ajeno. De la pasión del otro. Es un contagio emocional, no una experiencia. Como si el deseo fuera tercerizable. Como si el gusto fuera un trámite. Como si la identidad fuera un algoritmo mal entrenado. Amo los libros me dicen. A que bueno: Cuantos libros compras por mes. Y ahí viene un silencio rotundo o una mentira que dirían piadosa.
Después aparece el otro síntoma. El más cotidiano. El más aceptado. El más patético.
El tipo que dice: "No sé qué ver." Pero no es verdad. Sí hay cosas para ver. Hay un océano entero. Lo que no sabés o pretendes es "qué deberías ver para pertenecer". "No sé qué tengo que ver para entrar en la conversación del momento." Esa es la confesión real. El resto es maquillaje. El problema no es el cine. Ni las series. Ni el amor. Ni la memoria. El problema es la intemperie interior. Antes uno veía lo que encontraba. Y eso, de algún modo salvaje, era libertad. No había métricas, ni rankings, ni ese número invisible flotando sobre cada experiencia diciendo "esto vale la pena" o "esto no". "Antes uno no sabía que estaba de moda… y era libre." Libre incluso para equivocarse. Para aburrirse. Para amar mal. Hoy no. Hoy queremos todo certificado. Curado. Validado. Queremos un canon. Queremos instrucciones para sentir. Queremos una lista que nos diga quiénes somos. Y en ese proceso, algo se pierde. Algo se disuelve. Algo que no tiene nombre pero que antes estaba ahí, como un animal silencioso respirando en el fondo de uno. La sospecha final me golpea cuando me siento y pido un café que no sé si me gusta o si aprendí a pedirlo. Capaz que también estoy inventando. Capaz que esta crónica ya la escribí antes en otra vida que no viví.
Capaz que en algún momento la repita tanto que termine creyéndola.
Y entonces sí. Entonces ya no va a importar si fue verdad.


Leer es resistir
Entré a la biblioteca como quien entra a una iglesia en ruinas después de una guerra que nadie admite haber peleado. Afuera, el mundo vibraba en notificaciones, smartphones y ansiedad comprimida. Una catarata de estímulos, un carnaval de pantallas. Adentro, el aire tenía ese olor viejo, casi animal, de papel que resiste. El silencio tenía peso, como si cada libro respirara despacio para no ser descubierto. Tengo la certeza que algo no está del todo bien, pero también que aquí adentro puede haber una forma de salvación.
Me acordé —o creí acordarme— del manifiesto de Irene Vallejo, esa defensa feroz de la lectura como acto de rebeldía íntima, como una trinchera hecha de páginas.
No vine a buscar un libro. Vine a esconderme. Suelo hacer eso cuando necesito escaparme de mi mismo. Pero los libros no son refugios pasivos: son emboscadas.
En mi mente jugaba a las escondidas esa idea casi subversiva de que leer es resistir. No una resistencia épica, sino mínima, cotidiana: abrir un libro mientras todo alrededor te exige que corras.
Me senté en el piso. No por insurrección, sino por cansancio. Abrí uno al azar y fue como meter la cabeza en una tormenta de voces. Los muertos hablaban. Los vivos también, pero peor: gritaban desde otras épocas, desde otras derrotas, desde otras esperanzas que no eran mías pero que empezaban a parecerlo. Irene Vallejo tenía razón —aunque en ese momento me molestaba admitirlo—: leer no es un gesto elegante, es una forma de desobediencia. Es negarse a la velocidad estúpida del presente.
Un tipo a mi lado subrayaba como si estuviera desactivando una bomba. Cada línea marcada era una decisión: esto importa, esto me salva, esto no se negocia. Yo no subrayaba nada. Yo me dejaba subrayar por el texto.
Enseguida apareció la primera emboscada: "Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." — Jorge Luis Borges. Perfecto. Ya estábamos en problemas. Si esto era el paraíso, entonces afuera quedaba el infierno del scroll infinito.
Seguí leyendo, como quien se deja caer. Porque leer no es avanzar: es hundirse. Y en ese hundimiento apareció otra voz: "El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho." — Miguel de Cervantes. Pero yo no andaba mucho. Yo estaba quieto. Y, sin embargo, algo se movía. Tal vez leer sea eso: viajar sin moverte, o peor aún, moverte por dentro.
El tipo a mi lado seguía marcando con furia algunos renglones en los apuntes que tomaba. Cada línea marcada era una toma de posición. Yo no subrayaba nada. Yo estaba siendo subrayado. Me atravesaban frases como agujas: "Leer es resistir." — Irene Vallejo. No sé si lo dijo exactamente así, pero lo sentí así. Y en el relato gonzo, lo que se siente pesa más que lo que se verifica.
Entonces apareció otra verdad, más incómoda, más brutal: "Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir." — Italo Calvino. Claro. Por eso volvemos. Por eso insistimos. Porque los libros no se terminan: nos siguen trabajando como una fiebre baja. Afuera, alguien hablaba por teléfono como si el mundo dependiera de esa conversación. Tal vez dependía. Pero adentro, en esa burbuja de papel y tiempo suspendido, todo era más real. Más lento. Más peligroso.
Pensé en esto: leer es un acto inútil en términos de productividad. No genera dinero inmediato, no optimiza nada, no acelera procesos. No sirve para conocer chicas, más bien sirve para espantarlas, hasta podemos decir que hablar de libros es un buen método anticonceptivo. No obstante —o justamente por eso— es primordial.
En los recovecos de mi palacio mental se sucedían frases como estas "Donde se queman libros, se termina quemando personas." — Heinrich Heine. Su libro Almansor es el preludio directo de la violencia física. Paso en Alemania 100 años después que lo escribió y paso en nuestro país y en muchos lugares del mundo.
"El libro para leer no es el que piensa por ti, sino el que te hace pensar" — Kurt Vonnegut. Esa frase cayó como una piedra. Porque leer no es inocente. Nunca lo fue. Cada lector es, en potencia, alguien que puede cuestionar. Kurt Vonnegut consideraba que leer no era solo una manera de distraerse, sino un recurso vital, una manera de obtener conocimientos y un medio para hacer la existencia más llevadera. Enfatizaba la capacidad de los libros para unir a las personas, fomentar la creatividad y promover el desarrollo personal.
Cerré el libro. Cerré mis raciocinios pero algo había cambiado. No afuera —afuera todo seguía igual de absurdo— sino en esa zona interna donde las palabras hacen ruido.
Pensé en los que dicen que ya nadie lee. Mentira. La gente lee todo el tiempo: lee señales, lee pantallas, lee precios, lee caras. Lo que no hace es detenerse. Y ahí está el crimen. Porque detenerse —como decía ese eco persistente de Irene Vallejo— es casi un acto político. Es decirle al mundo: esperá, no voy a correr en tu carrera enferma.
Estaba sentado en el piso. Sí, en el piso. Como un derrotado o un iluminado, que a esta altura son lo mismo. Empecé a leer en serio. No por obligación, no por cultura, no por quedar bien en una charla de café. Leer como quien se mete en el río sabiendo que la corriente lo puede llevar. Y pasó. Las palabras dejaron de ser palabras. Se volvieron imágenes, recuerdos falsos, futuros posibles. Se volvieron una droga lenta. Entendí —o creí entender— que leer no es acumular libros sino dejar que te desarmen. Que te contradigan. Que te vuelvan menos idiota, aunque sea por un rato.
Afuera, el mundo seguía girando como un hámster con insomnio. Adentro, yo estaba quieto. Y en esa quietud, incómoda pero luminosa, apareció una certeza brutal: no leemos para escapar del mundo. Leemos para soportarlo. Para entenderlo un poco. Para no aceptar del todo la versión oficial de las cosas. Cerré el libro. Pero el libro no me cerró a mí. Y entendí —o creí entender, que es lo único honesto en este delirio— que leer no es escapar del mundo. Es aprender a mirarlo sin aceptar del todo sus reglas.


Jane Austen me cagó la vida
Entré a ver "Jane Austen me arruino la vida" con una mezcla de desconfianza y esa curiosidad morbosa que uno reserva para las tragedias anunciadas. Con una mezcla de sospecha y necesidad. Sospecha porque el cine romántico suele ser una estafa elegante; necesidad porque uno, incluso después de todo, sigue buscando algo que lo explique.
Afuera el mundo era el de siempre: ruido, apuro, vínculos descartables. Pero adentro me esperaba Agathe, una librera parisina con más fe que sentido común, trabajando en Shakespeare and Company, ese santuario literario donde la gente va a convencerse de que leer todavía salva. El planeta seguía sus movimientos de rotación y traslación con su mediocridad habitual, pero en el cine se preparaba otra cosa: una operación a corazón abierto sin anestesia, ejecutada con sonrisas suaves, diálogos ingeniosos y una crueldad emocional de guante blanco.
Agathe es torpe, soñadora, peligrosamente influenciable. Cree en el amor como si fuera una novela de Jane Austen mal leída en una época equivocada. Y ahí está el núcleo del desastre: no es que esté equivocada… es que llegó tarde. Me siento un poco como ella.
La película —dirigida por Laura Piani— arranca como una comedia romántica más, pero enseguida se tuerce. Porque no se trata solo de encontrar el amor, sino de sobrevivir a las expectativas que te metieron en la cabeza.
Agathe viaja a Inglaterra, a una residencia de escritores, como quien va a buscar redención o, en su defecto, una excusa estética para fracasar mejor. Lleva consigo tres problemas graves:
1. Un estado de soltería que ya dejó de ser gracioso.
2. Un bloqueo creativo que la deja muda frente a la página.
3. Y el peor de todos: creer en el amor como si todavía existieran los códigos de otro siglo.
Ahí entra el triángulo amoroso. Caótico, incómodo, inevitable. Uno de los tipos —por supuesto— es arrogante y encima tataranieto de Jane Austen. Como si la genética pudiera sostener el peso de una ilusión.
Y a la sazón todo empieza a resquebrajarse.
Porque sí, esto es cine romántico. Pero no de ese que te vende finales felices como electrodomésticos en cuotas. No. Acá hay algo más perverso: la película te hace creer —aunque sea por momentos— que el amor todavía puede tener sentido. Y eso, en estos tiempos, es directamente un acto irresponsable.
La protagonista —una criatura atrapada entre la ironía y la esperanza— vive intoxicada de literatura. No lee a Jane Austen: la respira, la filtra, la usa como lente para mirar un mundo que ya no funciona con esas reglas. Y ahí entabla la dificultad. Porque Austen, con sus modales, sus bailes, sus silencios cargados de electricidad, creó un modelo de amor que hoy funciona como una droga de diseño: elegante, adictiva y completamente fuera de circulación. La película lo sabe. Y juega con eso. Nos muestra personajes que quieren amar como en el siglo XIX pero viven en el desastre emocional del XXI: vínculos líquidos, promesas descartables, conversaciones interrumpidas por notificaciones. Es como intentar escribir cartas de amor en un chat de WhatsApp: todo suena ridículo, pero igual insistís. Y ahí es donde la película se vuelve peligrosa.
El film juega con una idea resbaladiza: que la literatura no solo te forma, también te deforma. Que leer demasiado puede dejarte emocionalmente inútil para la vida real. Que después de Austen, cualquier vínculo contemporáneo parece una versión mal escrita. Yo miraba y me reía. Pero era una risa incómoda. Porque en Agathe hay algo reconocible: esa mezcla de cinismo moderno y fe ridícula en que, de alguna manera, el amor debería ser más. Más intenso. Más elegante. Más significativo.
Pero el siglo XXI no negocia con esas fantasías. Las relaciones acá son chats que se enfrían, promesas que no se cumplen, gente que no sabe qué quiere pero igual te arrastra. Y en ese contexto, pretender un amor "austeniano" es como intentar escribir con pluma en medio de una tormenta eléctrica.
La película tiene momentos de comedia física —caídas, torpezas, situaciones absurdas— pero debajo late otra cosa. Una tristeza elegante. Una sensación de desajuste permanente entre lo que se desea y lo que realmente ocurre. Porque no ridiculiza del todo a Agathe. Tampoco la salva. La deja en ese limbo donde estamos todos: sabiendo que las expectativas son irreales, pero incapaces de soltarlas.
Visualmente, todo fluye. Nada molesta. Pero lo importante pasa por dentro: en las miradas, en los silencios, en esa incomodidad constante de no encajar ni en la fantasía ni en la realidad. Cuando terminó, me quedé unos segundos sentado. Pensando en mis propios desastres sentimentales. En las veces que esperé gestos imposibles. En las veces que confundí intensidad con verdad. En las veces que creí que alguien iba a comportarse como un personaje de novela cuando en realidad apenas podía sostener una conversación honesta. Porque el problema no es la película. Ni siquiera es Jane Austen. El problema es que alguien, en algún momento, nos hizo creer que el amor tenía sentido narrativo. Que había desarrollo, clímax y resolución. Y no. El amor, en la vida real, es más parecido a un borrador mal editado.
Salí del cine con esa sensación extraña: no devastado, no feliz. Algo intermedio. Como después de una cita que prometía más de lo que podía dar. Y entendí algo —tarde, como siempre—: No es que Austen haya arruinado nuestras vidas. Es que nos enseñó a esperar algo que este mundo no está dispuesto a escribir. Y aun así seguimos buscando. Como Agathe. Como idiotas. Como lectores que todavía creen que la próxima página puede salvarlos.
La película no se burla del romanticismo. Tampoco lo idealiza del todo. Lo expone. Lo deja en evidencia como una enfermedad crónica. Algo que sabés que te va a hacer mal pero no podés abandonar. Ahí está el núcleo del problema: Jane Austen no arruinó nuestras vidas pero nos dejó una vara que nadie —ni nosotros mismos— puede alcanzar sin romperse en el intento. El film funciona como un espejo deformante: te ves reflejado, pero con más ilusión de la que realmente tenés. Y eso duele. Visualmente, todo es correcto. Nada molesta. Todo fluye. Pero lo importante no está en la estética sino en ese filo constante entre lo que se desea y lo que realmente ocurre. En esa tensión entre la fantasía literaria y la brutalidad cotidiana.
Hay escenas que parecen inofensivas —una charla, una mirada, un silencio— pero están cargadas de dinamita emocional. Porque todos sabemos cómo terminan esas historias: mal, o peor, o simplemente diluidas en la nada. Y de alguna manera uno sigue mirando. Como un idiota. Como un creyente. Como alguien que, a pesar de todo, todavía quiere que funcione. Como después de hablar con alguien que te gusta sabiendo que no va a pasar nada.
Pensé esto: El problema no es el amor. El problema es haber leído demasiado. El problema es haber visto películas como esta y seguir esperando que, en algún rincón improbable del mundo, alguien diga lo correcto en el momento exacto. Y que eso alcance. Pero no alcanza. Nunca alcanza.
Y aun así —puta madre— volvemos a intentarlo.

