Kafka vuelve a caminar entre nosotros

A veces uno sale de una oficina con la sensación de haber protagonizado un relato de Kafka. Un trámite que no termina, una firma que falta, un expediente que nadie encuentra, alguien que nos deriva a otra ventanilla. La escena tiene algo de comedia, aunque uno no tenga demasiadas ganas de reírse. Hay una extraña familiaridad en ese desconcierto. Como si, en algún momento, hubiéramos aprendido a vivir dentro de una pesadilla que ya no nos sorprende.
Ante este tipo de situaciones que a veces me pasan en mi Villa Dolores donde habito, pienso en Franz Kafka. En ese hombre que, desde una habitación de Praga, escribió sobre el absurdo de la existencia con una precisión que todavía nos incomoda. Su apellido se convirtió en un adjetivo. Decimos que algo es kafkiano cuando la realidad parece haberse desprendido de cualquier explicación razonable. Cuando la culpa aparece sin delito, la autoridad no necesita dar razones y el individuo queda reducido a una pieza insignificante de una maquinaria que desconoce.

El 2 de julio llegó a los cines "Franz", la película de Agnieszka Holland, directora tres veces nominada al Premio Oscar. La propuesta se aleja del biopic convencional para internarse en la vida íntima y creativa del autor deLa metamorfosis . Una aproximación a sus contradicciones, sus miedos y esa sensibilidad que hizo de su obra uno de los territorios más inquietantes de la literatura del siglo XX.
Kafka trabajaba en una compañía de seguros. Escribía de noche. Dudaba de su talento, de sus palabras, de sí mismo. Antes de morir, le pidió a su amigo Max Brod que destruyera sus manuscritos. Brod desobedeció. Gracias a esa desobediencia llegaron hasta nosotros El proceso, El castillo y una obra que continúa interrogándonos desde las profundidades de nuestra propia existencia.
Hay algo conmovedor en esa historia. El hombre que quiso borrar sus escritos terminó convertido en uno de los autores más leídos del mundo. El escritor que desconfiaba de su propia literatura consiguió atravesar el tiempo y llegar hasta nosotros con una vigencia que, por momentos, resulta perturbadora.
Porque Kafka no necesitó inventar grandes monstruos. Le bastó con observar la vida cotidiana. Comprendió que el horror podía esconderse detrás de un escritorio, que el poder podía ejercer su violencia sin levantar la voz y que la angustia podía instalarse en una habitación sin que nadie supiera explicar de dónde venía.

En La metamorfosis, Gregor Samsa despierta convertido en un insecto. Pero lo verdaderamente terrible no es su transformación. Es que, aun en esas circunstancias, sigue preocupado por llegar tarde al trabajo. La monstruosidad parece estar menos en su cuerpo que en ese mundo que continúa exigiéndole lo mismo, como si nada hubiera sucedido. Cuantos de nosotros no tenemos esa misma preocupación y estando enfermos vamos a trabajar. Quizá ahí resida una de las grandes intuiciones de Kafka. La tragedia no siempre irrumpe con estruendo. A veces se instala de manera silenciosa, entre las obligaciones, los horarios, las expectativas ajenas y esa necesidad de responder a un sistema que jamás se detiene a preguntarnos cómo estamos.
Uno puede leer a Kafka y pensar en los tribunales, en las instituciones, en las burocracias interminables. Pero también puede pensar en la vida. En las veces que hemos intentado explicar algo que nadie quiso escuchar. En las puertas que se cerraron sin motivo aparente. En personas que creíamos cercanas y dejaron de frecuentarnos sin una explicación. En esa sensación de estar siendo juzgados por una autoridad cuyo rostro desconocemos.
"Franz" promete recuperar ese clima de incertidumbre y desasosiego que convirtió al escritor checo en una presencia imprescindible. Una película que, más allá de su recorrido por la vida del autor, nos devuelve a una pregunta que atraviesa toda su obra: ¿qué sucede cuando el mundo deja de ser un lugar comprensible?
Kafka murió en 1924. Sin embargo, hay días en que uno tiene la impresión de que sigue caminando entre nosotros. Quizá sentado en una oficina, esperando una respuesta. Quizá detrás de una puerta que nadie se atreve a abrir.
O quizá, simplemente, mirando el mundo con esa lucidez terrible de quien ha comprendido que el absurdo no siempre necesita imaginación.
A veces alcanza con estar vivo.
