Los Restos de la Noche
Hay libros que se leen.
Y hay libros que parecen escritos después de haber sobrevivido a algo.
"Los restos de la noche" no intenta tranquilizar al lector ni ofrecer respuestas cómodas. Es un descenso íntimo por la memoria, el desgaste emocional, la soledad contemporánea y esas pequeñas ruinas afectivas que vamos acumulando mientras fingimos normalidad. Entre la crónica existencial, el ensayo confesional y la sensibilidad poética, José Luis Colombini construye un territorio donde el insomnio, la melancolía y la lucidez conviven como viejos compañeros de madrugada.
Cada texto funciona como un fragmento de conciencia: escenas urbanas, recuerdos deformados por el tiempo, amores perdidos, conversaciones imaginarias, reflexiones sobre literatura, música, cine y el extraño cansancio de estar vivo en una época que convierte todo en ruido y velocidad.
Hay ecos de Borges, Piglia, Pessoa, Bolaño y Mark Fisher, pero también bares vacíos, lluvias de Traslasierra, bibliotecas personales y derrotas mínimas narradas con una honestidad brutal.
"Los restos de la noche" no busca explicar el mundo.
Busca entender qué queda de nosotros después de atravesarlo.
Helena Vesper
"Entrar a Crónicas del Desvelo"


Martinis y Tafiroles
Hay fotografías que son autorretratos aunque no aparezca nadie.
En esta hay una botella de Martini Rosso, dos planchas de Tafirol y una mesa cualquiera. Nada que merezca una exposición de arte. Nada que un algoritmo elegiría para representar la felicidad.
Pienso en esa canción del Indio cuando canta que los martinis y los tafiroles ayudan a olvidar. No porque el olvido funcione, sino porque a veces uno insiste igual. Como quien intenta apagar un incendio con un vaso de agua.
La vida adulta suele parecerse más a esta imagen que a cualquier publicidad de cerveza. Un dolor de cabeza que no termina de irse. Un insomnio que se instala como un inquilino viejo. Una botella abierta desde hace semanas. La televisión diciendo estupideces. El mundo girando demasiado rápido para nuestras piernas.
"Necesito dormir mucho y bien", canta Solari.
Y uno entiende.
Porque llega una edad en que las grandes tragedias dejan de impresionarnos tanto como una mala noche de sueño. Los corazones rotos se curan. Las derrotas deportivas se olvidan. Pero hay madrugadas que se quedan viviendo adentro de uno durante años.
Miro la botella. Miro los remedios. No parecen enemigos. Parecen socios.
Uno promete entusiasmo. El otro promete alivio. Los dos mienten un poco. Los dos cumplen un poco.
Entonces vuelve a sonar el Indio: "A veces exagero mi humor, los martinis y los tafiroles..." Y qué confesión más perfecta. Porque no habla solamente de vermut ni de analgésicos. Habla de esos pequeños pactos que hacemos con nosotros mismos cuando la realidad pesa demasiado. El Martini para aflojar los pensamientos. El Tafirol para negociar con los dolores. Y en el medio, uno exagerando un poco las penas, agrandando algunos fantasmas y acariciando viejas derrotas como quien vuelve a tocar una cicatriz para comprobar que sigue ahí.
Hay algo de ternura en esa admisión. El Indio no culpa al mundo. No culpa a nadie. Se señala a sí mismo. Reconoce que a veces también es cómplice de sus propios naufragios. Y por eso el verso siguiente resulta tan devastador: "Hay que estar un poquito sonado para olvidarte".
Porque hay recuerdos que no se van con la voluntad. Hay ausencias que no entienden de razones. Y hay noches en las que una botella, una pastilla y una canción parecen formar una extraña fraternidad destinada a ayudarnos a cruzar la madrugada.
Quizás por eso la foto me gusta.