Crónica de un amor contado hacia atrás
La vi por primera vez una noche cualquiera, de esas en las que uno pone una película no para verla sino para no pensar. Era 500 días con ella y yo todavía creía que el amor era una línea recta: conocerse, gustarse, enamorarse, sufrir un poco, sanar, repetir. Dos horas después entendí que el amor se parece más a una gráfica mal dibujada, llena de picos, caídas y silencios incómodos.
Tom cree en el amor como se cree en una religión heredada: no la cuestiona, la repite. Summer no cree. O cree distinto, que es peor para el que espera milagros. Ahí empieza todo. No en el beso ni en la canción compartida, sino en ese malentendido fundacional que solemos llamar química: uno quiere un relato, el otro una experiencia.
La película no avanza: se desarma. Un día estás en el éxtasis —la música suena mejor, la ciudad parece hecha para caminarla de la mano— y al siguiente estás solo, mirando el techo como si ahí estuviera escrita alguna explicación que no llegó. El montaje salta porque la memoria también salta. Nadie recuerda el amor en orden cronológico. Recordamos lo que duele, lo que falta, lo que creímos promesa y era apenas posibilidad.
Hay una escena que siempre vuelve: expectativas contra realidad. Dos pantallas. En una, la película romántica que Tom se arma en la cabeza; en la otra, la escena mínima, casi cruel, de lo que realmente ocurre. Esa es la verdadera historia de amor: no la pareja, sino la distancia entre lo que imaginamos y lo que pasa.
Summer no es villana. Tom no es víctima. Esa es la trampa que la película se anima —a medias— a señalar. Ella dice lo que siente (o lo que no siente). Él escucha solo lo que le conviene. Después, como hacemos tantos, reescribe el pasado para que encaje con su dolor. Idealiza. Congela gestos. Convierte señales ambiguas en certezas absolutas.
Vista desde una lectura feminista, la incomodidad crece. Cuando una mujer no encaja en el guion romántico tradicional, el sistema narrativo tiende a convertirla en problema. Summer es leída como confusa, fría, contradictoria, aun cuando dice explícitamente lo que quiere y lo que no. El conflicto no está en ella, sino en el mandato: si una mujer se vincula, debe querer algo serio; si disfruta sin prometer futuro, es irresponsable; si se va, es culpable del dolor ajeno.
El amor que Tom defiende no es neutro. Es el amor romántico clásico: exclusividad, idealización, sacrificio, destino. Un modelo funcional al patriarcado que coloca a la mujer como objeto de sentido, como quien completa, salva, ordena la vida masculina. Cuando Summer se niega a ocupar ese lugar, el relato entra en crisis. Y aunque la película intente ser progresista, no es inocente: el dolor masculino ocupa el centro; la subjetividad femenina queda opaca. A él lo comprendemos. A ella la interpretamos.
Desde la psicología, Tom encarna un apego ansioso: necesidad de fusión, miedo al abandono, tendencia a leer ambigüedades como confirmaciones. No se enamora de Summer, sino de la imagen que construye de ella. El problema no es el rechazo, sino la idealización previa. Cuando el otro no cumple la fantasía, la caída es devastadora.
Summer, en cambio, no es evitativa patológica. Es alguien que pone límites: no promete lo que no siente, no negocia su deseo para calmar la angustia ajena. Psicológicamente, eso es salud. El conflicto surge cuando el otro no tolera que el deseo propio no sea correspondido.
El cruce entre feminismo y psicología muestra algo más incómodo todavía: Tom no sufre solo por perder a Summer, sino por perder el sentido que había depositado en ella. Y Summer es leída como causa del dolor porque el sistema romántico no acepta que una mujer no sea responsable del bienestar emocional masculino.
La volví a ver hace poco y no fue nostalgia lo que sentí. Fue vergüenza. Una vergüenza lenta, de esas que se instalan como humedad. Porque entendí algo que durante años no quise ver: yo también fui Tom. No en los gestos románticos —no sé bailar en la calle ni armar playlists— sino en lo peor: en creer que el deseo propio es argumento suficiente. En escuchar The Smiths.
La conocí en una ciudad chica, donde todo se repite y nada es anónimo. Ella fue clara desde el principio. No quería una relación. No buscaba nada. Lo dijo sin misterio ni crueldad. Yo asentí. Dije que entendía. Mentí. No por estrategia: mentí porque creí que entender era aceptar y aceptar era esperar.
Ahí empezó mi versión de los quinientos días. Cada mensaje era una señal. Cada límite, un desafío narrativo. No la veía a ella: veía una historia posible. Me enamoré del guion, no de la persona. Y cuando se fue —porque no se fue de golpe, se fue como se van quienes no deben explicarse eternamente— sentí que me habían quitado algo. No algo compartido. Algo que yo había construido solo.
No estaba triste por ella. Estaba herido por mí. Por la versión de mí que creí posible si se quedaba. Y lo más incómodo no fue el dolor, sino la autocompasión: ese refugio masculino tan aprendido donde sufrir parece dar razón.
Nunca pensé cómo estaba ella. Nunca imaginé que irse también podía haber sido alivio. El duelo era mío. El relato era mío. Ella quedó convertida en personaje secundario de mi crisis. Exactamente como Summer.
Con el tiempo entendí algo más duro: no me abandonaron. No me eligieron. Y para un varón educado en la idea de que insistir es romántico y esperar es virtud, aceptar eso sin resentimiento cuesta.
Hoy la película ya no me duele por Summer. Me duele Tom porque lo reconozco. Porque sé lo fácil que es llamar amor a una proyección y desamor a un límite. Porque sé lo tentador que es enamorarse de una fantasía y después acusar a la realidad de no estar a la altura.
No fue ella.
No fue Summer.
No fue esa mujer.
Fue una pedagogía sentimental defectuosa. Una masculinidad que confunde deseo con derecho y dolor con profundidad. Entenderlo no me volvió mejor persona de golpe, pero me quitó algo peligroso: la idea de que alguien me debía amor por haberlo sentido primero.
La película termina con otra estación, otro nombre, otra posibilidad. Yo no creo en esos cierres prolijos. Prefiero uno más honesto: aceptar que a veces no nos rompen el corazón. A veces se nos cae una ficción. Y aprender a vivir sin ella, aunque cueste, también es una forma de crecer.Crónica de un amor contado hacia atrás

Cartografía del desarraigo
El sillón mecedor cruje como si tuviera memoria propia. No es un mueble: es una máquina del tiempo de madera cansada. Va y viene, va y viene, como este país que nunca termina de decidir si quiere recordar o anestesiarse.
Cincuenta años. Medio siglo desde el Golpe de Estado en Argentina de 1976. Lo digo en voz alta, como si al nombrarlo pudiera domesticarlo. Pero no. La palabra "golpe" suena seca, quirúrgica. Lo que vino después fue otra cosa: una intemperie moral, un país con las persianas bajas y el miedo filtrándose por debajo de las puertas.
Yo era chico. O eso creo. Porque hay recuerdos que no sé si son míos o heredados, como esos muebles que pasan de generación en generación con el olor impregnado de otra vida. Mis viejos militaban. No en el sentido romántico que después intentaron vender algunos, sino en el sentido concreto: reuniones en voz baja, papeles que desaparecían rápido, nombres que no se repetían. Militaban como quien respira en una habitación sin aire.
El sillón va hacia adelante y me trae una imagen: mi vieja bajando la voz cuando sonaba el teléfono. Siempre el teléfono. Ese aparato era una amenaza disfrazada de objeto doméstico. Me acuerdo del gesto: la mano cubriendo el auricular, los ojos clavados en la nada, como si en esa nada hubiera alguien escuchando.
Va hacia atrás.
Mi viejo fumando en la cocina, de noche. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, había palabras que quedaban suspendidas en el aire como si pesaran más de lo normal: "compañeros", "cayeron", "cuidate". Yo no entendía del todo, pero entendía lo suficiente para saber que había algo mal, algo que no debía preguntarse.
El país afuera era otro. Un decorado. La televisión sonreía, los locutores pronunciaban un castellano impecable, como si la sintaxis pudiera ocultar los gritos. Y en ese doble fondo crecimos muchos: jugando a la pelota en la vereda mientras en algún lugar alguien desaparecía sin dejar rastro.
El sillón insiste con su ritmo hipnótico. Es casi una tortura suave. Me obliga a no quedarme quieto, a no instalarme en una versión cómoda del pasado.
Cincuenta años.
Pienso en los nombres que después aprendí: Proceso de Reorganización Nacional. Qué forma elegante de nombrar el horror. Reorganización. Como si el país fuera un placard desordenado y no un campo de operaciones clandestino.
Y sin embargo, en medio de todo eso, estaba la infancia. Esa obstinación biológica de seguir siendo chico aunque el mundo se esté desmoronando. Me acuerdo de una pelota de cuero gastada, de las figuritas, de una bicicleta heredada. Me acuerdo de reírme. Eso es lo más extraño: la risa coexistiendo con el miedo, como dos capas que nunca terminaban de mezclarse.
A veces me pregunto qué habría sido de mí sin ese contexto. Sin mi postre preferido allá en la ciudad de La Plata que era sopa Inglesa. Que o como sería si la política, los libros, el arte, la historia no hubieran entrado a mi casa como entra el frío en invierno, por las rendijas. Pero la pregunta es inútil. Uno es lo que le tocó atravesar.
El sillón se detiene un segundo, como si también estuviera cansado de tanto pasado.
Las mudanzas, el exilio, el otras ciudades, otros países, otras culturas, el desarraigo todo eso me hicieron lo que soy.
El problema de las mudanzas es que uno nunca termina de irse del todo. Siempre queda algo flotando en el aire de la casa anterior: una voz, un olor, una forma de la luz entrando por la ventana. Y sin embargo, el cuerpo se mueve igual, como una orden que no admite discusión. Nos fuimos. Nos fuimos muchas veces.
El exilio no siempre es una palabra grande. A veces es simplemente una valija mal cerrada, una dirección nueva escrita a las apuradas, un mapa que no entendés. A veces es un chico tratando de aprender cómo se dice "recreo" en otro idioma sin que se le note el miedo.
El sillón —porque siempre hay un sillón en estas historias— no es el mismo, pero cruje igual. Me siento y dejo que la memoria haga lo suyo: ese montaje caótico donde todo está desordenado pero, de alguna manera, tiene sentido.
Primera parada: San Ponciano. Jardín y primaria. La Plata tenía ese aire prolijo, casi geométrico, como si alguien hubiera querido domesticar el caos a fuerza de diagonales. Yo era chico, demasiado chico para entender por qué nos íbamos después. Pero ya estaba esa sensación: el mundo no era fijo, las cosas podían cambiar de un día para el otro. En el aula, los guardapolvos, las filas, las maestras con voz firme. Afuera, otra cosa que no terminaba de comprender pero que empujaba.
Después, corte abrupto.
Escuela Manuel Belgrano. Villa Dolores. Otro ritmo. Otro aire. Otra forma de hablar. Yo ya no era del todo de ningún lado. Era el chico que venía de otro lugar, que decía algunas palabras distinto, que traía un acento mezclado con silencios. El desarraigo empieza ahí: cuando te das cuenta de que pertenecías a un lugar que ya no existe.
Pero el viaje no terminaba.
México.
Y ahí todo explota en colores.
Escuela primaria Carlos Marx. Solo el nombre ya era una declaración. Avenida 1° de Mayo e Insurgentes: la historia metida en la dirección misma, como si cada esquina fuera una consigna. México era otra dimensión: los olores, la comida, el calor, las palabras que sonaban distintas pero cercanas. Yo aprendía rápido, porque no había opción. Adaptarse o quedarse afuera. Y uno, a esa edad, hace lo que puede para no quedarse solo en el recreo. Durango no era un destino turístico de arena y mar.
Ahí entendí algo sin poder formularlo: que la identidad no es un bloque, es un collage. Un poco de acá, un poco de allá, un montón de piezas que no encajan del todo pero igual arman algo.
De vuelta. Siempre de vuelta.
Escuela Normal Dalmacio Vélez Sarsfield. Ese edificio era como un punto de anclaje en medio de tanto movimiento. Volver a un lugar que ya conocías, pero siendo otro. Porque eso es lo que hacen las mudanzas: no solo cambian el paisaje, te cambian a vos. Yo ya no era el mismo que se había ido. Traía México pegado en la piel, en el oído, en la forma de mirar.
Y después Mendoza.
Colegio San José de los Hermanos Maristas. El secundario. Otra ciudad, otra lógica, otra adolescencia empezando a tomar forma. Ahí ya no era solo adaptación: era construcción. Empezar a decidir, aunque sea de manera torpe, quién querías ser con todo ese material acumulado.
Y otra vez Villa Dolores. Otra vez la Escuela Normal Dalmacio Vélez Sarsfield. Como si la vida hiciera bucles, como si necesitara que vuelvas a ciertos lugares para entenderlos de verdad.
El sillón se mueve despacio.
Las mudanzas, el exilio, las otras ciudades, los otros países, las otras culturas. El desarraigo. Todo eso no fue un accidente: fue una forma de formación. Una educación paralela, más intensa que cualquier programa escolar.
Porque las escuelas enseñan contenidos.
Pero irse, llegar, adaptarse, viajar, perder, volver a empezar… eso enseña otra cosa.
Te enseña a no confiar demasiado en lo permanente.
Te enseña a leer a la gente rápido.
Te enseña a armar hogar en lugares improbables.
Te enseña, en definitiva, a ser.
Y entonces entiendo —meciéndome en este presente que también es transitorio— que no hay una sola infancia, sino muchas. No hay una sola escuela, sino una cadena de escenas donde fuiste dejando versiones tuyas.
No soy de La Plata.
No soy de Villa Dolores.
No soy de México.
No soy de Mendoza.
O peor —o mejor—: Soy un poco de todos esos lugares al mismo tiempo.
Un territorio en movimiento.
Reflexiono la militancia de mis padres, el marxismo, el peronismo, la izquierda peligrosa, la derecha religiosa, moral y cristiana. Mi padre en el patio de una casa de La Plata en el 75 enterrando libros.
Hoy hablan de memoria, de justicia, de relatos. Y está bien. Pero hay algo que no entra en los discursos: esa sensación física, casi animal, de vivir alerta. De saber que el mundo de los adultos está roto, aunque no entiendas exactamente por qué.
Mis viejos sobrevivieron. Eso ya es una forma de milagro estadístico. Otros no. Y en esa diferencia arbitraria —ese azar brutal— se construyó buena parte de lo que somos como sociedad.
El sillón vuelve a moverse.
Pienso que tal vez la memoria no es un archivo ordenado, sino este vaivén: avanzar hacia una imagen, retroceder hacia otra, sin llegar nunca a un punto fijo. Una oscilación permanente entre lo que fue y lo que creemos que fue.
Cincuenta años después, sigo acá, meciéndome entre recuerdos propios y prestados, tratando de entender cómo se vive con una historia que no termina de pasar.
Y el sillón —testigo silencioso, cómplice involuntario— sigue insistiendo.
Va.
Y viene.
Como nosotros.

Desparecidos de Villa Dolores, Traslasierra, Córdoba, Argentina. POR JUSTICIA , MEMORIA Y VERDAD!
La memoria como resaca: crónica sucia a 50 años del Golpe de Estado en Argentina de 1976
Hay días en que el pasado no está atrás: está agazapado. Respirándote en la nuca.
Cincuenta años del Golpe de Estado en Argentina de 1976 y todavía hay gente que habla de "excesos", como si el horror fuera un error administrativo y no un sistema perfectamente aceitado.
En Villa Dolores el sol pega como siempre, los jubilados discuten política en la vereda y un pibe pasa en moto haciendo ruido para existir. Todo parece normal. Pero la normalidad en Argentina es una máscara: abajo siempre hay otra cosa, una tensión que no se ve, pero se siente.
El calendario miente. Dice que pasaron 50 años desde el Golpe de Estado en Argentina de 1976, pero hay días —como hoy— en que el aire huele a la misma electricidad densa, a ese silencio que no es paz sino advertencia.
Camino por una plaza cualquiera de Villa Dolores, y de repente todo se mezcla: el mate tibio, los pibes con el celular, el ruido de una moto… y, debajo, como una frecuencia baja imposible de apagar, la memoria. No la memoria oficial, la de los discursos prolijos, sino la otra: la que se te mete en el cuerpo sin pedir permiso.
Porque el golpe no fue solo una fecha. Fue una pedagogía del miedo. Una maquinaria donde tipos con uniforme, como Jorge Rafael Videla, decidieron que el país era un quirófano y que había que extirpar lo que ellos llamaban "subversión", como si la vida fuera una infección. Y lo hicieron con método: secuestros, torturas, desapariciones. Palabras que todavía hoy se pronuncian en voz baja, como si pudieran despertar algo.
Pero lo más jodido —lo verdaderamente subjetivo— es darse cuenta de que el horror no quedó encapsulado en los '70 como una reliquia. No. Mutó. Se recicló. Se volvió discurso elegante en ciertos sectores, se disfraza de orden, de eficiencia, de "poner las cosas en su lugar". Y ahí es donde el pasado deja de ser pasado y se convierte en una amenaza latente. Porque acá hubo un plan. Tipos como los de la junta militar no improvisaban: administraban el terror con lógica de oficina. Secuestrar, torturar, desaparecer. Borrar personas como si fueran archivos incómodos. Y lo más perverso: convencer a una parte de la sociedad de que eso era necesario.
Lo gonzo es esto: el tiempo pasó, pero el eco no se apagó. Cambió de forma. Hoy no hay Ford Falcon verdes llevándose gente en la noche, pero hay discursos que coquetean con la misma lógica: orden sin justicia, autoridad sin límites, memoria selectiva. El pasado vuelve cuando alguien dice "no fueron tantos" o "algo habrán hecho". Ahí, en esa frase, la historia se filtra como humedad.
Y, sin embargo, contra todo eso, hay resistencia. Siempre la hay. Los nombres escritos en las paredes. Los pibes que preguntan, que incomodan, que no compran el relato fácil.
Me acuerdo de escuchar a los viejos hablar en susurros, de esa sensación de que había cosas que no se podían decir. Y ahora veo a pibes que no vivieron nada de eso, pero que cargan con una especie de herencia invisible: desconfianza, cinismo, una idea rara de que la política siempre es peligrosa. Y pienso: la dictadura no solo desapareció cuerpos, también intentó desaparecer la posibilidad de imaginar otro mundo.
Pero no lo lograron del todo. Porque hay algo que resiste. Siempre. Las Madres de Plaza de Mayo caminando en círculos cuando todo era oscuridad total. Los nombres que vuelven siempre presentes, en las marchas, en las escuelas. Ese grito que ya no es solo consigna sino una especie de conjuro colectivo: Nunca Más.
Y, sin embargo, hay que decirlo sin anestesia: la democracia argentina llegó, pero no curó todo. Hay deudas, hay desigualdades, hay bronca acumulada. Y en ese caldo, a veces, aparecen voces que relativizan, que minimizan, que juegan con fuego. Como si no supieran —o peor, como si no quisieran saber— lo que pasa cuando el Estado decide convertirse en verdugo. Los tiempos nuevos inyectaron el virus del olvido, la amnesia colectiva alimentada por los medios de comunicación. Y así empezamos a perder la batalla cultural.
Cincuenta años no alcanzan para cerrar una herida así. Tal vez no alcance nunca. Pero sí alcanzan para entender algo fundamental: la memoria no es un acto del pasado, es una práctica del presente. Es elegir, todos los días, de qué lado estás cuando alguien legitima lo aberrante.
Pero no alcanza con recordar una vez al año. La memoria no es un feriado: es una trinchera.
Porque si algo enseñan estos 50 años es que el horror no entra gritando: entra de a poco, disfrazado de sentido común.
Y ahí es donde se decide todo.
No en los libros de historia, sino en esa conversación incómoda, en ese silencio que elegís romper, en ese "no" cuando alguien quiere justificar lo injustificable.
Cincuenta años no son cierre. Son advertencia.
Hunter S. Thompson diría que estamos todos un poco intoxicados: de historia, de contradicciones, de fantasmas. Pero también diría que en esa intoxicación hay lucidez. Porque recordar no es un gesto nostálgico. Es un acto político.
Y entonces sigo caminando. La plaza, la tarde, la vida que sigue. Pero con una certeza clavada como un hierro: el olvido no es inocente. Y la memoria, aunque duela, es lo único que nos mantiene humanos.


