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Fragmentos de una vida ordinaria. Pequeñas historias rescatadas del tiempo.

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Este espacio reúne pequeñas piezas de memoria: audios, fotografías, libros, discos, cassettes, objetos y recuerdos que se resisten a desaparecer.

No pretende contar una historia completa ni seguir un orden preciso. Son fragmentos. Restos rescatados del tiempo. A veces una canción abre una puerta; otras, una foto olvidada, una página subrayada o un objeto guardado durante décadas.

Aquí conviven el rock, la literatura, las lecturas compartidas, las nostalgias y los descubrimientos cotidianos. Cada publicación es una excusa para volver sobre aquello que alguna vez nos conmovió y todavía conserva algo para decir.

Porque la memoria no está hecha solamente de grandes acontecimientos. También vive en las cosas pequeñas: un cassette gastado, una voz grabada, una imagen descolorida o un libro que vuelve a nuestras manos después de muchos años.

Bienvenidos a estos fragmentos de una vida ordinaria.


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Cómo terminé enamorándome de Murakami

He leído dieciséis libros de Haruki Murakami. La culpable de esta obsesión tiene nombre: mi hija Vicky, fanática de Murakami desde mucho antes que yo. Gracias a ella descubrí un universo del que ya no pude salir.

Comparto aquí mis cinco favoritos, aunque antes quiero hacer una mención especial a un sexto libro.

Si te gusta Murakami —o simplemente disfrutas correr—, tenés que leer "De qué hablo cuando hablo de correr". Es una obra hermosa que permite entender mejor al escritor: su disciplina, sus obsesiones, su manera de mirar el mundo y, en definitiva, buena parte de la cocina de sus novelas.

"Puesto 5: "Tokio Blues (Norwegian Wood)"

Fue la puerta de entrada a Murakami. Todavía recuerdo cuánto extrañé a Watanabe cuando terminé la novela y todo lo que me hizo reír Tropa de Asalto, uno de esos personajes que permanecen mucho tiempo con el lector.

"Puesto 4: "Al sur de la frontera, al oeste del sol"

Es el libro que más recomiendo a quienes me preguntan por dónde empezar a leer a Murakami. Es breve, claro, melancólico y reúne muchas de las virtudes que hacen único al autor.

"Puesto 3 (empate): "Los años de peregrinación del chico sin color" y "Baila, baila, baila"

No pude elegir uno solo. "Los años de peregrinación del chico sin color" es una novela profundamente emotiva sobre la identidad, la pérdida y la amistad. "Baila, baila, baila", en cambio, cierra de manera extraordinaria la saga del Ratón y contiene algunas de las páginas más hipnóticas que escribió Murakami.

"Puesto 2: "Kafka en la orilla"

Si alguien me pidiera una novela que condensara el universo de Murakami, probablemente elegiría esta. Bibliotecas que parecen tener vida propia, gatos que hablan, sueños, música y una realidad que se desliza hacia lo fantástico con absoluta naturalidad. Es una novela imprescindible.

"Puesto 1: "El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas"

Mi favorita entre las dieciséis  que he leído.

No podría explicar con argumentos por qué ocupa el primer lugar. A veces los mejores libros escapan a cualquier justificación. Solo puedo recordar la sensación que tuve al cerrar la última página: esa mezcla de asombro, melancolía y gratitud que muy pocas novelas consiguen despertar.

Hay libros que uno admira. Y hay otros que, sin saber exactamente cómo, terminan viviendo para siempre con uno. Este, para mí, pertenece a esa segunda categoría.


Jane Austen me cagó la vida

Entré a ver "Jane Austen me arruino la vida" con una mezcla de desconfianza y esa curiosidad morbosa que uno reserva para las tragedias anunciadas. Con una mezcla de sospecha y necesidad. Sospecha porque el cine romántico suele ser una estafa elegante; necesidad porque uno, incluso después de todo, sigue buscando algo que lo explique.

Afuera el mundo era el de siempre: ruido, apuro, vínculos descartables. Pero adentro me esperaba Agathe, una librera parisina con más fe que sentido común, trabajando en Shakespeare and Company, ese santuario literario donde la gente va a convencerse de que leer todavía salva. El planeta seguía sus movimientos de rotación y traslación con su mediocridad habitual, pero en el cine se preparaba otra cosa: una operación a corazón abierto sin anestesia, ejecutada con sonrisas suaves, diálogos ingeniosos y una crueldad emocional de guante blanco.

