La muchacha que vino a desordenarme la cabeza

La conocí una noche húmeda de los ochenta, cuando el mundo todavía olía a cigarrillo barato, vinilo rayado y paranoia post-todo.
Yo estaba apoyado contra la pared descascarada de un bar que no debería haber pasado ninguna inspección municipal. Un antro con mesas de fórmica, vasos opacos y una humedad que parecía subir desde el piso. Afuera llovía sobre Mendoza y los patrulleros pasaban despacio, como si todavía estuvieran aprendiendo qué hacer con la democracia.
Ella entró como si alguien la hubiera invocado con un mal poema de Baudelaire.
Vestía de negro. No por moda. Era un negro de luto. Luto por las que no estaban, por las que habían vuelto rotas, por las que no habían vuelto.
Yo todavía confundía intensidad con verdad y borrachera con lucidez. Venía con la cabeza llena de libros y el cuerpo lleno de miedo, aunque todavía no sabía reconocerlo.
Ella no fingía nada. Se sentó frente a mí.
—No me hables de libertad si no hablás del cuerpo.
No me dijo su nombre. Yo tampoco se lo pregunté. En aquellos años los nombres podían ser peligrosos, pero también podían ser una forma innecesaria de confianza.
Tomábamos vino de la casa. Ese vino barato que raspaba la garganta y aflojaba la lengua. Yo hablaba demasiado.
Hablaba de Nietzsche, de Sartre, de Hobbes, de Bakunin, de cualquier tipo que hubiera escrito algo que pudiera servirme para demostrar que yo entendía el mundo.
Ella fumaba. Escuchaba. Después me cortaba.
—Eso es literatura. Yo hablo de sobrevivir.
Afuera seguían pasando autos. Adentro alguien había puesto una canción que sonaba como una radio mal sintonizada.
La democracia recién estrenada parecía un mueble viejo heredado: estaba ahí, ocupaba espacio, pero nadie sabía muy bien cómo usarla.
—A nosotras nos enseñaron a tener miedo —dijo—. Y no es psicológico. Es político.
Lo entendí tarde.
Como suelen entender algunas cosas los varones: después de haberlas convertido en teoría.
Me habló de abortos clandestinos, de amigas cagadas a palos, de profesores progresistas que se acostaban con alumnas y después daban clases sobre Marx. Lo contaba sin victimizarse. Con una bronca seca, casi administrativa.
—El machismo no se discute —dijo—. Se desobedece.
Yo asentía.
Estaba borracho, excitado y convencido de que aquello era una conversación revolucionaria.
Ella me vio venir antes que yo mismo.
—No me mires así.
—¿Cómo?
—Como si yo fuera una respuesta a tus problemas.
Sonrió apenas.
—No soy tu aprendizaje existencial.
Ahí tendría que haberme callado.
No lo hice.
—Hay filosofías que pretenden romper con el sistema —dije—. Nietzsche, por ejemplo. La filosofía del martillo. Romper la moral de la manada para crear valores propios.
Ella levantó una ceja.
—¿Y?
—Y el punk hace algo parecido. Es un martillo cultural. Bakunin también...
—¿Siempre hablás así?
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras rindiendo un examen.
Me quedé callado un segundo.
—No.
—Mentís.
Pidió otra jarra de esas en forma de pingüino de cerámica.
Yo seguí.
Le dije que el problema era que el sistema absorbía todo. Que el punk había sido fagocitado por el mercado, convertido en estética, en remera cara, en peinado, en una pose que se podía comprar en una tienda.
Ella se rio. Una risa seca, casi clínica.
—El problema no es que el sistema absorba todo.
Me miró.
—El problema es que ustedes se dejan absorber porque es más cómodo que sostener el conflicto.
Tomó un cigarrillo.
—El punk no murió.
Hizo una pausa.
—Se cansó de explicar.
Pedimos papas fritas.
En algún momento la filosofía necesita papas fritas. Hay algo profundamente material en eso. Toda teoría del mundo termina dependiendo de que alguien traiga una canasta grasienta a la mesa.
—¿Y el feminismo? —pregunté—. ¿No corre el mismo riesgo? Convertirse en slogan.
Me miró directamente.
Tenía unos ojos que no eran hermosos. Eran peligrosos.
—El feminismo no es una identidad.
Apagó el cigarrillo contra el cenicero.
—Es una práctica.
—¿Qué querés decir?