"Villa Dolores bajo la lluvia: crónica de un Día Mundial de la Poesía en otoño"
El calendario dice que hoy es el Día Mundial de la Poesía, pero en Villa Dolores nadie parece dispuesto a recitar nada: el cielo se deshace en una llovizna persistente, una de esas lluvias finas que no caen, se infiltran. El otoño entra sin pedir permiso, como un borracho lúcido que te mira fijo y te dice: "hasta acá llegaste, pibe".
El almanaque insiste: Día Mundial de la Poesía. Pero en Villa Dolores el cielo no celebra: se descose en una llovizna mansa, persistente, como si alguien allá arriba estuviera borrando lo escrito para obligarnos a empezar de nuevo. El otoño entra así, sin épica, con olor a tierra mojada y a hoja rendida.
Salgo a la calle con un cuaderno mojado y una birome que amenaza con rendirse. Gonzo, subjetivo, inmersivo y a menudo excéntrico. Sí: involucrado hasta el cuello, empapado, escribiendo como si el agua fuese tinta y el pueblo un poema que se desarma. Las veredas huelen a hojas muertas, a esa melancolía vegetal que ni Charles Baudelaire podría metabolizar sin caer en una borrachera existencial.
Salgo igual. Me gusta caminar cuando llovizna, sentir la lluvia como un bautismo de la naturaleza. Cuaderno en mano, como un testigo torpe de algo que no sé nombrar: no hay distancia posible entre lo que pasa y lo que escribo. Todo es lo mismo, una sola cosa húmeda.
Las chicas del mercadito Caso me miran desde la penumbra. Tienen la radio prendida, pero no hay música, sólo estática. Pienso que eso también es poesía: ruido blanco en una ciudad chica, el eco de algo que no termina de decirse. Les compro un cigarrillo suelto —ilegal, mínimo, perfecto— y me dicen a coro: "Arrancó el fresco". Como si el otoño fuese un motor viejo que finalmente encendió.
La lluvia insiste. Golpea los techos de chapa como una máquina de escribir oxidada, tic-tic-tic, redactando un manifiesto invisible. Y ahí entiendo: la poesía no está en los libros hoy, está en esta humedad que te cala los huesos, en el perro flaco que busca refugio bajo un Renault desvencijado, en la pareja que discute bajito en la parada del colectivo, creyendo que nadie los escucha.
Me acuerdo de Hunter S. Thompson, claro. Él habría dicho que todo esto es un mal viaje sin drogas, una distorsión de lo cotidiano donde la realidad se vuelve más honesta que cualquier ficción. Y quizás tenga razón: el otoño en Villa Dolores no entra, irrumpe; no se anuncia, se impone.
Camino por la calle Miguel Cane, 4 cuadras hacia el norte. La plaza Rafael Horacio López, Rafael mi amigo, Rafael hombre de actitud poética ante la vida de quien guardo y conservo infinidad de charlas poéticas.
En la plaza, casi vacía, me acuerdo de Rafael Horacio López. Lo escucho en mi cabeza;
Y en el cansancio de mi madre
encuentro fuerzas,
para seguir escribiendo,
con el ruido de la aurora
al otro día.
Evoco a mi madre, siento la voz del Rafa, oigo sus palabras o las invento —da igual—: "La lluvia no cae: recuerda."
Y entonces entiendo que esta llovizna no es meteorología, es memoria filtrándose por las grietas del día.
Un perro sacude el agua como si quisiera desprenderse del mundo. Un hombre cruza la calle con el cuello levantado, refugiado en su propio cuerpo. Todo parece menor, pero no lo es. Nunca lo es.
Doblo por una esquina y el viento trae otra voz, la de Osvaldo Guevara, áspera, como dichas desde un bar a medio cerrar, como esas noches de tertulias en la vieja esquina cuando despuntaban los 2 mil: "El otoño no llega: te encuentra."
Y sí. Te encuentra. No importa dónde te escondas, te alcanza con su lógica de desgaste, con esa forma lenta de recordarte que todo se apaga un poco.
Osvaldo siempre presente con tus palabaras:
Tus ojos hacen juego
con las lloviznas del otoño
Tus pies
con los hoyuelos de la primavera.
Tu voz
con las aguas alegres del verano.
Si hicieran juego
tu mirar
tu andar
tu hablar
con mis inviernos…
La lluvia aporrea las ventanas de carpintería metálica como una vieja Remington. Pienso en Alejandro Nicotra, en algo que podría haber escrito o que debería haber escrito: "En los pueblos chicos, el tiempo no pasa: gotea." Cada gota una sílaba. Cada charco, un verso inconcluso. Los versos de Alejandro resuenan en mi cabeza:
Nubes negras, rayo de la locura.
Desde todas las calles,
enredándose en cóleras
y crucifixiones,
huye el viento.
La hoja seca estampada sobre el vidrio
abre su boca muda,
grita.
Y ya no están las figuras del polvo.
Pero, alguien lo sabe:
la noche cae en lluvia o en palabras
sobre las sordas ruinas,
cierra un círculo.
Anoto algo ilegible en el cuaderno. La tinta se corre. Las palabras se deforman como si quisieran escapar del sentido. Y tal vez de eso se trate el día mundial de la poesía: no de escribir versos perfectos, sino de aceptar que todo se desarma —las estaciones, los cuerpos, las certezas— y aun así insistir.
La lluvia no para. El poema tampoco.
Entro de vuelta al mercadito para escapar, pero adentro también llueve: la radio chisporrotea, el frío se mete igual. La poesía no está en los libros hoy, está en esta incomodidad, en este leve temblor del cuerpo cuando el clima cambia y uno también, aunque no quiera.
Salgo otra vez. No hay salvación bajo techo.
Y entonces aparece, como un remate seco, la sombra de Oscar Guiñazú Álvarez:
Salgo sigilosamente
a beberme la lluvia
porque me tienta
su monotonía de gasa.
La recojo y la traigo conmigo
hasta adentro
en sonido y suavidad
que gusto son a son,
sorbo a sorbo.
Fiesta.
(Una orgía de lluvia)
Me ha quedado su música prieta
aquí, adentro.
Reflexiono será que "Escribimos para no mojarnos del todo."
Pero es mentira.
Estoy empapado.
El cuaderno, arruinado.
Las palabras, corriéndose como si huyeran del sentido.
Y sin embargo sigo.
Porque tal vez eso sea la poesía hoy, en Villa Dolores, con el otoño recién estrenado y la lluvia clavada en la tarde: insistir en escribir cuando todo se borra.

El museo que se mira y el museo que se lee
Crónica comparativa entre la serie y el libro El Museo de la Inocencia de Orhan Pamuk
Entré al Museo de la Inocencia primero por el papel y después por la pantalla. Hay gente que no conoce este dato de que es una obra del premio nobel Orhan Pamuk y quizás estén ingresando a este museo al revés de lo que a mi me paso. Error o revelación: todavía no lo sé. La serie —esa adaptación televisiva que ordena el caos para volverlo visible— me ofreció un Estambul limpio, encuadrado, casi turístico. El libro, en cambio, me arrojó a un Estambul sucio de deseo, lleno de objetos que pesan más por lo que significan que por lo que son.
En la serie, Kemal mira: mira a Füsun, mira los objetos, mira su propia obsesión. La cámara se convierte en su cómplice. Todo es reconocible: el amor imposible, la diferencia de clases, el ritual del recuerdo. Hay música para subrayar la melancolía y silencios calculados para que entendamos que estamos ante una gran historia de amor. El problema —si hay uno— es que la obsesión se vuelve estética. El fetichismo se vuelve decorado. El dolor, narrativo.
En el libro, en cambio, no hay respiro. Pamuk escribe como quien cataloga una herida. Cada objeto —un aro, un cigarrillo, un vestido— no está ahí para embellecer la historia sino para reemplazar el cuerpo ausente. Kemal no recuerda: colecciona. No ama: archiva. Y ahí la novela se vuelve incómoda, incluso monstruosa. Porque nos obliga a preguntarnos si ese amor no es, en realidad, una forma sofisticada de apropiación.
La serie suaviza a Kemal. El libro lo expone. En pantalla, su obsesión parece romántica; en el texto, es patológica. Leída desde hoy, la novela dialoga con el psicoanálisis sin pedir permiso: el duelo que no se elabora, la sustitución del objeto amado por objetos inertes, la sublimación fallida. El museo no cura: congela.
También cambia el lugar del espectador/lector. La serie nos invita a mirar el museo como experiencia cultural. El libro nos convierte en cómplices de una ética dudosa: ¿qué hacemos cuando empatizamos con un narrador que transforma a una mujer en vitrina? Pamuk lo sabe y no se disculpa. La serie, en cambio, parece pedir perdón todo el tiempo.
Hay una pregunta que el libro obliga a hacerse y que la serie apenas roza: ¿qué pasa cuando una mujer deja de ser sujeto y se convierte en archivo?
Desde una lectura feminista, deja de ser una historia de amor para revelarse como un relato clásico del deseo masculino que se legitima a sí mismo. Kemal ama como se ama en las sociedades patriarcales: mirando, tomando, guardando. Nunca escuchando.
En el libro, Kemal lo dice sin culpa: "Los objetos me permitían estar cerca de Füsun sin ella". Esa frase —aparentemente romántica— es el corazón del problema. Como advierte Simone de Beauvoir: "El hombre se erige como Sujeto; la mujer es el Otro."
Füsun no es una voz, es un espacio donde Kemal proyecta su deseo. No decide, no narra, no recuerda: es recordada. Y recordar, en esta novela, es un acto de poder.
La serie intenta corregir esto. Le da más gestos, más silencios significativos, incluso cierta autonomía emocional. Pero esa corrección es cosmética. Porque el núcleo no cambia: el relato sigue organizado alrededor del dolor masculino, ese dolor que, como señala Rita Segato,"se presenta como sufrimiento legítimo mientras invisibiliza el daño que produce."
Kemal sufre —y ese sufrimiento lo absuelve de todo—: de espiar, de coleccionar restos, de convertir una vida ajena en reliquia. El museo no es un homenaje: es un dispositivo de apropiación. Cada objeto robado es una frontera cruzada sin consentimiento.
Desde el feminismo, el museo funciona como una metáfora brutal del amor romántico patriarcal: él conserva, ella desaparece. O, como escribe Judith Butler:"Algunas vidas son lloradas; otras apenas son registradas."
Füsun no tiene derecho ni siquiera a su propia pérdida. Su muerte —en el libro— es el punto final perfecto para que Kemal ordene el relato, cierre el duelo y abra el museo. Ella muere; él significa.
La serie embellece esta violencia. El libro la deja al descubierto. Y ahí aparece su potencia incómoda: Pamuk no escribe para salvar a Kemal, sino para exhibirlo. Para mostrar cómo la cultura convierte la obsesión masculina en patrimonio emocional.
Leído hoy, "El Museo de la Inocencia" puede —y debe— ser leído como advertencia. Porque cuando el amor se narra sin la voz de la mujer, lo que queda no es romance: es colección. Y todo museo, aunque se llame "inocente", siempre es un acto de poder sobre lo que decide conservar.
Leer El Museo de la Inocencia después de ver la serie es como entrar al depósito después de recorrer la sala principal. Ahí están los restos, lo que no se exhibe, lo que huele mal. Y sin embargo, es ahí donde la obra se vuelve verdaderamente política: una crítica feroz a la masculinidad melancólica que confunde amor con posesión y memoria con poder.
Al final, entendí algo simple y brutal: la serie narra una historia de amor; el libro construye un museo del daño.
Y de ese museo, una vez que entrás de verdad, no se sale ileso.

Manual breve para caminar con fantasmas latinoamericanos
Caminábamos con Daniel —chileno, errante, viajero
incansable, exiliado por herencia, aunque no por decreto— y hablábamos de
literatura como se habla de países perdidos: con amor, rabia y un poco de
culpa.
Cada paso era una frontera. Cada baldosa, una dictadura mal cerrada.
Caminábamos con Daniel —lector serio, ironía fina como navaja de Valparaíso— sin rumbo fijo, que es la única forma honesta de patear cuando se habla de literatura.
La ciudad estaba húmeda, con ese olor a baldosas cansadas y cafés baratos. Caminábamos como quien traduce pensamientos al movimiento.
—La literatura —me dice Daniel— es un error hermoso.
—O una trampa —le contesto—. Como la rayuela: te promete cielo y te devuelve barro.
Saltábamos de tema en tema, como si jugáramos al tejo.
—En Latinoamérica —dijo Daniel— uno no se exilia solo del país, se exilia del lenguaje.
—Y cuando vuelve —le respondí— el idioma ya está privatizado.
Ahí fue cuando lo vimos.
Alto. Desgarbado. Un saco que parecía prestado por el tiempo. Fumaba como si el cigarrillo fuera una extensión de su sintaxis. Julio Cortázar estaba apoyado contra un poste, mirando nada, que es la mejor forma de mirar todo.
Así apareció Cortázar.
O tal vez siempre estuvo.
Alto, extranjero incluso en su propio fantasma, con esa cara de profesor distraído que sabe exactamente qué va a pasar, pero igual te deja caer.
—El exilio no es irse —dijo—. El exilio es cuando tu país empieza a hablar un idioma que no reconocés.
"Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido." Lo dijo como quien dicta un parte de guerra.
Yo pensé en editoriales españolas, en contratos, en premios con jurados domesticados, en la revolución convertida en prólogo.
—Hoy —le dije— la literatura latinoamericana se exporta como folklore elegante.
—Claro —respondió Julio—. Subversión sin consecuencias. Libros rebeldes con ISBN dócil.
Daniel se rió, pero era una risa de postdictadura: breve, desconfiada.
No dijimos nada.
La literatura enseña algo esencial: cuando lo imposible aparece, no se lo interroga; se lo acompaña.
—Ustedes caminan raro —dijo sin mirarnos—. Caminan como si pensaran.
Daniel me clavó el codo.
Yo pensé: la concha de la lora, estamos dentro de un cuento.
Cortázar sonrió apenas, como quien ya escribió ese final.
"Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos".
La frase cayó en la vereda como una botella rota. Nadie se lastimó, pero todos sangramos un poco. Aunque la frase este tan gastada como la baraja de naipes de un bar de pueblo campestre.
—En Chile —le dice Daniel— todavía leemos como si fuera peligroso.
—Eso es leer bien —respondió Julio—. Cuando no duele, es consumo.
Seguimos caminando los tres.
Yo pensaba en Thompson, en Polosecki, en Tom Wolfe, en ese periodismo que se mete en la escena como un borracho lúcido. Esto no era una entrevista. Era una infección literaria.
—¿Y el compromiso político? —pregunté—. ¿Sirve todavía escribir?
Cortázar se detuvo. Tiró el cigarrillo. Lo pisó con cuidado, como si fuera una palabra mal usada.
"La revolución empieza por el lenguaje. Cambiar la forma de nombrar las cosas es cambiar el mundo".
Daniel asentía. Yo dudaba. El gonzo vive de la duda: si estás seguro, estás muerto.
—El problema —dijo Julio— es que ahora quieren literatura sin riesgo, libros que no muerdan.
—Como relaciones sanas —agregué—. Nadie quiere sangrar un poco.
—Entonces no quieren vivir —cerró él.
Seguimos caminando y el tiempo empezó a fallar.
Cortázar ya no estaba.
Solo quedó el humo, una frase flotando y esa sensación rara de haber hablado con alguien que no se fue nunca.
Daniel prendió un cigarrillo.
—¿Lo viste o lo leíste? —me preguntó.
—No importa —le dije—. Lo importante es que nos caminó.
Las calles se repetían. Pasábamos dos veces por la misma librería cerrada.
Un cartel decía: "NOVEDADES: reediciones del pasado".
En una esquina estaba Borges.
No caminaba: esperaba. Como esperan los bibliotecarios al final del mundo.
—No exageren —dijo sin mirarnos—. La política también es una forma de ficción.
—Pero algunas ficciones torturan —le contesté.
Borges sonrió, incómodo.
—Yo imaginé laberintos —dijo—. Otros los construyeron.
Más adelante, apoyado contra un bar que no existía, estaba Bolaño.
Ojeras de insomnio histórico. Un cigarro mal apagado.
Nos miró como se mira a los sobrevivientes.
—El problema —dijo— no es la dictadura. Es lo que viene después:
los escritores que negocian con el olvido.
Daniel bajó la mirada.
Yo pensé en talleres literarios, en becas, en la estética de la derrota vendida como madurez.
—Y el amor interrogo Dany.
El amor. Ya lo dije en los detectives salvajes: Se puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un poema. Vaya, ni siquiera con un movimiento literario. Pero un poema si sirve para cogértela.
Sonreímos como adolescentes.
Borges susurro casi entre dientes: La copula y los espejos son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Con esta frase intento persuadir que ambos elementos duplican la realidad y la existencia humana, generando angustia o desconfianza ante el infinito y la pérdida de la identidad.
Caras de sorpresa en Danny y en mí.
—¿Y Piglia? —pregunté.
—Siempre está —dijo Bolaño—. Solo que narra desde otro plano.
Y ahí apareció:
Piglia estaba sentado en un banco, grabadora en mano, registrándolo todo.
—La literatura —dijo— no cambia el mundo.
Pero cambia la forma en que el poder se cuenta a sí mismo.
Por eso molesta.
Borges aplaudió despacio, como si estuviéramos dentro de una clase clandestina.
—Muchachos —dijo—, el error fue creer que la literatura quería ser aceptada.
La literatura nació para ser sospechosa.
El tiempo se rompió del todo.
Las fechas se mezclaron. 1976, 1983, 2001, mañana.
Las dictaduras no habían terminado: se habían refinado.
Un editor pasó corriendo con un manuscrito bajo el brazo.
—Esto no vende —gritó—. Muy político. Muy triste. Muy latinoamericano.
Bolaño lo dejó pasar.
—Ya volverá —dijo—. Siempre vuelven cuando el mercado se queda sin ideas.
Cortazar parecía querer darle un uppercut al editor.
Le conté esto para ver que opinaba: Se dice que el capítulo séptimo de Rayuela tiene un encanto especial y sensual.
"Dice la leyenda que el capítulo número 7 de Rayuela encierra el secreto del amor correspondido. Si el enamorado es capaz de salir de una librería de libros usados con la hoja de este capítulo entre las manos, y se la hace llegar a la persona a cuyo amor aspira, ésta caerá rendida a sus pies...Por eso a tantos ejemplares les falta el capítulo 7...
Cortázar monologa: La literatura no nació para dar respuestas... sino más bien para hacer preguntas, para inquietar, para abrir la inteligencia y la sensibilidad a nuevas perspectivas de lo real. Lo absurdo no son las cosas, lo absurdo es que las cosas estén ahí y las sintamos como absurdas. Sólo viviendo absurdamente se podría romper alguna vez este absurdo infinito.
De pronto, Daniel y yo quedamos solos otra vez.
La ciudad recuperó su forma.
Los fantasmas no estaban, pero habían dejado método.
—¿Fue real? —preguntó Daniel.
—Fue latinoamericano —le dije—. Eso alcanza.
Seguimos caminando.
Porque escribir, acá, sigue siendo eso: caminar con los muertos, discutir con los vivos y no firmar la paz con el mercado.
Seguimos andando.
Porque la literatura no se termina: se sigue caminando con ella adentro.