Agathe es torpe, soñadora, peligrosamente influenciable. Cree en el amor como si fuera una novela de Jane Austen mal leída en una época equivocada. Y ahí está el núcleo del desastre: no es que esté equivocada… es que llegó tarde. Me siento un poco como ella.

La película —dirigida por Laura Piani— arranca como una comedia romántica más, pero enseguida se tuerce. Porque no se trata solo de encontrar el amor, sino de sobrevivir a las expectativas que te metieron en la cabeza.

Agathe viaja a Inglaterra, a una residencia de escritores, como quien va a buscar redención o, en su defecto, una excusa estética para fracasar mejor. Lleva consigo tres problemas graves:

1. Un estado de soltería que ya dejó de ser gracioso.

2. Un bloqueo creativo que la deja muda frente a la página.

3. Y el peor de todos: creer en el amor como si todavía existieran los códigos de otro siglo.

Ahí entra el triángulo amoroso. Caótico, incómodo, inevitable. Uno de los tipos —por supuesto— es arrogante y encima tataranieto de Jane Austen. Como si la genética pudiera sostener el peso de una ilusión.

Y a la sazón todo empieza a resquebrajarse.

Porque sí, esto es cine romántico. Pero no de ese que te vende finales felices como electrodomésticos en cuotas. No. Acá hay algo más perverso: la película te hace creer —aunque sea por momentos— que el amor todavía puede tener sentido. Y eso, en estos tiempos, es directamente un acto irresponsable.

La protagonista —una criatura atrapada entre la ironía y la esperanza— vive intoxicada de literatura. No lee a Jane Austen: la respira, la filtra, la usa como lente para mirar un mundo que ya no funciona con esas reglas. Y ahí entabla la dificultad. Porque Austen, con sus modales, sus bailes, sus silencios cargados de electricidad, creó un modelo de amor que hoy funciona como una droga de diseño: elegante, adictiva y completamente fuera de circulación. La película lo sabe. Y juega con eso. Nos muestra personajes que quieren amar como en el siglo XIX pero viven en el desastre emocional del XXI: vínculos líquidos, promesas descartables, conversaciones interrumpidas por notificaciones. Es como intentar escribir cartas de amor en un chat de WhatsApp: todo suena ridículo, pero igual insistís. Y ahí es donde la película se vuelve peligrosa.

El film juega con una idea resbaladiza: que la literatura no solo te forma, también te deforma. Que leer demasiado puede dejarte emocionalmente inútil para la vida real. Que después de Austen, cualquier vínculo contemporáneo parece una versión mal escrita. Yo miraba y me reía. Pero era una risa incómoda. Porque en Agathe hay algo reconocible: esa mezcla de cinismo moderno y fe ridícula en que, de alguna manera, el amor debería ser más. Más intenso. Más elegante. Más significativo.

Pero el siglo XXI no negocia con esas fantasías. Las relaciones acá son chats que se enfrían, promesas que no se cumplen, gente que no sabe qué quiere pero igual te arrastra. Y en ese contexto, pretender un amor "austeniano" es como intentar escribir con pluma en medio de una tormenta eléctrica.

La película tiene momentos de comedia física —caídas, torpezas, situaciones absurdas— pero debajo late otra cosa. Una tristeza elegante. Una sensación de desajuste permanente entre lo que se desea y lo que realmente ocurre. Porque no ridiculiza del todo a Agathe. Tampoco la salva. La deja en ese limbo donde estamos todos: sabiendo que las expectativas son irreales, pero incapaces de soltarlas.

Visualmente, todo fluye. Nada molesta. Pero lo importante pasa por dentro: en las miradas, en los silencios, en esa incomodidad constante de no encajar ni en la fantasía ni en la realidad. Cuando terminó, me quedé unos segundos sentado. Pensando en mis propios desastres sentimentales. En las veces que esperé gestos imposibles. En las veces que confundí intensidad con verdad. En las veces que creí que alguien iba a comportarse como un personaje de novela cuando en realidad apenas podía sostener una conversación honesta. Porque el problema no es la película. Ni siquiera es Jane Austen. El problema es que alguien, en algún momento, nos hizo creer que el amor tenía sentido narrativo. Que había desarrollo, clímax y resolución. Y no. El amor, en la vida real, es más parecido a un borrador mal editado.

