Borges, un escritor para minorías inteligentes

Durante años circuló en el ambiente literario argentino una de esas frases: "Borges es un escritor para minorías inteligentes". Una sentencia que suele asociarse a Jorge Asís y que, más allá de quién la haya pronunciado primero o en qué mesa de bar literario haya comenzado a rodar, tiene algo de elogio, algo de desprecio y bastante de provocación argentina.
Porque decir que Borges es un escritor para minorías inteligentes parece, a primera vista, un reconocimiento. Pero también puede esconder una pequeña trampa: la idea de que Borges escribe para unos pocos iniciados, para lectores capaces de atravesar laberintos filosóficos, citas apócrifas, referencias literarias, bibliotecas infinitas y hombres que sueñan hombres que, a su vez, sueñan a otros hombres.
Como si para leer a Borges hubiera que presentar credenciales.
Y Borges, sospecho, se habría divertido bastante con semejante solemnidad.
Para mi es una frase que nació como provocación y termino como epitafio.
El escritor difícil
Durante mucho tiempo se construyó alrededor de Borges la imagen del escritor difícil.
El erudito. El hombre de la biblioteca. El ciego que podía recorrer de memoria los estantes de una literatura universal que parecía no tener principio ni final.
Borges hablaba de Schopenhauer, de Berkeley, de Dante, de Shakespeare, de la Cábala, de las sagas islandesas, de tigres, espejos, cuchillos, laberintos y bibliotecas.
Podía meter una enciclopedia entera dentro de un cuento de diez páginas.
Y, sin embargo, hay algo que suele olvidarse cuando se habla del Borges intelectual: Borges también sabía contar historias.
Historias de compadritos. De cuchilleros. De gauchos. De traiciones. De venganzas. De hombres que esperan la muerte. De hombres que buscan una identidad y terminan encontrándose con otra.
El Aleph puede ser una discusión metafísica sobre el universo, pero también es la historia de un hombre enamorado que no consigue desprenderse de una mujer muerta.
"Emma Zunz" es una maquinaria narrativa perfecta.
"Funes el memorioso" es una idea filosófica extraordinaria, pero también es la historia de un muchacho condenado a recordarlo todo.
Y quizá ahí esté una de las grandes trampas de Borges: parece escribir para intelectuales cuando, en realidad, muchas veces está contando historias como quien se sienta frente al fuego y empieza a hablar.
Borges y las mayorías
La literatura argentina tuvo durante décadas una relación complicada con Borges.
Demasiado conservador para algunos. Demasiado aristocrático para otros. Demasiado inglés, demasiado europeo, demasiado universal.
Demasiado poco nacional para quienes pretendían que la literatura debía llevar obligatoriamente una bandera.
Y demasiado argentino para quienes todavía no habían descubierto que la literatura argentina podía hablar de Buenos Aires, de los suburbios y de la historia nacional mientras conversaba, al mismo tiempo, con Homero, Dante o Kafka. Borges nunca pareció demasiado preocupado por agradar. No escribía para las mayorías. Pero tampoco escribía deliberadamente contra ellas. Escribía.
Y eso, en Borges, ya era bastante.
La paradoja
Con el tiempo ocurrió algo que tiene una hermosa ironía.
Aquel supuesto escritor para minorías terminó convertido en uno de los escritores argentinos más leídos, traducidos, estudiados y citados del planeta.
Ficciones. El Aleph. El libro de arena.
Los cuentos atravesaron universidades, bibliotecas, talleres literarios, colegios, bares, dormitorios de adolescentes y mesas de escritores.
Borges terminó entrando en lugares donde probablemente nunca imaginó entrar. Y también en lugares donde quizá no hubiera querido entrar. Porque una vez que un escritor se convierte en clásico deja de pertenecerle. Pasa a ser de todos. Hasta de quienes jamás lo han leído.
El Borges que nos queda
A Borges se llega muchas veces por la fama. Por una frase. Por una cita que circula en Facebook. Por una profesora. Por un escritor que lo menciona. Por el mito del viejo ciego de la calle Maipú que parecía haber leído todos los libros escritos y también algunos que todavía no se habían escrito. Pero después sucede algo extraño. Uno abre un cuento. Y descubre que Borges no siempre es difícil. Que puede ser preciso. Breve.
Cruel. Divertido. Que puede escribir sobre la eternidad en unas pocas páginas y terminar la historia antes de que uno tenga tiempo de acomodarse en la silla.
Entonces entendemos que quizá el problema nunca estuvo en Borges. Quizá estuvo en la imagen que construimos de Borges. Lo convertimos en monumento y después nos quejamos de que los monumentos no conversan con nosotros. Pero Borges conversa.
A veces en voz baja. A veces desde un laberinto. A veces desde una biblioteca. A veces desde un cuchillo que brilla en una esquina de Buenos Aires. Y, sobre todo, desde esa vieja sospecha suya de que detrás de las cosas aparentemente simples existe otra realidad esperando ser descubierta.
Minorías inteligentes
Por eso aquella frase me sigue resultando interesante. "Un escritor para minorías inteligentes."
Quizá sí. Pero habría que preguntarse qué significa realmente una minoría inteligente.
Porque la inteligencia no es patrimonio de una clase social, de una universidad ni de una biblioteca. Un hombre puede leer a Borges en una mesa de bar. Una mujer puede encontrarlo en una biblioteca de pueblo. Un adolescente puede descubrir Un adolescente puede descubrirlo una noche cualquiera, mientras afuera llueve y adentro no sucede absolutamente nada.
Y de pronto aparece un laberinto. Y después otro. Y después una pregunta. Y entonces ya está. Borges hizo lo que hacen los grandes escritores: nos dejó un poco más solos frente al misterio. Quizá por eso la frase terminó volviéndose contra ella misma.
Porque aquel escritor destinado supuestamente a unas pocas minorías inteligentes terminó hablando con millones de lectores. Y esa puede ser la última ironía borgiana:
Borges quizá nunca fue un escritor para minorías inteligentes. Fue, sencillamente, un escritor para quienes alguna vez tuvieron la curiosidad suficiente para abrir uno de sus libros. Después de eso, el laberinto hace el resto.