Invasión: cuando Buenos Aires se convirtió en Aquilea

03.09.2026

La película de Hugo Santiago, escrita junto a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, convirtió una ciudad reconocible en el escenario de una guerra secreta. Una película extraña, seca y luminosa que todavía parece estar hablándonos.

Me refiero a Invasión, estrenada en 1969.Uno puede entrar en ella esperando una historia de ciencia ficción, una película policial o quizás una de esas viejas fantasías sobre invasores que llegan desde algún lugar desconocido. Pero muy pronto descubre que acá no vienen del espacio. No hay naves, ni monstruos, ni rayos de colores.

Los invasores llegan caminando. Usan gabardinas. Se mezclan con la gente. Y nadie parece demasiado preocupado.

La ciudad se llama Aquilea, pero cualquiera que conozca Buenos Aires puede reconocerla detrás de ese nombre inventado. Las calles, los bares, las estaciones, las esquinas, los suburbios. Una ciudad cotidiana que de pronto se vuelve ligeramente ajena, como si durante la noche alguien hubiera cambiado algo que no sabemos identificar.

Y ahí está uno de los grandes hallazgos de la película: el mundo no cambia demasiado para que cambie todo.

Los habitantes siguen haciendo su vida. Caminan, conversan, trabajan, toman algo en un bar. Mientras tanto, unos hombres van instalando silenciosamente una maquinaria destinada a conquistar la ciudad.

La invasión no empieza con una explosión. Empieza con la indiferencia.

Ese detalle hace que la película resulte todavía más inquietante con el paso del tiempo. Porque el verdadero enemigo no parece ser solamente quien invade, sino también esa capacidad humana de mirar hacia otro lado mientras algo fundamental está desapareciendo.


Una película escrita por Borges

Detrás de Invasión había una combinación extraordinaria.

Hugo Santiago dirigió la película y escribió el guion junto a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Y eso se siente.

Hay algo profundamente borgiano en Aquilea: una ciudad que parece real y al mismo tiempo pertenece a un sueño; personajes que conocen apenas una parte de lo que está sucediendo; códigos secretos; destinos que parecen estar escritos de antemano.

Pero también hay algo de policial clásico, de cine negro y de relato de aventuras.

Los hombres que resisten saben que probablemente van a perder.

Y, sin embargo, resisten.

Quizás porque en Invasión la victoria nunca fue realmente el objetivo.


Los hombres que sabían

Entre ellos está el personaje interpretado por Lautaro Murúa, uno de esos rostros que parecen pertenecer naturalmente al cine argentino de aquella época.

La película tiene una particularidad extraña: sus protagonistas no parecen héroes convencionales. No tienen superpoderes. No son invencibles. No poseen la seguridad de quienes saben que al final de la película salvarán el mundo.

Son hombres comunes enfrentados a algo que los supera. Y justamente por eso resultan más humanos. La resistencia aparece entonces como una decisión íntima: hacer lo que corresponde aunque nadie pueda garantizar que servirá para algo.


Aquilea está demasiado cerca

Quizás por eso Invasión resulta tan difícil de olvidar. Porque Aquilea no parece una ciudad fantástica. Parece nuestra ciudad. Y los invasores tampoco parecen criaturas extraordinarias. Son hombres perfectamente reconocibles, capaces de caminar entre nosotros sin llamar demasiado la atención.

La película fue realizada en un momento particularmente convulsionado de la Argentina. Vista desde hoy, inevitablemente adquiere nuevas resonancias políticas, aunque reducirla a una alegoría concreta sería quitarle parte de su misterio.

Invasión es más grande que una sola interpretación.

Puede ser una historia sobre la resistencia. Sobre el miedo. Sobre la pérdida de una ciudad. Sobre la violencia política. Sobre la memoria. O sobre algo todavía más elemental: qué hacemos cuando comprendemos que nuestro mundo está cambiando y decidimos no mirar.


Una película que no se parece a ninguna otra

Hay algo fascinante en volver a esas películas argentinas de los años sesenta y descubrir que algunas de ellas parecían estar filmando el futuro sin saberlo.

Invasión tiene esa cualidad.

Blanco y negro. Calles casi vacías. Personajes que hablan con una gravedad extraña. Sombras. Silencios. Una ciudad reconocible convertida en territorio de conspiraciones.

Y detrás de todo eso, la mirada de Hugo Santiago y la fotografía de Ricardo Aronovich, que transforma Buenos Aires en una ciudad al mismo tiempo familiar y desconocida.

La fotografía no necesita grandes efectos para producir inquietud.

Le alcanza una esquina. Una calle. Un rostro. Una puerta. Una mirada que dura un segundo más de lo necesario. Y de pronto estamos dentro de Aquilea.


Cuando el cine se adelanta al miedo

Esta película se adelantó completamente a su época.

Quizás porque habla de una invasión que no necesita anunciarse. Quizás porque entiende que una ciudad puede ser conquistada mucho antes de que sus habitantes sepan que están en guerra. O quizás porque nos recuerda algo incómodo: que la resistencia no siempre comienza cuando aparecen los héroes.

A veces comienza mucho antes.

En el momento exacto en que alguien decide que todavía vale la pena defender aquello que los demás ya dejaron de mirar. Y Aquilea, con sus calles silenciosas y sus hombres de gabardina, sigue ahí. Esperando. Como si la película no hubiera terminado nunca.

El cineasta Hugo Santiago, el director de fotografía Ricardo Aronovich, Jorge Luis Borges y el tremendo actor Lautaro Murúa tras bambalinas en un descanso de la filmación de la pelicula Invasión (1969).

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