Porque no habla de excesos ni de festejos. Habla de supervivencia. De esos días en los que uno se las arregla como puede para seguir adelante. Con un vermut, con una pastilla, con una canción del Indio sonando bajito mientras la noche se acomoda sobre los muebles.
Y entonces recuerdo otro verso: "Me sueño durmiendo, a veces durmiendo y soñando."
Tal vez la verdadera felicidad no sea otra cosa que eso. Dormir sin fantasmas. Aunque sea por una noche.
Y si mañana vuelven los recuerdos, los dolores o las preguntas que nadie sabe responder, al menos quedará esta fotografía. Una botella, unas pastillas y una canción. El modesto inventario de alguien que, como puede, sigue negociando con la madrugada.

La revolución de abrir un libro
Propongo algo que parece imposible en nuestro tiempo: agregar un octavo día a la semana.
No uno para trabajar más, producir más o correr más rápido. Un día para leer.
Vengo de una familia que me educó en la lectura, el pensamiento crítico y el valor de la curiosidad intelectual. Y cuando digo que me educó, no hablo solamente de la escuela ni de los libros que había en casa. Hablo de una costumbre sencilla que marcó mi infancia de una manera que recién hoy alcanzo a comprender.
Todos los días, sin excepción, había cuarenta y cinco minutos dedicados a la lectura. A veces era mi madre, a veces mi padre, otras veces mi tía. Leíamos en voz alta. Cada uno tomaba un fragmento y lo compartía con los demás. Había noches en las que la lectura terminaba convirtiéndose en una conversación que duraba más que el propio libro. Una palabra llevaba a una pregunta, una pregunta a una discusión y una discusión a una nueva búsqueda.
Recuerdo estanterías repletas de libros. Recuerdo enciclopedias gastadas por el uso. Recuerdo que cuando aparecía una duda, la respuesta no era inmediata. Había que buscarla. Había que abrir un libro, revisar una página, contrastar una idea con otra. Aprendí que no saber algo no era motivo de vergüenza; vergonzoso era perder la curiosidad.
También recuerdo algo que hoy parece cada vez más raro: los adultos que me rodeaban disfrutaban aprender. No fingían saberlo todo. Leían porque querían comprender mejor el mundo. Discutían ideas, autores, acontecimientos históricos. Me enseñaron que una conversación podía ser un ejercicio de descubrimiento y no una competencia para ver quién tenía razón.
Quizás por eso me preocupa algo que vengo observando desde hace algunos años. Pareciera que vivimos una época en la que el anti intelectualismo se ha convertido, para muchos, en una especie de virtud. Como si la ignorancia fuera una muestra de autenticidad. Como si el desinterés por la lectura, la ciencia, la historia o la filosofía fuese algo de lo que sentirse orgulloso.
No creo que sea un problema de inteligencia. Creo que es un problema cultural. Hemos empezado a confundir la velocidad con el conocimiento, la opinión con el pensamiento y la información con la comprensión.
Lo veo constantemente en una cultura que parece haber reemplazado el conocimiento por la opinión. Hoy cualquiera puede expresar una idea —y eso es maravilloso—, pero muchas veces hemos olvidado que opinar y comprender no son la misma cosa.
Nos acostumbramos a creer que unos pocos minutos de video, un hilo en redes sociales o una frase ingeniosa bastan para entender temas que durante siglos ocuparon a filósofos, científicos, historiadores y escritores. Vivimos en una época que nos acostumbra a consumir conclusiones sin recorrer el camino que conduce a ellas.
Y es allí donde aparece una de las enfermedades intelectuales de nuestro tiempo: hablar sin saber. Opinar a partir del recorte, del reel, del titular, del podcast escuchado a medias. Confundir familiaridad con conocimiento. Creer que por haber estado expuestos a una idea ya la comprendemos.
Cada vez resulta más frecuente encontrar debates construidos sobre fragmentos aislados, citas fuera de contexto o explicaciones reducidas a pocos segundos de atención. Hemos desarrollado una enorme capacidad para acceder a información y, al mismo tiempo, una creciente dificultad para profundizar en ella.