Salí del cine con esa sensación extraña: no devastado, no feliz. Algo intermedio. Como después de una cita que prometía más de lo que podía dar. Y entendí algo —tarde, como siempre—: No es que Austen haya arruinado nuestras vidas. Es que nos enseñó a esperar algo que este mundo no está dispuesto a escribir. Y aun así seguimos buscando. Como Agathe. Como idiotas. Como lectores que todavía creen que la próxima página puede salvarlos.

La película no se burla del romanticismo. Tampoco lo idealiza del todo. Lo expone. Lo deja en evidencia como una enfermedad crónica. Algo que sabés que te va a hacer mal pero no podés abandonar. Ahí está el núcleo del problema: Jane Austen no arruinó nuestras vidas pero nos dejó una vara que nadie —ni nosotros mismos— puede alcanzar sin romperse en el intento. El film funciona como un espejo deformante: te ves reflejado, pero con más ilusión de la que realmente tenés. Y eso duele. Visualmente, todo es correcto. Nada molesta. Todo fluye. Pero lo importante no está en la estética sino en ese filo constante entre lo que se desea y lo que realmente ocurre. En esa tensión entre la fantasía literaria y la brutalidad cotidiana.

Hay escenas que parecen inofensivas —una charla, una mirada, un silencio— pero están cargadas de dinamita emocional. Porque todos sabemos cómo terminan esas historias: mal, o peor, o simplemente diluidas en la nada. Y de alguna manera uno sigue mirando. Como un idiota. Como un creyente. Como alguien que, a pesar de todo, todavía quiere que funcione. Como después de hablar con alguien que te gusta sabiendo que no va a pasar nada.

Pensé esto: El problema no es el amor. El problema es haber leído demasiado. El problema es haber visto películas como esta y seguir esperando que, en algún rincón improbable del mundo, alguien diga lo correcto en el momento exacto. Y que eso alcance. Pero no alcanza. Nunca alcanza.

Y aun así —puta madre— volvemos a intentarlo.


Las novias de papel

Hay personas que creen que una biblioteca se construye comprando libros.

No es verdad.

Las bibliotecas empiezan mucho antes, cuando uno todavía no sabe qué es la literatura. La mía comenzó con revistas.

No eran ediciones de lujo. Eran "El Tony", "D'Artagnan", "Intervalo", alguna "Fantasía" que aparecía de tanto en tanto en un kiosco o en una librería de usados. El papel era áspero, la tinta manchaba los dedos y los colores de las tapas parecían más intensos porque todavía no existía la costumbre de mirar pantallas.

Yo no leía historietas. Vivía dentro de ellas.

Mientras otros soñaban con ser futbolistas, yo quería tener la moto de Dennis Martin.

Aquella máquina descomunal con cuatro caños de escape que rugía como si debajo del asiento llevara encerrada una tormenta. Pero, si soy completamente sincero, la moto era apenas una excusa. La verdadera razón de mi fidelidad mensual a "D'Artagnan" tenía nombre y apellido.

Grace Henrichsen.

Era hermosa de una manera imposible.

Los dibujantes de Columba sabían fabricar mujeres que uno nunca volvía a olvidar. Bastaba una mirada, una sonrisa apenas insinuada, un mechón de pelo cayendo sobre la frente para que un chico del interior de Córdoba creyera que el amor podía imprimirse sobre papel barato.

Nunca me molestó que fuera la novia de Dennis Martin. Al contrario. Mientras él resolvía asesinatos, perseguía contrabandistas o escapaba de algún país africano, yo caminaba unos pasos detrás, imaginando que en cualquier momento ella iba a darse vuelta y descubrir que el verdadero héroe era aquel muchacho flaco que la seguía desde una casa perdida en Traslasierra.

Las historietas hacían ese milagro. Uno abría una revista y el mundo dejaba de terminar en el horizonte.

Conocí Kabul antes de saber ubicar Afganistán en un mapa. Recorrí Estambul sin haber salido nunca del país.

Atravesé desiertos, selvas, puertos, palacios, ruinas y ciudades imposibles. Todo por unas pocas monedas y un puñado de páginas engrampadas.

Mucho después llegaron Borges. Kafka. Mujica Láinez. Lovecraft. Los filósofos. Los poetas.

Los estantes comenzaron a llenarse de libros de tapas duras y ediciones que había buscado durante años.

Algunos creen que ahí empezó mi biblioteca. Se equivocan.

Mi biblioteca empezó cuando un guionista llamado Robin Wood decidió que un detective debía tener una moto imposible y una novia inolvidable.

Hace unos días encontré una vieja adaptación de "Bomarzo" publicada por Editorial Columba.

