Piropos

La ventana de mi oficina atesora recuerdos y voces. En sus vidrios quedan, de alguna manera, las conversaciones de los muchos transeúntes que pasan frente a ella. Por algún extraño magnetismo, la gente suele detener su marcha y conversar allí, como si ese pedazo de vereda fuera una pequeña plaza.
Es lugar de encuentro de amistades que hacía tiempo no se veían. Reunión espontánea de compadres. Cenáculo de filósofos de la calle. Abrazos de compañeros de colegio a punto de cumplir sus bodas de plata como egresados. Conciliábulo de galanes en mañanas frescas, buscando en el sol de mayo el poncho de los pobres.
Del otro lado del vidrio he sido testigo involuntario de innumerables escenas: reencuentros, discusiones de novios, declaraciones, despedidas y, alguna vez, hasta un escándalo digno de una telenovela de las tres de la tarde, protagonizado por una pareja de amantes y un marido despechado.
Pero lo que más me ha divertido escuchar son los piropos.
No esos piropos solemnes, cargados de perfume barato y testosterona, sino los otros. Los que nacen del absurdo y tienen más de humor que de seducción.
—Estás más fuerte que televisor de geriátrico.
—Estás más fuerte que olor a pastilla de cloro para piletas.
—Estás más fuerte que cachetada de Transformer.
Durante mucho tiempo pensé que el piropo había sido otra de las especies extinguidas por la modernidad. Quizás alguna vez fue un juego de seducción, una pequeña ceremonia callejera en la que la imaginación intentaba conquistar lo que la billetera, la belleza o el coraje no podían.
Hoy quedan pocos. Y cuando aparecen, muchas veces ya no buscan conquistar a nadie. Buscan provocar una carcajada, conseguir una sonrisa, demostrar que todavía queda cierta gimnasia verbal en un mundo donde cada vez hablamos menos y tipeamos más.
Una mañana, dos muchachos estaban parados frente a mi ventana, calentándose con los rayos del sol. Hablaban, fumaban y parecían no tener ninguna urgencia.
De pronto comenzó una competencia. Uno lanzaba un piropo y el otro respondía con otro. No había mujer destinataria. No había conquista. No había siquiera una víctima.
Eran piropos para ellos mismos.
Una especie de payada callejera. Una batalla de ingenio. Un freestyle de vereda en el que las palabras salían disparadas sin demasiada preparación. Algunas parecían inventadas en ese mismo instante; otras, seguramente, venían de algún rincón de la memoria popular, deformadas por el uso.
—Estás más fuerte que pis de la mañana.
—Estás más fuerte que eructo de mortadela.
—Estás más fuerte que fernet puro.
El nivel de la poesía era discutible. La creatividad, no. Quizás era una competencia de farmear aura y yo no lo sabía.
Los escuchaba desde mi escritorio y cada tanto me encontraba sonriendo solo frente a la computadora. Aquellos dos desconocidos habían convertido una mañana cualquiera en una pequeña competencia literaria sin saberlo. A lo mejor eso también sea poesía.
No la que se publica en un libro ni la que espera silenciosamente en una biblioteca. Otra poesía: la que dura apenas unos segundos, se dice en una vereda y desaparece con quien la pronuncia. Pensé entonces que tal vez el piropo no había muerto. Simplemente había cambiado de destinatario. Ya no sirve necesariamente para conquistar a alguien. A veces alcanza con que dos tipos se encuentren al sol, se miren y decidan, por unos minutos, ver quién puede decir la cosa más absurda del mundo. Y conseguir que un desconocido, detrás de una ventana, sonría durante el resto del día.