Los placeres improductivos La dignidad de las obsesiones

22.10.2026

La conversación ocurrió una noche de comienzos de primavera, de esas que empiezan hablando de cualquier cosa y terminan convirtiéndose en un interrogatorio filosófico sin que nadie lo haya planeado.

Yo hablaba de un libro que acababa de comprar. Antes había mencionado un disco de vinilo que llevaba meses buscando. También conté que estaba pensando en viajar para ver una ópera. En algún momento apareció el tema de los muñequitos que ocupan una parte considerable de mis estantes. Entonces alguien me miró con una mezcla de curiosidad y desconcierto y lanzó la pregunta:

—¿Por qué esa insistencia en trabajar tanto, en invertir dos tercios de la vida —por no decir toda— en algo que no te da el pan para comer, ni el vino, sangre de vida?

La frase quedó flotando en el aire. No era una crítica. Era peor. Era una duda genuina.

Porque, vista desde afuera, mi existencia puede parecer una extraña cadena de decisiones económicas cuestionables, de gastos absurdos.

Trabajo para comprar libros que tal vez no alcance a leer. Compro discos que contienen música disponible en internet. Pago entradas para escuchar composiciones escritas por personas que murieron hace siglos. Colecciono figuras de personajes que ni siquiera existen.

Hay algo profundamente sospechoso en dedicar tantos recursos a cosas que no aumentan el patrimonio, no mejoran el currículum y no garantizan ninguna ventaja práctica.

Mientras escuchaba la pregunta pensé que, en el fondo, no me estaban interrogando a mí. Estaban interrogando una vieja costumbre humana: la de apasionarse por algo que no sirve para nada.

Porque vivimos en una época obsesionada con la utilidad. Todo debe justificar su existencia. Cada actividad necesita una finalidad productiva. Cada minuto debe rendir algún beneficio. Cada gasto debe convertirse en inversión.

Leemos para capacitarnos. Hacemos ejercicio para prolongar la vida. Aprendemos idiomas para mejorar oportunidades laborales. Incluso el ocio parece obligado a demostrar resultados. En semejante contexto, comprar un libro simplemente porque despierta curiosidad se vuelve un acto casi subversivo.

Lo mismo ocurre con los vinilos.

Recuerdo una vez que alguien me preguntó por qué seguía comprándolos si podía escuchar exactamente la misma música en una plataforma digital. La pregunta era razonable. También podría preguntarse por qué alguien visita un museo si las pinturas están fotografiadas en internet. O por qué se viaja para ver el mar si existen documentales en alta definición.

La respuesta nunca tiene que ver con la eficiencia. Tiene que ver con la experiencia.

Con el ritual. Con esa parte irracional del ser humano que todavía se niega a convertir toda la existencia en una planilla de cálculo. Quizás por eso también me gustan los muñequitos. No porque crea que son importantes. Sino porque representan algo que sí lo es. Cada uno conserva una historia. Una lectura. Una película. Una época de mi vida. Son objetos que funcionan como pequeñas máquinas del tiempo. Un archivo emocional disfrazado de plástico.

Estoy convencido que las personas suelen dividirse en dos grandes grupos.

Están quienes entienden inmediatamente estas cosas. Y están quienes preguntan para qué sirven. Ninguno de los dos grupos tiene razón o está equivocado. Simplemente observan el mundo desde lugares distintos.

Los primeros saben que algunas experiencias valen precisamente porque no tienen una utilidad inmediata.

Los segundos buscan una lógica práctica detrás de todo.

Esa noche no respondí demasiado. Sonreí, tomé un sorbo de vino y dejé que la conversación siguiera su curso. Pero la pregunta me acompañó durante varios días.

Y terminé llegando a una conclusión sencilla. Tal vez sea cierto que los libros no dan de comer. Que los vinilos no pagan cuentas. Que la ópera no resuelve problemas cotidianos. Que los muñequitos no tienen ninguna función concreta. Pero también es cierto que hay hambres que el pan no sacia. Y sedes que ningún vino puede apagar.

Quizás por eso seguimos llenando nuestras vidas de cosas aparentemente inútiles.

Porque a veces lo que no sirve para ganarse la vida es exactamente lo que la vuelve digna de ser vivida.


Crónicas del Desvelo | José Luis Colombini

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