Una noche más que el infinito

03.09.2026

A diario suelo mantener conversaciones que parecen no dejar huella. Charlas que quedan flotando en el aire de la fábrica, de la oficina o del taller como humo de cigarrillo viejo: comentarios sobre el clima, el precio de las cosas, alguna queja mínima contra el cansancio cotidiano. Pero a veces, entre el ruido metálico del trabajo y las horas que se repiten como una condena burocrática, aparece una frase capaz de abrir una grieta en la realidad.

Salíamos del trabajo con Luciano y Bruno. Caminábamos despacio, con esa lentitud de los que ya entregaron el cuerpo durante ocho horas y sólo quieren llegar a casa. Hablábamos de trivialidades. Las mismas cosas que hablan todos los hombres cansados del mundo: horarios, cuentas, alguna noticia absurda, algún chisme menor. Y de pronto, como quien deja caer una bomba en medio de una sobremesa mediocre, Luciano dijo:

—Yo leí "Las mil y una noches". Las leí completas.

La sorpresa fue tenaz, si se le puede dar ese adjetivo a una emoción. Porque hay libros que uno supone imposibles. Libros que existen más como mito que como objeto real. "Las mil y una noches" pertenece a esa categoría: no parece un libro sino un continente. Una arquitectura infinita hecha de relatos que contienen otros relatos que contienen otros relatos, como si la literatura hubiera descubierto demasiado temprano que el universo también funciona así.

Bruno miraba azorado. Yo también. Y entonces, como me pasa siempre que Borges aparece en mi cabeza, cité de memoria un fragmento de "Siete noches". Esa conferencia donde sostiene que el título "Las mil y una noches" es infinitamente superior al inglés "The Arabian Nights". Porque "mil", para nosotros, equivale al infinito. Y agregarle una noche más al infinito es una operación poética perfecta. Un exceso inútil y maravilloso. Una noche robada al tiempo.

Ahí está la verdadera magia de la literatura: en agregarle algo al infinito.

Seguimos hablando. Recordamos historias del libro como quien recuerda sueños propios. Aventuras, califas, mercaderes, islas imposibles, ciudades enterradas bajo la arena, lámparas, ladrones, mujeres condenadas, verdugos y mares que parecían inventados por alguien con fiebre. Todo ocurría mientras caminábamos bajo luces blancas de mercurio y calles grises de Villa Dolores, lejos de Bagdad, lejos de Persia, lejos de cualquier desierto.

Pero por un instante, el desierto estaba ahí.

Después cada uno tomó rumbo a su casa. Yo no pude soltar la conversación. Hay algo profundamente perturbador en descubrir que unas pocas palabras dichas al pasar pueden perseguirte durante horas. Como si la literatura no necesitara grandes escenarios sino apenas tres tipos cansados saliendo del trabajo mientras cae la noche.

Llegué a casa. Entré a mi Santa Santuarium. Ese pequeño laberinto privado hecho de libros, discos, muñecos, papeles y ruinas personales. Busqué "Las mil y una noches" casi con desesperación. El lomo rojo y dorado brillaba como un objeto ceremonial. Lo abrí. Empecé a leerlo otra vez, por enésima vez, como quien vuelve a una ciudad donde ya vivió otras vidas.

Y antes de dormirme pensé en Shahrazad. Pensé en esa mujer condenada a inventar historias para aplazar la muerte. Porque al final toda literatura nace de ahí: del terror al silencio definitivo. Narrar para seguir respirando. Contar para aplazar la oscuridad. Y recordé el poema de Borges. Ese final que siempre me deja la sensación de que alguien me está hablando desde un lugar fuera del tiempo:

"Dicen los árabes que nadie puede

Leer hasta el fin el Libro de las Noches.

Las Noches son el Tiempo, el que no duerme.

Sigue leyendo mientras muere el día

Y Shahrazad te contará tu historia."

Tal vez nunca terminamos de leer "Las mil y una noches" porque en realidad el libro nos está leyendo a nosotros.

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