El cuento más corto de la historia es también el más triste
La charla salió después del velorio, en un bar cualquiera. Café aguado, medialunas duras, el ruido de la máquina como si nada hubiera pasado.
No sé bien el cómo ni por qué alguien dejo caer esta charla: Dicen que el cuento más corto de la historia es también el más triste.
Hemingway almorzaba con otros escritores cuando alguien preguntó, como quien quiere medir fuerzas: ¿se puede escribir un cuento con seis palabras?
Hemingway escribió: Se venden zapatitos de bebé, nunca usados.
Silencio.
No por genialidad, sino por reconocimiento.
Todos entendieron de qué hablaba.
Seis palabras alcanzaron para contar un duelo entero.
Sin prólogo.
Sin contratapa.
Sin promesa de transformación personal.
Hoy ese cuento no pasaría un comité editorial.
Le pedirían más contexto, un arco emocional, una voz "identificable".
Tal vez un trauma bien explicado.
Tal vez un final esperanzador.
El mercado ama las historias largas porque el dolor breve no se puede estirar.
No se serializa.
No se adapta.
No se vende en cuotas.
Nadie comentó nada. No hacía falta. Todos sabíamos de qué hablaba.
Ahí entendí que escribir no es embellecer el dolor.
Es no mentirle. No distraerlo con frases lindas.
El duelo no necesita explicaciones.
Necesita que alguien lo diga en voz baja y se calle a tiempo.
Pagamos la cuenta.
Salimos a la calle.
La ciudad seguía funcionando. En Argentina eso no suena a literatura.
Suena a aviso pegado con cinta scotch en una vidriera.
A bolsa guardada en el fondo de un placard.
A algo que no se tira porque no se puede botar.
Escribir, a veces, es resistirse a inflar lo que ya pesa demasiado.
Confiar en que el lector no necesita que le traduzcan la pérdida.
Hay dolores que no quieren ser entendidos.
Solo nombrados.
Y después, dejar que el silencio haga el resto.


Crónica gonzo de una caminata por la ciudad hipertrofiada (versión argentina)
Arranco en el Boulevard Juan Domingo Perón en Córdoba, Argentina, una importante vía de tránsito, caminando en el contexto de la zona del Terminal de Ómnibus/ Centro, porque nadie empieza una caminata honesta en el Cerro de las Rosas.
Acá la ciudad no se maquilla: suda. Carteles rotos, persianas grafiteadas, un "ALQUILO" escrito con fibrón que parece una amenaza. La hipertrofia no está en las torres todavía, está en la tensión: cuerpos apurados, mochilas pesadas, miradas que no se sostienen.
Si. Salgo a caminar como quien se hace un estudio clínico sin obra social.
La ciudad ya está despierta y tensa, inflada como un bíceps que no conoce el estiramiento.
Un vendedor ambulante grita "¡medias, medias!" como si fuera un mantra de supervivencia. El sistema no lo registra como trabajador, pero le exige rendimiento igual. Marx aparece entre el ruido y humo de colectivos: el trabajo ya no produce valor para quien lo hace, sólo permite seguir existiendo un día más. Acá el capital no crece: se reproduce por desgaste.
Camino hacia el centro. Paso del choripán al café "de autor" en tres cuadras. Una vidriera promete brunch consciente. Consciente de qué, no aclara. Adentro, laptops abiertas, auriculares grandes, gente que "labura en lo suyo". Afuera, un tipo duerme sobre cartones. Nadie cruza miradas. La ciudad aprendió a convivir con la desigualdad como con el ruido del tránsito: molesta, pero no detiene nada.
Por calle Entre Rios paso frente a hoteles. Un cartel inmobiliario tapa medio edificio: VIVÍ LA EXPERIENCIA. El departamento mide 28 metros cuadrados. La experiencia es respirar de costado. Byung-Chul Han me cruza la cabeza como una puteada elegante: "la auto explotación es más eficaz cuando se presenta como elección". Elegís vivir en una caja porque "es lo que hay". Elegís agradecer.
Vidrios espejados, torres nuevas, carteles que prometen experiencias y rentabilidad en la misma tipografía. Todo crece. Nadie respira.
En la vereda un tipo corre con auriculares, smartwatch, botella isotónica. Corre hacia ningún lado, pero corre bien. Productivo. Optimizado. Pienso nuevamente en Byung-Chul Han y me susurra desde algún semáforo: "La sociedad del rendimiento se auto explota creyéndose libre". El tipo no huye de nada; se persigue a sí mismo.
Cruzo una avenida de seis carriles. Los autos avanzan como glóbulos rojos dopados. No transportan vida: transportan ansiedad. En una pantalla gigante alguien sonríe mostrando dientes perfectos y una consigna mínima: más. No dice más qué. No hace falta. La hipertrofia no explica, se impone.
Llego al centro. Oficinas semivacías, persianas bajas, carteles de "SE LIQUIDA TODO". El capitalismo argentino no colapsa: se achica mal, como músculo mal entrenado. Inflación como cardio forzado. Ajuste como rutina diaria. El cuerpo social vive contracturado.
Entro a un café de especialidad. Todo es madera clara, minimalismo caro, WiFi potente. Nadie habla. Treinta personas solas, juntas, produciendo algo invisible. Documentos, mails, proyectos, versiones de sí mismos. Me siento y el mozo me ofrece un "blend funcional". Pienso en Marx, viejo, cansado, lúcido, murmurando desde el fondo de la taza: "La acumulación de riqueza en un polo es al mismo tiempo acumulación de miseria en el otro". Miro alrededor: no hay pobres acá, pero hay caras vaciadas. Miseria psíquica premium. Revuelvo el café como si revolviera mi existencia, garabateo palabras en mi libreta Moleskine. Pienso, observo. Bebo el café rápido me siento asfixiado. Sigo pateando. El cuerpo empieza a sentir el peso. La ciudad no camina: empuja. Todo está diseñado para circular, no para quedarse. Bancos incómodos. Plazas de paso. Sombra justa. El descanso es una anomalía urbana. Mark Fisher aparece como un grafiti mental: "Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo". Lo compruebo: puedo imaginar esta ciudad en ruinas, pero no una ciudad que afloje.
Un gimnasio 24 hs ocupa un viejo banco. Donde antes había cajas fuertes, ahora hay máquinas de pecho. El ahorro mutó en hipertrofia corporal: ya no se guarda valor, se exhibe. Paredes de vidrio, cuerpos tensos, música motivacional. La hipertrofia literal y la simbólica se dan la mano. Músculos crecen, vínculos se achican. Nadie se mira a los ojos: se miran en el espejo. El capitalismo ama el espejo: devuelve una imagen mejorada mientras te roba la espalda. Todo el triunfalismo de una persona depositado en lo más perecedero que tiene: "lo físico".
Adentro, un flaco levanta pesas mirando una pantalla que le dice cuántas calorías quemó. Afuera, un jubilado revisa un tacho. Fisher se ríe sin humor: el realismo capitalista convierte el sufrimiento en paisaje. Nadie se detiene a mirarlo mucho. No suma.
Sigo caminando hacia el sur. El asfalto está roto, los semáforos tardan, los colectivos pasan llenos como pulmones enfermos. Un mural dice "LA PATRIA NO SE VENDE". Arriba, una lona publicitaria anuncia créditos en cuotas fijas. La ironía es perfecta, involuntaria, argentina.
Me duelen las piernas. Me duele algo más hondo: la naturalización. Acá no hace falta una distopía futurista. La hipertrofia capitalista convive con la precariedad como dos órganos mal conectados. Crece lo que no alimenta. Se debilita lo que sostiene.
Llego a una plaza. Bancos rotos, juegos oxidados, un grupo de pibes tomando birra tibia. Se ríen fuerte. No optimizan nada. Por un momento, el sistema falla. Pero dura poco: pasa un patrullero despacio, recordando que incluso el ocio tiene límite.
Me siento. No miro el celular. Eso ya es una microdesobediencia.
Pienso que este país no está exhausto: está entrenado para aguantar. Y aguantar no es vivir, es posponer el derrumbe.
Antes de irme, veo un cartel escrito a mano en un local vacío: "SE ALQUILA – CONSULTAR". No hay precio. No hay condiciones claras. Es el resumen perfecto.
Sigo, pero más lento. Casi como un acto político mínimo. Nadie me aplaude. Nadie me registra. En una ciudad hipertrofiada, desacelerar es volverse invisible. Y, por primera vez en horas, eso se siente como descanso.
Me detengo en una esquina. El semáforo tarda. Nadie espera sin mirar el celular. El tiempo muerto es un error del sistema. Byung-Chul Han vuelve, preciso como una puntada: "La depresión es la enfermedad de una sociedad que ya no sabe decir no". Acá nadie dice no. Todos dicen "puedo un poco más".
Siento el cansancio en las piernas y en la cabeza. Ahí aparece la verdad que la ciudad esconde: el cuerpo no escala infinitamente. El músculo sin función se rompe. El crecimiento sin sentido se colapsa. La hipertrofia capitalista no mata de golpe: agota.
La ciudad hipertrofiada no promete futuro. Promete seguir. Y seguir, acá, ya es un acto de fe medio cínico.
Sigo lentamente. No porque crea en algo. Sino porque, en esta ciudad, detenerse es un lujo que todavía no me puedo permitir.



El café o la forma mínima de la rebeldía
Preparar café en la actualidad se ha convertido en un gesto de desafío, de rebeldía. No es un gesto heroico. No incendia ciudades ni convoca multitudes. Pero resiste. Y toda resistencia comienza ahí: en la negativa íntima a dejarse absorber por la forma que el mundo pretende imponer. La época nos exige velocidad, transparencia, rendimiento. El tiempo debe ser útil. El cuerpo, productivo. La mente, funcional. En este orden sin misterio, detenerse a preparar café es una interrupción. Una grieta. Una insubordinación delicada. Albert Camus llamaba "lucidez" a la conciencia que no se engaña, que reconoce el absurdo de la existencia y, aun así, se rehúsa a abdicar de la vida. La rebeldía, para él, no destruye el mundo: ""lo sostiene en su dignidad"". Acepta la condición humana y al mismo tiempo rechaza toda forma de negación del hombre.
Preparar café es un acto lúcido: afirma la vida sin prometer salvaciones, sin construir ídolos, sin mentirse.
El agua que hierve, el grano que se muele, el aroma que asciende: todo ocurre lentamente, como si el tiempo, por un instante, recordara su función original: "ser vivido". En una civilización que acelera para no pensar, este gesto se vuelve político. Porque es un "no" pronunciado sin violencia. Un límite trazado sin consignas.
Un acto que no destruye nada y, sin embargo, "desobedece". El sistema quiere cuerpos disponibles, mentes saturadas, sujetos dóciles. El café reclama presencia. Atención. Silencio. Y en esa exigencia mínima se protege algo irrenunciable: el derecho a habitar la propia existencia. No se trata de cambiar el mundo. Se trata de no dejar que el mundo lo cambie todo. Por eso, cuando preparo café, no estoy perdiendo tiempo. Estoy defendiendo una forma de estar en él. Una forma humana. Frágil. Lúcida.

Apuntes para no putearle al cielo
Llueve. Llueve como si el cielo hubiera leído a Marco Aurelio y hubiera decidido ejercitar la indiferencia. "Da igual", parece decir el agua al caer. Yo salgo lo mismo. No por valentía, sino por terquedad: vicio estoico mal entendido.
—No depende de vos que llueva —me digo, citándome mal—.
—Pero sí depende de vos mojarte —me contesto, empapándome con método.
Camino bajo la lluvia como quien atraviesa un argumento moral. Cada paso es una premisa resbalosa. Epicteto me acompaña desde algún rincón de la memoria: "No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos sobre lo que nos sucede". Mentira piadosa. Me afecta igual, pero ahora puedo nombrarlo con elegancia griega.
Un charco enorme bloquea la vereda. No hay forma elegante de cruzarlo. Salto. Caigo mal. Me mojo. Perfecto. La realidad siempre cobra entrada.
Las zapatillas chupan agua como esponjas existenciales.
Me refugio bajo un alero. El vidrio del negocio cerrado refleja una versión mía ligeramente más patética: pelos húmedos, ojos cansados, cara de tipo que leyó demasiado y actuó poco. El reflejo me interpela como un mal profesor de filosofía:
—¿Todo este pensamiento sirve para algo?
—Sirve para no hacer —respondo—. Para justificar la quietud con palabras
largas.
La lluvia cae como un arcano. Siempre igual, siempre distinta. Mark Fisher tenía razón: el clima también está atrapado en el realismo capitalista. Llueve como si no hubiera alternativa. Como si el sol fuera una utopía pospuesta para otro sistema.
Sigo caminando. El paraguas es una derrota anticipada: se da vuelta con el viento y confirma mi teoría de que todo intento de protección es precario. Pienso en Nietzsche empapado, puteando a Wagner, resfriado, diciendo "amor fati" mientras estornuda. Nadie piensa mejor por estar cómodo.
La lluvia ya no molesta: disciplina. Me ordena. Me baja el volumen del mundo y me sube el del monólogo interno. Pienso mejor mojado, incómodo, levemente enojado. Como si el pensamiento necesitara fricción para arrancar.
Pienso que el cuerpo siempre desmiente a la filosofía. El estoicismo es hermoso en abstracto, pero probado en una vereda rota un miércoles lluvioso, pierde glamour.
—Aceptá lo que es —me ordeno.
—Acepto —respondo—, pero protestando en silencio.
La lluvia borra la ciudad. Todo se vuelve gris, homogéneo, casi romano. Me gusta esa austeridad forzada. Séneca aparece como una voz cansada pero firme: "Sufrimos más en la imaginación que en la realidad". Miro mis medias mojadas. Objeción empírica: a veces la realidad hace bien su trabajo sin ayuda de la fantasía.
Me refugio bajo un árbol raquítico. Error conceptual. El árbol chorrea más que el cielo. La naturaleza nunca prometió cuidarnos. Marco Aurelio lo dijo sin anestesia: "La naturaleza no te debe nada; vos le debés todo". Tomo nota mental mientras el agua me cae por el cuello.
—¿Para qué tanta lectura si igual terminás acá, mojado y solo? —me provoco.
—Para no desesperar —me respondo—. Para fracasar con argumentos.
Viento. El paraguas se da vuelta. Momento pedagógico. Epicteto sonríe desde la ruina: "Si querés progreso, aceptá parecer un tonto". Camino con el paraguas roto, como un cínico moderno, ridículo pero coherente.
La lluvia ya no es enemiga: es ejercicio espiritual. Cada gota entrena la paciencia, cada charco refuerza la idea de límite. El estoicismo no te salva del mundo, apenas te enseña a no pedirle demasiado.
—No controlás el clima —me digo.
—Pero controlás la respuesta —me contesto, aunque sé que es una aspiración, no un logro.
Llego a casa empapado. Me saco la ropa como quien abandona una tesis fallida. Mate tibio. Cuaderno abierto. Afuera sigue lloviendo con obstinación cósmica. Adentro, escribo.
Séneca vuelve para cerrar el día: "Mientras posponemos, la vida pasa". No resolví nada, no alcancé la ataraxia, no fui sabio. Pero caminé bajo la lluvia sin huir, pensé sin anestesia y escribí sin esperanza de utilidad.
Y eso, para un estoico de barrio y un gonzo cansado, ya es una pequeña victoria contra el caos.
Manual para no ser feliz (según Schopenhauer, mientras el mundo insiste)

