Batman: la herida que se puso un traje
Siempre pienso en Batman, es mi superhéroe favorito. Pienso y reflexiono sobre esa noche que Bruce Wayne nunca consigue abandonar.


Escribo crónicas porque nunca aprendí a mirar las cosas desde afuera.
Cuando algo me interesa, me meto.
Cuando algo me molesta, también.
Y cuando algo me conmueve, peor todavía.
No sé escribir como si estuviera detrás de un vidrio, tomando distancia de aquello que sucede. En mis textos siempre termino apareciendo yo: con mis obsesiones, mis recuerdos, mis contradicciones, mis lecturas, mis películas, mi música, mis manías y esa costumbre bastante poco saludable de encontrarle una historia a casi cualquier cosa.
Una crónica no empieza necesariamente cuando sucede algo. Puede empezar mucho antes: en una caminata, en una conversación, en una canción que suena en la cabeza, en una vieja película, en un recuerdo que aparece cuando menos corresponde.
No me interesa escribir: "El cine estaba lleno."
Me interesa escribir: "Yo estaba en la fila del cine contando las monedas como un ludópata en abstinencia mientras la inflación me respiraba en la nuca."
Porque si yo no soy afectado por aquello que estoy contando, ¿qué sentido tiene que lo cuente?
No creo demasiado en la objetividad periodística.
Creo en la honestidad de la mirada.
Yo no puedo prometerle al lector que voy a contar las cosas exactamente como sucedieron. Puedo prometerle algo distinto: que voy a contar cómo las viví.
Y esa diferencia, para mí, es fundamental.
Puedo exagerar una escena, deformarla, llevarla hasta el borde del absurdo. Puedo convertir una espera de veinte minutos en una eternidad, a un empleado malhumorado en un burócrata del infierno o a una tarde cualquiera en el comienzo del Apocalipsis.
Pero hay algo que intento no traicionar: la verdad emocional de lo que estoy contando.
Porque para mí no importa tanto que una escena sea literalmente exacta.
Importa que se sienta real.
En mis crónicas no soy un observador neutral.
Soy parte del problema.
Si voy al cine, está mi película, pero también está mi memoria del cine.
Si hablo de un libro, aparece el libro, pero también aparece el lector que fui cuando lo descubrí.
Si escucho una canción, nunca escucho solamente una canción: aparecen los años, las personas, los lugares, las noches.
No quiero cerrar una historia. Quiero dejar una herida abierta.
No me interesa que todo sea literal. Me interesa que se sienta real.
Porque al final de cuentas, quizás escribir una crónica sea solamente eso: meterse en el mundo hasta ensuciarse las manos y después contar cómo quedó la sangre.
Esto no son textos objetivos. Tampoco pretenden serlo.
Es una mirada. Es una confesión. Es una exageración. Es una experiencia. Y si alguna parte no sucedió exactamente así: mejor.
Porque lo importante no es que haya ocurrido literalmente. Lo importante es que, mientras lo leías, vos también hayas estado ahí.
Siempre pienso en Batman, es mi superhéroe favorito. Pienso y reflexiono sobre esa noche que Bruce Wayne nunca consigue abandonar.
El Zumba es uno de esos personajes que uno conoce sin que nadie se haya tomado el trabajo de presentarlos.
Perdidos en Tokyo es una película que pertenece a esos films que quedan funcionando como una canción que escuchaste hace años y vuelve, de golpe, un martes cualquiera, mientras viajás mirando por la ventana de un colectivo.
Hay una clase de culpa que solamente conocen los lectores.
Leí "Hamnet" después de una muerte. No importa cuál. Importa que fue una de esas que no se narran fácil, de las que no entran en una anécdota ni en una frase de cierre. Lo leí en silencio, de noche, como se leen los libros que no piden opinión sino entrega. No sabía casi nada: que había una peste, un hijo muerto, una madre que sentía demasiado....
Borges podía encontrar la eternidad en un instante.
Llegué sin saber por qué, como se llega a los lugares donde algo ya se está muriendo pero todavía respira fuerte para disimular. Setenta y cinco años del club del barrio y lo festejaban como si el tiempo no hubiera pasado, como si no se notara en las paredes, en los cuerpos, en los gestos.
Entré a su departamento y lo primero que vi fue una pared vacía.
Entré a la Biblioteca Nacional Mariano Moreno un martes cualquiera. En Buenos Aires, sin embargo, los martes nunca son del todo corrientes: son días metafísicos. No prometen nada, pero igual exigen todo.
Entre los diversos oficios que parecen silenciosos hay uno, que alguna vez ejercí.