Sin lectura, sin estudio y sin tiempo para la reflexión, el conocimiento se vuelve superficial. Y cuando todo se vuelve superficial, dejamos de buscar la verdad para conformarnos con aquello que confirma lo que ya creemos.
Cada vez parece haber menos paciencia para la duda, para la investigación y para el estudio. Preferimos la certeza rápida a la comprensión profunda. Y así, cuestiones históricas, científicas, filosóficas o políticas terminan convertidas en consignas simplificadas que circulan de pantalla en pantalla sin que nadie se detenga a preguntarse de dónde vienen o qué tan ciertas son.
Cuando dejamos de leer en profundidad, dejamos también de ejercitar nuestra capacidad para distinguir entre una explicación rigurosa y una afirmación atractiva. Perdemos matices. Perdemos contexto. Perdemos pensamiento crítico.
Además, hay algo profundamente humano que estas simplificaciones suelen ignorar: nadie existe aislado. Somos hijos de una época, de una comunidad, de una cultura y de circunstancias que nos moldean. Vivimos en sociedad, dependemos unos de otros y comprendemos el mundo a través del conocimiento acumulado por quienes nos precedieron.
Quizás la solución no sea tan complicada.
Pasamos horas leyendo mensajes, titulares, publicaciones y notificaciones, pero cada vez encontramos menos tiempo para sentarnos con un libro. La lectura profunda exige algo que el mundo moderno parece empeñado en arrebatarnos: atención, silencio y paciencia.
Tal vez por eso sigo creyendo en los libros. Porque un libro nos obliga a desacelerar. Nos exige paciencia. Nos recuerda que comprender es un proceso y que el pensamiento crítico no nace de las certezas, sino de las preguntas.
Cuando miro hacia atrás y recuerdo aquellas noches de lectura compartida, entiendo que el mayor regalo que recibí no fueron los libros en sí mismos. Fue algo mucho más valioso: el hábito de la curiosidad. La idea de que el mundo es demasiado grande, demasiado complejo y demasiado fascinante como para conformarnos con explicaciones simples.
Tal vez el octavo día no sea un día real. Tal vez sea una decisión. Un territorio que decidimos defender del ruido. Una tarde sin apuros. Un sillón junto a una biblioteca. La voz de un autor que escribió hace cien o quinientos años y que, de algún modo, sigue hablándonos al oído.
Porque leer no es escapar de la realidad. Es regresar a ella mejor preparados. Con más preguntas que respuestas. Con más empatía que certezas. Con una mirada capaz de distinguir los matices allí donde otros solo ven consignas.
Quizás no necesitemos una semana más larga. Quizás necesitemos recuperar el tiempo que dejamos dispersarse entre distracciones fugaces y devolverlo a aquello que verdaderamente nos transforma.
Y entonces comprenderíamos algo simple y extraordinario: que cada hora dedicada a la lectura no nos aleja de la vida. Nos acerca a ella.
Porque leer no nos hace superiores. Nos hace más conscientes de todo lo que todavía ignoramos. Y en una época que parece celebrar la superficialidad, tal vez el acto más revolucionario sea abrir un libro y empezar a pensar.
"Seamos razonables. Añadamos un octavo día a la semana dedicado exclusivamente a leer."
Jose Luis Colombini
Desde los arrabales del pensamiento critico

El Día del Orgullo Friki: inventario personal de una rareza
Hoy es el Día del Orgullo Friki y durante años pensé que esa fecha hablaba de otra gente. Imaginaba capas, convenciones, colecciones gigantes, nombres de personajes que alguien recita de memoria. Nunca pensé demasiado en mí. Pero a veces uno tarda años en darse cuenta de que habitó un territorio antes de aprender cómo se llamaba.
