Los fantasmas también caminan con nosotros

12.10.2026

Caminábamos los tres.

Daniel, poeta chileno de Villarrica, traía consigo esa geografía del sur donde la lluvia parece tener memoria. Walter "Ruleman" avanzaba con la serenidad de quien sabe que las conversaciones importantes nunca ocurren alrededor de una mesa de conferencias. Yo, caminaba con mis fantasmas habituales, que son muchos, bastante maleducados y rara vez pagan el café.

Hablábamos de literatura. De esa vieja enfermedad que uno contrae leyendo demasiado pronto y que, por suerte, todavía no tiene cura.

Éramos tres amigos caminando por una ciudad que podía ser Buenos Aires, Santiago, Villarrica, Villa Dolores o cualquier territorio latinoamericano donde la historia haya dejado sus muebles rotos.

Cada baldosa parecía una frontera. Cada esquina, una promesa incumplida. Había humedad en el aire, olor a café recalentado y librerías donde los libros esperaban a lectores que todavía no sabían que estaban perdidos.

—La literatura —dijo Daniel— es una manera de regresar a lugares de los que nunca terminamos de irnos.

Walter sonrió; —O una forma de inventar el lugar al que quisiéramos regresar.

Yo pensé que los dos tenían razón, lo cual me pareció una falta de respeto a mi vocación de llevar la contra.

—La literatura también es una trampa —dije—. Como la rayuela: uno cree que está buscando el cielo y termina con los zapatos embarrados en alguna calle del tercer mundo.

Daniel se rio y encendió un cigarrillo. Walter escudriñaba con sus pensamientos. Yo pensé en todas las veces que había intentado abandonar los libros y había terminado comprando otros. Uno nunca se cura de ciertas derrotas.

Saltábamos de un autor a otro como quien juega al tejo sobre un mapa roto de América Latina. Hablamos de Chile, de Argentina, de las ciudades que nos hicieron y de aquellas que nos expulsaron sin necesidad de una orden judicial.

—Uno también puede exiliarse de su idioma —dijo Daniel—. A veces las palabras que aprendimos de chicos ya no sirven para nombrar lo que nos pasa.

—Y cuando uno vuelve —agregó Walter— descubre que el país siguió hablando, pero cambió de conversación.

No supe qué contestar. Hay frases que conviene dejar caminar un rato antes de intentar explicarlas.

Fue entonces cuando lo vimos.

Alto, desgarbado, con un saco demasiado grande para cualquier época. Fumaba con esa naturalidad de los hombres que parecen haber nacido en medio de una conversación.

Julio Cortázar estaba apoyado contra un poste, mirando hacia ninguna parte. Que es, probablemente, la mejor manera de mirar todas las cosas al mismo tiempo.

No pareció sorprendido de encontrarnos.

—Ustedes caminan raro —dijo.

—¿Raro cómo? —preguntó Walter.

—Como si estuvieran buscando algo que ya perdieron.

Daniel me miró de reojo.

Yo pensé: la concha de la lora, estamos adentro de un cuento.

Cortázar sonrió apenas.

—No se preocupen. A mí también me pasó.

Y seguimos caminando con él. Porque la literatura enseña una regla sencilla: cuando aparece lo imposible, no se lo interroga; se lo acompaña.

—Hoy la literatura latinoamericana se vende como artesanía de lujo —dije—. Hay festivales, presentaciones, suplementos culturales y escritores convertidos en marcas registradas. Hasta la rebeldía tiene departamento de marketing.

—La imaginación también cotiza en bolsa —contestó Cortázar—. Lo difícil es conseguir que siga siendo peligrosa.

Walter se rio por lo bajo.

Daniel, que venía del sur chileno con su propia colección de lluvias y silencios, miró las vidrieras. —¿Y todavía sirve escribir?

Cortázar dejó caer la ceniza. —Mientras haya alguien intentando domesticar las palabras, va a hacer falta alguien dispuesto a desobedecerlas.

No dijo más. No hacía falta.

Pensé en Hunter Thompson, en Rodolfo Walsh, en Tom Wolfe, en aquellos cronistas que entendieron que mirar desde afuera era otra manera de mentir. Pensé también en las noches de lectura, en las libretas llenas de apuntes, en las conversaciones que empiezan con un libro y terminan revelando la miseria del mundo.

Esto no era una entrevista. Era una infección literaria.

Las calles comenzaron a repetirse. Pasamos dos veces frente a la misma librería cerrada. En la vidriera había un cartel escrito con marcador negro: NOVEDADES: REEDICIONES DEL PASADO.