La abrí con el mismo cuidado con que se toca una fotografía de la infancia. El papel estaba amarillento. Las puntas dobladas. La tinta ya no tenía el negro profundo de otros tiempos. Sin embargo, bastó pasar unas pocas páginas para comprender que el tiempo sólo había envejecido el papel. No al lector.

Reflexioné en esto. Nunca dejé de comprar libros. Sigo buscando exactamente lo mismo que buscaba cuando esperaba con ansiedad el nuevo número de "D'Artagnan".

No una historia. Un pasaje. Una puerta. La posibilidad de que, al dar vuelta una página, vuelva a aparecer aquel chico que todavía cree que el ruido de una moto puede escucharse desde muy lejos y que una mujer llamada Grace Henrichsen continúa esperándolo, intacta, en algún rincón donde las historietas nunca envejecen.

Porque los primeros amores casi nunca fueron de carne y hueso.

A veces estaban dibujados con tinta negra sobre un papel que hoy huele a biblioteca.

Y, curiosamente, siguen siendo eternos.


Mi padre, todos los días. La memoria no necesita efemérides

Hoy es el Día del Padre.

Las redes se llenan de saludos, promociones, descuentos y frases prefabricadas. No tengo nada contra quienes celebran la fecha. Pero hace tiempo que entendí que la memoria no obedece al calendario ni a las estrategias comerciales.

Mi padre no fue solamente mi padre. Fue un hombre de una generación atravesada por la militancia, el exilio, las distancias y las decisiones difíciles. Por eso hubo abrazos, pero también ausencias. Hubo encuentros, pero también tardes que no compartimos.

Hace años le escribí un poema llamado "Ausencia". Lo escribí desde la herida de un hijo. Con el tiempo aprendí a leer esa historia de otra manera. Sin dejar de extrañar lo que faltó, pero entendiendo mejor al hombre que fue.

No lo recuerdo hoy porque una fecha me lo imponga. Lo recuerdo cada día. En una fotografía amarillenta. En una conversación. En un verso que vuelve sin avisar. En los rasgos que el espejo todavía me devuelve.

Y, ya que la fecha existe, quiero saludar a quienes ejercen la paternidad más allá de los vínculos biológicos. Porque padre no es solamente quien engendra. Padre es quien se hace cargo. Quien acompaña. Quien educa. Quien enseña. Quien pone límites cuando hace falta y tiende una mano cuando el mundo se vuelve demasiado difícil.

Feliz día a todos aquellos que eligieron estar presentes en la vida de alguien y asumir esa responsabilidad con amor.

La memoria verdadera no necesita efemérides.

Habita silenciosamente los días.



Ausencia

A mi Padre

Acaso tú ausencia sea una mirada

que muerde y araña por dentro

mientras nos desgranamos

entre la incansable

y angelical luz de la noche.

Acaso tú presencia tenga ojos,

trague miradas,

gritos cortando como una vieja

y dentada hoz la oscuridad.

Amaneceres arrancándole

alaridos a las sombras.

Acaso las sombras son fantasmas

que pasean junto a los lamentos

de las horas crueles.

Y las horas rugidos trémulos

mutilando voces.

Tú ausencia es el analgésico

en días sin memoria

donde olvido la niñez

y las tardes que no pasamos juntos.

Tú ausencia un disparo a mis recuerdos

que desangra nuestro abrazo vacío


https://cronicas.joseluiscolombini.com/2026/06/mi-padre-todos-los-dias-la-memoria-no.html

 


Charla en el programa de streaming "Una Hazaña Cada Día" de Multimedio Comechingones, donde José Luis Colombini conversa junto a Rubén Pachi Mattos y Jorge Hugo Pájaro Galaburri sobre la figura y la obra de Indio Solari.

Durante una hora de charla en el streaming na hazaña cada día de Multimedio Comechingones, el escritor y cronista gonzo José Luis Colombini reflexiona sobre la obra, el pensamiento y la influencia cultural de Indio Solari, una de las figuras más enigmáticas y trascendentes del rock argentino.

Junto a Rubén Pachi Mattos y Jorge Hugo Pájaro Galaburri, Colombini recorre canciones, letras, anécdotas y reflexiones filosóficas que atraviesan el universo ricotero, explorando cómo la poesía del Indio dialoga con la vida cotidiana, la rebeldía, el amor, la identidad y el paso del tiempo.

