Realismo capitalista, pasos, pensamientos y meditaciones

Salí a caminar por Villa Dolores como quien sale a comprobar si el mundo sigue ahí o ya lo compraron en cuotas. Eran las seis y algo de la tarde, esa hora transerrana en la que el sol baja despacio, como si también estuviera cansado del capitalismo. El aire olía a pasto regado, a río cercano, a pueblo que todavía no se resigna del todo a convertirse en una marca turística. Yo caminaba sin apuro, con las manos en los bolsillos y Mark Fisher rebotándome en la cabeza como un loop mal masterizado.
Villa Dolores es un lugar extraño para pensar el realismo capitalista. No hay rascacielos ni pantallas LED, pero el sistema llega igual: en forma de cartel de "Se alquila", de jóvenes que sueñan con irse a Córdoba o más lejos, de negocios que bajan la persiana temprano porque ya no conviene seguir abiertos. Fisher decía que nos cuesta imaginar el fin del capitalismo. En estos pueblos, a veces, parece que al capitalismo también le cuesta imaginar su propio futuro. Camina rengueando, como yo por la vereda rota de la avenida San Martín.
Paso frente a un kiosco. Un pibe de no más de veinte años mira el celular con una concentración casi religiosa. No sé qué consume: TikTok, apuestas online o promesas de éxito instantáneo. Nadie habla ya de estructuras ni de sistemas; se habla de actitud. "Tenés que ponerle onda", dicen, como si la onda pagara el alquiler o resolviera la ansiedad de llegar a fin de mes.
Cruzo la plaza Mitre. Dos jubilados juegan al ajedrez con una lentitud hermosa, casi subversiva. Pienso que ahí hay algo profundamente anticapitalista: el tiempo improductivo, el ocio sin rendimiento, la derrota silenciosa del algoritmo. Los observo mover las piezas y me parece estar viendo una pequeña insurrección contra la urgencia.
Sigo caminando y el cuerpo entra en piloto automático. La cabeza no. Pienso en los futuros que nos prometieron y nunca llegaron. En las casas bajas, prolijas, con rejas y alarmas. Todo protegido. Todo cerrado. Todo individual. Incluso la tranquilidad parece haberse privatizado.
El pueblo es calmo, sí. Pero es una calma frágil. Una calma sostenida por la costumbre de no preguntar demasiado. El capitalismo tiene una habilidad extraordinaria: absorber cualquier crítica y devolverla convertida en mercancía. Acá se vende desconexión digital, retiros espirituales, yoga al atardecer. Descansar para volver a producir mejor.
Doblo por una calle menos transitada. Un perro me sigue media cuadra. No espera nada de mí. Yo tampoco de él. Hay algo honesto en esa indiferencia compartida. Pienso entonces en la salud mental, en el cansancio acumulado, en esa tristeza difusa que solemos vivir como un fracaso personal cuando quizá sea otra cosa.
Villa Dolores no grita. Susurra. Susurra agotamiento, resignación, pequeñas fugas. Personas que hacen lo que pueden. Personas que siguen.
Llego al río. O a lo que en esta época del año se parece más a una acequia que a un río. Me siento un rato. El agua corre sin saber nada de teorías, sin LinkedIn, sin coaching ontológico, sin objetivos trimestrales.
Y ahí Fisher se vuelve más claro que nunca. No se trata de nostalgia. Se trata de duelo. De reconocer que nos quitaron algo: cierta idea del futuro, cierta confianza en la imaginación colectiva, cierta capacidad de desear algo distinto.
El agua sigue corriendo. Yo sigo sentado.
Después me levanto y emprendo el regreso. No resolví nada, por supuesto. El capitalismo sigue ahí. Villa Dolores también. Yo vuelvo con mis pensamientos y Fisher como compañero invisible.
Pero durante un rato, mientras caminaba sin destino, el sistema perdió.
No porque se haya derrumbado. No porque una revolución estuviera a la vuelta de la esquina.
Perdió porque no logró colonizar del todo ese pensamiento errante, esa caminata sin objetivo, esa atención puesta en cosas que no producen nada. Perdió porque esta crónica no vende nada.
Y eso, aunque parezca poco, ya es algo.