Daniel se detuvo a leerlo. —El pasado nunca se reedita igual —dijo—. Siempre encuentra la manera de meternos una errata.

Walter observó el cartel con una expresión que no supe descifrar.

Yo pensé en las dictaduras, en los desaparecidos, en los libros prohibidos y en esa costumbre latinoamericana de enterrar los muertos para después discutir si realmente estaban muertos.

Al doblar la esquina apareció Borges.

No caminaba. Esperaba. Tenía esa expresión de bibliotecario universal que parece conocer el final de todos los libros, incluso de los que todavía no fueron escritos.

—No exageren —dijo sin levantar demasiado la vista—. La política también es una forma de ficción.

—Pero algunas ficciones torturan —contesto Ruleman.

Borges guardó silencio. —Yo imaginé laberintos. Otros decidieron habitarlos.

Walter bajó la mirada. Daniel dejó de sonreír.

Hay frases que no necesitan aplausos. Basta con que nos encuentren en el momento equivocado.

En la siguiente librería encontramos un cartel absurdo, una de esas pequeñas ventanas por donde se filtra el humor cuando la realidad empieza a pudrirse. Anunciaba la ausencia momentánea de un hombre que había salido a pedir la mano de una mujer y prometía regresar en cinco minutos si ella no aceptaba huir con él: "He salido un momento a pedir la mano de Rosaura, la hija del sastre. Llevo demasiado tiempo solo. Si acepta, huiremos juntos de la ciudad, nos casaremos en la primera iglesia que encontremos en el camino y tendremos dos hijos. Al mayor lo llamaremos Anselmo, por mi abuelo. Al menor Basilio por la vida es sueño de Calderon de la Barca.

De lo contrario, volveré en cinco minutos.

Nos quedamos mirando aquellas palabras.

—Toda la literatura cabe en esa puerta —dijo Walter—. Alguien se va, alguien espera y nadie sabe muy bien cómo termina la historia.

—Y el que promete volver en cinco minutos —agregó Daniel— suele demorarse toda la vida.

Seguimos adelante.

Apoyado contra un bar que probablemente nunca había existido, estaba Roberto Bolaño. Tenía ojeras de insomnio continental y un cigarrillo consumiéndose entre los dedos.

Nos observó como se observa a quienes sobrevivieron a una guerra distinta.

—El problema nunca fue solamente la dictadura —dijo—. El problema es el negocio del olvido.

Pensé en los suplementos culturales, en los premios, en las mesas redondas donde se habla de literatura como si se tratara de una industria alimenticia. Pensé en los algoritmos que recomiendan novelas inofensivas y en los libros que nadie quiere publicar porque no ofrecen una felicidad que pueda venderse en cuotas.

—¿Y el amor? —preguntó Daniel.

Bolaño sonrió. —El amor dura menos que un poema.

Hizo una pausa.

Y dijo la cita que escribió en los detectives salvajes: - Se puede conquistar una muchacha con un poema. Pero no se puede retener a una mucha con un poema. Ni siquiera con un movimiento literario.

Walter con su sentido racional por su formación tiro esto: —Pero un buen poema sigue buscando a quien lo escribió mucho después de que el amor se fue.

Solté una sonrisa cómplice. Daniel recordó una frase de Entre paréntesis de Bolaño: "La literatura se parece mucho a las peleas de los samuráis, pero un samurái no pelea contra otro samurái: pelea contra un monstruo. Generalmente sabe, además, que va a ser derrotado. Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura".

Walter aseveró: esa desconfianza de Bolaño hacia las promesas de la literatura cuando se las obliga a resolver los problemas de la vida.

Yo pensé que los tres éramos, a nuestra manera, adolescentes que se habían quedado demasiado tiempo en la puerta de una librería.

Habíamos envejecido. Habíamos aprendido algunas cosas. Seguíamos sin entender casi nada.

En un banco encontramos a Ricardo Piglia. Una vieja grabadora descansaba sobre sus piernas. No parecía interesado en intervenir. Registraba nuestras voces como quien recoge pruebas de un delito todavía no cometido.

Cuando finalmente habló, fue apenas un murmullo. —La literatura no cambia el mundo.

Hizo una pausa. —Pero puede cambiar el relato con el que el poder intenta explicarlo.

Borges asintió. Bolaño apagó el cigarrillo. Cortázar miró hacia un cielo donde las nubes parecían párrafos tachados.

Por un instante tuve la impresión de que ninguno de ellos había muerto.

Simplemente habían dejado de aparecer en los registros civiles para refugiarse en las bibliotecas. Las fechas comenzaron a mezclarse.