Una conversación íntima y apasionada sobre el artista que convirtió al rock en literatura popular y a varias generaciones en lectores de metáforas. Una invitación a pensar, sentir y redescubrir el legado de quien sigue siendo una voz indispensable de la cultura argentina.


José Luis Colombini, la vida hecha poesía y filosofía. Reportaje para Multimedio Comenchingones hablando del Indio Solari con Rubén Pachi Mattos y Jorge Hugo Pájaro Galaburri 


La edad en que mueren los héroes

Hubo un fin de semana en que millones de personas sintieron que se había roto algo.

La noticia apareció primero en una pantalla. Un mensaje. Una llamada. Una publicación compartida con incredulidad.

Hubo quienes pensaron que era una de esas falsas alarmas que cada tanto recorren las redes. Pero no. Esta vez era verdad. En una fábrica alguien bajó la cabeza sobre una mesa de trabajo y tardó varios minutos en volver a levantarla. Un remisero apagó la radio porque no quería escuchar otra cosa. Un profesor suspendió por un rato la clase.

Un kiosquero dejó el negocio en manos de su mujer y salió a caminar unas cuadras sin rumbo. Hubo grupos de amigos que volvieron a escribirse después de años. Hubo padres que llamaron a sus hijos. Hubo hijos que entendieron por primera vez por qué sus viejos viajaban cientos de kilómetros para ver a un tipo vestido de negro cantar canciones extrañas. Estas noches sonaron discos completos en patios, departamentos, talleres mecánicos y casas de barrio. Muchos lloramos. Otros dijeron que no. Pero igual pusieron la música más fuerte. Porque cuando mueren ciertos artistas no muere solamente una persona. Muere también una parte del tiempo que vivimos junto a ellos. Y entonces algunos descubren que tienen la misma edad que tenían sus padres cuando empezaron a despedirse del mundo. Y otros entienden que los héroes también envejecen. Y que llega un día en que ya no queda nadie delante de nosotros para recibir el golpe primero.


Martinis y Tafiroles

Hay fotografías que son autorretratos aunque no aparezca nadie.

En esta hay una botella de Martini Rosso, dos planchas de Tafirol y una mesa cualquiera. Nada que merezca una exposición de arte. Nada que un algoritmo elegiría para representar la felicidad.

Pienso en esa canción del Indio cuando canta que los martinis y los tafiroles ayudan a olvidar. No porque el olvido funcione, sino porque a veces uno insiste igual. Como quien intenta apagar un incendio con un vaso de agua.

La vida adulta suele parecerse más a esta imagen que a cualquier publicidad de cerveza. Un dolor de cabeza que no termina de irse. Un insomnio que se instala como un inquilino viejo. Una botella abierta desde hace semanas. La televisión diciendo estupideces. El mundo girando demasiado rápido para nuestras piernas.

"Necesito dormir mucho y bien", canta Solari.

Y uno entiende.

Porque llega una edad en que las grandes tragedias dejan de impresionarnos tanto como una mala noche de sueño. Los corazones rotos se curan. Las derrotas deportivas se olvidan. Pero hay madrugadas que se quedan viviendo adentro de uno durante años.

Miro la botella. Miro los remedios. No parecen enemigos. Parecen socios.

Uno promete entusiasmo. El otro promete alivio. Los dos mienten un poco. Los dos cumplen un poco.

Entonces vuelve a sonar el Indio: "A veces exagero mi humor, los martinis y los tafiroles..." Y qué confesión más perfecta. Porque no habla solamente de vermut ni de analgésicos. Habla de esos pequeños pactos que hacemos con nosotros mismos cuando la realidad pesa demasiado. El Martini para aflojar los pensamientos. El Tafirol para negociar con los dolores. Y en el medio, uno exagerando un poco las penas, agrandando algunos fantasmas y acariciando viejas derrotas como quien vuelve a tocar una cicatriz para comprobar que sigue ahí.

Hay algo de ternura en esa admisión. El Indio no culpa al mundo. No culpa a nadie. Se señala a sí mismo. Reconoce que a veces también es cómplice de sus propios naufragios. Y por eso el verso siguiente resulta tan devastador: "Hay que estar un poquito sonado para olvidarte".

Porque hay recuerdos que no se van con la voluntad. Hay ausencias que no entienden de razones. Y hay noches en las que una botella, una pastilla y una canción parecen formar una extraña fraternidad destinada a ayudarnos a cruzar la madrugada.

Quizás por eso la foto me gusta.

