Tinto Brass: el erotismo como insolencia

05.11.2026

O cuando el cuerpo se convierte en el último territorio de la transgresión.

Crónicas del Desvelo | José Luis Colombini

Tinto Brass era un director que filmaba obsesiones, no solo historias. Su cámara tenía una debilidad bastante menos solemne que la de los grandes autores consagrados: el cuerpo humano, el deseo, la provocación y esa vieja costumbre de incomodar a quienes prefieren que la realidad permanezca convenientemente vestida.

A los 93 años, se despide uno de los cineastas más controvertidos del cine italiano. Y aunque su nombre suele aparecer asociado al erotismo, reducir su obra a una cuestión de desnudos sería una manera bastante perezosa de mirar su cinematografía.

Brass hizo del erotismo una marca de autor. Una estética, una obsesión y, en cierta medida, una declaración de principios. Su cine transitó por ese territorio donde el deseo se encuentra con el poder, donde la moral se vuelve sospechosa y donde la mirada del espectador deja de ser inocente.

Su película Calígula (1979), aunque atravesada por conflictos de producción y decisiones ajenas a su control artístico, terminó convirtiéndose en una de las obras más escandalosas de la historia del cine. También están "Salón Kitty", "La llave" y "Paprika", películas que consolidaron un universo cinematográfico donde la sexualidad nunca fue un asunto demasiado discreto.

Pero hay algo más interesante detrás de aquella insistencia.

La sociedad suele tolerar bastante bien la violencia cuando aparece envuelta en uniformes, banderas, discursos patrióticos o música épica. En cambio, el cuerpo desnudo todavía consigue despertar una indignación casi institucional. Podemos contemplar guerras durante el almuerzo, pero una escena erótica sigue siendo capaz de convocar censores, tribunales y guardianes de las buenas costumbres.

Quizás allí reside una de las contradicciones que Brass supo explotar. No necesariamente fue un revolucionario ni cada una de sus películas puede defenderse desde una perspectiva feminista o emancipadora. Su cine también merece ser discutido, cuestionado y revisado. La transgresión no garantiza profundidad artística, del mismo modo que escandalizar no equivale automáticamente a pensar.

Sin embargo, consiguió instalar una discusión que el cine nunca terminó de resolver: ¿quién tiene derecho a mirar?, ¿quién decide qué puede mostrarse?, ¿dónde termina el arte y comienza la explotación?, ¿por qué el deseo continúa siendo un territorio tan vigilado?

En tiempos donde todo parece tener que ajustarse a una corrección previamente certificada, recordar a Brass también significa recordar que el arte tiene derecho a incomodar. Incluso a equivocarse. Incluso a resultar excesivo. Porque la transgresión, cuando es auténtica, no viene a pedir permiso. Y acaso esa sea la última insolencia de Tinto Brass: haber dedicado buena parte de su vida a recordarnos que debajo de los trajes, las instituciones, los discursos morales y las respetables apariencias sigue existiendo un animal humano que desea, fantasea, mira y se contradice.

El problema nunca fue solamente el desnudo. El problema siempre fue lo que ese desnudo dejaba al descubierto.

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