—Que no se trata de decir "yo soy". Se trata de decir "yo no acepto".
Bebió.
—Y eso siempre incomoda. Por eso intentan domesticarlo.
Pensé en Foucault. En el cuerpo como territorio. En las relaciones de poder. En el bar como pequeño dispositivo donde alguien habla, alguien interrumpe, alguien paga, alguien decide cuándo termina una conversación.
Ella parecía saberlo sin haberlo leído. O quizá lo sabía precisamente porque lo había vivido.
—El patriarcado es como este bar —dijo—. Parece decadente, pero sigue abierto.
Miró alrededor.
—Y siempre hay tipos explicándote cosas que no pediste.
Levanté el vaso.
—Brindo por eso.
—¿Por qué?
—Por los bares que todavía permiten conversaciones incómodas.
—No.
Me señaló con el vaso.
—Brindá por aprender a callarte cuando corresponde.
Chocamos los vasos.
Afuera seguía lloviendo. Adentro el mundo continuaba siendo un desastre, pero durante un rato había parecido posible discutirlo con alguien que no pedía disculpas por pensar.
Fuimos a mi casa. Cogimos. Mal. Torpe. Urgente. Como se coge cuando todavía no sabés escuchar.
Después, mientras se vestía, habló de Bataille. Pero no como lo habría explicado un profesor. Lo habló desde el cuerpo.
—El problema no es el exceso.
Se abrochó los borcegos.
—Es quién paga el precio.
Yo la miraba desde la cama, todavía intentando convertir lo que había ocurrido en una experiencia importante. Ella ya estaba en otra cosa.
—No me acompañes.
—Está lloviendo.
—Ya sé.
—Te acompaño igual.
Me miró.
—Hacé lo que quieras.
La acompañé. Caminamos de madrugada hasta la parada del trole. Mendoza estaba mojada, vacía, con esa tristeza de las ciudades que todavía conservan demasiadas noches encima. Yo pensaba que estaba viviendo algo extraordinario. Ella probablemente sabía que estaba educando a un boludo bienintencionado. Y lo hacía igual. Por rabia. Por generosidad. Por insistencia política.
Una noche, semanas después, me dijo algo que todavía me zumba en la cabeza.
—La dictadura no terminó.
Esperé.
—Cambió de forma.
Tiró el humo hacia el techo.
—Ahora entra por la cama.
Después desapareció.
Sin drama. Sin explicación. Sin ese cierre prolijo que tanto les gusta a las novelas y tanto detestan las personas que realmente se van.
Me dejó una servilleta.
Había escrito algo con una lapicera. La letra era apurada, pero legible.
No me conviertas en recuerdo. Convertite en riesgo.
Yo no estuve a la altura. Me volví más cauto. Más irónico. Más escritor. Ella, supongo, siguió siendo ella. Nunca volví a verla. Con los años entendí que aquello no había sido un amor. Había sido una interpelación. Una patada a la biblioteca. Una piedra contra el vidrio de todas las certezas que yo había acumulado para no tener que vivirlas. Ella no vino a enseñarme filosofía. Vino a demostrarme que había cosas que yo podía citar y que ella tenía que sobrevivir. Esa diferencia me acompañó durante años.
Porque algunos encuentros no están hechos para durar. Están hechos para desarmarte.
Y eso, en este país domesticado a fuerza de miedo, sigue siendo una forma bastante pura de salvajismo.
Cuando se fue, dejó olor a tabaco frío, vino barato y humedad. Y una frase flotando en el aire, como una consigna que todavía no había aprendido a entender:
—La rebeldía no es gritar más fuerte. Es no volverse dócil.
Pasaron los años. Me quedé solo una noche, tomando el último vaso de whisky, pensando en ella y en aquel bar que probablemente ya no existe. Entonces comprendí algo todavía peor. Que a veces una conversación en un bar puede ser más política que un manifiesto. Que una mujer puede entrar en tu vida durante unas horas y dejarte una pregunta que dure cuarenta años. Y que hay noches que uno recuerda no porque hayan sido felices, sino porque durante unas pocas horas alguien consiguió sacarte de encima al hombre que creías ser. Todavía conservo aquella servilleta. Está arrugada. Tiene manchas de vino. La tinta casi se borró. Pero todavía puedo leerla. "No me conviertas en recuerdo. Conviértete en riesgo"
Lo demás, de alguna manera, todavía está sucediendo