Porque no habla de excesos ni de festejos. Habla de supervivencia. De esos días en los que uno se las arregla como puede para seguir adelante. Con un vermut, con una pastilla, con una canción del Indio sonando bajito mientras la noche se acomoda sobre los muebles.

Y entonces recuerdo otro verso: "Me sueño durmiendo, a veces durmiendo y soñando."

Tal vez la verdadera felicidad no sea otra cosa que eso. Dormir sin fantasmas. Aunque sea por una noche.

Y si mañana vuelven los recuerdos, los dolores o las preguntas que nadie sabe responder, al menos quedará esta fotografía. Una botella, unas pastillas y una canción. El modesto inventario de alguien que, como puede, sigue negociando con la madrugada.


Mi cassette de Gulp y la sofisticación del Indio

Acabo de escuchar a Mariana Enríquez hablar sobre Los Redondos el Indio y los ricoteros. Dijo algo que me quedó dando vueltas: que el ricotero es un fenómeno exclusivamente argentino. Que no podría existir en otro país porque está ligado a una historia, una sociedad y una manera de vivir muy nuestras.

También dijo algo más. Que el Indio Solari era una antena. Pero no cualquier antena. Una antena sofisticada.

Mientras la escuchaba pensé en un viejo cassette que todavía conservo. Mi cassette de "Gulp!". El original de época. La caja gastada, la impresión casi borrada por los años, el librito amarillento. Un objeto pequeño que sobrevivió mudanzas, cambios de casa, equipos de música y décadas enteras.

Lo miré y entendí que Mariana estaba hablando de algo que va mucho más allá de una banda de rock.

Hoy cualquiera puede escuchar "Gulp!" en una plataforma digital. Pero cuando apareció en 1985 las cosas eran distintas. Los Redondos todavía no eran un fenómeno masivo. No llenaban estadios ni movilizaban multitudes. Eran una banda extraña, casi secreta, que circulaba por recomendación, por el boca a boca y por cassettes que pasaban de mano en mano.

Por eso ese cassette significa algo más que un soporte de audio. Es un testigo de una época.

Y también es una prueba de algo que muchas veces se olvida cuando se habla del Indio.

Durante años se lo presentó como un líder de masas, un personaje misterioso o un profeta del rock. Pero mucho menos se habló de una de sus características fundamentales: era un intelectual.

No un intelectual académico ni universitario. Era un lector formidable.

En las letras de Los Redondos convivían la literatura, el cine, la política, la historia, la filosofía, la cultura popular, la publicidad, los policiales y la observación cotidiana. Había referencias que uno entendía en el momento y otras que recién descubría años después.

Quizás ahí esté la sofisticación de la que habla Mariana Enríquez.

Muchos artistas interpretan su tiempo. Pero no todos poseen las herramientas culturales para transformarlo en una obra compleja. El Indio las tenía. Y gran parte de esas herramientas provenían de la lectura.

Lo extraordinario es que nunca utilizó esa cultura para establecer distancia con el público. Al contrario. Logró que miles de personas hicieran propias canciones cargadas de imágenes ambiguas, referencias cruzadas y sentidos múltiples.

Hay algo casi milagroso en eso.

En un país donde tantas veces se supone que para llegar a mucha gente hay que simplificarlo todo, Los Redondos demostraron exactamente lo contrario. Llevaron la complejidad a un público masivo.

Por eso siempre me pareció que la vieja discusión entre Soda y Los Redondos no terminaba de entender el fenómeno. Uno puede preferir una banda o la otra. Eso es una cuestión de gustos. Pero el ricoterismo terminó siendo algo diferente. Una experiencia cultural, social y emocional que excedió largamente a la música.

Tal vez por eso Mariana dice que para ser ricotero había que ser argentino.

Y tal vez también habría que agregar algo más: había que estar dispuesto a buscar. Porque en aquellos años Los Redondos no te encontraban a vos. Eras vos quien tenía que encontrarlos.

Mi viejo cassette de "Gulp!" me recuerda exactamente eso. Antes de los estadios, antes del mito y antes de las multitudes, había un grupo de músicos grabando un disco extraño, inteligente y profundamente original.

La leyenda vino después.

Pero escuchando esas canciones y leyendo hoy aquellos créditos diminutos donde aparecen Skay, Semilla, el Piojo, Willy Crook o Lito Vitale, sigo pensando lo mismo que entonces: detrás de todo aquello había un lector excepcional que entendió como pocos la Argentina que le tocó vivir.

Y tuvo el talento suficiente para convertir esa comprensión en canciones.