El Zumba, las babas del diablo y otras formas de escapar

17.09.2026

El Zumba es uno de esos personajes que uno conoce sin que nadie se haya tomado el trabajo de presentarlos.

Personajes que aparecen en una canción, atraviesan una frase, se suben a un colectivo, manejan una camioneta, beben algo, se enamoran mal, escapan, vuelven a aparecer quince años después y uno termina preguntándose si alguna vez estuvieron ahí.

El Indio Solari lo dejó caer por primera vez, al menos de manera reconocible, en "Gualicho", aquella canción de "Último Bondi a Finisterre", de 1998: "El Zumba se colgó del bondi a Finisterre…"

Y ya desde ese primer movimiento queda claro algo: el Zumba está huyendo.

No sabemos exactamente de qué. Tal vez del amor. Tal vez de sí mismo. Tal vez de esa vieja enfermedad que consiste en creer que cambiando de paisaje uno también cambia de vida.

Después aparece en "Pool, Averna y Papusa", de "Momo Sampler". Otra fuga. Otra escena de ruta. Otra vez el personaje metido en una historia que parece comenzar cuando nosotros llegamos y continuar cuando nos vamos.

Y trece años después sucede algo extraño. El Zumba vuelve.

Aparece en "Babas del diablo", canción de "Pajaritos, Bravos Muchachitos", de 2013.

Treinta segundos de canción, unas pocas palabras y alcanza para que uno reconozca al viejo fugitivo.

Pero el título obliga a detenerse. Porque "Babas del diablo" también es Julio Cortázar.

Y entonces la historia deja de ser solamente rock.

En 1959 Cortázar publicó "Las armas secretas". Allí estaba "Las babas del diablo", uno de esos cuentos en los que Cortázar hace algo que le gustaba particularmente: tomar una situación aparentemente cotidiana y abrirle debajo una trampilla.

Un fotógrafo. Una fotografía. Una escena observada. Y después la duda. ¿Quién mira a quién? ¿Quién cuenta la historia? ¿La fotografía registra la realidad o la inventa? ¿Somos nosotros quienes observamos una escena o, de alguna manera, la escena también comienza a observarnos?

Cortázar sabía que una fotografía podía convertirse en una trampa narrativa.

El Indio, por su parte, sabe perfectamente que una canción puede hacer algo parecido.

Una canción puede mostrar un pedazo de una historia y esconder todo lo demás.

Por eso quizá resulte tan tentador poner a Cortázar y al Indio en la misma habitación.

No para afirmar que uno copió al otro. No hay necesidad de semejante simplificación.

Lo interesante está en otra parte. En esa expresión: "babas del diablo".

Las babas del diablo son, en sentido literal, esos hilos finísimos que deja una araña. Una telaraña. Algo casi invisible. Una trampa que solamente descubrimos cuando ya estamos dentro. Y acaso eso sea justamente lo que hacen algunas canciones del Indio. Nos dejan hilos. No explicaciones. Hilos. El Zumba es uno de ellos. Aparece en 1998.

Desaparece. Vuelve en 2000. Desaparece otra vez. Y regresa en 2013. No sabemos qué pasó durante esos años. Y esa ausencia es parte de la historia. Porque el Indio no nos entrega la biografía completa del personaje. Nos da retazos. Como si encontráramos viejas fotografías de un desconocido en distintas épocas.

El Zumba de Gualicho.

El Zumba de Pool, Averna y Papusa.

El Zumba de Babas del diablo.

Tres fotografías. Tres momentos. Y nosotros intentando construir el hombre que falta entre una imagen y otra.

En una entrevista, el propio Solari habló del Zumba al referirse a Babas del diablo. Contó una escena imaginada alrededor del personaje: un Zumba encerrado en un hotel de Ostende, rodeado de un ambiente que le resulta hostil. Y entonces aparece otra característica solariana. El personaje parece vivir permanentemente afuera de lugar.

Está en el colectivo, pero quiere irse. Está en la ruta, pero tampoco encuentra ahí su destino. Está en un hotel, pero el hotel parece una trampa. Está rodeado de gente, pero busca "a alguno de los nuestros". El Zumba nunca termina de llegar. Quizás porque su verdadera condición no es la de viajero. Es la de fugitivo.

Y acá Cortázar vuelve a asomarse.

En "Las babas del diablo", la mirada se vuelve sospechosa. En la canción del Indio, también. Porque escuchar al Indio siempre supone preguntarse: ¿Quién está hablando? ¿De quién está hablando? ¿Esto ocurrió? ¿Es una historia? ¿Es una metáfora? ¿Es un recuerdo? ¿Es una película que el narrador está viendo dentro de su cabeza?

No hay respuestas definitivas.

Y quizá sea justamente eso lo que hace que ciertos personajes sobrevivan. Un personaje explicado completamente muere un poco. Uno incompleto continúa viviendo.

El Zumba continúa viviendo porque no sabemos demasiado de él. Sabemos que se va. Sabemos que vuelve. Sabemos que algo lo persigue. Sabemos que insiste. Y sabemos que, de alguna manera, sigue ahí.

Hay algo casi borgiano en esa operación.

Un personaje inventado puede adquirir una vida más persistente que la de muchas personas reales.

Alguien escribe un nombre. Después otro autor lo vuelve a pronunciar. Después alguien escucha una canción. Después otro lo busca en internet. Después alguien escribe una crónica.

Y de pronto el personaje tiene una biografía que nunca tuvo.

Quizás eso sea la literatura. Una conspiración de desconocidos para mantener con vida a alguien que jamás existió.

Por eso me interesa tanto la coincidencia entre Cortázar y Solari.

No porque podamos afirmar que "Babas del diablo" significa exactamente lo mismo para los dos. No significa lo mismo.

En Cortázar hay una fotografía, una mirada que se desdobla, una escena que se vuelve inquietante.

En Solari hay un personaje, una persecución, un mundo hostil y ese universo de derrota, deseo, paranoia y supervivencia que atraviesa buena parte de sus canciones.

Pero ambos utilizan una expresión que parece pertenecer al mismo territorio: el de lo invisible. El de aquello que queda suspendido entre las cosas. Los hilos de una araña. Los hilos de una historia. Los hilos de una canción. Las babas del diablo.

Quizá por eso el Zumba resulte tan atractivo.

Porque no sabemos si debemos tomarlo como un hombre, un personaje, un alter ego, un fantasma o simplemente una criatura nacida de la imaginación del Indio.

Y tal vez no importe.

El Zumba ya existe. Existe cada vez que alguien escucha Gualicho y lo imagina subiendo a ese bondi.

Existe cuando aparece nuevamente en Pool, Averna y Papusa.

Existe cuando muchos años después vuelve a aparecer en Babas del diablo.

Y existe ahora, mientras nosotros intentamos reconstruir sus pasos.

La literatura tiene esas trampas. Una palabra puede dormir durante décadas.

Después alguien la despierta. Y vuelve a caminar.

A esta hora de la noche, mientras escribo esto, pienso que quizá el Zumba no esté huyendo de nada. Quizá simplemente esté buscando. Quizá todos los que nos pasamos la vida cambiando de ciudad, de amor, de libro, de canción o de botella nos parezcamos un poco a él.

Nos vamos creyendo que estamos escapando. Y muchas veces solamente estamos buscando otra escena en la que podamos reconocernos.

Cortázar dejó una telaraña.

El Indio dejó otra.

Y nosotros, lectores y oyentes insomnes, seguimos pasando por el medio. A veces sin verla. Hasta que una palabra nos queda pegada. "Zumba."

Y entonces tiramos del hilo.

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