Me levanto y el mundo ya está ahí, reclamando algo.
Que produzca, que desee, que mejore, que sea feliz.
Como si la felicidad fuera un trámite pendiente en la AFIP del alma.
Converso de libros que me gustan. Disecciono películas que nadie conoce. Escucho música poco prestigiosa. Fotografió sensaciones que nadie tiene y pierdo el tiempo haciendo listas de relativa importancia. Con una niñez que fluctúa entre la aprensión y el temor a PENNYWISE y el amor infinito a ART THE CLOWN. Bailando el pogo del payaso asesino antes de que se pusiera de moda.
Crecí con la falsa creencia, de que no podría realízame como persona o ser feliz hasta conocer a la adecuada. Este dogma se arraigó en mi ser por una prematura exteriorización de sentimientos provocados por canciones tristes de post punk, dark y Sad y a equivocas interpretaciones de libros y películas que vi y leí respectivamente. Cómo así también seguir dogmáticamente al máximo representante del pesimismo filosófico: Arthur Schopenhauer.
Las chicas no comulgaban con estos gustos y esta forma de pensar.
Schopenhauer lo hubiera sabido de inmediato: "el día empezó mal porque empezó".
El error está en creer que la felicidad es un lugar al que se llega. Una meta. Un premio. Una foto sonriente que alguien sube a Instagram con filtro Valencia y una frase robada del estoicismo mal leído. Pero no. Para Schopenhauer, vivir es estar atado a una "Voluntad ciega", una especie de motor oxidado que nunca se apaga y nunca queda satisfecho. Deseás. Conseguís. Te aburrís. Volvés a desear. No hay descanso. Solo una breve tregua entre dolores.
La felicidad, dice Schopenhauer desde su escritorio oscuro del siglo XIX, "no es un estado positivo". Es un mito moderno, una estafa metafísica. El placer no es felicidad: es apenas el momento en que el dolor se toma un café y vuelve enseguida.
Por eso la vida no es trágica ni heroica. Es peor: "es repetitiva".
El mundo no está mal diseñado; está diseñado exactamente así. Si fuera bueno, no necesitaríamos alcohol, música, sexo, pantallas, libros de autoayuda ni frases motivacionales en tazas. Todo eso no es disfrute: es anestesia. Schopenhauer no te dice "sé feliz". Te dice: "no seas idiota". No esperes demasiado. No desees en exceso. No te expongas más de lo necesario. La sabiduría no consiste en alcanzar la felicidad, sino en "evitar el sufrimiento evitable". Lo demás viene solo, como una gripe emocional. A veces, hay pausas. Momentos raros. El arte, por ejemplo. Escuchás una canción, leés un poema, mirás una película que no promete finales felices. Y por unos minutos dejás de querer cosas. No sos alguien que desea: sos alguien que mira. Ahí, apenas ahí, el mundo deja de doler. Después vuelve.
La ética tampoco salva. Ser bueno no te hace feliz, pero al menos "no empeora el infierno ajeno". La compasión no arregla el mundo, pero baja el volumen del grito colectivo. Y si sos más fundamentalista—si te cansaste de perder— está el ascetismo: querer menos, necesitar menos, esperar menos. No como virtud moral, sino como "estrategia de supervivencia".
Schopenhauer no promete luz al final del túnel. Promete algo más honesto: "menos golpes contra las paredes".
En un mundo obsesionado con "estar bien", Schopenhauer es el tipo que se sienta en la barra y te dice, sin rodeos: "No vinimos a ser felices. Vinimos a resistir con dignidad." Y, curiosamente, en esa renuncia, en ese abandono de la ilusión, aparece algo parecido a la paz. No alegría. No euforia. Algo mejor: "lucidez sin engaño". Eso —solo eso— ya es bastante.

Dune en el cine de barrio: miedo, asco y arena en la fila de la boletería
Fui al cine a ver "Dune" como quien va a votar: sin esperanza, con culpa y con el presentimiento de que algo caro me iba a salir mal. No era un IMAX futurista, era un cine de barrio reciclado, con alfombra gastada y un cartel luminoso que todavía promete "estrenos" como si eso significara algo en un país donde el futuro siempre llega con recargo.
En la fila para sacar la entrada había más tensión que en Arrakis. Una señora preguntaba si había descuento para jubilados. Un pibe comparaba precios como si estuviera eligiendo bonos soberanos. El pochoclo costaba lo mismo que media hora de terapia. Pensé en Thompson y su ética del exceso: "si vas a ser estafado por el sistema, al menos hacelo con estilo".
Entré a la sala con la sensación de estar cometiendo un pequeño acto de lujo obsceno. Ir al cine hoy es un gesto de clase, una performance económica. Bukowski se habría reído: "pagás para sentarte en la oscuridad y que te digan que el mundo es una mierda". Tenía razón, pero igual pagué.
"Dune" empezó lenta, solemne, con ese ritmo de película que sabe que el tiempo es poder. Villeneuve filma como un emperador: no apura a nadie, no pide disculpas. Afuera el país corre, adentro la película se toma tres minutos para mostrar una nave aterrizando. Caparrós estaría pensando en eso: "la distancia entre la épica y la vida cotidiana", entre el mito y el tipo que acomoda las butacas por dos mangos.
Paul Atreides aparece como el heredero melancólico del imperio. Un chico con privilegios, destino y dudas. Lo miré con sospecha argentina: acá desconfiamos de cualquiera que diga "no quiero el poder" mientras lo hereda. Ya vimos esa película. Varias veces. Siempre termina mal.
La especia controla todo: economía, religión, política, visión del futuro. No pude evitar hacer la traducción automática: soja, litio, dólares, datos, lo que venga. Herbert entendía algo que acá sabemos de memoria: "los recursos no se administran, se disputan", y siempre los paga otro.
Mientras la película avanzaba, el cine crujía. Literalmente. Un parlante fallaba. Alguien tosía como si estuviera atravesando el desierto sin agua. La épica galáctica luchaba contra la realidad material del cine de barrio, y perdía por puntos. Thompson diría que ahí está la verdad: en el choque entre el delirio y lo concreto.
Y sin embargo, funcionaba. "Dune" te absorbe incluso con la pantalla un poco opaca y el sonido irregular. Tal vez porque la película habla de imperios que se derrumban lentamente, y nosotros tenemos entrenamiento en eso. Sabemos reconocer una decadencia cuando la vemos.
Cuando terminó, nadie aplaudió. Salimos en silencio, como después de un velorio caro. Afuera, la calle seguía igual: kiosco, colectivo, precios escritos con fibrón porque mañana cambian. Arrakis había quedado atrás, pero no tanto.
Caminé pensando que "Dune" es peligrosa de una manera sutil. No te vende felicidad, te vende sentido. Y en países donde el sentido escasea más que el cambio chico, eso es una droga fuerte. La especia del cine.
Caparrós anotaría algo sobre la necesidad de creer en relatos grandes cuando los chicos ya no alcanzan. Bukowski se prendería un cigarrillo y diría que todo es una estafa igual. Thompson estaría buscando el ángulo exacto donde el delirio se vuelve verdad.
Yo solo fui al cine de barrio a ver "Dune".
Salí pensando en imperios, inflación y destinos inevitables.
Eso, en la Argentina, cuenta como una experiencia mística.

Ulises (o cómo sobreviví a mí mismo durante 40 años)
1984 no era un año: era una resaca histórica con olor a libertad recién destapada. La democracia nos entraba por los pulmones como un aire raro, todavía sospechoso. El peso argentino circulaba como si creyera en sí mismo, ingenuo, antes de que vinieran esos nombres de ciencia ficción económica —Austral, Primavera— a explicarnos que el tiempo también puede devaluarse.
Yo estaba en Mendoza, exiliado de mí mismo por razones que ya ni me acuerdo o no quiero recordar. Secundario a medias, cursando segundo año, sociabilidad en estado vegetativo, suponiendo que es poco saludable espiritualmente desear relacionarse con cualquier persona. Siempre fui un animal de borde: miro, registro, pero participo poco. Todavía hoy me pasa. No es timidez: es una forma elegante de desconfiar del mundo.
Caminaba las tardes como quien patrulla su propio vacío, con un Sony WM-F1 pegado a la cabeza, ese artefacto milagroso que traía radio incorporada, como si la realidad no alcanzara y hubiera que sumarle otra capa de ruido. Rock. Siempre rock. Guitarras serruchándome el cráneo, ordenándome el caos interno a su manera brutal.
Pero mi verdadera adicción, mi autentico analgésico eran las librerías de usados.
Ilusiones. El Búho. Esos templos húmedos donde los libros no se venden: se rescatan. Yo me perdía horas ahí, hurgando como un arqueólogo sin método. No buscaba títulos: buscaba señales. Algo que me eligiera. Un sábado caí en El Búho. Tenía el semanal —ese papelito sagrado que te daba derecho a sobrevivir literariamente con poco dinero— y el bolsillo flaco, como siempre. Pero ese día algo me miró desde un estante.
Los siete locos, de Roberto Arlt. Edición del Círculo de Lectores, 1977. Tapa dura amarilla, con una sobrecubierta delirante: un torso con sobretodo y, en lugar de cabeza, dos manos sosteniendo una rosa. Una imagen que parecía salida de un sueño mal dormido. No era barato. Era, de hecho, irresponsable comprarlo. Lo compré igual. Porque hay decisiones que no se toman: se obedecen. Y con las monedas que me quedaban, casi como un acto reflejo, agarré un saldo. Ulises, de James Joyce.
Pero no completo. No. Solo el Tomo II. Un libro mutilado. Incompleto. Como yo.
Edición de Seix Barral, letras doradas en relieve, con esa solemnidad de objeto importante. Lo compré con una fe absurda: algún día iba a aparecer el Tomo I. Claro. Algún día también iba a entender la vida, pensé.
Nunca apareció. Aun trato de entender la vida.
Pasaron años. Décadas. Mudanzas. Versiones distintas de mí mismo. Amores que entraron y salieron como trenes sin horario. Y ese Tomo II siempre ahí, orbitando mi vida como un satélite inútil pero fiel.
Hasta hace unos días.
Estoy en la casa donde fui niño, donde me soñé guerrero al lado de Sandokán, donde inventé mundos para no tener que explicar este. Ordeno cosas —ese gesto de adulto que intenta ponerle sentido al caos acumulado— y aparece él. El Tomo II. Intacto. Paciente. Esperándome. Lo miro y me pregunto: ¿qué hacemos ahora, viejo?
Entonces hago lo que hace cualquier secuaz contemporáneo: lo busco. Ahí está. El Tomo I. Flotando en ese mercado infinito donde todo aparece tarde o temprano, como una venganza del tiempo, Si ahí en Mercado Libre. Lo compro. Sin épica. Sin música. Sin aplausos. Y así, cuarenta años después, completo el libro. Cuarenta años para cerrar una frase. Pero en el fondo no se trataba de Joyce. Ni de Ulises. Ni siquiera de la literatura. Era otra cosa. Los lectores —lo sé ahora— compramos más libros de los que podemos leer porque intuimos algo: no estamos acumulando páginas, estamos acumulando futuros posibles. Versiones de nosotros que tal vez nunca lleguen, pero que igual merecen tener su lugar en la estantería.
Yo vivo con una teoría medio mística, medio tramposa: hay que vivir cada día como si fuera el primero, no el último. El último está sobrevalorado, siempre viene cargado de solemnidad y despedida. El primero, en cambio, tiene algo sucio, eléctrico, lleno de posibilidad.
Esa idea me mete en una especie de trance funcional. Me saca peso. Me permite seguir acumulando libros, historias, versiones inconclusas de mí mismo sin culpa.
Porque al final, todo termina encajando. A veces tarda cuarenta años. Pero encaja

El beso antes del abismo
Miércoles, pero podría haber sido cualquier día en esta coreografía absurda del mundo. El calendario es apenas una excusa burocrática para que el tiempo no se desborde. Yo camino igual, arrastrando mi humanidad como una bolsa de supermercado a punto de romperse, con los traumas existenciales haciendo ruido adentro, chocando entre sí como botellas vacías.
Centro de Villa Dolores. Corazón tibio de pueblo que se cree ciudad o al revés. Y de pronto, el murmullo se coagula: gente mirando hacia arriba, como si Dios hubiera decidido aparecer en versión low cost, sobre una terraza descascarada.
Pero no. Es una chica. Joven. Frágil. Balanceándose en el borde de una casona antigua, dos pisos de altura que en ese momento parecen el Everest emocional. Abajo, la policía ensaya su inutilidad protocolar. Nadie se acerca. Todos saben que un movimiento en falso puede convertir la escena en una tragedia con aplausos mudos.
Entonces aparece él. Un tipo común, de esos que no salen en las películas porque no venden entradas. Treinta años, cara amable, una especie de galán accidental producido por la urgencia. Se abre paso entre la multitud y empieza a hablarle como si la estuviera seduciendo en un bar y no negociando con la muerte.
—Ternura… cosita hermosa… amorcito… estás muy bella… muy rica… ¿puedo acercarme?
El lenguaje del deseo usado como herramienta de rescate. Freud se estaría riendo en su tumba.
Ella llora. Se cubre la cara. Retrocede. El aire se espesa. Por un segundo todo queda suspendido: la chica, el tipo, el pueblo entero colgando de ese instante como ropa húmeda.
Y entonces él tira la carta final, el as bajo la manga de los desesperados: —Dame un beso antes de que te tires, cosita dulce. Silencio. Suspenso. Incredulidad colectiva.
Y ella acepta. Se besan. No un roce tímido, no. Un beso largo, casi cinematográfico, de esos que uno espera en el final y no en el borde del abismo. La gente estalla en aplausos, como si estuvieran viendo una obra y no participando de un episodio límite de la existencia humana.
Yo pienso: esto no puede ser real. Pero ahí están, demostrando lo contrario.
El tipo la agarra de las manos. La ancla al mundo con ese gesto mínimo. Y pregunta, como si recién ahora importara: —¿Por qué te querés matar?
Ella responde desde un lugar más hondo que la terraza, más hondo que el pueblo, más hondo que todo: —Porque mis padres no aceptan que me vista de mujer… ni que me opere…
El aplauso se apaga. La escena cambia de género sin previo aviso. Ya no es romance, ni heroísmo. Es algo más incómodo. Más real.
Después… nadie supo bien qué pasó. Si la salvó. O si en algún pliegue oscuro de la historia, el héroe sin capa decidió empujar.
En Villa Dolores, los finales nunca son del todo claros. Y quizás por eso siguen repitiéndose.
Una cálida noche de verano (o el delirio lubricado en cinta magnética)
Era principio de los 80 y el mundo todavía no se había dado cuenta de que se estaba yendo al carajo. Nosotros tampoco. Todas las noches caía en lo de Walter como si fuera un ritual secreto, una misa pagana con olor a cerveza tibia y cables enredados. Charlábamos de "Cien años de soledad" como si fuéramos críticos del boom latinoamericano, y de "En el camino" de Jack Kerouac como si al día siguiente fuéramos a salir a la ruta en lugar de ir a rendir cuentas con la realidad.
De fondo rugía Creedence en un cassette criminal: "Crónicas", ochenta minutos de gloria comprimida en una cinta que parecía haberle ganado una pulseada a la física. Eso ya era una anomalía. Como Walter.
Walter es Walter Ochoa. Amigo desde la infancia. Aunque no era un amigo: era un fenómeno atmosférico. Tenía un mono de mascota (sí, un mono, no pregunten), una colección de latas de cerveza de países que ni sabíamos ubicar en el mapa, una discoteca que parecía una embajada del sonido, y una cabeza llena de datos que te hacía sentir analfabeto en tu propio idioma. Con él podías cocinar un guiso de arroz a las cinco de la tarde y terminar hablando hasta el amanecer un martes cualquiera, como si el tiempo fuera una sugerencia y no una ley. Pintábamos focos con témpera, como científicos irresponsables del color, convencidos de que eso podía alterar el ánimo del universo.
Pero no. No estoy acá por eso. Estoy acá por "ese cassette". "Vibraciones trasnoche". Ya el nombre era sospechoso, casi pornográfico para dos adolescentes con hambre de mundo. Un compilado de lentos, de esos que prometían amores que no teníamos y pieles que apenas imaginábamos. En la tapa: una chica de vestido blanco con cara de secreto y un póster de Van Halen atrás que no tenía absolutamente nada que ver con lo que sonaba adentro. Una estafa estética perfecta.
Y ahí estaba el tema. En inglés. Voz suave. Y de repente —como un misil en cámara lenta— la frase: "te quiero papi".
Nos mirábamos y estallábamos. Era demasiado. Demasiado raro, demasiado ajeno, demasiado… todo. ¿Quién decía eso? ¿Por qué? ¿Para quién? Mientras tanto, nosotros —dos pibes con delirios de conquista— planeábamos robarle algo al mundo: viajes en moto, rutas infinitas, el rugido imposible de la máquina de Dennis Martin con sus tres caños de escape de cada lado, como si la velocidad fuera una forma de salvación.
Y de fondo, siempre, esa canción: "Una cálida noche de verano", flotando como una promesa que no sabíamos si era real o inventada.
Durante años creí que lo habíamos imaginado. Que esa voz diciendo "te quiero papi" era un injerto, una locutora clandestina colándose en la cinta como un fantasma kitsch. Lo recordaba como se recuerdan los sueños: con convicción y sin pruebas.
Hasta que apareció Vicky. Mi hija. Como una médium tecnológica en tiempos de algoritmos. No sé cómo ni por qué, pero la encontró. La maldita canción existía. Estaba ahí, intacta, esperándome como una cápsula del tiempo con olor a adolescencia y cables calientes.
Y entonces entendí algo: no era la canción. Éramos nosotros.
Walter debe estar riéndose, seguro, en algún rincón del universo donde los cassettes no se enredan y las noches no terminan nunca.

