La guardiana de mi biblioteca

La mayoría de las personas ponen bustos de filósofos sobre los estantes. Yo tengo a Kuromi.
No llegó para decorar. Llegó para custodiar.
Primero fueron cuatro pequeñas centinelas que se instalaron entre Edgar Allan Poe, Lovecraft, Bram Stoker y las viejas ediciones que ya huelen a biblioteca vivida.
Las dos primeras son las Kuromi clásicas: la capucha negra con el cráneo rosa, el traje blanco y esa expresión desafiante que parece decirle al visitante que los libros no se tocan sin permiso. Son casi idénticas, apenas distintas en la postura y en algunos pequeños detalles, como dos hermanas que se entienden sin hablar.
La tercera decidió exagerar un poco el personaje. Le crecieron alas de murciélago, se vistió completamente de negro y abrazó sin pudor una estética gótica que parece salida de un cuento victoriano, aunque siga conservando ese aire kawaii que impide tomarla demasiado en serio. Es como si Lovecraft hubiera aceptado diseñar un juguete para Sanrio.
La cuarta rompe el equilibrio. Lleva una capucha lila, un enorme moño negro y sostiene un pequeño peluche con una delicadeza que desarma cualquier intento de llamarla siniestra. Tiene algo de "gothic lolita", algo de "pastel goth", esa extraña manera que tiene la cultura japonesa de demostrar que lo oscuro también puede ser tierno.
Nadie protestó por su llegada. A Poe, sospecho, hasta le cayó simpática esa criatura con un cráneo rosa en la frente.
Después apareció ella.
Una Kuromi de peluche, bastante más grande, que se sentó entre diccionarios, un "Pequeño Larousse ilustrado" y un puñado de libros que ya cargan demasiados años encima. Desde entonces parece observar cada movimiento con esa expresión imposible de descifrar: mitad ternura, mitad conspiración.
Hay quien cree que una biblioteca revela el carácter de quien la habita. No estoy tan seguro. Creo que lo revelan los pequeños intrusos.
Mis estantes contienen a Schopenhauer hablando del sufrimiento, a Lovecraft describiendo horrores cósmicos, a Poe descendiendo a la locura, a "Necromenicon" explicando el capitalismo con humor macabro... y, entre todos ellos, una familia de Kuromis que parece haber encontrado el hogar que siempre estuvo buscando.
Nunca sentí que hubiera contradicción. Al contrario.
Kuromi pertenece a esa rara estirpe de personajes que entienden que la oscuridad también puede sonreír. No necesita sangre, cementerios ni castillos. Le alcanza una capucha negra, un cráneo rosa, una sonrisa traviesa y la certeza de que lo siniestro puede convivir con lo adorable. Quizás por eso encaja tan bien en mi biblioteca.
Porque los libros tampoco son solemnes todo el tiempo. Borges jugaba con los laberintos como un niño. Cortázar traducía a Poe y, al mismo tiempo, escribía cronopios. Lovecraft inventaba dioses imposibles con la seriedad de un chico armando monstruos con plastilina.
La imaginación nunca pidió permiso para mezclar cosas.
Así que, cuando alguien entra a mi casa y descubre cuatro Kuromis vigilando las "Obras en Prosa" de Poe y una quinta, de peluche, custodiando otro estante, no está viendo una colección de muñecos. Está viendo una declaración de principios.
En esta biblioteca conviven el terror y la ternura, el ensayo y el juguete, la filosofía y el manga, los restos de la noche y la resaca de los días. Porque nunca creí que la inteligencia tuviera que ser solemne. Al contrario: las mejores bibliotecas son las que todavía conservan espacio para jugar.
