México, aquella vez que descubrí que los muertos también tenían su fiesta

01.11.2026

Una memoria de infancia, flores de cempasúchil, calaveras y el sabor inolvidable del pan de muerto.

Mis recuerdos de la infancia sobreviven de una manera bastante caprichosa. Puedo olvidar nombres, fechas, rostros y hasta el recorrido de una calle por la que pase cientos de veces, pero conservo intacto el olor de una comida, el color de una vidriera o la impresión que me produjo descubrir algo por primera vez. La memoria tiene sus propias reglas y, por lo general, no consulta con nosotros qué vale la pena guardar.

Pasé mi infancia en distintos lugares, distintas ciudades y hasta distintos países. A finales de los años setenta, cuando viví con mi familia en México, tuve uno de esos descubrimientos que todavía hoy me acompañan.

Era un chico y, como tantos chicos, creía que el mundo era más o menos parecido al pequeño universo que me rodeaba. La muerte, por entonces, tenía para mí una única representación: cementerios, tristeza, adultos hablando en voz baja y fotografías familiares que adquirían otro significado cuando alguien ya no estaba.

Pero México tenía otra manera de relacionarse con ella.

Recuerdo aquellos días en Durango y la sorpresa de encontrarme con una celebración que parecía contradecir todo lo que yo había aprendido sobre la muerte. Había calaveras, esqueletos sonrientes, flores de colores intensos, altares, velas, música y una cantidad de dulces y panes que parecían anunciar una fiesta antes que una ceremonia de despedida.

La muerte estaba por todas partes, pero no parecía provocar necesariamente tristeza. Tenía permiso para salir a la calle, ocupar las mesas, instalarse en las casas y convertirse en protagonista de una celebración popular.

Aquello me resultaba extraño. Y justamente por eso me fascinaba.

México celebraba a sus muertos. No los escondía ni los apartaba de la conversación. Les preparaba altares, les reservaba un lugar en la mesa, colocaba fotografías, encendía velas y ofrecía alimentos. Era como si durante unos días el tiempo pudiera desandar sus propios pasos y permitir que quienes se habían marchado regresaran a visitar a los suyos.

Muchos años después comprendí que estaba frente a una de las expresiones culturales más singulares de México: el Día de Muertos.

La celebración tiene lugar principalmente el 1 y el 2 de noviembre, aunque sus preparativos comienzan mucho antes y sus manifestaciones cambian de una región a otra. Su historia es el resultado de un encuentro complejo entre antiguas ceremonias indígenas dedicadas a los difuntos y las festividades católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, introducidas durante la conquista española.

No es una tradición inmóvil ni una ceremonia que haya permanecido intacta desde tiempos prehispánicos. Es una construcción cultural de siglos, una combinación de creencias, rituales y costumbres que cada comunidad fue haciendo propia.

Y eso es precisamente lo que me interesa: la manera en que un pueblo puede convertir la memoria en una celebración colectiva.

Los altares son uno de sus elementos centrales. Allí aparecen las fotografías de los familiares fallecidos, las veladoras, el copal, las frutas, las bebidas, los objetos personales y aquellos alimentos que disfrutaban en vida. Las flores de cempasúchil, con ese anaranjado intenso que parece encenderse desde adentro, construyen caminos simbólicos para orientar a las almas en su regreso. El papel picado agrega movimiento y color. Cada objeto tiene una razón de ser, una historia, una relación con quienes ya no están.

Hay algo profundamente humano en esa costumbre. Nadie prepara una ofrenda para un desconocido. La prepara para alguien cuyo rostro conserva, alguien que todavía tiene un lugar en su memoria y al que, de alguna manera, sigue esperando.

Pero México no tiene una sola manera de celebrar a sus muertos.

En Michoacán, especialmente en la región del lago de Pátzcuaro y en la isla de Janitzio, las familias se reúnen en los cementerios durante la noche. Las tumbas se cubren de flores y veladoras, mientras las embarcaciones atraviesan las aguas oscuras del lago. Las pequeñas llamas dibujan una geografía luminosa que parece salida de una película de otro tiempo.

