Los vampiros nunca mueren

29.10.2026

Los vampiros nunca se mueren. No pasan de moda. Cada tanto regresan con otro rostro, vestidos de otra manera, hablando otro idioma y habitando lugares que antes les estaban vedados. Pueden vivir en castillos de Transilvania, en mansiones victorianas, en departamentos de Nueva York o en pueblos perdidos de Maine. Pueden ser aristócratas, adolescentes, mujeres, niños, amantes o asesinos. Pueden tener siglos de antigüedad o haber nacido ayer. Incluso pueden parecerse demasiado a nosotros.

Quizá ahí reside parte de su fascinación. Cada época inventa el vampiro que necesita, porque también cada época tiene sus propios miedos, sus deseos inconfesables y sus maneras de relacionarse con la muerte.

Pero no siempre fueron criaturas seductoras. Antes de convertirse en esos personajes elegantes, misteriosos y perversos que conocemos, los vampiros eran otra cosa. En las supersticiones de Europa del Este aparecían como muertos desagradables, hinchados de sangre, asociados con la enfermedad, la podredumbre y el temor a que los difuntos no terminaran de morirse. No había demasiado erotismo en aquellos cuerpos. Eran una amenaza que debía mantenerse lejos de los vivos.

Hasta que llegó John William Polidori.

En aquella famosa noche de lluvia de 1816, en Villa Diodati, junto al lago de Ginebra, Lord Byron, Percy Shelley, Mary Shelley, Claire Clairmont y Polidori se reunieron para escribir historias de terror. De ese encuentro nacería, entre otras cosas, "Frankenstein", de Mary Shelley. Polidori escribiría "El vampiro", un relato que cambiaría para siempre la historia de estas criaturas.

Su Lord Ruthven ya no era una bestia que salía de una tumba. Era un aristócrata. Bello, frío, enigmático. Podía moverse por los salones elegantes de Londres, despertar curiosidad y convertirse en el centro de todas las miradas. Polidori había descubierto algo que los vampiros aprovecharían durante los siguientes doscientos años: el deseo.

Ruthven no necesitaba perseguir a sus víctimas. Muchas veces eran ellas las que se acercaban voluntariamente. El monstruo había aprendido a seducir.

En 1897 apareció "Drácula", de Bram Stoker, y el modelo terminó de consolidarse. El vampiro dejó de ser solamente un muerto que bebía sangre. Se convirtió en una presencia, una sombra capaz de hipnotizar, dominar y despertar aquello que la moral victoriana prefería mantener bajo llave. Tenía castillo, capa, acento extranjero y una sexualidad que apenas podía nombrarse abiertamente.

Sin embargo, tampoco todo había comenzado con Stoker. Antes estuvo "Carmilla", de Sheridan Le Fanu, que había convertido a la vampira en una figura de deseo, ambigüedad y peligro. El vampiro ya no era únicamente una amenaza para el cuerpo. También lo era para las convenciones, para el orden moral y para esa tranquilidad que las sociedades necesitan fingir.

Después llegó Anne Rice y la cosa se volvió todavía más interesante. Sus vampiros adquirieron conciencia. Pensaban, sufrían, amaban y se aburrían. Hablaban de la eternidad, pero ya no como quien presume de un privilegio, sino como quien empieza a sospechar que vivir para siempre puede ser una condena. El monstruo se miraba al espejo y se preguntaba quién era.

Y entonces apareció Stephen King.

Tengo en mi biblioteca un ejemplar de "La hora del vampiro", la edición de Pomaire. Es uno de esos libros que uno conserva por lo que cuentan sus páginas, pero también por todo lo que les ha sucedido antes de llegar a nuestras manos.

En la página de los datos editoriales, donde a veces uno encuentra anotaciones o dedicatorias, hay tres fechas que me gustan especialmente: copyright de 1975, edición de Pomaire de 1976 e impresión de 1978. El libro tiene casi medio siglo. Ha sobrevivido a su primera librería, a su primer dueño, a las mudanzas y a los lectores que alguna vez lo abrieron y que probablemente ya ni recuerden haberlo leído.

