El oficio inútil de hablar mal de los demás. Merecer la elección

09.10.2026

He observado durante años una costumbre tan antigua como la inseguridad: algunas personas creen que recuperarán un lugar —o que conquistarán uno que nunca tuvieron— hablando mal de aquello que sienten que las reemplaza.

Critican lo que les provoca celos. Ridiculizan las pasiones que movilizan a quien desean seducir. Desprecian amistades, lecturas, ideas, actividades, sueños. Como si disminuir el brillo ajeno pudiera aumentar el propio.

Y lo más curioso es que rara vez actúan solas. Para que ese mecanismo funcione suele haber una complicidad silenciosa. A veces la otra parte lo permite por comodidad. A veces por cobardía. A veces porque también necesita creer que la descalificación del pasado justifica ciertas decisiones del presente.

La escena se repite una y otra vez.

Alguien descubre que ya no ocupa el centro de una vida. Tal vez una pareja comenzó a interesarse por otras personas, por otros proyectos, por otros mundos. Tal vez un amigo encontró nuevos afectos. Tal vez una mujer o un hombre que nos gusta siente entusiasmo por cosas que no nos incluyen. Entonces aparece la tentación más vieja de todas: desacreditar aquello que despierta el deseo ajeno.

Hablar mal del otro. Burlarse de sus intereses. Menospreciar sus gustos. Convertir la envidia en argumento.

Pero la vida no consiste en la maledicencia ni en el puterío. Consiste en construir algo tan valioso que, entre todas las personas, actividades y deseos posibles, alguien nos vuelva a elegir. Porque el verdadero desafío no es que alguien permanezca cuando no tiene alternativas. El verdadero desafío es que, teniendo muchas, siga escogiendo compartir algo con nosotros. No se trata de eliminar la competencia. Se trata de merecer la elección.

Cuando dejamos de ser elegidos suele aparecer la inseguridad disfrazada de celos, de rivalidad o de resentimiento. Entonces hablamos mal de la persona, de la actividad o de la pasión que nos desplazó. Intentamos convencer a los demás de que aquello no vale tanto. Que era una moda. Que era superficial. Que era una pérdida de tiempo.

Pero casi nunca funciona. La realidad suele tener una resistencia admirable frente a los relatos interesados.

Lo aprendí viendo cómo algunas personas hablaban de mí. Me atribuyeron palabras que nunca dije y conductas que nunca tuve. Construyeron versiones de mi historia que servían más a sus necesidades que a los hechos.

Con el tiempo ocurrió algo previsible: terminaron haciendo exactamente aquello que me reprochaban. Y fueron tan básicos que alguien los grabó. Después esas grabaciones circularon entre los mismos amigos ante quienes intentaban quedar bien.

No sentí satisfacción. Apenas confirmé una sospecha.

La verdad tiene una costumbre extraña. No siempre habla primero. A veces llega tarde. A veces parece perder. Pero suele caminar más lejos que el chisme. Y cuando finalmente aparece, deja al descubierto algo mucho más importante que la mentira original: la fragilidad de quienes creyeron que destruir el prestigio ajeno podía reemplazar la tarea mucho más difícil de construir el propio.

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