Madre, o el arte de enseñarme a dudar

19.10.2026


Mi madre no solo me dio la vida si no que me enseño a pensarla.

Era psicóloga, psicoterapeuta y una mujer con una particular habilidad para desarmar mis certezas sin necesidad de levantar la voz. Nunca necesitaba imponerse. Le bastaba una pregunta, una observación inesperada o esa media sonrisa que anunciaba que la conversación acababa de entrar en un territorio del que yo, probablemente, saldría con más preguntas que respuestas.

Nunca la llamé mamá. Para mí siempre fue Madre. Había algo en esa palabra que trascendía el parentesco, algo que la convertía en personaje, en interlocutora, en una presencia capaz de acompañarme incluso cuando no estábamos de acuerdo.

Conversábamos durante horas. De filosofía, de literatura, de psicología, de música, de la condición humana. A veces nuestras charlas parecían seminarios improvisados; otras, simples conversaciones de sobremesa que terminaban derivando hacia los grandes dilemas de la existencia. Ella escuchaba con atención, sin apurarse a juzgarme. Sabía que detrás de mis palabras había otras palabras esperando su turno.

Yo siempre fui un lector voraz. Los libros me llevaron a las mitologías, a la filosofía, al arte, a las preguntas que no se resuelven con una respuesta de manual. Estudié, acumulé lecturas, recorrí autores y disciplinas. Con los años, esa inclinación por el conocimiento también se convirtió en una manera de estar en el mundo. A veces, lo admito, con una soberbia que no siempre supe disimular.

Hubo quienes me llamaron sabelotodo. De chico y de adolescente me apodaban Misterioso o Listo. Más tarde apareció otra palabra: narcisista.

Alguna vez conversé con Madre sobre eso. Me inquietaba que mi necesidad de hablar de aquello que sabía, de compartir mis lecturas y de discutir ideas, pudiera ser interpretada como una forma de vanidad. Yo sentía que muchas veces la gente confundía el conocimiento con la arrogancia, la curiosidad con la pedantería y la diferencia con una provocación.

Madre me escuchaba.

—Hay que ir despacio —me decía—. Lo que traés es fino, no es un rótulo de manual.

Esa frase se me quedó adentro.

No me absolvió de mis defectos ni me concedió la razón por el simple hecho de ser su hijo. Hizo algo mucho más valioso: me invitó a mirar con mayor detenimiento. Porque una persona no cabe entera en una etiqueta, y porque entender a alguien requiere más trabajo que encontrar una palabra para clasificarlo.

Quizá ese fue uno de sus mayores regalos: enseñarme que el pensamiento no consiste en tener siempre la respuesta, sino en aprender a formular mejor las preguntas. Aunque, por supuesto, yo todavía tenía que aprender a escuchar tanto como me gustaba hablar.

En esta fecha, día de la madre, muchos recuerdos regresan con la nitidez de una fotografía y otros aparecen como una canción escuchada desde otra habitación.

Estoy sentado, garabateando palabras mientras la llovizna golpea los vidrios. De fondo suena "Sombras", de Las Pelotas del disco en vivo Show. Madre se acerca, escucha unos segundos y me dice:

—Estás escuchando la "Gymnopédie n.º 1", de Erik Satie, en versión soft rock.

Me da risa.

No sé si me causaba gracia la observación o esa capacidad suya para encontrar una puerta secreta en cualquier cosa. Yo escuchaba una canción; ella encontraba a Satie escondido detrás de las guitarras. Yo creía estar simplemente escribiendo; ella sabía que, probablemente, estaba tratando de ordenar algo que ni siquiera había terminado de comprender.

Esas pequeñas escenas son las que más extraño. No necesariamente las grandes conversaciones ni las conclusiones brillantes, sino esos instantes en los que la vida parecía detenerse un momento para dejarnos compartir una complicidad.

Madre tenía, además, sus propias teorías sobre la felicidad, el deseo y la paciencia.

—Tengo dos bombones —me decía—. Si querés, te doy uno ahora y te lo comés. Pero si esperás hasta mañana, te doy los dos.

Era una manera sencilla de hablar del deseo, de la espera y de nuestra dificultad para renunciar a una satisfacción inmediata en nombre de algo mejor. No necesitaba citar a ningún filósofo. Le alcanzaban dos bombones para plantearme un problema que después podía encontrar, con otros nombres, en los libros.