En Oaxaca, las calles se llenan de comparsas, música, máscaras y celebraciones populares. Las bandas recorren los barrios y los altares adquieren dimensiones extraordinarias. Allí la muerte parece tener una banda sonora propia.

En Mixquic, al sureste de Ciudad de México, se realiza La Alumbrada, una ceremonia en la que miles de velas iluminan el cementerio. Las familias permanecen junto a las tumbas, acompañando a sus difuntos durante la noche.

En Yucatán, la tradición recibe el nombre de Hanal Pixán, que en lengua maya significa comida de las almas. Allí se prepara el mucbipollo o pib, una especie de gran tamal que tradicionalmente se cocina bajo tierra y ocupa un lugar especial en las ofrendas.

Y en la Huasteca Potosina aparece el Xantolo, una celebración donde los muertos llegan acompañados de música, danzas y personajes enmascarados. Los huehues recorren las calles, bailan y convierten la muerte en una presencia festiva. En lugares como Tamasopo, la celebración forma parte de una geografía cultural donde la naturaleza, las tradiciones y la memoria se encuentran.

Cada región tiene sus particularidades, pero todas parecen compartir una misma intuición: recordar a los muertos también es una manera de mantenerlos cerca.

Y entonces aparece el pan de muerto.

Hay que detenerse en ese pan. Porque entre todas las imágenes que México dejó en mi memoria de aquellos años, el recuerdo de haberlo probado por primera vez ocupa un lugar especial.

Tiene una forma redonda, una superficie cubierta de azúcar y unas tiras de masa que representan huesos. Algunas recetas incorporan ralladura de naranja, mantequilla, anís o agua de azahar. Su aroma es inconfundible.

No recuerdo si entonces pude comprender el significado de cada uno de sus elementos. Era un chico y, seguramente, mi preocupación estaba bastante más cerca del sabor que de la simbología. Pero recuerdo aquella sorpresa de encontrarme con algo que no había probado antes, algo que formaba parte de una celebración que también me resultaba desconocida.

Con el tiempo supe que aquel pan no era simplemente una especialidad de temporada. Se coloca en los altares como ofrenda para los difuntos y después se comparte entre los vivos. Una manera de reunir simbólicamente a la familia alrededor de una misma mesa.

Tampoco existe una única versión. En algunas regiones se elaboran panes con formas humanas, animales, figuras decoradas y calaveras. Oaxaca tiene sus propias variedades, Michoacán las suyas y cada territorio conserva recetas que forman parte de su identidad.

Me gusta esa relación entre la comida y la memoria. Hay sabores que sobreviven a las personas y terminan convirtiéndose en una forma de evocarlas. Uno puede olvidar una conversación, una fecha o el color de una habitación, pero hay olores que permanecen intactos durante décadas. Quizá por eso la comida ocupa un lugar tan importante en los altares mexicanos.

Pienso en aquel chico de finales de los setenta, descubriendo una cultura que le ofrecía una imagen completamente diferente de la muerte. No sabía entonces que muchos años después seguiría recordando aquellas escenas, ni que esa experiencia terminaría convirtiéndose en una pequeña pieza de su propia biografía.

México me enseñó, sin proponérselo, que la muerte también puede ser objeto de una celebración. Que no necesariamente hay que hablar de ella en voz baja. Que una calavera puede convertirse en una obra de arte, que un cementerio puede llenarse de música y que un pan puede transformarse en una ofrenda para quienes ya no están.

Quizá nuestra cultura occidental haya desarrollado demasiados mecanismos para apartar la muerte de la vida cotidiana. La escondemos, la medicalizamos, la convertimos en un trámite y después procuramos regresar cuanto antes a nuestras obligaciones. Como si detenernos a recordar fuera una forma de desobedecer al mundo.

Los mexicanos, en cambio, parecen haber encontrado otra manera de convivir con esa certeza. No la niegan ni la ignoran. La representan, la dibujan, la cocinan, la bailan y hasta se permiten bromear con ella.

Eso no significa que sufran menos las pérdidas. Extrañan a sus muertos como cualquier otro pueblo. La diferencia está en la manera de construir un ritual alrededor de esa ausencia.