Disparadores de ausencias. Varios veranos sin Salinger
Salinger
El insomnio de tú noche
vierte tristezas que devoran instantes.
La madrugada esconde pausas calladas
entre tazas de café,
incertidumbres que se enredan
en el ladrido de los perros.
Me encierro como un beautiful loser
dejándome morir
en la hierba de las dudas,
buscando el abrigo,
en las azules sabanas de seda.
José Luis Colombini
"Si realmente quieres que te lo cuente seguramente lo primero que vas a querer saber es dónde nací y cuán jodida era mi niñez y de qué se ocupaban mis padres antes de tenerme y todo esa mierda al estilo David Copperfield, pero realmente no me dan ganas meterme en esos temas, si quieres saber la verdad. En primer lugar, ese tipo de cosas me aburre, y en el segundo lugar mis padres tendrían dos hemorragias -uno cada uno- si contara cosas muy personales sobre ellos. Son bastante sensibles sobre ese tipo de cosas, especialmente mi padre. Son simpáticos y todo eso -no estoy diciendo que no- pero también son sensibles como el carajo. Además, no te voy a contar toda mi condenada autobiografía ni nada por el estilo. Solamente te contaré sobre unas cosas de demente que me pasaron alrededor de las navidades pasadas justo antes que me quedé un poco a mal traer y tuve que venir acá y tomármela tranquilo. Quiero decir, eso es todo que le conté a D.B y él es mi hermano y todo. El está en Hollywood. Eso no está tan lejos de este maldito lugar, y él viene y me visita casi todas las semanas. El me va a llevar en auto a casa la semana que viene cuando me vaya de este lugar el mes que viene, tal vez. Acaba de comprarse un Jaguar. Uno de esos autos ingleses que pueden llegar a hacer 100 millas por hora. Le costó como cuatro mil putos dólares. Pero tiene mucha guita ahora. Antes no. Antes era un escritor normal (...)".
El Cazador Oculto, J.D. Salinger
La noticia me golpeo como un palazo sobre mis espaldas y mi cabeza. Una nueva orfandad sentía en mi cuerpo y en mi espíritu. Si, se nos murió Jerome David Salinger. Padre putativo de los que nos arremolinamos en la literatura. Esto lo escribí en mi cuaderno de notas el 27 de enero de 2010.
Verano mucho calor y otra muerte golpeando nuestras mandíbulas. Un torrente de recuerdos me vienen.
A mediados de los años 80 y durante tres años Rodrigo Fresán escribía en la revista Pelo una columna llamada el Cazador oculto, leía esa columna en mi adolescencia torpe sintiéndome fascinado por ese escritor de paisajes urbanos que pintaba el mundillo del rock argentino y sus laberintos undergrounds. Empiezo a indagar que era el cazador oculto, en esa época no existía internet que con solo googlear, algo encuentras. Alguna respuesta algún acercamiento, había que rebuscársela consultar a los amigos, a los conocidos. Mi primo Paul, alias el polaco, me dijo es un libro de un tipo llamado Salinger, Paul un intelectual a quién le llaman el hombre Santo, en ese momento leía La conjura de los necios de John Kennedy Toole.
Le pregunto a mi madre, gran lectora, pero como El cazador oculto no conocía nada, claro cuando le pregunte por Salinger me dijo a si El guardián entre el centeno y me dio el libro Nueve Cuentos, pero yo quería leer el cazador oculto sin saber que en muchas ediciones se llama El guardián entre el centeno, como es su título en idioma original.
Entre las distintas rarezas tenemos estos títulos en distintos países: Vida de hombre se llamó en Italia; en Japón, Época peligrosa de la vida; en Noruega Cada uno para sí y quien se quede atrás se las arreglará; en Suecia El solucionador de problemas; y en Francia se publicó como El atrapa-corazones; en Holanda fue El fugitivo solitario; y en Israel, Yo, Nueva York y todo lo demás. A la luz de estas elecciones, El cazador oculto sin lugar a dudas es el mejor título.
Mi madre viaja a Buenos Aires y le pido que me compre ese libro, la idea no le entusiasmo mucho. Tenía miedo que la prosa Salingeriana me hiciera perder la cordura y terminara siendo un inadaptado que emulara a algunos celebres lectores de ese libro como Mark Chapman que le disparo y asesino a John Lennon o John Hinckley, Jr quien intentara matar al presidente de Estados Unidos Ronald Reagan o Lee Harvey Oswald que baleó a Kennedy. O como Sirhan B. Sirhan, quien fue apresado por el asesinato del candidato presidencial Robert F. Kennedy, hermano de John Kennedy; y Robert John Bardo, que al asesinar en 1989 de un disparo a la actriz Rebbeca Schaeffer llevaba consigo este libro.
Ante mi insistencia, mi entusiasmo y mis caprichos de hijo único mi madre me trajo el libro.
Por supuesto el libro me encanto y me marco para siempre, muchos días y días con noches, tardes con melancolía, amaneceres después de no haber dormido sintiéndome Holden Caulfield, el libro que para mi mejor captó la verdadera adolescencia con todos los ir y venir, con las contradicciones, con soñar con protagonizar la historia en la cual uno es el héroe o llegar a conclusiones donde uno reflexiona que es penoso que el amor de una mujer solo sirva para poner en ridículo a un hombre.
Después leí los Nueve Cuentos y me fascino: Un día perfecto para el pez banana y Para Esmé, con amor y sordidez, en ese orden.
La narrativa de Salinger me parece brillante, su vida un misterio, casi no hay fotografías de el, desde el 80 vivía recluido, no concedía entrevistas y casi no hablaba con nadie.
El último libro que leí de el fue: Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción y lo disfrute mucho.
El cazador oculto es uno de mis libros clásicos y siempre vuelvo a el. Ah nunca se me dió por intentar asesinar a nadie.
Como valor agregado tenemos que bandas de rock como Guns'n'Roses, Green Day, The Offspring dedicaron temas a Holden Caulfield.
Hoy con casi 15 años de la muerte de Salinger siento un sabor amargo en mi boca.
La pasión dejó de apasionar corazones y acuchillar gritos en la garganta.
Los sueños escaparon por entre utopías azules de soñadores de bocas abiertas y moscas revoloteando en el amanecer.
Las pancartas, los trapos se quemaron al fuego donde arden los pecados.
La sequía desertificó el césped y la lluvia de papelitos dio paso a una lluvia de rayos de sol incendiando los días.
Los sueños de dormidores de siesta nos dejaron en la soledad atravesano un sendero de tierra bordeando un canal revestido.
La espera termino, siempre pensaba un día saldría la continuación de lo que pasa con Holden Caulfield y acá estamos huérfanos, sintiendo esta orfandad que carcome el alma, se murió Salinger, nuestro padre irreverente, El hombre que ríe, nuestro guardián entre el centeno.


Rituales
Con mi madre tenemos ciertos rituales. Estructuras firmes y mentales que marcan nuestro diario vivir.
Entre esos rituales esta el de mirar ciertos programas de T.V. .
Los jueves a las 13:30 Hs vemos en absoluto silencio Booktubers, un programa con mucho amor por los libros. Conducido por Vanina Pujol en el cuál entrevista a escritores, estos cuentan su vida, su formación, sus gustos, anécdota y leen sus textos. El programa lo vemos los jueves, pero el sábado lo repiten a las 13:30 por Canal a y lo volvemos a ver y ahí vamos debatiendo e intercambiando pareceres. Veíamos a Julián López leer un fragmento de su novela Una muchacha muy bella (2013) y el sábado madre dijo mira le pusieron una muchacha muy linda y es en realidad muy bella. Mi madre tiene la particularidad de notar ese tipo de sutilezas.
Seguimos escuchando a Julián hablar de su libro de poemas Meteoro y después de cuáles fueron sus primeras lecturas. En este punto la miro y ella me mira: Me dice – Si ya se, ya se tu primer libro que leíste se llamó lector feliz y tenías siete años recién cumplidos. Yo sonrió. Madre monologa que me compró ese libro porque si quería leer y tenía esa necesidad primero leería lector feliz que era bien feo y después pasaría a libros de aventuras para niños. Siempre me reprochas y te acuerdas de eso, remarca con autoridad.
Madre como no recordar mi primera lectura por placer y mi primer libro que fue completamente mío cuando había aprendido a leer y escribir. Después vinieron muchos más como la vieja colección de libros Robin Hood tapas amarillas, donde me soñé pirata, explorador, guerrero Troyano combatiendo al lado de Héctor contra los Mirmidones. Pero Lector Feliz me marcó.
Mi vieja me mira pensativa y sentencia JL si te miran bien eres un inservible, pero si te comparan eres un genio.

FOTOS (o la imposibilidad de escapar del presente)
La ciudad no se mueve: desfila. Yo estoy quieto. Eso es peor.
Una pareja de adolescentes en un banco se jura amor eterno con esa impunidad química que tienen los que todavía no saben nada. Se dicen "para siempre" como si el tiempo no fuera un animal que mastica promesas.
En la esquina, el semáforo regula la miseria: rojo, verde, rojo. Un desocupado pide monedas con una coreografía cansada. No mira a nadie directamente. Aprendió que la dignidad, en ciertas zonas, espanta la limosna.
Pasa la señora del funcionario judicial —la reconozco sin conocerla— arrastrando un caniche negro que parece tener más certezas que todos nosotros juntos. El perro no duda. Nosotros sí.
Un colectivo se va. Siempre hay un colectivo que se va. Cargado de gente que llega tarde a algo: trabajos, despedidas, pequeñas derrotas. Adentro viajan sueños envasados al vacío, lágrimas que todavía no caen, urgencias que no van a cambiar nada.
Las chicas de la escuela cruzan con guardapolvos blancos, esa pureza institucional que dura lo que tarda el mundo en ensuciarla. Ríen. Por ahora ríen.
Y al fondo, como un decorado olvidado por un dios distraído, la vieja estación de tren. Convertida en otra cosa. O en nada. Un cadáver reciclado. Un lugar que prometía movimiento y terminó siendo archivo.
Me siento en un banco. Sentarse es aceptar que el mundo te pase por encima. Miro. No observo: me dejo invadir. Todo entra sin filtro. La escena me asfixia, como si alguien hubiera decidido que mis ojos son una cárcel de imágenes. No hay palabras. Solo ruido.
Solo presente. Escucho mi propio silencio como si fuera una frecuencia defectuosa. Abro la mochila. Siempre llevo libros, como otros llevan talismanes o pastillas. Un kit de supervivencia para no estar donde estoy. Para escapar sin moverme.
Saco a Charles Bukowski. "La chica más guapa de la ciudad". Lo releo como quien busca una salida de emergencia en un edificio que no la tiene. Levanto la vista. Nada cambia.
Las imágenes siguen pasando. Fotos. Instantáneas sueltas, mal encuadradas, sin narrativa. Pienso en "Polaroid de locura ordinaria" de Fito Páez y entiendo que el problema no es la locura. Es la ordinaria. Me aburro. Pero no es un aburrimiento liviano. Es un tedio denso, pegajoso, casi metafísico. Como si el mundo insistiera en repetirse sin preguntarme. Busco ayuda en la mochila. Invoco a J. D. Salinger. Silencio.
A Carson McCullers. Silencio. A John Dos Passos. Silencio. Nadie responde. Los libros no hablan cuando uno más los necesita. O tal vez hablan siempre y uno es el que se quedó sin oído. Cierro todo. Miro otra vez. La pareja, el mendigo, el perro, el colectivo, las chicas, la estación. Fotos. Solo fotos. Y entonces entiendo algo que no me gusta: No estoy mirando el mundo. Estoy atrapado en él.


John Wayne (o la vez que entendí que los duros también lloran y nadie se los perdona)
Yo era un chico raro. No en el sentido romántico de las películas —no era interesante, era incómodo—. Callado, esquivo, con una especie de alergia al contacto humano. En la primaria me costaba hablar, mirar a los ojos, hacer eso que los demás hacían sin pensar: existir en grupo.
Entonces me inventé un sistema. Mientras otros jugaban, yo clasificaba el mundo.
Tenía una carpetita con planillas hechas a mano. Ahí anotaba todo: películas, actores, fecha, lugar, si me habían gustado o no, y por qué. Era mi manera de ponerle orden a algo que me resultaba caótico. Como si al nombrar las cosas pudiera dominarlas.
El resto del tiempo lo dividía entre libros y música. Pero eso no lo registraba. Tal vez porque leer y escuchar eran menos peligrosos que sentir.
El cine, en cambio, era otra cosa. El cine era una forma de aprender a ser otro sin que nadie se diera cuenta.
Años después, revolviendo cajas en el galpón, encontré esas carpetas. Polvo, papel amarillento, mi letra torpe tratando de ser prolija. Y entre esas hojas apareció un recuerdo que yo no sabía que había escondido tan bien.
1979.
Una reunión. Un festejo cualquiera —o eso creí—. Los adultos hablando de fútbol, del mundial juvenil en Tokio, de si íbamos a repetir la gloria. El ruido de fondo de siempre: vasos, risas, humo, promesas de un país que no terminaba de arrancar.
Y en medio de todo eso, un chico llorando. No un llanto discreto. No un capricho. Un llanto de verdad. De esos que te desarman. Lloraba por John Wayne. Yo no entendía del todo, pero me acerqué igual. Le pregunté por qué.
—No va a haber más películas de acción con él —me dijo.
Así, sin defensa. Sin ironía. Sin vergüenza.
Era una frase mínima. Pero estaba cargada de algo enorme: el final de una certeza. El fin de un héroe. El mundo perdiendo a alguien que, para él, lo sostenía.
Los otros chicos se rieron. Claro que se rieron. Le dijeron que no sea maricón. Que parecía una nena. Que deje de llorar por boludeces.
Ese coro miserable que aparece siempre que alguien se anima a sentir algo en serio.
Yo no dije nada.
Pero algo se me quedó pegado.
No era solo el llanto. Era la injusticia. Era la desnudez de ese chico frente a un mundo que no tolera la fragilidad.
A mí me conmovió. Profundamente. Porque sus lágrimas eran verdaderas. Y lo verdadero, en ese contexto, era casi una falta.
Después la vida hizo lo suyo.
Pasaron los años. Me tocó estar del otro lado: el silencio obligado, la presión, el desequilibrio de poder en trabajos donde uno aprende a callarse para sobrevivir. Y ahí, sin avisar, volvía esa escena. El chico llorando. Los otros riéndose. La orden implícita: no sientas. Y entendí algo tarde, como se entienden las cosas importantes: No era por John Wayne. Nunca fue por él. Era por todo lo que uno pierde y no puede decir.
Hoy escribo esto porque ese chico —ya hombre— no pudo más.
El dolor le ganó la pulseada. Y eligió un atajo brutal para que sus pensamientos dejaran de hacer ruido. No voy a romantizarlo. No hay épica ahí. Solo silencio.
Pero tampoco voy a olvidarlo. Porque en ese llanto había una verdad que nosotros —los que mirábamos— no supimos defender.
Adiós, Prignotti.
Ojalá, donde estés, nadie te diga que no podés llorar.


Noches de cine
Era 1980, un año que parecía escrito por un guionista con
resaca. Llegó la TV en colores a la Argentina como si fuera una fiesta,
mientras el mundo se descomponía en silencio elegante: mataban a John Lennon,
la deuda externa se inflaba como un cadáver al sol, y medio planeta boicoteaba
los Juegos Olímpicos de Moscú por la invasión soviética a Afganistán.
Y en ese mismo escenario histórico, a mí me pasaba algo infinitamente más importante: me dejaban ir solo al cine los sábados a la noche.
La independencia empieza así: con una butaca, un billete arrugado y la ilusión de que uno ya no es un chico.
El templo era el Gran Ocean. Dos salas en la ciudad. Dos puertas a otros mundos. Daban doble función: primero una película vieja, después el estreno. Un combo perfecto para deformar la cabeza.
Esa noche de otoño —fresca, sospechosa— la primera fue The Car, también conocida como "El auto" o "asesino invisible".
Un coche negro sin conductor. Eso ya era suficiente para arruinarte la infancia.
El auto no tenía rostro, no tenía lógica, no tenía piedad. Atropellaba ciclistas, levantaba gente en la ruta, aparecía donde no debía. El sheriff, Wade Parent, se obsesionaba con frenarlo, pero el problema era otro: ¿cómo detenés algo que no tiene a nadie adentro?
En un momento, el auto no entra a un cementerio porque es terreno consagrado. Ahí entendí que el mal también respeta ciertas reglas. O se divierte con ellas.
La película me gustó. Pero más que gustarme, me infectó.
Cuando empezó la segunda función —que no recuerdo, y eso ya es una señal— yo seguía adentro de ese auto. O peor: el auto estaba adentro mío.
Salí del cine a la 1 de la madrugada. El último colectivo había pasado a las 12:40. Así que lo de siempre: veinte cuadras caminando, solo, en una ciudad que a esa hora dejaba de ser la misma.
Para no pensar, hacía lo que hacía siempre: ordenar películas en la cabeza. Actores, escenas, intensidad. Una especie de catálogo mental para no escuchar el ruido de la noche.
Pero esa vez no funcionó. A las diez, doce cuadras, lo sentí. Un auto. Celeste claro. Lento. Demasiado lento. Pegado a mí. No era el de la película. Era peor: tenía alguien adentro. El tipo bajó la velocidad y empezó a hablarme como si nos conociéramos de toda la vida. Que suba, que me acercaba, que era tarde. Que un chico como yo no tenía que andar solo. Que me podía pasar algo. Eso fue lo más perverso. No era una inminencia. Era una ofrenda.
Apreté el paso. No respondí. El tipo insistía, ahora con un tono más íntimo, más viscoso. Dijo que me iba a cuidar. Ahí algo hizo clic. No pensé más. Corrí. Pasé la placita como un animal escapando de un incendio. Me metí en el descampado, ese terreno lleno de senderos marcados por otros cuerpos que también habían pasado por ahí con alguna urgencia. A los costados, yuyales altos —pasto ruso, sorgo de Alepo— como paredes verdes de un laberinto barato. Me tiré adentro. Me escondí. No respiré.
Cuarenta minutos ahí, en silencio, escuchando cada ruido como si fuera el final de algo. Esperando que apareciera el motor. Que la puerta se abriera. Que alguien caminara entre los yuyos. Pero no pasó nada. O tal vez pasó todo y yo no lo vi. Salí despacio. Miré la calle. Nada. Corrí las dos cuadras que faltaban como si el suelo me estuviera persiguiendo. Entré a casa sin hacer ruido. Me metí en la cama. Cerré los ojos. No dormí. En ese momento lo pensé como una aventura. Una anécdota para contar, un roce con el peligro que te hace sentir vivo. Hoy no. Hoy sé que esa noche no fue cine.
Fue otra película. Y estuve demasiado cerca de no salir en los créditos.