A veces pienso que mi formación intelectual empezó mucho antes de cualquier aula, diploma o biblioteca. Empezó en esas conversaciones. En su manera de escuchar, en sus preguntas, en su humor y en la posibilidad de que una tarde cualquiera se convirtiera en una clase sin programa ni examen final.

Madre también me hablaba de la memoria.

Decía que una de las funciones más importantes de recordar era, paradójicamente, olvidar. Que el cerebro necesitaba limpiar, seleccionar, dejar ir. Dormíamos, me explicaba, mientras una parte de nosotros trabajaba silenciosamente para ordenar lo vivido. Si recordáramos absolutamente todo, la vida se volvería insoportable.

El olvido no era necesariamente una falla. Podía ser una forma de misericordia.

Con el tiempo, esa idea adquirió para mí una dimensión distinta. Hay fechas que mi memoria parece haber decidido apartar, como si necesitara protegerme de algo. Las fechas de la muerte de Madre o de mi Padre que también es en estos días, por ejemplo, pueden escapárseme. Sin embargo, no olvido sus palabras, sus gestos, sus observaciones inesperadas, las lecturas compartidas ni aquellas conversaciones que parecían no terminar nunca.

Puedo olvidar un día del calendario y recordar perfectamente una tarde.

Puedo no saber qué fecha es y, sin embargo, escuchar su voz cuando una idea me desconcierta o cuando una lectura me devuelve una pregunta que creía resuelta.

Quizá la memoria no sea un archivo donde todo permanece intacto. Quizá sea una forma de presencia. No conserva necesariamente los acontecimientos en orden, pero guarda aquello que nos modificó.

Madre sigue apareciendo en mis pensamientos sin pedir permiso. En una página de un libro, en una canción, en una discusión filosófica, en una frase que escucho por la calle. No necesito evocar deliberadamente su figura. A veces basta una pregunta para que vuelva a sentarse frente a mí.

Hoy, no se porque, recuerdo especialmente una conversación sobre el hombre gordo.

—¿Vos matarías al hombre gordo? —me preguntó.

Así comenzaban algunas de sus mejores trampas intelectuales.

Me contó el dilema del tranvía: un vehículo fuera de control se dirige hacia cinco personas atadas a las vías. Hay una posibilidad de salvarlas: empujar a un hombre corpulento desde un puente para que su cuerpo detenga el tranvía. Él moriría, pero los otros cinco vivirían.

—¿Lo empujarías?

No respondí.

Madre conocía el experimento mental. Sabía que aquella pregunta enfrentaba distintas maneras de entender la moral, que el cálculo de las consecuencias no siempre coincidía con nuestra intuición sobre lo correcto. Pero sospecho que, para ella, el interés no estaba solamente en Bentham, Mill o Kant. Estaba en lo que sucedía dentro de nosotros cuando debíamos decidir.

Años después comprendí mejor la dimensión de aquella conversación. Ella no quería examinar mis conocimientos de filosofía moral. Quería que me enfrentara a mis propias contradicciones.

Porque es sencillo hablar de justicia cuando no tenemos que tomar una decisión. Es sencillo defender principios mientras nadie nos pide que paguemos el precio de sostenerlos. Lo difícil empieza cuando una idea deja de ser una abstracción y se convierte en una responsabilidad.

Madre sabía que detrás de cada certeza hay, muchas veces, una zona de sombra.

—Pensalo un poco más —me decía.

Era su manera de recordarme que la inteligencia no nos vuelve infalibles y que la cultura no nos exime de la obligación de comprender al otro.

Hoy todavía no sé si empujaría al hombre gordo. Tampoco estoy seguro de que esa sea una pregunta que deba responderse con ligereza. Lo que sí sé es que aquella conversación me enseñó a desconfiar de quienes encuentran demasiado rápido una justificación para cualquier cosa.

Hay preguntas que no están hechas para encontrar una solución definitiva. Están hechas para obligarnos a mirar de frente aquello que preferiríamos no ver.

Y Madre tenía ese talento: podía llevarme desde una conversación cotidiana hasta el centro de un dilema moral sin que yo advirtiera, al principio, que ya había empezado a examinarme.

Ella creía profundamente en la lectura. Era la única persona que vi en mi vida que podía escuchar radio, ver tv y leer un libro si perder el hilo de ninguna de las tres cosas.

No entendía los libros como trofeos culturales ni como instrumentos para demostrar superioridad. Leer no consistía en acumular citas, nombres o conocimientos con los que impresionar a los demás. Los libros debían ampliar la sensibilidad, ensanchar la mirada, permitirnos reconocer la complejidad de quienes viven de otra manera y comprender un poco mejor el mundo que nos había tocado habitar.