1976.

1977.

1978.

Mañana.

Las dictaduras ya no necesitaban siempre uniformes. Algunas hablaban el idioma del mercado, de la eficiencia, de la libertad convertida en mercancía. Un editor pasó corriendo con un manuscrito bajo el brazo.

—¡Esto no vende! —gritó—. ¡Demasiado político, demasiado triste, demasiado latinoamericano!

Bolaño lo vio perderse en la esquina. —Ya volverá.

—¿Quién? —preguntó Walter.

—El mercado. Siempre regresa cuando se queda sin imaginación.

Nadie respondió.

Y de pronto los fantasmas desaparecieron.

O quizá nunca habían estado allí. Quizá los habíamos leído tantas veces que sus voces habían terminado instalándose en nuestras conversaciones. Quizá la literatura consiste precisamente en eso: en permitir que los muertos se sienten a nuestra mesa sin que nadie tenga que reservarles un lugar.

Volvimos a ser tres.

Daniel encendió un cigarrillo. Walter se acomodó el abrigo. Yo busqué en mis bolsillos alguna moneda para el café.

—¿Los viste o los leíste? —preguntó Daniel.

Lo pensé un momento. —No importa.

Walter sonrió. —Lo importante es que nos caminaron.

A mitad de cuadra encontré un papel en el bolsillo del saco. No recordaba haberlo guardado. Era una hoja arrancada de un libro, sin número de página ni firma. Sólo una frase escrita a lápiz:

"La literatura siempre llega antes que la historia y mucho después de los historiadores."

Daniel la leyó por encima de mi hombro.

—¿Quién escribió eso?, preguntó.

Doblé la hoja con cuidado. —Alguno de los fantasmas. O alguno de nosotros. Retruco Rule.

No había manera de saberlo. Las mejores frases terminan perdiendo el documento de identidad. Llegamos a una librería de esas que todavía resisten como trincheras culturales. En la puerta había un cartel que invitaba a buscar al dueño en el café de enfrente: ESTOY ENFRENTE EN EL CAFÉ. LEYENDO. BUSCAME O PREGUNTÁ POR MÍ.

Entramos.

El hombre detrás del mostrador dejó tres tazas sobre la mesa sin preguntar cuántos éramos.

Afuera empezaba a llover. Una lluvia vieja, de esas que parecen caer desde otra década y traen consigo conversaciones que creíamos olvidadas.

Hablamos de libros, de derrotas, de países que todavía buscan su idioma. Hablamos de los poetas que admiramos, de los escritores que nos salvaron sin enterarse y de aquellos que nos enseñaron a desconfiar de cualquier salvación definitiva.

Hablamos también de nosotros.

De Daniel y su Villarrica, de ese sur chileno que parecía acompañarlo incluso cuando estaba lejos. De Walter, de sus lecturas y de esa forma en que cada escritor termina construyendo una patria secreta con las palabras que le quedan. Y de mí, cronista del desvelo, coleccionista de libros, discos, cassettes y derrotas que todavía no aprendí a archivar.

Tres hombres alrededor de una mesa. Tres trayectorias distintas. Tres maneras de llegar a la literatura y ninguna de abandonarla del todo.

Afuera seguía lloviendo. Pensé que tal vez la amistad también era eso: encontrar a alguien con quien caminar sin necesidad de saber adónde vamos, discutir sobre libros como si nos fuera la vida en ello y descubrir, de pronto, que el mundo todavía conserva algunas habitaciones donde no ha entrado el mercado.

Cuando salimos, las calles estaban casi vacías. O eso creímos.

Porque durante un instante alguien encendió un cigarrillo detrás de nosotros.

No nos dimos vuelta. Daniel siguió caminando. Walter también.

Yo pensé en Cortázar, en Borges, en Bolaño, en Piglia y en todos los fantasmas que nos habían acompañado aquella tarde. Pensé en los libros que esperan sobre una mesa, en las palabras que sobreviven a sus autores y en las ciudades que todavía necesitan ser contadas.

Después metí las manos en los bolsillos y seguí a mis amigos.

Muchos fantasmas, muchas sombras sólo continúan caminando mientras alguien siga leyendo. Y mis amigos siempre, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en literatura.

Juntos, los tres reflexionamos: que escribir en América Latina sigue siendo exactamente eso. Caminar con los muertos, discutir con los vivos y negarse, aunque sea una vez más, a firmar la paz con el mercado.

Aquella tarde fuimos tres. Pero cuando doblamos la esquina, juraría que éramos muchos más.

Share