Domingo de tubo y derrota

02.09.2026

Domingo de tubo y derrota

El domingo caía como una resaca lenta sobre Villa Dolores. No había urgencias, no había futuro: sólo el zumbido eléctrico de la siesta y el televisor como un altar doméstico donde se rendía culto a la ficción.

Afuera, el calor se pegaba a las paredes como un animal cansado. Adentro, la familia orbitaba alrededor de la pantalla, ese ojo hipnótico que conectaba Traslasierra con un mundo que parecía más grande de lo que realmente era.

El aparato —un Motorola BGH, un Noblex, quién sabe— vibraba en una frecuencia medio fantasmal, como si cada imagen hubiera tenido que atravesar montañas, cabras y silencios antes de llegar hasta nosotros.

Y ahí estaba. "Mi primera novia". En domingos de cine por canal 12.

O tal vez era otro ciclo de cine. En el interior las grillas de televisión se mezclaban como sueños mal recordados. Lo importante no era el nombre del programa. Lo importante era que empezaba la película.

En la pantalla Palito Ortega, con esa sonrisa de chico bueno que parecía no haber conocido nunca la derrota.

Ahí estaba Evangelina Salazar, luminosa, casi irreal, como si la cámara la hubiera inventado para enseñarnos qué era el amor.

Y ahí, como un infiltrado del mundo, Dean Reed: ese yanqui raro, millonario, que había decidido perderse en el sur.

Pero lo que pasaba en la pantalla no era solamente una historia. Era otra cosa. Una pedagogía sentimental en colores saturados. Era aprender a querer mirando, en silencio, mientras el ventilador giraba como una hélice cansada que no llevaba a ninguna parte.

Yo —o ese otro yo que fui— no entendía del todo la trama. No importaba.

Lo importante era ese gesto mínimo: él dejándola, ella mirándolo irse, el amor como una despedida inevitable.

Todo eso se colaba entre los muebles, entre las voces bajas de los adultos, entre el tintinear de una cuchara en un vaso con soda.

Y de golpe la película se volvía más real que el pueblo. Traslasierra desaparecía. París estaba más cerca que la plaza. El mundo entraba por la antena como una invasión silenciosa. Y uno creía —de verdad creía— que la vida iba a ser así: intensa, melodramática, musicalizada por destinos inevitables. Hasta que venía el corte. La publicidad. El ruido. El regreso. El living volvía a ser un living. El calor seguía ahí, intacto. Nadie decía nada. Porque nadie sabía explicar ese pequeño desgarro: el de haber visto algo que no nos pertenecía pero que, de algún modo, nos había marcado para siempre.

Mucho después entendí que aquellas tardes no eran inocentes.

Había una formación ahí. Una educación sentimental hecha de celuloide y estática.

En cada domingo de televisión había una promesa y una trampa: la de creer que el amor era como en las películas y que el mundo, algún día, nos iba a quedar grande.

Pero esa tarde no.

Esa tarde el mundo cabía entero en un televisor de esos culones, en un suspiro de Palito Ortega, en una mirada de Evangelina Salazar. Y nosotros, sin saberlo, éramos felices en ese engaño perfecto.

Esa fue la puñalada. No el beso. No la despedida. La elección. Porque en esos días pegajosos de Villa Dolores uno todavía creía —como un ingenuo profesional— que el amor iba a ganar. Que el pibe noble de Palito Ortega iba a torcer el destino con una canción, con una mirada, con esa forma casi infantil de insistir en lo imposible. Pero no.

Ella se iba con el otro. Con Dean Reed. Con el millonario. Con el extranjero. Con el tipo que tenía todo lo que en aquel living de domingo no existía: plata, mundo, promesa de futuro. Y ahí se quebraba algo. No en la pantalla. En uno. No era solamente la historia. Era la revelación brutal de que el amor no siempre alcanza. Que hay fuerzas más pesadas —el dinero, la seguridad, el destino armado desde arriba— que empujan a la gente a elegir distinto de lo que siente.

Y el pibe —ese Palito Ortega medio desamparado— quedaba ahí, mirando cómo se le iba la vida en cámara lenta. Sin escándalo. Sin heroísmo. Apenas con una tristeza digna.

Que era peor. En el sillón, nadie decía nada. Pero todos lo sentían. Esa incomodidad espesa. Ese silencio que no era silencio, sino comprensión. Ah. Entonces la cosa era así.

No había justicia narrativa en la vida real. No había final feliz garantizado. A veces, la chica se casa con el millonario. Y vos te quedás. Con el ventilador girando. Con el calor.

Con la tarde que se apaga. Y con esa tristeza rara —mezcla de celos, derrota y aprendizaje— que todavía no sabías nombrar, pero que te iba a acompañar muchos años más. Porque aquella escena no terminaba cuando aparecían los títulos.

Terminaba después.

Cuando apagaban la tele. Cuando la pantalla se hacía negra. Cuando Traslasierra volvía a ser el único mundo posible. Y uno descubría, sin saber todavía que lo estaba descubriendo, que había aprendido una de las primeras reglas del amor: a veces no gana el que ama.

Y entonces el domingo seguía. El ventilador seguía girando. Y el tubo, todavía caliente, guardaba por un rato la última imagen de un mundo que ya no existía. 

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