Si algo me dejó, además del amor por las palabras, fue esa convicción: la cultura solo tiene sentido cuando modifica nuestra manera de estar en la vida.

De poco sirve haber leído a los grandes filósofos si después somos incapaces de escuchar a alguien que piensa distinto. De poco sirve conocer la historia de las tragedias humanas si permanecemos indiferentes al sufrimiento que ocurre a pocos metros de nosotros.

El conocimiento puede convertirse en una herramienta de comprensión, pero también en un escondite. Uno puede refugiarse detrás de los libros para no mirar sus propias miserias, utilizar las ideas como una armadura o convertir la inteligencia en una forma de distancia.

Madre me enseñó, sin formularlo necesariamente de ese modo, que pensar también exige humildad.

Y todavía sigo aprendiendo.

A veces me descubro defendiendo demasiado una idea, respondiendo antes de escuchar, confundiendo la rapidez de una respuesta con la profundidad de un pensamiento. Entonces recuerdo su manera de mirarme, aquella paciencia que no era complacencia y aquella voz que parecía decirme que todavía había algo más que considerar.

No sé si llegué a convertirme en el hombre que ella esperaba. Sospecho que ninguna madre que haya educado verdaderamente a un hijo puede esperar que este termine siendo una obra concluida. Los hijos somos proyectos interminables, borradores que se corrigen a lo largo de los años, libros que nunca llegan a tener una última edición.

Hoy, en el Día de la Madre, no quiero escribir sobre una ausencia como si todo lo que quedara fuera tristeza.

Prefiero escribir sobre una presencia que aprendió a vivir en otro lugar.

Está en mi biblioteca, en los libros subrayados, en las preguntas que me hago mientras camino, en la música que escucho cuando la llovizna convierte la tarde en una habitación melancólica. Está en mi costumbre de buscar conexiones entre las cosas, en mi curiosidad persistente, en esa necesidad de conversar con los muertos a través de sus libros y con los vivos a través de sus contradicciones.

Está, incluso, en mi manera de olvidar algunas fechas mientras conservo intactas ciertas escenas.

Madre me dejó muchas cosas, pero ninguna tan importante como la posibilidad de pensar sin dar por terminado el pensamiento. Me enseñó que una pregunta puede ser una forma de amor, que escuchar también es una manera de cuidar y que la inteligencia, cuando no se acompaña de sensibilidad, corre el riesgo de convertirse en una habitación cerrada.

A veces quisiera volver a sentarme frente a ella, servir dos tazas de café y comenzar una conversación cualquiera. Preguntarle algo absurdo, discutir una idea, contarle una lectura reciente. Escucharla reírse de alguna de mis solemnidades. Dejar que una pregunta suya desacomode todo lo que yo creía haber ordenado.

Le contaría que sigo leyendo. Que todavía escribo. Que continúo buscando respuestas, aunque ahora sé que algunas preguntas merecen acompañarnos durante toda la vida.

Quizá ella me escucharía con esa atención suya, esperaría a que terminara de hablar y después encontraría el modo de señalarme aquello que se me había escapado.

Y yo volvería a sentir esa mezcla de desconcierto y gratitud que producen las personas capaces de enseñarnos sin convertir la enseñanza en una lección.

No sé si existe alguna forma de eternidad. Pero sospecho que una parte de nosotros sobrevive en las preguntas que les dejamos a los demás, en las maneras de mirar que transmitimos, en las palabras que alguien recuerda muchos años después de haberlas escuchado.

Si eso es cierto, Madre sigue aquí.

No como una respuesta definitiva ni como una voz que viene a resolverme la vida, sino como una conversación que continúa en mi interior, incluso cuando no sé muy bien qué decir.

Y si hoy pudiera volver a escucharla una vez más, creo que no le pediría ningún consejo extraordinario. Me alcanzaría con que se sentara cerca, escuchara la música y me preguntara qué estoy leyendo.

Después podríamos hablar durante horas. Y cuando yo creyera haber encontrado la respuesta, seguramente sonreiría y me diría:

—Pensalo un poco más.

Feliz Día de la Madre, Madre.

Gracias por enseñarme que pensar es una aventura, que leer es una forma de ampliar el mundo y que el amor, cuando es verdadero, no necesita tener siempre la última palabra.

A veces le basta con quedarse escuchando.

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