Los que no saben lo que hacen

25.09.2026

Escuchamos ideas como verdades supremas que nos terminan pareciendo exclusivamente religiosas. Una de ellas es esa frase cristiana que, desde chico, siempre me resultó extraña: "Perdona a tus enemigos."

Porque uno se pregunta inmediatamente: ¿por qué habría de perdonar a quien me hizo daño?

Y, sin embargo, cuando uno empieza a tirar del hilo, descubre que detrás de esa idea cristiana hay una historia filosófica mucho más antigua.

Sócrates sostenía una afirmación que todavía hoy resulta incómoda: quien hace el mal lo hace porque ignora el bien. Nadie elegiría deliberadamente el mal si conociera verdaderamente qué es el bien.

De ahí se desprende una conclusión todavía más incómoda: no existirían exactamente hombres malvados, sino hombres ignorantes del bien.

Los estoicos heredaron buena parte de esta concepción. Marco Aurelio, siglos después, frente a los ingratos, los arrogantes, los deshonestos, se recuerda a sí mismo que son así porque no pueden distinguir correctamente entre el bien y el mal.

Y así pensamos en Jesucristo. Está en la cruz. No está hablando desde un púlpito, ni desde la comodidad de una biblioteca, ni desde la tranquilidad de quien teoriza sobre la naturaleza humana. Está siendo ejecutado.

Y dice: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen."

La frase parece religiosa, pero debajo de ella hay una vieja idea filosófica: aquellos hombres están haciendo el mal porque no alcanzan a comprender el bien.

Aunque aquí aparece el problema.

Siglos después, Hannah Arendt nos obligaría a desconfiar de esa explicación.

La banalidad del mal nos muestra que el mal no siempre necesita ignorantes, monstruos o seres extraordinarios. A veces necesita hombres comunes que dejan de pensar, que obedecen, que cumplen órdenes, que se acostumbran. Y entonces la cuestión se vuelve mucho más difícil. Quizás no alcanza con decir que quien hace el mal no sabe lo que hace.

Hay personas que saben. Hay personas que comprenden perfectamente que están destruyendo, humillando, traicionando o lastimando. Y aun así lo hacen.

Entonces vuelvo a la pregunta inicial: ¿Perdonaríamos a nuestros enemigos porque creemos que no son malos, sino ignorantes?

No estoy tan seguro.

Creo que perdonar es otra cosa. Puedo entender de dónde viene alguien y no justificar lo que hizo. Puedo comprender sus heridas y no aceptar que haya convertido mis heridas en consecuencia de las suyas. Puedo perdonar y no volver a confiar. Puedo perdonar y mantener la distancia. Puedo incluso perdonar sin reconciliarme.

Porque reconciliarse implica que dos personas vuelvan a encontrarse en un mismo lugar. Perdonar, en cambio, puede ser un acto absolutamente solitario. Y quizás ahí esté la verdadera fuerza del perdón. No perdono porque el otro no sea culpable. No perdono porque lo que hizo no haya sido grave. No perdono porque haya olvidado. Perdono para que lo que alguien hizo contra mí no siga teniendo poder sobre mi vida.

Tal vez Cristo, Sócrates y los estoicos estén hablando de cosas distintas.

O tal vez estén señalando, desde lugares diferentes, una misma dificultad humana: qué hacemos con el mal que recibimos.

Sócrates pensaba que el mal nacía de la ignorancia. Los estoicos intentaban que el mal ajeno no destruyera nuestra propia razón. Arendt nos advirtió que el mal podía volverse banal cuando dejamos de pensar. Y Cristo, frente a quienes lo estaban matando, pidió que los perdonaran. Quizás por eso el perdón no sea olvidar. Quizás tampoco sea absolver. Quizás sea algo bastante más difícil: recordar perfectamente lo que nos hicieron y, aun así, decidir que no vamos a convertirnos en aquello que nos lastimó.

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