Perséfone vuelve en primavera


Hoy 21 de septiembre es una época del año en que la tierra parece recordar.
No sé si es la primavera o somos nosotros los que, después de atravesar nuestro pequeño invierno personal, comenzamos a mirar otra vez hacia afuera. Aparecen los brotes, las flores, los insectos que parecían haber firmado su renuncia definitiva y esa luz distinta que entra por las ventanas como si alguien hubiera movido unos centímetros el mundo.
Los griegos ya habían imaginado esta historia.
Perséfone, hija de Deméter, fue llevada al inframundo por Hades. Su madre, desesperada, dejó de hacer crecer la tierra. Los campos se secaron, las cosechas desaparecieron y el mundo quedó suspendido en una especie de invierno interminable. Entonces llegó el pacto.
Perséfone podría regresar al mundo de los vivos durante una parte del año, pero había comido los granos de una granada en el reino de los muertos. Y quien prueba el alimento del inframundo ya no puede regresar completamente.
Por eso vuelve. Pero vuelve siempre con una parte de sí misma allá abajo.
Quizás ahí esté la verdadera belleza del mito. Porque la primavera no consiste en olvidar el invierno. Consiste en haberlo atravesado. Perséfone no regresa intacta. Regresa sabiendo algo que quienes nunca descendieron no pueden saber: que debajo de las flores existe la oscuridad, que debajo de la tierra hay raíces, que toda celebración contiene secretamente una despedida. Cada primavera, entonces, Perséfone vuelve a caminar entre nosotros. Y uno puede imaginarla pasando inadvertida por una calle cualquiera, con un vestido liviano, mirando los árboles, tocando las primeras flores como quien comprueba que todavía existen.
Quizás se detenga frente a una casa. Quizás escuche una canción. Quizás recuerde a alguien. Porque también nosotros tenemos nuestros inframundos. Habitaciones que ya no abrimos. Personas que se fueron. Versiones de nosotros mismos que quedaron enterradas en alguna década. Amores que tuvieron su primavera y después se convirtieron en fotografías. Libros que alguna vez nos salvaron. Canciones que todavía saben exactamente dónde tocar. Y sin embargo, un día, algo vuelve a florecer. No necesariamente afuera. A veces ocurre adentro. Una frase que aparece después de meses sin escribir. Un deseo que creíamos muerto. Una canción que vuelve a sonar. El cuerpo que vuelve a tener ganas de caminar. Una conversación inesperada. La necesidad absurda y maravillosa de comenzar algo. Eso también es Perséfone. La primavera no promete que nada volverá a morir. Al contrario. Nos recuerda que todo muere. Y precisamente por eso, todo regreso tiene una belleza feroz.
Los antiguos griegos no necesitaban inventar la primavera para explicar las flores. Necesitaban un mito para explicar nuestra propia contradicción: queremos regresar, pero nunca regresamos siendo los mismos.
Perséfone vuelve cada año. Pero el mundo al que regresa tampoco es exactamente el mismo. Quizás ahí reside el secreto. La primavera no es el regreso de lo perdido. Es la aparición de algo nuevo sobre las ruinas de aquello que fuimos. Por eso hoy, cuando el invierno empieza a retirarse y la luz se queda un poco más sobre las cosas, pienso en Perséfone.
Pienso en esa muchacha que sube desde el reino de las sombras con algunas semillas de granada todavía en la memoria. Y pienso que tal vez todos llevamos una pequeña granada dentro.
Un puñado de oscuridad. Un lugar del que nadie sabe demasiado. Y también una primavera esperando su turno. Porque quizá vivir sea eso: bajar alguna vez al inframundo, sobrevivir a la oscuridad y, cuando llegue el momento, tener todavía algo dentro que quiera volver a florecer.