Paradojas
Pasean perros como si fueran niños.
Pasean niños como si fueran perros.
Paradojas II
Tanto escribir tragedias para morir trágicamente. Esquilo murió 456 años antes de Cristo cuando sentado en una colina en Gela Sicilia un quebrantahuesos, especie de buitre, lo confunde con una piedra y deja caer una tortuga desde las alturas y lo golpea en la cabeza matándolo.
Poco antes de esto el oráculo le había profetizado que moriría aplastado por una casa, por esa razón se fue a vivir a las colinas.

Mi primer cassette
No fue el inicio del rock. Eso ya había pasado antes, en
un combinado medio destartalado donde un disco giraba como si supiera más que
nosotros. Esto fue otra cosa. Esto fue el momento exacto en que el virus
encontró un cuerpo.
Año 1980. Villa Dolores. Un país raro, en voz baja, con los adultos hablando en clave y los chicos mirando sin entender del todo. Se venía una década que iba a romper cosas: la guerra, el miedo, la democracia entrando como un invitado tardío. Pero yo estaba en séptimo grado, y mi guerra era otra.
Había aprendido inglés lo suficiente como para que alguien decidiera premiarme. En I.D.I.C.A.N.A. Buen alumno. Buen comportamiento. Futuro prolijo.
Error.
Me regalaron un radiograbador mono Pioneer. Un artefacto que, en ese momento, era básicamente una puerta dimensional. Pero había un problema: no tenía ningún cassette. Era como tener un arma sin balas.
Mi viejo me dio la plata. Ese gesto mínimo, casi burocrático, fue en realidad una autorización para desviarme.
Salí en mi bicicleta GT Mini, cinco cambios, bocina, luces, un exceso de accesorios que ya anunciaban algo: nunca fui de lo austero. Mi hermano Roberto Carrizo todavía debe acordarse de ese circo con ruedas. Pedaleé hasta el centro como si fuera una misión secreta.
La disquería —Disquería Record— era un santuario. La vidriera: una orgía de promesas. Colores, nombres, portadas que parecían gritarte cosas que no entendías pero sentías.
Había de todo.
Un cassette festivo, casi obsceno en su alegría: "Hurra Hurra, qué linda vacación", con Boney M sonriendo como si el mundo fuera una propaganda. Un compilado —"17 Top Hits (1980)"— donde convivían I Don't Like Mondays de The Boomtown Rats y I Was Made for Lovin' You de Kiss. Un caos hermoso.
Pero después apareció "eso".
Un compilado de Kiss. Los cuatro. Paul Stanley, Gene Simmons, Ace Frehley, Peter Criss. Pintados como demonios o superhéroes o ambas cosas al mismo tiempo. No eran músicos: eran una advertencia. Lo escuché ahí, en ese instante suspendido. Wouldn't You Like to Know Me. New York Groove (años después juraría que tenía algo de Zoom de soda stereo, pero eso es otra historia). Radioactive. See You in Your Dreams.
Y entonces pasó.
La risa del comienzo de "Radioactive". Esa risa. Tenía once años. Me dio miedo. Un miedo real, físico, como si algo se hubiera filtrado desde el cassette hacia mi cabeza. Pero al mismo tiempo… me abrió una puerta. No quise cerrarla.
Ahí entendí —sin palabras— que el miedo también podía ser fascinación.
Compré ese cassette. Volví a casa pedaleando distinto. No más rápido. Más cargado. Como si llevara contrabando. Lo puse en el Pioneer. Play. Y lo escuché. Una vez. Dos.
Diez. Treinta. Un mes entero. Todos los días. Varias veces por día. No tenía otra cosa, pero tampoco la necesitaba. Ese cassette era suficiente. Era exceso. Era una educación paralela, clandestina. Mientras el mundo hablaba de orden, disciplina y silencio, esos tipos maquillados me enseñaban otra cosa: ruido, exageración, identidad.
No me volví fan de Kiss. Me volví sospechoso. Y lo peor —o lo mejor— es que nadie en casa se dio cuenta. Todavía.
El casamiento es el suicidio de los instintos
Las hojas allá afuera se agitaban como si supieran algo que yo no. Como si se estuvieran riendo. Fin de año, otra vez, y los días cayendo uno encima del otro como expedientes de una causa que nadie va a resolver.
Yo era Juanjo. O peor: era yo haciendo de Juanjo.
Lunes. Un lunes de esos que no se terminan nunca. Un lunes con gusto a encierro, a oficina, a vida prestada. Lo maté con una ducha, pero no fue un asesinato limpio: el lunes siguió respirando adentro mío.
Quise salvar lo poco que quedaba del día. Un gesto mínimo: las pantuflas. Mis malditas pantuflas. No estaban. Nunca están cuando uno las necesita. Abrí cajones como un ladrón torpe, revolví ropa, metí la cabeza debajo de la cama como si buscara un cadáver. Nada. Ahí fue cuando lo pensé: Claudia las había escondido. No porque sí. No por maldad. Por sistema. Por ese pequeño sadismo doméstico que sostiene los matrimonios como vigas invisibles.
Me tiré en el sillón, descalzo, derrotado, bajo esa luz amarilla que no ilumina sino que acusa. Agarré la novela. La misma novela de hace semanas. No avanzaba. O tal vez era yo el que no avanzaba. Leía párrafos enteros y no quedaba nada, como si las palabras fueran agua entre los dedos.
Claudia entró, encendió la luz central como si fuera un interrogatorio, y después la televisión. La novela mexicana. Siempre la misma música, las mismas caras, los mismos conflictos hipertrofiados. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que yo tenía que estar ahí. No hablar. No hacer ruido. No existir demasiado. Acompañar. Esa palabra de mierda: acompañar.
Me quedé quieto, mirando la pantalla sin verla, sintiendo cómo algo adentro mío empezaba a pudrirse lento. Pensé en el vinilo de Clics Modernos de Charly García. En el sonido crudo, eléctrico, en esa Buenos Aires sucia y viva que salía de los parlantes. Pensé en subir el volumen hasta que se rompiera algo. La pua, la paz doméstica, lo que fuera. Pensé en cuando estaba solo. Y sí, la soledad dolía. Era un dolor seco, honesto. Pero esto… esto era otra cosa. Esto era un goteo constante. Una anestesia. Una muerte en cuotas. Me hice una pregunta que no tenía derecho a hacerme tan tarde: ¿En qué momento firmé este contrato? ¿En qué momento cambié el deseo por la rutina, la incertidumbre por este guion mediocre?
Miré a Claudia. Estaba absorta, devorando la historia de otros, mientras la nuestra se oxidaba en silencio. Y ahí lo entendí, con una claridad brutal, casi obscena: El casamiento no es compañía. Es el suicidio prolijo de los instintos.
Me incorporé despacio. Sentí el cuerpo pesado, como si arrastrara años en lugar de horas. Podía quedarme. Podía callarme. Podía convertirme definitivamente en ese tipo que busca pantuflas y no las encuentra nunca. O podía dinamitar todo.
La miré. Ella ni siquiera se dio cuenta al principio.
—Tenemos que hablar —pensé.
Pero esta vez no era una frase. Era una amenaza. El problema no era el tono, era que el final cerraba demasiado "correcto". No dejaba una grieta, algo más incómodo, más imprevisible o más salvaje.
Me incorporé despacio. Sentí el cuerpo pesado, como si arrastrara años en lugar de horas.
Miré a Claudia. Seguía hipnotizada por la novela, llorando por problemas ajenos con una devoción que nunca tuvimos. Fui hasta el equipo de música. Ahí estaba el vinilo de Clics Modernos de Charly García, cubierto por una capa fina de polvo, como si también hubiera sido domesticado. Lo saqué despacio. Ese pequeño acto ya era una traición.
Apoyé la púa. El primer chasquido sonó como un disparo en la casa. Claudia dijo algo desde el living, molesta, pero no la escuché. Subí el volumen. Más. Otro poco más. La música empezó a romperlo todo. O a mí. Por primera vez en mucho tiempo, no pedí permiso. No expliqué nada. No acompañé.
Me quedé ahí, de pie, en medio del ruido, sintiendo que algo volvía —o que algo se terminaba de romper para siempre. No estaba claro qué. Y por primera vez en años, tampoco me importó.
Amor prohibido. Casamiento express para dos fugitivos del amor
(Algunas canciones)
La noche tenía gusto a fernet mal servido y a decisiones que no se pueden sostener con dignidad a la mañana siguiente. Estábamos en la terminal, ese limbo donde nadie pertenece del todo, donde todos están yéndose o llegando tarde a algo que ya no importa.
Las luces de neón nos caían encima como una confesión obligatoria. Nosotros dos ahí, haciendo equilibrio entre el deseo y la culpa, entre las ganas de huir y el peso muerto de lo que vendría después. Porque siempre hay un después, aunque uno intente borrarlo a besos.
Éramos eso: amantes de turno reducido. Amor con fecha de vencimiento. Yo, un tipo que jugaba a ser seductor mientras miraba sus propios zapatos orinados como prueba material del fracaso. Vos, una mujer con la agenda cerrada: en una semana te casabas. Punto final. Acto sellado.
Y sin embargo ahí estábamos, como si la noche pudiera suspender la ley.
El bar respiraba esa mugre sagrada de madrugada: vasos pegajosos, música saliendo de un equipo viejo que parecía estar a punto de morir pero resistía, como nosotros. Sonaba Van der Graaf Generator y el contraste con la escena era casi obsceno. Demasiada épica para dos personas que estaban a punto de romperse.
Entonces entró él.
Una figura encorvada, gastada, con esa dignidad arruinada que sólo tienen los músicos de pueblo, los que hicieron bailar a generaciones enteras en fiestas patronales y ahora piden ginebra como si fuera un acto religioso. No lo aplaudieron. Nadie lo reconoció. Mejor así.
Era un sobreviviente.
Nos miramos con vos, y en ese cruce de ojos ya estaba todo dicho: el final había empezado antes de que pudiéramos evitarlo. Yo te miraba como un chico al que le están quitando lo único que tiene. Vos sostenías esa tristeza elegante que tienen las despedidas inevitables.
El estómago se me subía a la garganta. Pensé —con una certeza ridícula— que nunca más iba a besar así. Que ese momento era una especie de última cena sin apóstoles.
Y ahí, en un acto completamente irracional —o perfectamente lógico, depende del ángulo— te agarré de la mano y te llevé hasta la barra.
El tipo estaba solo. Terminándose la ginebra. —Maestro —le dije. Me miró. Apenas. Como si ya supiera. Le apreté la mano con una intensidad innecesaria. Sonreí como un loco.
—¡Cásenos!
Vos no te resististe. Sonreíste. Nos besamos. Como si el mundo estuviera de acuerdo.
El tipo pidió otra ginebra. Sabía cosas. Se le notaba en la cara: había perdido suficientes batallas como para no creer en finales felices.
—Usted tiene que casarnos —insistí, como un condenado. Me miró largo. Tomó un trago. Y en esa pausa había una sentencia: el amor de una mujer puede dejar a un hombre en ridículo sin esfuerzo. Después hizo algo que todavía no sé si fue un chiste o un acto sagrado. Levantó la mano, cortó el aire en forma de cruz y murmuró en latín:
"Est voluntatem Dei". Y listo. Casados por decreto etílico en una terminal de ómnibus.
De fondo sonaba Led Zeppelin con "Since I've Been Loving You", en un centro musical grundig que sintonizaba la FM triac. Como si alguien allá arriba estuviera musicalizando el desastre con ironía fina. Lloramos. Claro que lloramos. Una lágrima cayó y se rompió contra el suelo como todo lo demás. El tipo dijo algo. No lo escuché bien. Tal vez "suerte". Tal vez "salgan de acá mientras puedan". Salimos. Arranqué el auto como quien huye de la escena del crimen. Sin rumbo. Porque el rumbo ya estaba decidido por otros. En la Triac apareció Lou Reed con "Walk on the Wild Side". Perfecto. Demasiado perfecto. Como si la noche se burlara de nosotros. Íbamos en silencio. Bajoneados. Derrotados antes de pelear. Pensé que esta ciudad está llena de heridas de amor, como cicatrices que nadie se anima a mostrar. Me vino a la cabeza Miguel Mateos, porque cuando uno está triste cualquier canción se vuelve una confesión.
Las calles estaban húmedas, vacías, como si alguien hubiera apagado el mundo. Y entonces apareció la risa. Phil Collins desde "Mama", riéndose en la oscuridad. Esa risa que no acompaña, que te hunde un poco más. Porque no hay nada peor que alguien riéndose cuando vos estás triste. Y ahí entendí todo: La noche y la vida se habían puesto de acuerdo para cagarse de risa de nosotros.

Caminata en una ciudad fantasmal y posmoderna
Salimos a hacer un trámite, que en cualquier otro universo sería un acto administrativo menor, pero en Villa Dolores es una expedición filosófica con riesgo de extravío emocional. Caminamos. Mi madre y yo. Dos sobrevivientes del tiempo, avanzando entre escombros invisibles.
Acá la modernidad y el posmodernismo pasan de largo, como colectivos que no paran. No nos tocan. Villa Dolores no dialoga con esas categorías: te contiene o te escupe. Te revive o te liquida. No hay términos medios, no hay teoría que aguante.
Un pibe nos ofrece boles de plástico que parecen derretirse con la mirada. Más allá, un carro con caballo descarga arena como si el siglo XIX se hubiera negado a morir. Un verdulero pasa en bicicleta, equilibrando la economía doméstica sobre dos ruedas. Compramos rúcula y berro. La vida resumida en hojas verdes y monedas contadas.
Yo camino en silencio, pero mi cabeza es un basural en combustión lenta.
Empiezo a preguntarme por la gente que ya no está. No muertos necesariamente, sino evaporados. Desaparecidos de la rutina. Y esos recuerdos vienen con filo: algunos acarician, otros abren cicatrices que nunca cerraron del todo.
Y entonces, como un salto absurdo, mi mente aterriza en 1985.
La chica del video de "The Perfect Kiss". Esa aparición casi fantasmal de New Order. ¿Dónde estará ahora? ¿Qué fue de su vida? ¿Sabrá que quedó atrapada para siempre en un videoclip que alguien, en un pueblo perdido, sigue recordando como si fuera un mensaje cifrado?
Me obsesiono. Pienso si ese tema era un homenaje encubierto a Joy Division. Me acuerdo del póster en la pared. De esa quinta figura, esa presencia ambigua en la sala. Y ahí aparece, inevitable, Ian Curtis, colgado en la memoria colectiva como un eco que no se apaga.
El amor nos destrozará. La frase me cae como una piedra. Me acuerdo de un poema de mi amigo Andrés, de noches hablando de música como si estuviéramos descifrando el universo. Y justo cuando estoy por perderme del todo en ese túnel, mi madre irrumpe.
—La situación del país… —dice. Y listo. Vuelvo. Porque la realidad siempre tiene peor timing que la nostalgia. Un auto frena de golpe. Un tipo insulta a otro. La violencia circula como un gas invisible. Nos atraviesa. Nos empuja. Yo la reconozco. La llevo adentro. Soy irascible por naturaleza, un volcán con manual de instrucciones. Pero aprendí a contenerme. A domesticar ese impulso de arrasar con todo.
No fue gratis. Antes de aprender, dañé. A gente que me quería. Y esas marcas siguen ahí, supurando de vez en cuando, recordándome que el control no es virtud: es supervivencia.
Hablo con mi madre. O mejor dicho, intercambio frases que parecen venir de otro plano. Ella me mira y suelta una de esas sentencias que desacomodan el eje del mundo: —Si te miran bien, sos un inservible. Pero si te comparan, sos un genio.
No sé si reírme o pedirle que repita.
Sus reflexiones son así: te golpean y se van. Te dejan pensando mientras seguís caminando. Y sin embargo, en medio de todo este caos interno y externo, hay cosas que resisten. Una pareja que camina de la mano. Un tipo que besa a su compañera con un gesto que parece cotidiano pero tiene algo heroico. Aunque ese beso esté hipotecado, aunque deba pagarse en cuotas con intereses emocionales altísimos.
Esas pequeñas escenas me devuelven algo. No sé si fe, pero al menos una tregua.
Como si el mundo, a pesar de todo, no estuviera completamente arruinado.
Volvemos por una calle lateral, de esas que no figuran en las postales. Un terreno vacío, un alambrado olímpico, restos de lo que fue un corralón.
Y ahí están. Cuatro adolescentes. Nos acercamos. Uno toca la armónica. Reconozco la melodía al instante: "Love Me Do". The Beatles sobreviviendo en un rincón improbable del mapa. El pibe le enseña a otro cómo sacar el sonido, cómo domesticar el aire.
Nos miramos con mi madre. No hace falta decir nada. Pero lo decimos igual: El mundo todavía no está perdido. Y por un segundo —breve, ridículo, necesario— le creo.

