Gandalf contra Séneca

Cuando volví de trabajar descubrí que Gandalf decidió leer a Séneca.
No fue una lectura convencional. No pasó las páginas. Las trituró.
El libro era "El arte de mantener la calma". Supongo que cualquier otro título habría sido una simple travesura. Pero el destino —que tiene un sentido del humor extraordinario— eligió precisamente ese.
Confieso que por un instante pensé en enojarme. Después miré a Gandalf. Tenía esa expresión imposible de los cachorros: una mezcla de inocencia y absoluta falta de arrepentimiento. Como si dijera: "No entiendo por qué estás molesto. Solo hice lo que hacen los perros". Llegue a la conclusión que el libro seguía enseñando.
Es fácil hablar de serenidad cuando todo permanece intacto. Lo difícil es practicarla cuando un cachorro convierte un ensayo de filosofía en confeti.
Gandalf no destruyó un libro. Me tomó examen.
Séneca escribió que no son las cosas las que nos alteran, sino el juicio que hacemos sobre ellas. El perro, sin haber leído una sola línea, me obligó a leer la única que realmente importa: la que se escribe en el instante en que uno decide entre la ira y la sonrisa.
Al final recogí los pedazos de papel mientras Gandalf me observaba con esos ojos enormes, convencido de que había hecho un gran descubrimiento arqueológico.
Quizás tenía razón. Algunos libros se leen con los ojos. Y otros, como este, terminan enseñándose a mordiscos y dejando huellas en la carne.