Los libros también tienen una vida propia. En sus páginas, en sus tapas gastadas y en esos datos editoriales que casi nadie mira queda registrada una época, una forma de leer, una manera de editar y hasta el recorrido de un objeto que alguna vez pasó por una mesa de saldos antes de encontrar otro hogar.

Este ejemplar terminó en mi biblioteca. Y ahí está Stephen King haciendo algo extraordinario: sacando al vampiro del castillo.

En "El misterio de Salem's Lot", publicada inicialmente en español con el título "La hora del vampiro", ya no hacía falta viajar hasta Transilvania. Bastaba con ir a Maine. El horror podía instalarse en un pueblo cualquiera, entrar en una casa, aparecer en una ventana o esconderse detrás de la cara conocida de un vecino.

King comprendió algo fundamental: el verdadero terror no siempre está en encontrarse con un monstruo desconocido. A veces aparece cuando descubrimos que aquello que considerábamos normal ya no lo es. Cuando la casa de al lado deja de ser una casa más. Cuando el vecino de toda la vida se convierte en alguien a quien conviene no mirar demasiado de cerca.

El vampiro había cambiado de domicilio. Y, de paso, había aprendido a mezclarse con la gente.

Mientras miro ese viejo ejemplar de Pomaire, pienso que los libros tienen algo de vampiros. Sobreviven a sus autores, a sus primeros lectores, a las editoriales que los publicaron y a las épocas que les dieron sentido. Absorben el tiempo. Se alimentan de nuevas lecturas. Y cada tanto alguien vuelve a abrirlos, como quien encuentra una puerta que llevaba años cerrada.

En mi biblioteca también tengo "Drácula", de Bram Stoker, en una antigua edición de bolsillo de Rodolfo Alonso Editor. Otra pequeña supervivencia.

Rodolfo Alonso, poeta, traductor y editor, desarrolló un proyecto editorial singular entre fines de los años sesenta y comienzos de los setenta. Su catálogo reunía literatura clásica, poesía, pensamiento, política, psicoanálisis, erotismo, ciencia ficción y literatura fantástica. Había allí una idea amplia de la lectura, una confianza en que un lector podía pasar de un libro de poesía a uno de filosofía y de ahí a una novela de vampiros sin necesidad de pedir permiso.

En 1971 publicó "Drácula", en una traducción de Marcelo Pérez Rivas que, según la investigación de la Biblioteca Nacional, fue la primera versión completa de la novela que circuló en nuestro país. Un volumen de 567 páginas, de letra pequeña, que se anunciaba en tapa y contratapa como la «Primera versión completa» y el «Texto íntegro». Hasta entonces habían circulado versiones resumidas o expurgadas.

Me gusta pensar en ese libro como algo más que una edición antigua. Es también una huella de nuestra historia editorial, de una época en la que un editor podía apostar por una novela monumental y ponerla a circular entre lectores argentinos. Stoker escribió sobre un conde de Transilvania, pero su vampiro también tuvo que encontrar su lugar en nuestras bibliotecas, nuestras librerías y nuestras casas.

Y ahora aparece Ricardo Romero con "El conserje y la eternidad".

El protagonista, Juan Drodman, trabaja como conserje nocturno en Buenos Aires. Tiene costumbres perturbadoras: se reclina para dormir debajo de la cama y depende de sus víctimas para alimentarse. Es una criatura que atraviesa el tiempo sin comprender del todo su propia naturaleza.

Romero hace algo interesante con esa figura: la pone a caminar por distintos momentos de la historia argentina. En su recorrido aparecen el bombardeo a Plaza de Mayo de 1955, la guerra de Malvinas y la crisis de 2001. La historia del monstruo se mezcla con la nuestra, con esos episodios que dejaron marcas en la memoria colectiva y que todavía nos cuesta mirar de frente.

Hay una pregunta que me queda dando vueltas después de pensar en esta novela: ¿qué es lo verdaderamente monstruoso? ¿Un ser que necesita matar para seguir viviendo o una sociedad capaz de acostumbrarse a sus propias formas de violencia?

El vampiro de Romero ya no necesita un castillo, ni siquiera un pueblo perdido en Estados Unidos. Le alcanza con un edificio de Buenos Aires. Puede ser el conserje, el hombre que abre la puerta, el que siempre está ahí cuando uno entra o sale. Alguien que forma parte del paisaje cotidiano hasta que dejamos de preguntarnos quién es.

