Una galaxia entre dos lagos

05.10.2026

Daniel vino desde Villarrica, Chile, desde esa zona lacustre donde los volcanes parecen formar parte del paisaje cotidiano y los lagos funcionan como espejos enormes para la memoria. Es poeta y fotógrafo. Quizás por eso mira de una manera distinta: mientras algunos vemos simplemente un paisaje, él parece estar buscando qué historia quedó escondida detrás de la luz.

Vino a visitarme por un par de semanas.

Y entonces Villa Dolores tuvo, durante unos días, un habitante venido del otro lado de la cordillera.

Con Daniel compartimos algo que no necesita demasiadas explicaciones: los libros, las conversaciones que empiezan hablando de cualquier cosa y terminan quién sabe dónde, la fotografía, la poesía y esa costumbre bastante inútil pero maravillosa de detenerse frente a algo para mirarlo un poco más.

Ayer fuimos al cine.

Pero antes hubo que cumplir con una ceremonia indispensable para cualquier espectador que se precie de tal: hablar de la hexalogía de avengers y a la mañana volvimos a ver Avengers: Infinity War. Había que refrescar algunas cosas. Quién estaba vivo, quién había desaparecido, qué había pasado con aquel chasquido y por qué el universo cinematográfico de Marvel exige, a estas alturas, una memoria casi enciclopédica.

Después fuimos al cine.

Y mientras miraba nuevamente ese universo de superhéroes, pensaba en una de las cosas que más me gustan de las películas de Marvel: los pequeños puentes que tienden hacia la cultura que uno trae de antes.

Tony Stark, por ejemplo.

Antes de ser Iron Man fue también un tipo rodeado de rock. En Iron Man, Tony aparece incluso con una remera de Black Sabbath, y la referencia no podía ser más perfecta: Black Sabbath tiene una canción llamada "Iron Man", incluida en Paranoid, de 1970.

La canción existía casi cuatro décadas antes que la película.

No fue escrita pensando en Tony Stark. Sin embargo, cuando uno conoce esa coincidencia, parece que el personaje hubiera estado esperando durante años para ponerse aquella remera.

Y después está AC/DC, que aparece con fuerza en Iron Man 2. Shoot to Thrill, Back in Black, Highway to Hell, Thunderstruck.

Tony Stark no entra simplemente en una habitación: entra con una banda sonora.

Quizás por eso me gusta tanto ese personaje. Porque detrás de la armadura, de los efectos especiales y de los miles de millones de dólares, hay un tipo que parece haber salido de una habitación llena de discos, amplificadores y guitarras.

Después, claro, llegó nuestro propio ritual.

Compré un balde de pochoclos de lata de The Mandalorian. No era cualquier balde: llevaba impreso a Grogu, ese pequeño ser de orejas enormes y mirada melancólica que parece haber comprendido antes que nosotros que el universo es un lugar bastante complicado.

También compré el vaso de gaseosa con el Capitan America.

Porque uno puede tener cincuenta y tantos años, escribir libros, hablar de filosofía, literatura y poesía, caminar por la vida con cierta solemnidad adquirida pero aparece Grogu en un balde de pochoclos y se acabó la dignidad.

Lo más extraño es que estas cosas terminan hablando de nosotros.

El cine, los superhéroes, Black Sabbath, AC/DC, Star Wars, un balde de lata, una gaseosa. Parecen objetos y referencias insignificantes. Sin embargo, dentro de unos años probablemente no recordaré exactamente qué película vimos aquella tarde.

Recordaré que Daniel estaba acá.

Que había venido desde Villarrica, del otro lado de la cordillera, con sus poemas y sus fotografías. Que durante un par de semanas compartimos conversaciones, caminos, películas y silencios. Que a la mañana tuvimos que volver a ver Infinity War para ponernos al día. Que después fuimos al cine.

Y que volvimos con pochoclos.

Quizás la amistad también sea eso: guardar pequeñas cosas para que el tiempo no pueda llevárselas todas.

Daniel volverá a Villarrica con sus fotografías, sus poemas y sus paisajes lacustres. Yo me quedaré en mi casa, entre libros, discos y mis habituales objetos de culto.

La cordillera seguirá ahí, separando dos geografías que, en realidad, nunca estuvieron tan lejos.

Y en algún estante de mi casa quedará un balde metálico con la imagen de Grogu.

Una pequeña reliquia de estos días. La prueba absurda y entrañable de que durante un par de semanas un poeta de Villarrica vino a Villa Dolores y terminamos viajando juntos por una galaxia muy, muy lejana.

Y que, como corresponde, sonaba rock.

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