La conjura de los necios ya ocurrió. Ignatius J. Reilly ganó la batalla cultural

Empecé a releer La conjura de los necios una noche fría y rara en Villa Dolores. Debido a que en YouTube Marcelo Longobardi había hablado de la novela como quien comenta una autopsia cultural. Y pensé en algunos libros que uno lee. En libros que te esperan durante años para aparecer justo cuando el mundo empieza a parecer un enorme manicomio administrado por especialistas en marketing.
Longobardi hablaba con ese tono suyo —mitad profesor cansado, mitad gerente de banco que leyó demasiados editoriales de política internacional— y cometía un error menor: simplificar la historia de la madre de John Kennedy Toole, esa mujer obstinada que pasó años empujando el manuscrito hasta lograr que lo leyera Walker Percy. Pero el error era irrelevante. Porque lo verdaderamente importante no era el dato exacto sino la intuición: seguimos viviendo dentro de la novela.
Y ahí aparece algo fascinante sobre Longobardi. Porque más allá de que uno coincida o no con él, representa una especie periodística en extinción: el periodista culto de vieja escuela. Un tipo formado leyendo diarios de papel, historia, literatura, política internacional. Conservador en muchos aspectos, liberal en otros, obsesionado con el análisis racional, enemigo del griterío berreta de la televisión contemporánea. Habla como alguien que todavía cree que las palabras tienen peso específico.
A veces su tono puede resultar elitista. Incluso arrogante. Como si observara la decadencia argentina desde una ventana insonorizada con whisky caro y columnas del "Financial Times". Pero justamente ahí está parte de su atractivo y también de su contradicción: Longobardi parece un hombre permanentemente incómodo dentro de la época que le tocó narrar.
Y eso lo conecta involuntariamente con Ignatius J. Reilly.
Porque La conjura de los necios no habla solamente de un excéntrico gordo medievalista perdido en Nueva Orleans. Habla de lo que ocurre cuando una inteligencia hipertrofiada choca contra un mundo organizado por imbéciles funcionales.
Ignatius ya ganó.
Uno mira alrededor y ahí están todos: los indignados seriales, los especialistas en opinar de todo sin leer nada, los moralistas de redes sociales, los vendedores de espiritualidad exprés, los libertarios motivacionales, los revolucionarios de streaming financiados por publicidad de criptomonedas. Los que se creen inteligentes y nunca oyeron de la Escala de Inteligencia de Wechsler. Los que se creen cultos y nunca invierten en un libro.
La diferencia es que Ignatius al menos era gracioso.
Hoy la neurosis viene sin humor. Sin literatura. Sin autoconciencia.
En la novela todavía existía el absurdo humano; ahora existe el algoritmo. Y pensé entonces en Kennedy Toole. En ese tipo destruido lentamente por el rechazo editorial. Incapaz de encontrar un lugar para una obra maestra dentro de un mercado mediocre. Hay algo brutalmente argentino en eso. Acá también estamos llenos de escritores extraordinarios leyendo en bares vacíos mientras un influencer financiero explica la existencia citando frases falsas de Friedrich Nietzsche sacadas de TikTok.
La madre de Kennedy Toole —Thelma— hizo algo que hoy parece imposible: creyó en la obra de otro más de lo que el propio autor podía creer en sí mismo. Militó la literatura como si fuera una causa perdida. Y quizás ahí está el verdadero centro de todo esto.
No la sátira. No el grotesco. No Nueva Orleans.
Sino la sospecha terrible de que la cultura contemporánea dejó de producir lectores para empezar a fabricar consumidores de opinión.
Miro alrededor y veo exactamente eso. Tipos que jamás leyeron a Dostoievski hablando de la condición humana. Gente que nunca abrió a Borges explicando la realidad argentina en podcasts de dos horas. Políticos que no entienden ni la historia mínima del país que gobiernan. Y periodistas intentando sobrevivir entre panelistas que confunden información con escándalo.
Quizás por eso Longobardi hablaba de "La conjura de los necios" con cierta melancolía involuntaria. Como si reconociera que el libro ya no es una exageración humorística sino un documental espiritual de nuestra época.
Y hay noches —sobre todo las noches húmedas y frias de Traslasierra, cuando el insomnio huele a café recalentado y bibliotecas viejas— donde uno sospecha algo todavía peor: que todos llevamos un pequeño Ignatius adentro. Uno que desprecia el mundo contemporáneo pero tampoco sabe cómo vivir fuera de él