Su eternidad no tiene nada de gloriosa. Es rutinaria, prosaica, casi burocrática. Trabaja, observa, se oculta, mata y atraviesa los años. La historia cambia a su alrededor, pero él continúa. Mientras los demás nacen, envejecen y desaparecen, el conserje permanece. Y en esa permanencia hay algo inquietante: la posibilidad de que el monstruo sobreviva a todas las catástrofes sin llegar a comprenderlas del todo.

Stoker tenía al conde. King tenía al pueblo. Romero tiene al conserje. Tres maneras de contar el miedo y, al mismo tiempo, tres formas de mirar el mundo.

Pero hay otra historia de vampiros que alguna vez me perturbó. La del llamado «Vampiro de la Ventana», de Monteros, Tucumán.

Durante décadas circuló el relato de Florencio Roque Fernández, un hombre al que se le atribuyeron quince asesinatos de mujeres en la década de 1950. Según la historia, las mordía en el cuello, como Drácula, y habría sido capturado justo antes de cometer su decimosexto crimen. El apodo parecía hecho a medida: un asesino serial, una ventana abierta durante la noche, mujeres muertas y un personaje extraño que parecía escapado de una película de terror.

La historia tenía todos los ingredientes. Quizá demasiados.

Cuando se empezó a investigar seriamente el caso, apareció algo todavía más inquietante: no se encontraban pruebas documentales suficientes que respaldaran aquella serie de crímenes. No aparecían expedientes judiciales que los acreditaran, ni una lista verificable de víctimas, ni registros contemporáneos que permitieran reconstruir la historia tal como se había contado.

Florencio Fernández existió. Pero el personaje del «Vampiro de la Ventana», tal como circula en el relato popular, parece pertenecer más al territorio de la leyenda que al de los hechos criminales comprobados.

Y acá es donde la historia se vuelve interesante de otra manera.

Porque una leyenda también necesita alimentarse. Pasa de boca en boca, cambia de forma, incorpora detalles, encuentra nuevos narradores. Alguien agrega una ventana, otro recuerda una mordedura, alguien más jura haber escuchado la historia de un familiar. Con el tiempo, lo que empezó como un relato termina adquiriendo la consistencia de un hecho. Ya casi nadie pregunta de dónde salió. La repetición hace su trabajo.

Los vampiros no solamente beben sangre. También beben imaginación.

Hay otra vampira que merece un lugar en esta historia. Se llama Camille Monfort y dicen que fue la Vampira del Amazonas.

La leyenda nos lleva a Belém, Brasil, hacia finales del siglo XIX, cuando el dinero del caucho levantaba palacetes y la ciudad intentaba reproducir, en medio de la selva, los refinamientos de Europa. En ese mundo de teatros, fortunas repentinas y apellidos ilustres habría aparecido una cantante lírica francesa cuya belleza y comportamiento despertaron tanta admiración como escándalo.

Camille vestía de negro, paseaba de noche junto al río y, según las versiones que alimentaron su leyenda, tenía una voz capaz de hipnotizar a quienes la escuchaban. Después llegaron los rumores: que bebía sangre, que seducía a sus víctimas, que podía comunicarse con los muertos. La mujer terminó convertida en una criatura de la noche.

Pero hay un detalle que me interesa más que la propia historia de vampirismo. La existencia de Camille Monfort, tal como suele narrarse, no está suficientemente documentada. Buena parte de lo que circula sobre ella procede de relatos y recreaciones literarias, entre ellas la novela "Após a Chuva da Tarde", de Bosco Chancen. Es decir, estamos ante una leyenda cuya biografía se confunde con la ficción que contribuyó a darle forma. Y eso nos devuelve a la misma pregunta que aparece una y otra vez cuando hablamos de vampiros: ¿necesitamos que el monstruo haya existido para sentir miedo?

Camille tiene algo de Carmilla, algo de las mujeres fatales del siglo XIX y algo de esas figuras femeninas que una sociedad conservadora convierte en amenaza cuando no consigue someterlas a sus reglas. Una mujer que camina sola por la noche, que no parece pedir permiso y que despierta el deseo de los hombres puede terminar convertida en una criatura sobrenatural. A veces, el monstruo es la explicación que una época encuentra para aquello que no sabe cómo aceptar.

