Murakami: encontrarme en el laberinto

He leído dieciséis libros de Haruki Murakami. La culpable de esta obsesión tiene nombre: mi hija Vicky, fanática de Murakami desde mucho antes que yo. Gracias a ella descubrí un universo del que ya no pude salir.
Comparto aquí mis cinco favoritos, aunque antes quiero hacer una mención especial a un sexto libro.
Si te gusta Murakami —o simplemente disfrutás correr—, tenés que leer De qué hablo cuando hablo de correr. Es una obra hermosa que permite entender mejor al escritor: su disciplina, sus obsesiones, su manera de mirar el mundo y, en definitiva, buena parte de la cocina de sus novelas.
Pero hay algo más. En ese libro, Murakami habla de la escritura, del estilo y de la necesidad de encontrar una voz propia. En algún momento de esa búsqueda aparece una idea que me quedó dando vueltas: para descubrir una forma especial de contar, hay que escudriñar lo que hay en uno mismo, en lugar de seguir acumulando cosas.
Me interesa esa idea. A lo largo de la vida vamos incorporando lecturas, experiencias, conocimientos, voces ajenas. Construimos una biblioteca interior que, a veces, termina por ocultar aquello que estábamos buscando. Quizá escribir también consista en aprender a desprenderse. En quitar, en lugar de agregar. En encontrar, debajo de todas esas voces que nos habitan, la que verdaderamente nos pertenece.
No sé si Murakami me enseñó algo de eso. Lo que sí sé es que leerlo me produce una alegría particular. Una especie de reconocimiento. Como si, entre sus mundos extraños, sus personajes solitarios y sus silencios, encontrara algo que ya estaba en mí, esperando ser descubierto.
Y tal vez de eso se trate también el amor por ciertos libros: no de lo que nos agregan, sino de lo que despiertan.
Puesto 5: Tokio Blues (Norwegian Wood)
Fue la puerta de entrada a Murakami. Todavía recuerdo cuánto extrañé a Watanabe cuando terminé la novela y todo lo que me hizo reír Tropa de Asalto, uno de esos personajes que permanecen mucho tiempo con el lector.
Esta novela al terminarla no la dejas sobre el escritorio continúa caminando con nosotros.
Puesto 4: Al sur de la frontera, al oeste del sol
Es el libro que más recomiendo a quienes me preguntan por dónde empezar a leer a Murakami. Es breve, claro, melancólico y reúne muchas de las virtudes que hacen único al autor.
Hay algo en su manera de hablar del amor, de la ausencia y de las vidas que pudieron haber sido que me resulta profundamente conmovedor. Murakami tiene esa capacidad de convertir una historia aparentemente sencilla en una pregunta que nos acompaña mucho después de haberla leído.
Puesto 3 (empate): Los años de peregrinación del chico sin color y Baila, baila, baila
No pude elegir uno solo.
Los años de peregrinación del chico sin color es una novela profundamente emotiva sobre la identidad, la pérdida y la amistad. Una historia que nos recuerda que, a veces, las heridas más profundas son aquellas que no terminamos de comprender.
Baila, baila, baila, en cambio, cierra de manera extraordinaria la saga del Ratón y contiene algunas de las páginas más hipnóticas que escribió Murakami. Es una novela que avanza como una música extraña, envolvente, de esas que uno no sabe muy bien cómo explicar, pero que necesita volver a escuchar.
Puesto 2: Kafka en la orilla
Si alguien me pidiera una novela que condensara el universo de Murakami, probablemente elegiría esta.
Bibliotecas que parecen tener vida propia, gatos que hablan, sueños, música y una realidad que se desliza hacia lo fantástico con absoluta naturalidad. Es una novela imprescindible.
Pero también es una de esas historias que nos obligan a abandonar la necesidad de entenderlo todo. Hay libros que funcionan como mapas; otros, como laberintos. Kafka en la orilla es de estos últimos. Y uno acepta perderse porque sospecha que, en algún momento, ese extravío también puede conducirnos a nosotros mismos.
Puesto 1: El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas
Mi favorita entre las dieciséis que he leído.
No podría explicar con argumentos por qué ocupa el primer lugar. A veces los mejores libros escapan a cualquier justificación. Solo puedo recordar la sensación que tuve al cerrar la última página: esa mezcla de asombro, melancolía y gratitud que muy pocas novelas consiguen despertar. Quizá por eso me gusta tanto Murakami. Porque sus libros me llevan a lugares que no conozco, pero en los que, de alguna manera, reconozco algo propio. Porque sus historias me permiten explorar ese territorio extraño que somos, ese mundo interior donde conviven recuerdos, deseos, pérdidas y preguntas que nunca terminamos de responder.
Y porque, después de dieciséis libros, sigo teniendo la misma sensación: la de haber encontrado algo que no sabía que estaba buscando.
A veces, enamorarse de un escritor es eso. Descubrir que, detrás de una historia ajena, había algo nuestro esperando ser contado.