Perdido en el supermercado (con Góngora, un ladrón de picadillo y mi madre como guía espiritual)

El sábado es mi misa pagana: voy al supermercado como quien entra a una catedral fluorescente donde los santos son ofertas 2x1 y la salvación viene en sachet. No sé si compro comida o compro una ilusión momentánea de control. Consumir —dicen— te hace feliz. Yo sospecho que te anestesia lo justo para no hacer preguntas incómodas.
Voy con mi madre. O ella va conmigo. Nunca está claro quién acompaña a quién. Es una mujer extraña en el mejor sentido: detesta la gente pero puede pasar tres horas recorriendo góndolas como si estuviera explorando las ruinas de una civilización perdida. Me habla del pasado con la naturalidad de quien mezcla tiempos.
Por mi mente pasan recuerdos e imágenes:
—Acá tocó Vilma Palma e Vampiros —me digo—, en pleno auge del pájaro Gómez.
Miro las heladeras de lácteos y trato de imaginar guitarras eléctricas entre yogures descremados.
Mi madre señala el piso, como si fuera un mapa arqueológico: —Acá había una cancha de fútbol. Seguro hiciste algún gol.
Y ahí se me dispara la cabeza. Porque el supermercado es un campo minado para la memoria. Me acuerdo de aquella historia de Soriano en el Carrefour que antes era el Gasómetro, con Sanfilippo relatando su gol al arquero Roma como si estuviera ocurriendo en ese mismo instante. Y entonces, sin pedir permiso, la realidad se deforma.
Estoy frente a los dulces de leche y de pronto bajo la pelota de pecho. Giro. El carrito es un defensor torpe. Enfilo hacia las cajas como si fueran el área rival. Un empleado intenta interceptarme. Le meto un zapatazo furioso. Gol al ángulo. Justo donde ahora hay un ventiluz que da a la cocina de Marta, la mamá del Gorgojo. Levanto los brazos para festejar como un campeón del mundo… y me encuentro con la mirada incómoda de una señora que sostiene un paquete de fideos como si fuera un arma.
Vuelvo. Siempre fui malísimo para el fútbol.
—Luis, ¿necesitamos limpia horno? —dice mi madre, devolviéndome al plano terrenal con una precisión quirúrgica.
El supermercado, en teoría, es mi terapia. Vengo a oxigenar la cabeza, a desenredar pensamientos que llegan enmarañados como cables viejos. Pero la mente no colabora. Yo fui ese chico etiquetado con diagnósticos largos: trastorno negativista desafiante, TDAH. Fui ese experimento farmacológico con nombres impronunciables. Fui ese adolescente llevado a un curandero porque leía cosas raras y escuchaba música sospechosa. El tipo dictaminó que debía dormir con una cofia verde. Una solución elegante y completamente inútil.
Mientras empujo el carrito hago cuentas mentales. Sumo precios como si fuera un ejercicio zen. Pero me distraigo. Siempre me distraigo. Miro a la gente. Observo.
Una pareja se habla con dulzura: recién casados, pienso. Todavía no llegó el desgaste, esa humedad lenta que arruina las paredes del amor. Me pregunto cuándo empieza a pudrirse todo. Si es la rutina, la cercanía, o simplemente el paso del tiempo que no perdona ni a los optimistas.
Una mujer compra poco. Está sola. Un hombre también. Podría escribir un tratado sociológico con esto, pero ¿a quién le importa? Estamos en la era del "sálvese quien pueda con changuito lleno".
Un niño está enterrado bajo montañas de mercadería en un carrito de supermercado. Apenas se le ve la cara. Pienso que ese chico está aprendiendo algo importante: primero los productos, después las personas. Si Mark Fisher me visita en mis ensimismamientos.
—Luissssss… Luissssss… —me llama mi madre.
Ese tono me perfora el tiempo. Es el mismo de cuando volvía de viaje con libros, discos, ropa innecesaria. El mismo que imitaba mi amigo Walter golpeando la ventana a la madrugada para despertarme y provocarme un deseo legítimo de homicidio.
Seguimos avanzando entre fideos y galletas cuando, sin previo aviso, mi madre se transforma en profesora de literatura barroca.
—"Formidable de la tierra bostezo" —dice—. Mirá qué manera de nombrar una cueva.
La gente nos mira. Yo también me miraría.
Ella sigue, imparable, hablando de hipérbaton, de Góngora, de Dámaso Alonso recitando de memoria como si fuera un médium del Siglo de Oro.
—Madre… estamos en el supermercado.
—Luis, esto es consagrar el espacio —responde—. Santificarlo con literatura.
Y sigue. Más versos. Más solemnidad. Yo la escucho y sonrío. Porque en el fondo entiendo: esta es su forma de resistir. De no dejar que el mundo se reduzca a precios y ofertas.
Le digo que me gusta más Lope de Vega.
—Entonces escribí veinte páginas por día —dispara.
Avanzamos. Escucho murmullos: todo está caro. Siempre está caro. Es un mantra nacional. Y entonces veo algo que me rompe la escena.
Un hombre guarda latas de picadillo entre la ropa. Lo hace torpemente, con la desesperación de quien no tiene práctica ni margen de error. Me pongo más nervioso que él. Siento vergüenza ajena, una incomodidad física. Quiero desaparecer. No sé si juzgarlo, ayudarlo o mirar para otro lado.
Hago lo único que sé hacer: huyo. Voy a buscar espuma de afeitar y shampoo como si pudiera limpiarme la conciencia con eso.
Terminamos. Llega el momento más absurdo: la fila de la caja. Mi madre tiene una teoría delirante sobre optimizar el tiempo cambiándose de fila constantemente. Peregrinamos de una a otra como dos fieles confundidos. Siempre elegimos mal. Siempre tardamos más. Es una ley universal.
El de adelante no tiene fondos en su tarjeta. La máquina no imprime porque se quedó sin papel. La caja se traba. La cajera grita: Bloqueada, como si fuera una jugada de rugby, un ruck o un maul y la supervisora apura el paso como un forward.
El tiempo se dilata como un castigo bíblico. Y así transcurre el ritual. Entre carros que chirrían, niños enjaulados, botellas de vino, citas barrocas, pensamientos intrusivos, queso cremoso, diálogos inconclusos y jabón para la ropa.
Nota de página: Antes de la pandemia hacíamos esto como una gira: cuatro supermercados, sábados y domingos, como si mi madre estuviera censando el consumo nacional. En cada uno desarrollaba un tema distinto: literatura, historia, vida. Yo escuchaba, discutía, sobrevivía.
Ahora lo hacemos en casa. Pero no es lo mismo.
Porque el supermercado —ese circo de lo cotidiano— era nuestro territorio. Nuestro delirio compartido. Nuestra manera de hacerle frente al mundo sin decirlo demasiado.
Lunes con resaca de infancia y lluvia en el parabrisas
Detesto los lunes con una fidelidad enfermiza, como se odia a un pariente que te arruinó la infancia y todavía aparece en los cumpleaños. Todo empezó en Traslasierra, cuando el mundo era un televisor con interferencia y un solo canal: Canal 12, esa ventana hipnótica donde los domingos a las ocho de la noche te metían Disneylandia como quien te inyecta anestesia antes de la cirugía.
Pero la anestesia no funcionaba.
Sonaba esa cortina —"el mundo es cascada de colores, mágico mundo de colores"— y en lugar de alegría me agarraba una tristeza espesa, pegajosa, como si alguien me hubiera anunciado que la vida, en realidad, empezaba a doler al día siguiente. Era la antesala del lunes. El prólogo de la condena. Un niño con uniforme invisible sintiendo por primera vez la derrota sin saber nombrarla.
Después vino la adolescencia, que es otro tipo de enfermedad, y ahí escuché a Bob Geldof escupir su "no me gustan los lunes" como si fuera una confesión pública. Y sentí alivio. No estaba solo en esta paranoia semanal. Había otros infectados.
El problema es que nunca se me pasó. Hasta hoy, que ya debería ser un adulto funcional —o al menos una imitación creíble— sigo sintiendo ese vacío cuando el domingo se pudre y empieza a oler a lunes. No importa cuánto exprima el fin de semana, no importa si lo dejo seco como un limón olvidado en la heladera: la tristeza llega igual, puntual, burocrática, con cara de empleado público.
Y entonces hago lo único que sé hacer: convivir con ella.
La tristeza no se tira, no se recicla, no se dona. Se acumula. Como libros, como deudas, como promesas incumplidas. Ya no tengo dónde meterla, así que la dejo instalada en el cuerpo, ocupando espacio, desplazando ideas. Me entumece el pensamiento, me hace resbalar las certezas. Camino, escucho jazz como si fuera un calmante suave, pero las ensoñaciones siguen ahí, aferradas a los hombros como gatos viejos.
La semana laboral es otra jungla: responsabilidades que se reproducen, expectativas salariales que nunca alcanzan, libros que intento vender como quien trafica pequeñas dosis de sentido, proyectos literarios que piden atención, amigos que invitan a conversaciones largas, un whisky que promete ordenar el caos y apenas lo peina.
Y sin embargo, hoy es lunes… y llovizna. Y eso lo cambia todo.
La lluvia tiene ese poder sospechoso de volver soportable lo insoportable. Estoy dentro de Sombra Gris —mi cápsula rodante contra la mediocridad del calendario— mirando las gotas estrellarse contra el parabrisas como si fueran pensamientos suicidas. En el estéreo suena September in the Rain por Lester Young, y de golpe el mundo adquiere una estética que el lunes no merece.
Recito en voz baja a Olga Orozco, como si estuviera invocando algo. Estaciono. Bajo. Camino esquivando charcos, jugando a la rayuela como un niño envejecido que no se resigna. El viento me pega en la cara y me despierta de esta modorra existencial.
Y entonces pasa. La realidad se mezcla con la literatura —o tal vez siempre fue lo mismo— y veo una escena que no debería estar ahí, pero está.
Frente a un tinglado, una pareja discute. El tipo tiene cara conocida, pero no logro ubicarlo. Ella lo mira con un desprecio quirúrgico y le dispara: —George B. Wilson, sos tan tonto que no sabés que estás vivo.
No lo dice: lo sentencia. Y ahí entiendo que me metí en otra historia. Que crucé de vereda sin darme cuenta. Que estoy caminando dentro de "El Gran Gatsby" como un extra mal pago.
Un auto amarillo frena. Desde adentro, alguien sonríe con esa mueca peligrosa de los tipos que no pagan las consecuencias. Ella le guiña un ojo. Todo ocurre en cámara lenta, como si el destino se estuviera tomando su tiempo para arruinarlo todo.
El mecánico —Wilson— los mira. Y en esos ojos hay algo terrible: aceptación. Como si ya supiera. Como si ya hubiera leído el final.
Y yo, empapado, con el jazz todavía girando en la cabeza, pienso cosas que no deberían pensarse: Que Wilson podría matarlos. Que no debería hacerlo. Que no debería matar a Gatsby. Que Gatsby merece otra oportunidad. Que nadie merece terminar así, atrapado en un lunes eterno con olor a tragedia. Pero la literatura no negocia. Y la vida, mucho menos.
La lluvia sigue cayendo. El lunes sigue siendo lunes. La única diferencia es que ahora, al menos, duele con estilo.


Manual de autopsia para un corazón que nunca creyó en el amor
El amor es una trampa con perfume caro. Un animal viscoso que se te mete en la boca cuando estás distraído y te deja hablando solo en habitaciones llenas de eco. Yo no le creo nada. Nunca le creí. Y sin embargo acá estoy, escribiendo sobre él como un alcohólico que da cátedra sobre sobriedad mientras se sirve otro vaso.
Hay noches en que el amor parece una postal hermosa: cuerpos tibios, palabras suaves, promesas que flotan como globos. Y hay otras —las verdaderas— en que es una carnicería: celos que muerden, traiciones que supuran, obsesiones que te dejan mirando el teléfono como un idiota en estado vegetal.
Los enamorados —esas criaturas en trance químico— dirán que exagero. Y claro que lo dirán: están drogados. No hay forma de discutir con alguien que confunde la fiebre con la iluminación. Están en esa borrachera existencial donde todo parece tener sentido, incluso lo que los va a destruir.
Yo hablo desde el otro lado. Desde la resaca.
Porque a mí me criaron para desconfiar del amor como de un vendedor de autos usados. Mi Tía María Angustias —sí, ese era su nombre, como una advertencia escrita en la puerta del mundo— me lo dejó clarísimo desde temprano: "al mundo se viene a sufrir, esto es un valle de lágrimas". Y lo decía sin ironía, con una serenidad de cirujano, como quien describe el clima.
Cantaba también, como si la banda sonora de la tragedia fuera obligatoria: "el amor, el amor, cuántas mentiras se dicen por amor". Y mientras tanto me inoculaba su doctrina como una vacuna torcida: no te enamores nunca. El amor no te completa, te mutila. Te abre el pecho sin anestesia y te deja sangrando de por vida.
Yo le creía. ¿Cómo no le iba a creer?
Tenía ejemplos en vivo. Mi prima Analía, quince años mayor, atrapada en ese triángulo miserable: amante de un jefe casado, enamorada de otro, especialista en sufrir sin pausa. Yo la miraba hablar por teléfono, ese "te amo" que le caía de los labios como algo roto, como una joya falsa. Y ahí entendí —sin entender del todo— que el amor tenía algo de actuación desesperada.
Ahí empezó todo. Después crecí, como crecen los descreídos: acumulando pruebas. Me refugié en escritores que confirmaban la sospecha, como si fueran cómplices en un juicio contra el amor. Me gustaban los que lo trataban como una enfermedad o un error de cálculo. El amor como ausencia, como imposibilidad, como carta que nunca se escribe.
Y mientras tanto, la vida hacía su trabajo sucio.
Tuve novias. Pobres mujeres. Les tocó lidiar con un tipo que miraba el amor como quien examina una bomba: con distancia, con miedo, con una curiosidad malsana. Una me gritó una vez, furiosa, con los ojos incendiados: "¡Sos un desamorado!". Y ahí hubo algo revelador. Me gustó esa palabra. Me quedaba bien. Era honesta. Era mía.
Otra, más paciente, más lúcida quizá, terminó dictando sentencia: "el amor en tus labios es una vulgar palabra". Y no supe defenderme. Porque en el fondo tenía razón: yo decía "amor" como quien dice "mesa" o "cenicero". Sin fe. Sin carne.
El problema —si es que hay un problema— es que el amor no se deja definir. Es un concepto que se escurre. Una palabra que pretende encerrar algo que no cabe. Intentar explicarlo es como tratar de clavar humo en la pared.
Pero igual uno insiste.
En la adolescencia ya había abandonado otros delirios —ser arqueólogo, encontrar Troya, hacerle una tumba a Héctor como si eso arreglara algo— y me quedé con dos obsesiones más manejables: escribir y leer. Me enamoré de la literatura, que es un amor más limpio, más perverso, porque al menos sabés que te está mintiendo.
Con mi Tía seguíamos leyendo. Hablábamos de la vida, de sus ruinas. Y ahí apareció la grieta en su discurso: su propia historia. A tres meses de casarse, el tipo la dejó con esa frase miserable que debería estar prohibida por ley: "no sos vos, soy yo". Una forma elegante de decir "te abandono".
Ahí entendí que su teoría no era filosofía: era defensa personal.
El amor le había pasado por encima como un tren.
Yo, mientras tanto, escribía poemas horribles. Catálogos de lugares comunes. Basura sentimental acomodada en versos. Aunque, según algunos amigos —que probablemente eran más generosos que sinceros—, había un par que zafaban. No sé. Tal vez eran menos malos.
Hoy mi Tía está muerta. Dicen que de tristeza. Como si la tristeza fuera una enfermedad diagnosticable, como si se pudiera medir en análisis de sangre.
Y yo sigo acá. Más tranquilo, quizá. O más anestesiado. A veces siento que lo único que hago es robarle sueños a los enamorados, como un carterista nocturno. Observarlos, diseccionarlos, escribirlos. Usarlos. Porque al final, si tengo que decirlo sin vueltas, creo esto: el amor no es más que una palabra que dos bocas tejen y destejen al mismo tiempo. Una ilusión compartida que dura lo que dura el hilo. Y después, silencio. O peor: literatura.