En su caso, además, hay un desplazamiento geográfico que me resulta fascinante. El vampiro abandona los castillos europeos y llega a la Amazonia, donde la selva, los ríos y los palacetes ofrecen otro escenario para la misma vieja historia. La noche sigue siendo la noche, pero ahora respira humedad tropical.

Camille Monfort quizá no haya sido la vampira que cuentan. Sin embargo, la leyenda existe, circula y sigue despertando curiosidad. Y mientras alguien la vuelva a contar, esa mujer seguirá regresando desde las sombras de Belém. Porque los vampiros también pueden nacer de una mentira, de un rumor o de una novela. A veces no necesitan beber sangre. Les basta con que alguien crea en ellos.

Quizá el monstruo no necesita haber existido para sobrevivir. A veces alcanza con que una comunidad lo invente, lo cuente y lo repita hasta que la historia se vuelva más poderosa que cualquier prueba. Una leyenda puede alimentarse de nosotros del mismo modo que nosotros nos alimentamos de ella. Nos devuelve nuestros miedos, les pone un rostro y nos permite creer que el mal tiene un nombre, una dirección y una ventana por la que entra durante la noche.

Sobre mi mesa tengo estos libros: "Drácula", "La hora del vampiro" y "El conserje y la eternidad". Al fondo, un volumen sobre Mary Shelley y Percy Shelley. Como si todavía quedara algo de aquella noche de lluvia en Villa Diodati, cuando un grupo de escritores se reunió para inventar monstruos sin sospechar que algunos terminarían acompañándonos durante siglos.

Pienso en todos los rostros que tuvo el vampiro desde entonces. "Crepúsculo" lo convirtió en un adolescente enamorado. "Déjame entrar", de John Ajvide Lindqvist, lo llevó hacia un territorio doloroso y perturbador. Anne Rice le dio conciencia y angustia existencial. Stephen King lo devolvió al pueblo, a la casa de al lado. Ricardo Romero lo sentó en la portería de un edificio argentino. Monteros, en una historia que parece haberse alimentado de sí misma, le dio forma a una leyenda policial. Y la amazonia nos dio una vampiresa que cantaba opera en la selva Brasilera.

Cada época tiene su vampiro porque cada época tiene algo que no sabe cómo nombrar.

El aristócrata de Polidori hablaba del deseo y la decadencia. El conde de Stoker reunía el temor al extranjero, la enfermedad y una sexualidad que desbordaba los límites de su tiempo. Los vampiros de Rice se preguntaban por el sentido de una existencia interminable. Los de King recordaban que el mal podía instalarse en el vecindario. El de Romero atraviesa la historia argentina como una presencia que sobrevive a sus catástrofes. El de Monteros nos enfrenta a otra posibilidad: que la necesidad de contar una historia sea tan grande que terminemos inventando los hechos que nos faltan.

Al final, quizá los vampiros no estén tan lejos de nosotros.

Cambia el monstruo. Cambia la época. Cambia el escenario. Pero seguimos regresando a las mismas historias, como si en ellas hubiera algo que todavía no terminamos de comprender. Tal vez leemos sobre vampiros porque nos cuesta aceptar la muerte. Porque nos atrae lo prohibido. Porque sospechamos de quienes viven demasiado cerca. O porque, en el fondo, todos quisiéramos que algo nuestro sobreviviera al tiempo.

Por eso los vampiros nunca mueren.

Mientras alguien abra un viejo libro y encuentre una página amarillenta, mientras una historia siga pasando de una generación a otra, mientras haya alguien dispuesto a creer que detrás de una ventana puede esconderse algo que no comprendemos, la noche seguirá abierta.

Y quizá esa sea la verdadera eternidad: no vivir para siempre, sino conseguir que alguien vuelva a contar nuestra historia cuando nosotros ya no estemos.

En algún lugar, detrás de una ventana, un conserje sigue despierto. La ciudad duerme. Los años pasan. Los libros esperan en los estantes.

Y él todavía tiene hambre.

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