Un batallón de dos: la amistad como trinchera

18.10.2026

Un batallón de dos: la amistad como trinchera

Crónicas del Desvelo | José Luis Colombini

«Un batallón cimentado por la amistad basada en el amor nunca se romperá y es invencible, ya que los amantes se arrojan gustosos al peligro para protegerse mutuamente».

— Plutarco (c. 46-120 d. C.)

Esta fotografía cuenta una historia y a la vez nos obliga a preguntarnos de qué lado de la historia estamos mirando.

La fotografía de Emiliano Lasalvia, distribuida por AFP (Agence France-Presse), muestra a dos chicos trans sosteniendo banderas argentinas frente al Congreso de la Nación, mientras el agua de los hidrantes los golpea de lleno. La calle se convierte en un territorio hostil y el aire se llena de esa niebla artificial que aparece cuando el poder responde con fuerza a quienes ocupan el espacio público. Dos cuerpos, dos banderas, una misma intemperie.

La escena transcurre en Buenos Aires, durante una protesta por el financiamiento de la educación superior bajo el gobierno de Javier Milei. En medio de la confrontación entre manifestantes y fuerzas policiales, estos dos jóvenes permanecen allí, con sus banderas en alto. La imagen registra un instante de la disputa política, pero también nos invita a pensar en algo que excede la coyuntura: la necesidad de permanecer juntos cuando el espacio público se convierte en territorio de confrontación.

No conozco sus nombres ni sus historias. Intuyo que saben que es el comienzo de que todos perdamos derechos. No sé qué los llevó hasta esa calle, qué conversaciones tuvieron antes de llegar ni qué sintieron cuando el agua comenzó a empujarlos. Pero la fotografía me devuelve una pregunta antigua: ¿qué nos sostiene cuando las circunstancias se empeñan en derribarnos?

La respuesta me lleva hasta la Grecia antigua, hasta una formación militar que convirtió el vínculo entre hombres en parte de su leyenda: el Batallón Sagrado de Tebas.

Según la tradición, aquella unidad estaba compuesta por trescientos soldados, organizados en ciento cincuenta parejas de hombres. Su fama quedó asociada a la idea de que los vínculos amorosos entre compañeros podían fortalecer su coraje y su disposición a protegerse mutuamente. Que todas aquellas parejas fueran amantes es una interpretación histórica discutida, pero la imagen que perdura sigue siendo poderosa: luchar sabiendo que, a tu lado, hay alguien cuya vida te importa tanto como la propia.

Plutarco recoge esta tradición en su Vida de Pelópidas. Allí aparece una reflexión que atraviesa los siglos: los amantes, avergonzados de mostrarse cobardes ante quienes aman, se exponen al peligro para defenderse mutuamente. No se trata solamente de valentía militar. Se trata de esa misteriosa transformación que ocurre cuando el destino de otra persona deja de sernos indiferente.

Un batallón, entonces, no es necesariamente una multitud. Puede ser también una alianza, una forma de estar en el mundo que convierte la vulnerabilidad individual en una fuerza compartida.

Pienso en aquella historia mientras vuelvo a mirar la fotografía. No pretendo establecer una equivalencia entre los soldados tebanos y estos dos chicos, ni afirmar que existe entre ellos un vínculo amoroso. No lo sabemos. La imagen no nos cuenta sus sentimientos ni la relación que los une. Pero sí nos permite pensar en la solidaridad, en la compañía y en esa necesidad humana de no quedar completamente solos frente a la adversidad. En tener un par de huevos bien puestos y jugársela por lo que vale la pena.

Vivimos en una época que ha convertido el individualismo en una especie de religión cotidiana. Cada cual debe salvarse por su cuenta, competir, producir, defender su pequeño territorio y aprender a llamar libertad a la obligación de arreglárselas solo. El otro aparece, demasiadas veces, como un rival, un obstáculo o una amenaza.

Frente a esa lógica, acompañar constituye un gesto radical. Cuidar a alguien, compartir el riesgo, ofrecer el cuerpo como resguardo o negarse a abandonar a quien atraviesa un momento difícil son maneras de interrumpir la maquinaria del sálvese quien pueda.

Y cuando quienes resisten pertenecen a una comunidad históricamente expuesta a la discriminación, su presencia adquiere también una dimensión política. Los cuerpos trans no necesitan justificar su existencia ni pedir permiso para ocupar las calles. Su dignidad no depende de la aprobación ajena. Estar ahí, con sus banderas y sus derechos, forma parte de la disputa por una sociedad en la que nadie tenga que esconderse para sentirse a salvo.

Hay algo profundamente contradictorio en una sociedad que habla de libertad mientras convierte ciertas existencias en objeto de sospecha. Una sociedad que celebra a los héroes de los libros de historia, pero que a veces se resiste a reconocer la dignidad de quienes, en el presente, reclaman sus derechos en una calle cualquiera.

Quizá por eso convenga regresar a Plutarco. No para romantizar la violencia ni para convertir el sufrimiento en una prueba de amor, sino para recuperar una idea que parece haber sobrevivido a los siglos: los vínculos pueden darnos razones para afrontar aquello que, en soledad, resultaría insoportable.

La amistad no vuelve invulnerables a las personas. El amor tampoco detiene el agua de un hidrante ni garantiza que una batalla termine bien. Lo que puede hacer es modificar la manera en que enfrentamos el peligro. El miedo no desaparece, pero deja de ser una experiencia exclusivamente individual. La intemperie no se vuelve menos fría, si alguien permanece a nuestro lado.

Tal vez la verdadera lealtad empiece ahí, cuando la presencia deja de ser una declaración y se convierte en un acto.

No sé qué ocurrió después de la fotografía. No sé si estos dos chicos se abrazaron, si buscaron refugio o si siguieron caminando juntos. La imagen no nos debe una conclusión. Nos entrega apenas un instante, un fragmento de realidad detenido por el obturador. Lo demás pertenece a sus vidas, no a nuestra imaginación.

Pero ese instante alcanza para recordarnos algo: en una sociedad cada vez más dispuesta a dividirnos, la solidaridad sigue siendo una forma de resistencia. No porque garantice la victoria, sino porque se niega a aceptar que la indiferencia sea nuestro único destino.

Quizá aquellos trescientos hombres de Tebas, convertidos en leyenda por la historia y la literatura, nos dejaron una pregunta que todavía no hemos terminado de responder: ¿qué seríamos capaces de hacer para proteger a quienes nos importan?

A veces, un batallón entero cabe en dos personas. A veces basta una mano que no se suelta, una presencia que no retrocede, alguien que decide permanecer cuando sería más sencillo marcharse.

Y quizá la verdadera invencibilidad no consista en no caer jamás, sino en impedir que el miedo nos convenza de que estamos solos.

Porque hay batallas que no se ganan derrotando a un enemigo, sino negándose a reproducir su indiferencia. Y hay formas de resistencia que comienzan cuando alguien decide no dejar a otro atrás.

Fotografía: Emiliano Lasalvia / AFP.

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