Ryuk uno de los guardianes de mi Santa Santuarium

12.05.2026

Hay gente que decora la casa con plantas.

Otros con fotos familiares, velas aromáticas o frases motivacionales escritas en madera barata.

Yo tengo a Ryuk sentado y apoyado sobre una de los muebles de la biblioteca como un pequeño dios degenerado mirando el mundo con ojos amarillos de insomnio.

Lo observo mientras afuera Villa Dolores se acomoda lentamente en esa hora ambigua donde la tarde parece cansarse de existir. El peluche sonríe con esa mueca torcida de criatura que ya vio demasiado. Y quizá por eso me cae bien. Porque Ryuk no cree en la moral. Cree en el espectáculo. Hay algo profundamente honesto en los monstruos ficticios: no disimulan. Los humanos sí.

Ryuk, en cambio, jamás oculta que disfruta mirando cómo la gente se destruye sola. Se sienta, mastica una manzana imaginaria y contempla el derrumbe humano como quien mira una serie mediocre que, aun así, no puede dejar de ver. Y mientras lo miro sobre la biblioteca de mi Santa Santuarium, rodeado de libros, papeles, revistas viejas y objetos frikis acumulados como ruinas emocionales de distintas versiones de mí mismo, pienso que quizás todos vivimos acompañados por alguna clase de shinigami invisible.

Algunos lo llaman ansiedad. Otros resentimiento. Otros nostalgia.

Cada uno carga su propia libreta de nombres secretos.

La casa está en silencio. Apenas el ruido lejano de un perro, una moto pasando despacio, el viento golpeando alguna chapa perdida del barrio. Y ahí está Ryuk, inmóvil, como un centinela absurdo custodiando este pequeño archivo de obsesiones que fui construyendo con los años. Porque eso termina siendo una casa cuando uno envejece: una autobiografía desordenada.

Cada libro acomoda una época. Cada objeto conserva una derrota. Cada rincón guarda conversaciones que ya no existen.

Pienso en los que entrarían acá y dirían: —Qué quilombo.

O peor: —Ya está grande para esas cosas.

Y sin embargo sospecho que el verdadero envejecimiento empieza cuando alguien deja de convivir con aquello que ama solamente porque otros lo consideran ridículo.

Hay una tristeza enorme en volverse respetable.

Ryuk parece entenderlo. Tiene esa sonrisa de criatura que sabe que el mundo humano funciona alrededor de apariencias miserables: fingir madurez, fingir estabilidad, fingir cordura mientras todos escriben nombres invisibles en cuadernos invisibles deseando pequeñas muertes cotidianas. El fracaso ajeno. La caída del otro. El rumor. La cancelación íntima del vecino, del amigo, del desconocido en redes.

Death Note nunca trató realmente sobre poderes sobrenaturales. Trató sobre algo mucho más humano y más oscuro: la tentación de sentirse dios por un instante.

Por eso funciona. Porque todos alguna vez quisimos decidir quién merece quedarse y quién no. Aunque sea en silencio. Aunque sea dentro de la cabeza.

Ryuk sigue sentado ahí mientras anochece lentamente sobre Traslasierra.

Los libros observan. La casa respira. Y yo entiendo algo incómodo: quizás los monstruos ficticios nos acompañan porque son menos aterradores que ciertas personas reales.

Al menos Ryuk no miente sobre lo que es.

Nota al pie

Ryuk, el shinigami (dios de la muerte) del manga y anime Death Note.

Se lo reconoce por el pelo azul oscuro en puntas, la sonrisa filosa, los ojos amarillos y esa expresión entre siniestra y burlona.

Ryuk es el personaje que deja caer la Death Note en el mundo humano y desencadena toda la historia con Light Yagami. Tiene una personalidad bastante cínica y divertida: observa el caos humano casi como si fuera un espectador entretenido. Y además tiene una obsesión legendaria con las manzanas.

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