Y pienso que, en definitiva, todos tenemos nuestros propios altares. Algunos están sobre una mesa; otros permanecen en una fotografía, en un libro subrayado, en un disco que ya no escuchamos sin cierta nostalgia o en una receta que alguien nos enseñó y que seguimos preparando.

A veces basta una canción para que alguien vuelva. O el perfume de una comida. O el recuerdo de una tarde que creíamos olvidada.

En 2018 regresé a Durango.

Habían pasado varias décadas desde aquella época en que había vivido allí con mi familia. Volver a una ciudad de la infancia es una experiencia bastante particular. Uno cree que regresa a un lugar, pero en realidad está intentando encontrarse con alguien que ya no existe de la misma manera: uno mismo.

Durante aquella visita fui a mi antigua escuela primaria, la Escuela Carlos Marx, donde había cursado sexto grado.

Me detuve frente a ese edificio que había formado parte de mi historia. Pensé en los pasillos, en las aulas, en los pupitres, en los compañeros cuyos nombres el tiempo fue dejando en algún rincón de la memoria. No sé cuánto había cambiado la escuela ni cuánto de lo que recordaba se correspondía exactamente con aquel lugar. Después de tantos años, los recuerdos también hacen sus propias remodelaciones.

Pero allí estaba yo, muchos años después, frente a una parte de mi infancia.

Hay algo extraño en regresar a una escuela. Uno llega buscando, quizás sin reconocerlo del todo, a aquel chico que alguna vez ocupó un pupitre, caminó por esos pasillos y todavía no tenía demasiadas respuestas sobre el mundo. El edificio puede seguir en pie, las paredes pueden conservar algo de su aspecto original, pero el verdadero viaje ocurre hacia adentro.

No regresaba exactamente a la escuela. Regresaba a una parte de mi propia historia.

Me gusta pensar que la memoria funciona de esa manera. No conserva las cosas como fueron, sino como todavía somos capaces de sentirlas. Hay lugares que permanecen en nosotros aunque hayamos pasado media vida lejos de ellos. Y hay ciudades que, sin importar cuántos kilómetros nos separen, continúan teniendo una habitación reservada en nuestra biografía.

Durango fue una de esas geografías. México también. Por eso, cuando pienso en aquella primera experiencia con el Día de Muertos, no la recuerdo como una anécdota aislada. Forma parte de un territorio mucho más amplio: la infancia, la familia, la escuela, las calles, los descubrimientos culturales y aquellos sabores que se incorporaron a mi memoria sin que yo supiera que algún día volvería a buscarlos.

En 2018 regresé a Durango para encontrarme con una escuela. Quizá, sin saberlo, también estaba buscando a aquel chico que había sido.

Y ahora, cuando pienso en el pan de muerto, en las flores de cempasúchil y en las calaveras que tanto me sorprendieron durante aquellos años, entiendo que México no fue solamente un lugar donde viví durante un tiempo. Fue una experiencia que quedó conmigo.

Uno puede abandonar una ciudad, cruzar fronteras, cambiar de casa y de vida. Pero hay lugares que no terminan de abandonarnos. Algunos regresan convertidos en recuerdos. Otros esperan pacientemente a que volvamos a buscarlos.

Hoy, cuando llega noviembre, vuelven aquellas imágenes: las flores, los altares, las velas, las calaveras y aquel pan cubierto de azúcar. También aparece la imagen de un chico que miraba todo aquello con la curiosidad de quien acaba de descubrir que el mundo es bastante más extraño, diverso y maravilloso de lo que le habían contado.

Quizá por eso sigo recordándolo.

Aquella primera vez que probé el pan de muerto no podía saber que estaba incorporando algo más que un sabor a mi memoria. Estaba descubriendo otra manera de mirar la vida, la ausencia y el paso del tiempo.

Y si algo aprendí de aquella celebración es que los muertos se van, pero no necesariamente se marchan de nuestras vidas.

Después de todo, si alguna vez regresan del más allá, que encuentren la mesa servida, las flores frescas y algo de pan de muerto.

Nadie debería tener que regresar del más allá para encontrarse con la casa vacía.

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