En la escuela yo era el nerd. El raro. También tenía otro apodo: "el misterioso". Supongo que porque hablaba poco, porque pasaba demasiado tiempo leyendo o porque mientras otros parecían encontrar una manera natural de mezclarse entre grupos y conversaciones, yo funcionaba distinto. Me quedaba al margen. Observando. Como si hubiese llegado a un lugar donde todos habían recibido un manual de instrucciones y el mío se hubiese perdido en el camino.
Nunca fui bueno socializando. Tampoco ahora.
Y no es que prefiera la soledad como quien elige un paisaje. Hay algo más extraño: me gusta la vida real, incluso soy bastante anticuado para muchas cosas. Prefiero un libro de papel antes que una pantalla, una conversación verdadera antes que una cadena infinita de mensajes. Pero al mismo tiempo las personas me resultan difíciles. Me siento torpe con ellas. Vulnerable. Como si siempre estuviera llegando unos segundos tarde a una escena que los demás ya entendieron.
Nunca tuve ambiciones grandiosas ni sueños de conquistar nada. Mis deseos siempre fueron más modestos: libros, historias, palabras. Puede parecer poco. Para mí nunca lo fue. Siempre quise que mi vida estuviera hecha de aquello que amo.
Mis relaciones sociales son bastante limitadas y hay algo que nunca aprendí bien: demostrar interés por alguien. Me cuesta. A veces alguien me importa mucho y por fuera parezco distante, frío o ausente. Como si mi forma de querer estuviera escrita en un idioma extraño que los demás no alcanzan a leer. Eso me trajo conflictos, malos entendidos y personas que seguramente pensaron que no me importaban cuando ocurría exactamente lo contrario.
También tengo intereses extraños y repetitivos.
Leo los mismos libros. Veo las mismas películas. Escucho las mismas canciones.
Conocer los finales me tranquiliza. Saber qué viene después me hace sentir seguro. Tal vez porque el mundo ya tiene suficiente incertidumbre por sí solo.
Soy torpe con las manos. Con los movimientos. Mi cuerpo a veces parece responder unos segundos después que mi cabeza. Nunca fui demasiado coordinado. Pero lo compenso con otra cosa: tengo una memoria absurda para cosas que probablemente a nadie más le importan.
Puedo recordar diálogos completos de películas, formaciones de bandas de rock, escenas perdidas de libros, actores secundarios, nombres, fechas y datos inútiles que para mí tienen un peso enorme y para el resto parecen objetos olvidados en un cajón.
También mantengo rutinas pequeñas, casi invisibles.
Camino por las mismas veredas. Compro en los mismos negocios. En el supermercado paso por la misma caja. Y cuando algo cambia —aunque sea una mínima cosa— siento una especie de ruido interno difícil de explicar. Como si alguien hubiera movido los muebles de una casa que conozco de memoria.
Durante mucho tiempo pensé que había algo equivocado en mí.
Después entendí otra cosa.
Que quizás el Día del Orgullo Friki nunca tuvo que ver solamente con películas, personajes o colecciones. Tal vez sea una fecha para quienes crecieron sintiéndose fuera de frecuencia. Para los que pasaron años creyendo que estaban mal ensamblados porque su forma de habitar el mundo no coincidía con la de los demás.
Porque al final el orgullo nunca estuvo en ser diferente.
El orgullo estuvo en sobrevivir sin abandonar aquello que uno ama.
Y yo, entre libros gastados, canciones repetidas y mundos imaginarios, todavía sigo intentando hacer exactamente eso.
Tal vez por eso mi casa terminó pareciéndose un poco a mi cabeza: libros acumulados, historias repetidas, personajes perdidos entre estantes, discos, películas y pequeños objetos que para casi nadie significan demasiado. Algunos lo llamarían desorden o rareza. Yo creo que simplemente es la forma que encontró mi mundo para volverse visible.

