Ese pequeño juego contra la muerte

A veces sigo hablándole. No porque crea que va a responder, sino porque hay personas cuya ausencia nunca aprende a quedarse callada.
Le digo las pequeñas cosas que antes le hubiera contado en nuestros diálogos.
Que adopté otro libro para subrayar. Que sigo comprando discos aunque ya no tenga dónde ponerlos. Que Gandalf, el perro, hace de dueño de la casa. Que Schopenhauer, que era su perro, sigue con esa expresión en la cara que siempre lo caracterizo. Que tengo un gato que se llama Lovecarft. Que todavía me sorprende encontrar una buena frase en medio de un día cualquiera. Que hay mañanas en las que, sin saber por qué, siento que camina a mi lado. Le cuento esas noticias que solo importan entre dos personas. Que sigo escribiendo como quien intenta dejar una luz encendida. Que algunos lectores encuentran en mis palabras cosas que yo nunca supe que había escrito. Que todavía me pierdo en las librerías como cuando era chico. Que si entro a un museo lloro de emoción. Que aprendí a vivir con algunas ausencias, pero no con la suya. Que, a pesar de todo, sigo encontrando motivos para asombrarme del mundo.
Entonces, desde ese sitio donde ahora vive —que no sé si es la memoria, el amor o el misterio—, escucho su voz con la misma ironía de siempre. Y me río.
Porque hay diálogos que la muerte no consigue terminar.
Después llega el golpe final y sus sentencias. El lugar donde siempre terminábamos.
—Si te miran bien, eres patético, si te comparan sos un genio, y sabemos que la gente siempre compara, y por eso salís ganando.
Y quizá tenía razón. Porque uno aprende a sobrevivir de la misma forma en que aprende a tener miedo. Por eso todavía le hablo. Y entiendo que el duelo también es eso. Seguir construyendo conversaciones con alguien que ya no puede responderte, pero cuya voz continúa viviendo dentro de tu cabeza con una precisión aterradora.
A veces la extraño de una manera física. Como se extraña una casa demolida. Un olor. Una época del mundo. La posibilidad infantil de creer que alguien podía salvarnos simplemente poniendo una mano sobre la frente.
Entonces escribo. Tal vez porque escribir sea exactamente eso. Inventar pequeños rituales contra la desaparición. Decir "madre" en mitad de la noche y esperar, aunque sea por un segundo, que el universo tenga la delicadeza de responder.
Por eso todavía dialogamos. No es un diálogo común. No se trata simplemente de dos personas hablando, sino de una búsqueda intelectual y moral donde las preguntas van desmontando certezas. Eso es clave. Nuestros diálogos no buscan cerrar del todo, sino abrir una grieta en el pensamiento. Por eso tienen algo teatral, filosófico y psicológico al mismo tiempo.
Hablamos de Celine. Le digo que publiqué otro libro. Que me invitaron a dar una conferencia. Que, tal vez, por fin encontré a alguien capaz de quedarse cuando aparecen mis sombras. Que en el trabajo sigo hablando de Emil Cioran como si fuera un viejo amigo. Que, contra todo pronóstico, todavía me siguen sorprendiendo las personas.
Que sigo creyendo que los libros pueden cambiar una vida, aunque sea una sola. Que sigo caminando con los auriculares puestos, creyendo que la música todavía puede salvar un día. Que aprendí a no tenerle miedo al silencio, pero no a olvidarla.
Ella sonríe desde ese lugar donde ahora viven las personas que uno nunca deja de amar. Y seguimos con nuestro viejo juego. Yo hago como si todavía necesitara sus consejos y nuestros diálogos. Ella hace, como si la muerte hubiera sido apenas un pequeño malentendido. Se sienta en la mecedora y conversamos como siempre.