La geografía secreta de la noche

03.11.2026

Las calles de mi barrio parecen que durante el día no tienen nada para contar. Casas cerradas, árboles, veredas, algún automóvil estacionado y esa rutina doméstica que parece repetirse desde siempre. Pero basta que caiga la noche para que el barrio cambie de naturaleza.

Las luces amarillas dibujan pequeñas islas sobre el asfalto. Los árboles proyectan sombras que podrían pertenecer a cualquier novela de terror y las casas, detrás de sus ventanas apagadas, se convierten en territorios desconocidos. Uno camina y tiene la sensación de estar atravesando una película cuyo argumento todavía no fue escrito.

Me gustan estas calles a esa hora. Cuando el mundo parece haber bajado la persiana y uno puede escuchar sus propios pensamientos, incluso aquellos que durante el día procura mantener ocupados.

Hay algo cinematográfico en estas esquinas. Un poco de David Lynch, algo de aquellas ciudades solitarias de las películas de Wim Wenders y quizás una escena perdida de alguna novela de Raymond Chandler. No sucede absolutamente nada y, sin embargo, uno sospecha que podría suceder cualquier cosa.

Quizás por eso saco fotografías. Para dejar constancia de esos pequeños escenarios que nadie considera importantes. Porque también existe una belleza en lo ordinario, en lo que no reclama atención, en las calles que no aparecen en las postales.

Barrio Parque, a cierta hora, parece el decorado de una película abandonada.

Y yo, que nunca terminé de sentirme del todo parte del mundo diurno, encuentro en estas noches una geografía familiar. Camino entre las sombras, bajo las luces cansadas, como quien regresa a un lugar que conoce desde siempre, aunque no recuerde exactamente cuándo estuvo allí por primera vez.

Al fin y al cabo, hay noches en las que uno no sale a ninguna parte. Sale a encontrarse con sus propios fantasmas.

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