Halls Negras en Barrio Parque

27.09.2026

La gente tiene costumbres que nadie cuestiona. Las repite generación tras generación con una tranquilidad casi religiosa.

Por ejemplo: pagar dinero para subirse voluntariamente a una máquina que los deja cabeza abajo durante dos minutos y después bajarse sonriendo, como si acabaran de descubrir algo importante sobre la existencia.

O poner una torta delante de una persona, llenarla de pequeñas llamas y obligarla a soplarlas una vez al año mientras un grupo de adultos canta la misma canción. Nadie llama a la policía. Nadie llama a un psiquiatra. Todos aplauden.

También está la ceremonia del café: triturar unos granos tostados, echarles agua hirviendo y beber ese líquido oscuro como condición previa para tolerar el contacto con otros seres humanos.

Y cuando quieren parecer importantes, se atan un pedazo de tela alrededor del cuello. Nadie sabe exactamente por qué, pero funciona. Un hombre con corbata parece automáticamente más autorizado que un hombre sin corbata, aunque ambos estén diciendo exactamente la misma estupidez.

Después están las nueces. Una semilla encerrada dentro de una cáscara diseñada por la naturaleza para que nadie pueda acceder a ella fácilmente. Entonces el ser humano toma una herramienta destinada originalmente a clavar clavos, golpea la nuez hasta destruirla y finalmente se come lo que encuentra adentro. Que tiene la particularidad de parecer un cerebro.

A todo eso lo llamamos normalidad.

La gente normal es muy extraña cuando uno la mira de cerca. Lo verdaderamente sospechoso, en cambio, es caminar solo escuchando discos viejos, detenerse frente a carteles absurdos, hablar con los gatos, mirar demasiado tiempo una ventana encendida o preferir una canción de hace treinta años a una conversación de cinco minutos.

Eso sí genera desconfianza. Porque la normalidad tiene sus propios mecanismos de vigilancia.

La gente normal no necesita entenderte para considerarte extraño. Le alcanza con que no hagas exactamente lo mismo que ellos.

Y quizá ahí esté el verdadero problema: no es que la gente normal sea extraña.

Es que la gente normal se ha puesto de acuerdo para llamar normal a su propia rareza.

Y cuando alguien se niega a participar de la ceremonia, lo mira como si fuera peligroso.

La gente normal es muy hostil.

Salí a caminar por el barrio con "Random Access Memories" de Daft Punk sonando en los auriculares. Todavía me cuesta aceptar que se hayan separado. Quizás algún día los volvamos a ver, sin cascos, convertidos en simples mortales. El disco me lo hizo escuchar mi hija Azul Brisa allá por el año del señor de 2013, cuando todavía algunas cosas parecían destinadas a durar para siempre.

Caminar es una forma elegante de perder el tiempo. También es una manera de espiar la realidad.

A veces me siento como el oscuro pasajero de las novelas de Jeff Lindsay. Otras veces como Holden Caulfield observando el desfile interminable de farsantes. Y muchas veces uso la ironía porque las normas de convivencia me impiden otras alternativas más ruidosas.

Así que camino. Salgo a ver qué pasa en el barrio. Y en el corazón de Barrio Parque encontré esto.

Una puerta cualquiera. Un negocio cualquiera. Un mural improvisado de bicicleta pintado en blanco y negro. Y sobre esa escenografía doméstica, dos carteles escritos a mano que parecían redactados por un surrealista en crisis.

El primero ofrecía cepillos dentales descartables y enjuague bucal.

El segundo anunciaba, con la solemnidad de un decreto presidencial: "Tenemos Halls negras (para sexo oral)".

Nada más. Ninguna explicación. Ningún contexto. Ninguna vergüenza. Debajo, un precio.

La economía nacional resumida en una golosina mentolada y una promesa implícita.

Me quedé observando la escena mientras Daft Punk seguía sonando. Pensé que si un arqueólogo del futuro encontrara esa fotografía podría reconstruir gran parte de nuestra civilización. La obsesión por la higiene. El comercio de cercanía. El sexo convertido en estrategia de ventas. El humor involuntario. La crisis económica escrita con marcador negro sobre cartulina verde.

Todo estaba ahí. La historia de un país condensada en una puerta.

Mientras seguía caminando pensé que quizás el verdadero arte contemporáneo no está en los museos. Está en estos pequeños accidentes urbanos. En estos mensajes que nadie planificó para la posteridad y que terminan diciendo más sobre nosotros que cualquier discurso político o cualquier encuesta sociológica.

Seguí mi camino. Daft Punk cantaba sobre el contacto humano. Y detrás de mí quedaba aquel cartel fluorescente, brillando bajo el sol de Barrio Parque como una instalación artística financiada por el absurdo.

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