Kierkegaard y la sociedad del espectáculo

“Crónicas del Desvelo”

Escribo crónicas porque nunca aprendí a mirar las cosas desde afuera.
Cuando algo me interesa, me meto.
Cuando algo me molesta, también.
Y cuando algo me conmueve, peor todavía.
No sé escribir como si estuviera detrás de un vidrio, tomando distancia de aquello que sucede. En mis textos siempre termino apareciendo yo: con mis obsesiones, mis recuerdos, mis contradicciones, mis lecturas, mis películas, mi música, mis manías y esa costumbre bastante poco saludable de encontrarle una historia a casi cualquier cosa.
Una crónica no empieza necesariamente cuando sucede algo. Puede empezar mucho antes: en una caminata, en una conversación, en una canción que suena en la cabeza, en una vieja película, en un recuerdo que aparece cuando menos corresponde.
No me interesa escribir: "El cine estaba lleno."
Me interesa escribir: "Yo estaba en la fila del cine contando las monedas como un ludópata en abstinencia mientras la inflación me respiraba en la nuca."
Porque si yo no soy afectado por aquello que estoy contando, ¿qué sentido tiene que lo cuente?
No creo demasiado en la objetividad periodística.
Creo en la honestidad de la mirada.
Yo no puedo prometerle al lector que voy a contar las cosas exactamente como sucedieron. Puedo prometerle algo distinto: que voy a contar cómo las viví.
Y esa diferencia, para mí, es fundamental.
Puedo exagerar una escena, deformarla, llevarla hasta el borde del absurdo. Puedo convertir una espera de veinte minutos en una eternidad, a un empleado malhumorado en un burócrata del infierno o a una tarde cualquiera en el comienzo del Apocalipsis.
Pero hay algo que intento no traicionar: la verdad emocional de lo que estoy contando.
Porque para mí no importa tanto que una escena sea literalmente exacta.
Importa que se sienta real.
En mis crónicas no soy un observador neutral.
Soy parte del problema.
Si voy al cine, está mi película, pero también está mi memoria del cine.
Si hablo de un libro, aparece el libro, pero también aparece el lector que fui cuando lo descubrí.
Si escucho una canción, nunca escucho solamente una canción: aparecen los años, las personas, los lugares, las noches.
No quiero cerrar una historia. Quiero dejar una herida abierta.
No me interesa que todo sea literal. Me interesa que se sienta real.
Porque al final de cuentas, quizás escribir una crónica sea solamente eso: meterse en el mundo hasta ensuciarse las manos y después contar cómo quedó la sangre.
Esto no son textos objetivos. Tampoco pretenden serlo.
Es una mirada. Es una confesión. Es una exageración. Es una experiencia. Y si alguna parte no sucedió exactamente así: mejor.
Porque lo importante no es que haya ocurrido literalmente. Lo importante es que, mientras lo leías, vos también hayas estado ahí.
Estaba aburrido y decidí sacar una película de las que tengo. Me decidí por una que vi en los 90 en vhs. Me la había recomendado Pocho, un compañero de trabajo.
Hay un momento extraño que no suele contarse. No ocurre el día en que publicás un texto, ni cuando alguien te felicita por haber escrito una buena frase. Sucede mucho después.
Desnudar una mente
Esta frase que circula por redes sociales, repetida hasta el cansancio, que dice algo así como: "Follar un cuerpo lo hace cualquier mediocre; follar una mente, sólo un genio." Y aunque la sentencia tiene algo de exageración, también esconde una verdad incómoda.
Madre, o el arte de enseñarme a dudar
Mi madre no solo me dio la vida si no que me enseño a pensarla.
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Los diálogos con mi madre me dejaban perplejo. Nunca sabia cuando habían comenzado realmente. Creía que empezaban con una pregunta, pero en realidad venían viajando desde hace años, esperando una tarde cualquiera para encontrar una mesa, dos tazas de café y el silencio necesario.
Un batallón de dos: la amistad como trinchera
Salí a caminar por Villa Dolores como quien sale a comprobar si el mundo sigue ahí o ya lo compraron en cuotas. Eran las seis y algo de la tarde, esa hora transerrana en la que el sol baja despacio, como si también estuviera cansado del capitalismo. El aire olía a pasto regado, a río cercano, a pueblo que todavía...
Esta fotografía no solo documenta un acontecimiento. Sin proponérselo, termina contando una época que nos toca vivir.
La noche en Villa Dolores siempre llega con un silencio raro, como si el mundo se quedara pensando.