Leer para no desaparecer del todo
Leer un poema
produce un orgasmo cerebral
que sólo dura unos segundos,
leer un libro de poemas
produce una orgía neuronal
que sólo dura unos orgasmos.
Después
esa sensación de éxtasis
muere y/o desaparece.
Los orgasmos y la poesía
son como nosotros.
Nosotros somos un claro ejemplo
de como nunca tienen que ser
los árboles, las plantas,
las abejas, las mayonesas caseras
y los condimentos para cocinar.
Leí ese poema a las tres y diecisiete de la mañana, con el ventilador haciendo un ruido asmático y un perro roncando como un jubilado derrotado al lado de una silla llena de libros. Afuera, Villa Dolores parecía una maqueta abandonada por un dios distraído. Ni un auto. Ni un grito. Apenas la luz naranja de un foco municipal convirtiendo la calle en un escenario barato de película existencialista.
"Leer un poema produce un orgasmo cerebral…"
Ahí ya estaba perdido.
Hay frases que no se leen: te agarran del cuello. Ésa fue una. Una de esas frases escritas por alguien que probablemente desayunaba nicotina, café frío y resentimiento literario. Porque sólo alguien peligrosamente enamorado de las palabras —o completamente destruido por ellas— puede comparar la poesía con un orgasmo neuronal y después rematar hablando de mayonesas caseras y condimentos para cocinar como si Nicanor Parra hubiera tomado merca con un estudiante de Letras expulsado de una asamblea trotskista.
Lo imprimí mentalmente en una pared interna del cerebro.
Entonces hice lo que hacen todos los frikis literarios cuando una frase los hiere bien: empecé a exagerarla hasta convertirla en religión.
Abrí un libro de poemas como quien abre una caja negra después de un accidente aéreo. El cuarto olía a humedad, papel viejo y cansancio masculino. Mi biblioteca parecía el refugio de un monje cyberpunk: Gregory Corso mezclado con Manuel Puig, Peter Hook espiando desde un CD rayado, Kierkegaard enterrado debajo de revistas fotocopiadas y un ejemplar de "Matadero cinco" usado como cenicero emocional.
Leí tres poemas seguidos y sentí exactamente eso: una pequeña descarga eléctrica en el centro del cráneo. Un espasmo. Un relámpago microscópico. La poesía no te hace feliz. Eso es propaganda de taller literario con aroma a sahumerio barato. La poesía te produce un cortocircuito breve. Una iluminación ridícula. Una especie de orgasmo triste. Después desaparece. Y ahí está el negocio miserable del asunto.
Porque el lector de poesía es, en el fondo, un adicto elegante. Persigue segundos de intensidad como otros persiguen cocaína, likes o religiones orientales. Leemos buscando ese instante donde algo vibra y el mundo deja de ser un trámite administrativo.
Pero dura poco. Siempre dura poco. Por eso seguimos leyendo. Por eso acumulamos libros como supervivientes del apocalipsis cultural. Por eso subrayamos frases como si estuviéramos dejando pruebas forenses de nuestra existencia. Por eso escuchamos discos completos mientras el algoritmo del mundo nos grita que aceleremos, consumamos, produzcamos, sonriamos.
Nosotros no.
Nosotros estamos ocupados teniendo orgasmos cerebrales con poemas escritos por muertos.
Me detuve en la segunda parte del texto. Esa mezcla absurda de árboles, abejas y mayonesa casera no era humor: era diagnóstico psiquiátrico. El poema estaba diciendo algo brutalmente argentino y brutalmente humano: que las personas somos criaturas mal ensambladas. Que la naturaleza funciona mejor que nosotros. Que las plantas no necesitan psicoanálisis ni bibliotecas llenas de derrotas para existir con dignidad.
Nosotros sí. Porque somos animales rotos por el lenguaje. Yo terminé la noche sentado en el patio, mirando la oscuridad como si alguien fuera a aparecer desde ella con una respuesta coherente. Pero lo único que apareció fue el eco de esa frase: "Leer un libro de poemas produce una orgía neuronal…" Y pensé que tal vez toda mi vida había sido eso. Una orgía neuronal de provincia.
