La revolución de abrir un libro

20.09.2026

Propongo algo que parece imposible en nuestro tiempo: agregar un octavo día a la semana.

No uno para trabajar más, producir más o correr más rápido. Un día para leer.

Vengo de una familia que me educó en la lectura, el pensamiento crítico y el valor de la curiosidad intelectual. Y cuando digo que me educó, no hablo solamente de la escuela ni de los libros que había en casa. Hablo de una costumbre sencilla que marcó mi infancia de una manera que recién hoy alcanzo a comprender.

Todos los días, sin excepción, había cuarenta y cinco minutos dedicados a la lectura. A veces era mi madre, a veces mi padre, otras veces mi tía. Leíamos en voz alta. Cada uno tomaba un fragmento y lo compartía con los demás. Había noches en las que la lectura terminaba convirtiéndose en una conversación que duraba más que el propio libro. Una palabra llevaba a una pregunta, una pregunta a una discusión y una discusión a una nueva búsqueda.

Recuerdo estanterías repletas de libros. Recuerdo enciclopedias gastadas por el uso. Recuerdo que cuando aparecía una duda, la respuesta no era inmediata. Había que buscarla. Había que abrir un libro, revisar una página, contrastar una idea con otra. Aprendí que no saber algo no era motivo de vergüenza; vergonzoso era perder la curiosidad.

También recuerdo algo que hoy parece cada vez más raro: los adultos que me rodeaban disfrutaban aprender. No fingían saberlo todo. Leían porque querían comprender mejor el mundo. Discutían ideas, autores, acontecimientos históricos. Me enseñaron que una conversación podía ser un ejercicio de descubrimiento y no una competencia para ver quién tenía razón.

Quizás por eso me preocupa algo que vengo observando desde hace algunos años. Pareciera que vivimos una época en la que el anti intelectualismo se ha convertido, para muchos, en una especie de virtud. Como si la ignorancia fuera una muestra de autenticidad. Como si el desinterés por la lectura, la ciencia, la historia o la filosofía fuese algo de lo que sentirse orgulloso.

No creo que sea un problema de inteligencia. Creo que es un problema cultural. Hemos empezado a confundir la velocidad con el conocimiento, la opinión con el pensamiento y la información con la comprensión.

Lo veo constantemente en una cultura que parece haber reemplazado el conocimiento por la opinión. Hoy cualquiera puede expresar una idea —y eso es maravilloso—, pero muchas veces hemos olvidado que opinar y comprender no son la misma cosa.

Nos acostumbramos a creer que unos pocos minutos de video, un hilo en redes sociales o una frase ingeniosa bastan para entender temas que durante siglos ocuparon a filósofos, científicos, historiadores y escritores. Vivimos en una época que nos acostumbra a consumir conclusiones sin recorrer el camino que conduce a ellas.

Y es allí donde aparece una de las enfermedades intelectuales de nuestro tiempo: hablar sin saber. Opinar a partir del recorte, del reel, del titular, del podcast escuchado a medias. Confundir familiaridad con conocimiento. Creer que por haber estado expuestos a una idea ya la comprendemos.

Cada vez resulta más frecuente encontrar debates construidos sobre fragmentos aislados, citas fuera de contexto o explicaciones reducidas a pocos segundos de atención. Hemos desarrollado una enorme capacidad para acceder a información y, al mismo tiempo, una creciente dificultad para profundizar en ella.

Sin lectura, sin estudio y sin tiempo para la reflexión, el conocimiento se vuelve superficial. Y cuando todo se vuelve superficial, dejamos de buscar la verdad para conformarnos con aquello que confirma lo que ya creemos.

Cada vez parece haber menos paciencia para la duda, para la investigación y para el estudio. Preferimos la certeza rápida a la comprensión profunda. Y así, cuestiones históricas, científicas, filosóficas o políticas terminan convertidas en consignas simplificadas que circulan de pantalla en pantalla sin que nadie se detenga a preguntarse de dónde vienen o qué tan ciertas son.

Cuando dejamos de leer en profundidad, dejamos también de ejercitar nuestra capacidad para distinguir entre una explicación rigurosa y una afirmación atractiva. Perdemos matices. Perdemos contexto. Perdemos pensamiento crítico.

Además, hay algo profundamente humano que estas simplificaciones suelen ignorar: nadie existe aislado. Somos hijos de una época, de una comunidad, de una cultura y de circunstancias que nos moldean. Vivimos en sociedad, dependemos unos de otros y comprendemos el mundo a través del conocimiento acumulado por quienes nos precedieron.

Quizás la solución no sea tan complicada.

Pasamos horas leyendo mensajes, titulares, publicaciones y notificaciones, pero cada vez encontramos menos tiempo para sentarnos con un libro. La lectura profunda exige algo que el mundo moderno parece empeñado en arrebatarnos: atención, silencio y paciencia.

Tal vez por eso sigo creyendo en los libros. Porque un libro nos obliga a desacelerar. Nos exige paciencia. Nos recuerda que comprender es un proceso y que el pensamiento crítico no nace de las certezas, sino de las preguntas.

Cuando miro hacia atrás y recuerdo aquellas noches de lectura compartida, entiendo que el mayor regalo que recibí no fueron los libros en sí mismos. Fue algo mucho más valioso: el hábito de la curiosidad. La idea de que el mundo es demasiado grande, demasiado complejo y demasiado fascinante como para conformarnos con explicaciones simples.

Tal vez el octavo día no sea un día real. Tal vez sea una decisión. Un territorio que decidimos defender del ruido. Una tarde sin apuros. Un sillón junto a una biblioteca. La voz de un autor que escribió hace cien o quinientos años y que, de algún modo, sigue hablándonos al oído.

Porque leer no es escapar de la realidad. Es regresar a ella mejor preparados. Con más preguntas que respuestas. Con más empatía que certezas. Con una mirada capaz de distinguir los matices allí donde otros solo ven consignas.

Quizás no necesitemos una semana más larga. Quizás necesitemos recuperar el tiempo que dejamos dispersarse entre distracciones fugaces y devolverlo a aquello que verdaderamente nos transforma.

Y entonces comprenderíamos algo simple y extraordinario: que cada hora dedicada a la lectura no nos aleja de la vida. Nos acerca a ella.

Porque leer no nos hace superiores. Nos hace más conscientes de todo lo que todavía ignoramos. Y en una época que parece celebrar la superficialidad, tal vez el acto más revolucionario sea abrir un libro y empezar a pensar.

"Seamos razonables. Añadamos un octavo día a la semana dedicado exclusivamente a leer."

Jose Luis Colombini

Desde los arrabales del pensamiento critico

Bitácora del pensamiento crítico

Share