Manuel Mujica Láinez: una biblioteca que sigue viva

12.09.2026

Manuel Mujica Láinez es uno de esos escritores que, con los años, "terminan formando parte de una casa".

Lo miro en los lomos gastados de estos libros, en las distintas ediciones que tengo de sus obras. Algunos tienen las tapas vencidas, otros las páginas amarillentas, alguno conserva todavía las marcas de varias lecturas.

Y quizá ahí esté la mejor manera de homenajearlo: no hablar de él como un escritor del pasado, sino mostrar los libros que todavía están aquí.

Porque Mujica Láinez escribió justamente sobre eso: sobre aquello que permanece cuando el tiempo ya pasó.

Casas que guardan voces. Objetos que recuerdan a quienes los tocaron. Personajes que siguen caminando por habitaciones abandonadas. Ciudades que cambian de rostro mientras, debajo de la ciudad nueva, continúa latiendo la antigua.

En Aquí vivieron, en Misteriosa Buenos Aires, en Bomarzo, convirtió el tiempo en materia literaria. Hizo que los siglos pudieran sentarse a conversar con nosotros.

Y quizás por eso sus libros tienen algo de objeto antiguo: uno los abre y aparece otro mundo.

En sus obras, Buenos Aires no es solamente una ciudad. Es una criatura hecha de palacios, patios, secretos familiares, objetos antiguos, amores condenados y fantasmas que parecen saber más de nosotros que nosotros mismos.

Mujica Láinez tenía el don de mirar lo que desaparecía. Las casas, las familias, las costumbres, los muebles, las conversaciones dichas en voz baja. Todo aquello que alguna vez pareció eterno y que, como suele ocurrir, terminó convertido en recuerdo.

Quizás por eso su literatura tiene algo profundamente melancólico. Pero no es una melancolía triste. Es la fascinación por el tiempo cuando empieza a llevarse las cosas.

En sus relatos, construyó mundos donde la historia y la imaginación se mezclan hasta resultar inseparables. Y en El escarabajo llevó esa mirada al extremo: un pequeño objeto atraviesa siglos y observa a los hombres pasar, enamorarse, traicionarse, morir.

Hay algo hermoso en esa perspectiva.

Nos recuerda que quizá creemos vivir nuestras vidas como protagonistas, cuando en realidad también somos parte del paisaje de otros. Pasamos. Quedan algunas palabras, alguna casa, una fotografía, un objeto, una historia contada muchos años después.

Mujica Láinez escribió sobre ese misterio. Sobre lo que permanece cuando todo parece haberse ido.

Ayer, 11 de septiembre, se cumplieron 116 años de su nacimiento.

Estas fotos son mi manera de decirle gracias.

Por las historias, por el lujo de su imaginación, por esa prosa elegante y a veces venenosa, por sus fantasmas, sus aristócratas, sus viajeros, sus criaturas imposibles y, sobre todo, por haber entendido que la literatura también puede ser una forma de conservar lo que el tiempo insiste en destruir.

Manuel Mujica Láinez murió en 1984. Pero acá está. En los libros. En las páginas.

En la memoria.

Y mientras alguien vuelva a abrirlos, seguirá viviendo.

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