Un tipo en Traslasierra hablando solo con fantasmas de papel mientras el resto del mundo aprende habilidades útiles.

Crónicas de una sociedad anestesiada
Anoche me quedé despierto otra vez.
No por insomnio solamente.
El insomnio es apenas la excusa elegante que usa la cabeza cuando ya no soporta mirar alrededor.
Afuera, la ciudad seguía funcionando como una máquina cansada: motos pasando rápido, perros ladrándole a sombras, televisores prendidos detrás de ventanas donde alguien repetía opiniones ajenas como si fueran propias.
Y en el celular, como siempre, el desfile infinito de frases vacías, influencers motivacionales y tipos enseñando a "ser exitoso" mientras venden cursos para sobrevivir a un mundo que ellos mismos ayudan a destruir.
Entonces pensé en algo simple y brutal: nos convencieron de que enseñar tiene que ser amable, suave, marketinero. Como si toda verdad necesitara envoltorio de caramelo.
Pero no.
A veces hace falta una crítica dura. Un sacudón. Algo que rompa la modorra moral de esta época. Porque vivimos en una sociedad donde decirle a alguien "estás equivocado" parece más ofensivo que la injusticia misma. La gente tolera la corrupción, el hambre, la crueldad laboral, la humillación cotidiana pero no tolera que le cuestionen sus ideas.
Entonces aparecen los defensores del cinismo práctico:
—"¿Y para qué sirve estudiar filosofía?"
—"¿Qué vas a hacer leyendo historia?"
—"Eso no da plata."
Claro. No da plata. Tampoco da plata mirar el cielo. Ni escuchar música a oscuras.
Ni leer a Borges a las tres de la mañana. Ni llorar con un poema. Ni pensar.
Y sin embargo son esas cosas las que todavía nos salvan de convertirnos completamente en mercancía.
Porque el problema de esta época no es solamente económico. Es espiritual. Intelectual. Humano.
Se idolatra al exitoso aunque sea miserable como persona. Se admira al rico aunque haya llegado pisándole la cabeza a otros. No va a robar es rico. Y si roba, pero "es de los que admiramos", entonces ya no molesta tanto.
La corrupción dejó de indignar: ahora se evalúa según quién la comete.
Eso también habla de nosotros. De la pobreza ética que se disfraza de pragmatismo.
Mientras tanto, las materias "inútiles" —historia, sociología, filosofía, literatura— son atacadas porque hacen algo peligrosísimo: obligan a pensar, te hacen cuestionar, te llevan a razonar.
Y una sociedad que piensa demasiado empieza a hacerse preguntas incómodas:
¿por qué trabajamos tanto para vivir tan poco?
¿por qué el éxito siempre parece tener olor a explotación?
¿por qué nos enseñaron a competir antes que a comprender?
¿por qué hay gente defendiendo a quienes jamás la considerarían igual?
Por eso quieren individuos eficientes, pero no conscientes. Productivos, pero no sensibles. Conectados, pero incapaces de mirar al otro.
A veces siento que vivimos rodeados de gente que sabe usar aplicaciones, pero no sabe conversar. Que sabe consumir discursos, pero no construir pensamiento.
Que confunde información con inteligencia.
Y sin embargo —todavía— quedan pequeños actos de resistencia. Un profesor explicando con honestidad aunque cobre miserias. Alguien recomendando un libro.
Una charla de madrugada. Un amigo que te contradice para que despiertes.
Una discusión real en tiempos de frases prefabricadas.
Quizás enseñar sea eso: no repetir fórmulas de autoayuda, sino incomodar un poco.
Abrir grietas. Hacer que alguien dude de aquello que daba por natural.
Porque no merecemos convertirnos en esta versión anestesiada de nosotros mismos.
