Madrugada

Las madrugadas siempre me encuentran mirando el techo, dando vueltas en la cama, a veces solo, a veces custodiado, otras tantas pensativo.
El insomnio me acompaña desde niño y yo le hago compañía leyendo, escuchando radio, navegando por internet o mirando televisión. Mi madre era un poco así. Aunque ella podía ver televisión, leer y escuchar la radio al mismo tiempo, sin perder el hilo de ninguna de las tres cosas. Una habilidad que siempre me resultó asombrosa.
Hago zapping, pero por lo general termino quedándome en el canal Gourmet, mirando a Donato de Santis, chef milanés y dueño de una particular manera de pronunciar el italiano. Me cautiva observar a un cocinero que alguna vez preparó manjares para Gianni Versace. Eso, de alguna manera, ya habla de buen gusto.
Puedo dormirme si estoy cansado, aunque apenas consigo un par de horas de sueño antes de despertar y volver al desvelo. Las horas pasan, saltan de un número a otro en el reloj y yo las sobrellevo levantándome a preparar un té Earl Grey, mientras por la ventana desfilan la noche y las sombras. Con el televisor de fondo, espero que en alguna de esas madrugadas aparezca Narda Lepes, esa cocinera de mirada triste a quien parece costarle una enormidad sonreír.
Aunque pasó su infancia y parte de su adolescencia en Caracas, transmite una melancolía que parece llevar muy adentro, una tristeza que le fractura el alma. Uno pensaría que haber crecido en el trópico debería haberle dejado algo más de alegría, alguna inclinación al baile, al tambor, a la sonrisa fácil. Pero no. Narda conserva siempre esa expresión seria, casi inalterable, incluso cuando aparece en el envase del arroz que publicita. Hasta ahí consigue dejarnos un sabor a olvido.
La sigo desde aquellos tiempos de Fusión Cúbica y, a pesar de su melancolía, hay algo cautivador en ella. Puede conservar esa misma expresión mientras cocina en Marruecos, en Japón, en Cúcuta o en Tilcara. Cambian los paisajes, los ingredientes y los aromas, pero su rostro parece permanecer en otro lugar.
Mis amigos intelectuales dicen que me une a ella un amor platónico. Otros, bastante más chabacanos, aseguran que estoy caliente con la cocinera.
Quienes no me conocen demasiado y escuchan mis conversaciones sobre las recetas de Narda Lepes sospechan que soy gay. Otros simplemente señalan que pierdo el tiempo.
A todos los escucho y apenas sonrío. Qué sabrán ellos de estas cosas. Qué sabrán de las madrugadas interminables, de las horas que no pasan, de la televisión encendida como única compañía y de esa extraña intimidad que uno termina construyendo con personas que ni siquiera saben que existimos.
Cómo se nota que no saben lo que es sufrir de insomnio.