Todavía estamos a tiempo de aprender. Y después de aprender, enseñar.


Hay gente que decora la casa con plantas.
Otros con fotos familiares, velas aromáticas o frases motivacionales escritas en madera barata.
Yo tengo a Ryuk sentado y apoyado sobre una de los muebles de la biblioteca como un pequeño dios degenerado mirando el mundo con ojos amarillos de insomnio.
Lo observo mientras afuera Villa Dolores se acomoda lentamente en esa hora ambigua donde la tarde parece cansarse de existir. El peluche sonríe con esa mueca torcida de criatura que ya vio demasiado. Y quizá por eso me cae bien. Porque Ryuk no cree en la moral. Cree en el espectáculo. Hay algo profundamente honesto en los monstruos ficticios: no disimulan. Los humanos sí.
Ryuk, en cambio, jamás oculta que disfruta mirando cómo la gente se destruye sola. Se sienta, mastica una manzana imaginaria y contempla el derrumbe humano como quien mira una serie mediocre que, aun así, no puede dejar de ver. Y mientras lo miro sobre la biblioteca de mi Santa Santuarium, rodeado de libros, papeles, revistas viejas y objetos frikis acumulados como ruinas emocionales de distintas versiones de mí mismo, pienso que quizás todos vivimos acompañados por alguna clase de shinigami invisible.
Algunos lo llaman ansiedad. Otros resentimiento. Otros nostalgia.
Cada uno carga su propia libreta de nombres secretos.
La casa está en silencio. Apenas el ruido lejano de un perro, una moto pasando despacio, el viento golpeando alguna chapa perdida del barrio. Y ahí está Ryuk, inmóvil, como un centinela absurdo custodiando este pequeño archivo de obsesiones que fui construyendo con los años. Porque eso termina siendo una casa cuando uno envejece: una autobiografía desordenada.
Cada libro acomoda una época. Cada objeto conserva una derrota. Cada rincón guarda conversaciones que ya no existen.
Pienso en los que entrarían acá y dirían: —Qué quilombo.
O peor: —Ya está grande para esas cosas.
Y sin embargo sospecho que el verdadero envejecimiento empieza cuando alguien deja de convivir con aquello que ama solamente porque otros lo consideran ridículo.
Hay una tristeza enorme en volverse respetable.
Ryuk parece entenderlo. Tiene esa sonrisa de criatura que sabe que el mundo humano funciona alrededor de apariencias miserables: fingir madurez, fingir estabilidad, fingir cordura mientras todos escriben nombres invisibles en cuadernos invisibles deseando pequeñas muertes cotidianas. El fracaso ajeno. La caída del otro. El rumor. La cancelación íntima del vecino, del amigo, del desconocido en redes.
Death Note nunca trató realmente sobre poderes sobrenaturales. Trató sobre algo mucho más humano y más oscuro: la tentación de sentirse dios por un instante.
Por eso funciona. Porque todos alguna vez quisimos decidir quién merece quedarse y quién no. Aunque sea en silencio. Aunque sea dentro de la cabeza.
Ryuk sigue sentado ahí mientras anochece lentamente sobre Traslasierra.
Los libros observan. La casa respira. Y yo entiendo algo incómodo: quizás los monstruos ficticios nos acompañan porque son menos aterradores que ciertas personas reales.
Al menos Ryuk no miente sobre lo que es.
Nota al pie
Ryuk, el shinigami (dios de la muerte) del manga y anime Death Note.
Se lo reconoce por el pelo azul oscuro en puntas, la sonrisa filosa, los ojos amarillos y esa expresión entre siniestra y burlona.
Ryuk es el personaje que deja caer la Death Note en el mundo humano y desencadena toda la historia con Light Yagami. Tiene una personalidad bastante cínica y divertida: observa el caos humano casi como si fuera un espectador entretenido. Y además tiene una obsesión legendaria con las manzanas.