El saco de ladrillos

"- La culpa, es como un saco de ladrillos, lo único que tienes que hacer es dejarlo en el piso ¿Y para quién cargas todo ese montón de ladrillos? ¿Dios? ¿Es eso?
Déjame darte información de primera mano sobre Dios. A dios le gusta observar, es un bromista, piénsalo. Le da al hombre instintos, les da ese extraordinario don ¿Y después que es lo que hace? Lo juro, para su propia diversión, para su propio teatro cósmico privado, Él coloca las reglas en oposición ¡La mayor estupidez que ha existido! Mira, pero no toques; toca, pero no pruebes; prueba, pero no tragues.
Y mientras saltas de pie en pie ¿Él que hace? ¡Está riéndose, el muy enfermo! ¿Alabar eso? ¡NUNCA!
- Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo ¿Eh?
- ¿Por qué no? He estado aquí abajo desde el principio. He proporcionado al hombre todas las sensaciones que ha buscado. Le he suministrado lo que ha querido, y nunca lo he juzgado ¿Por qué? Porque nunca lo rechacé a pesar de todas sus imperfecciones ¡Soy un fan del hombre! Soy un humanista, quizá el último humanista ¿Quién en sus cabales Kevin, podría negar que el siglo XX ha sido completamente mío? Todo él, Kevin ¡MÍO!
Estoy llegando a la cima, es mi momento. Es nuestro momento."
(El Abogado del Diablo)

Tengo sobre la mesa un libro viejo de John Milton.
El paraíso perdido.
La tapa tiene ese color de libro que ha sobrevivido a varias mudanzas, a varias manos y seguramente a más de una biblioteca que ya no existe. Editorial Altaya. Clásicos de la Literatura Universal.
Lo miro y pienso que quizás el Diablo empezó mucho antes que Al Pacino. Mucho antes de Hollywood. Mucho antes de El abogado del diablo. Mucho antes de que Kevin Lomax escuchara aquello de que la culpa es como un saco de ladrillos.
El Diablo ya estaba ahí. Sentado sobre las ruinas del Paraíso. Y tenía un problema. Había perdido. Pero había decidido que perder no significaba necesariamente obedecer.
Milton escribió El paraíso perdido en el siglo XVII y puso en el centro de su poema a una criatura caída que, después de rebelarse contra Dios, contempla su derrota y transforma la derrota en orgullo. Hay algo profundamente humano en eso. Quizás demasiado humano. Porque todos conocemos alguna versión de ese personaje.
El que pierde y dice: —No importa. Yo elijo mi propia caída.
El que prefiere el infierno antes que arrodillarse. El que convierte la derrota en identidad.
El que dice: "Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo."
Y ahí, siglos después, aparece Al Pacino con su sonrisa de serpiente y uno comprende que Hollywood no inventó demasiado. Solamente cambió el decorado. Milton tenía un Paraíso perdido. Hollywood tenía Manhattan. Milton tenía ángeles caídos. Hollywood tenía abogados.
Milton tenía a Satanás. Hollywood tenía a John Milton. Y nosotros seguimos teniendo culpa. Ese es el asunto. La culpa.
Ese extraño mecanismo mediante el cual conseguimos convertir nuestra propia vida en una penitenciaría sin necesidad de barrotes.
Nos enseñaron a desear y después nos enseñaron a avergonzarnos del deseo. Nos enseñaron el cuerpo y después nos dijeron que había partes del cuerpo que no debíamos mirar. Nos enseñaron el placer y después inventaron el pecado.
Nos dijeron: mirá, pero no toques. Tocá, pero no pruebes. Probá, pero no tragues.
Y después nos entregaron un saco. Lleno de ladrillos. Uno por cada deseo. Uno por cada culpa. Uno por cada cosa que hicimos cuando nadie estaba mirando. Uno por cada cosa que quisimos hacer y no nos atrevimos. Uno por cada orgasmo que alguien consiguió convertir en pecado.
Uno por cada vez que dijimos: "Esto no debería gustarme."
Y entonces pienso en Satanás. No en el Satanás religioso. Pienso en el personaje de Milton. El tipo que ha perdido el Paraíso pero todavía conserva algo: su voluntad.
Tal vez por eso sigue resultando tan incómodo. Porque el Diablo de Milton no necesita ser bueno para resultar fascinante.
Es orgulloso. Es contradictorio. Es seductor. Es capaz de transformar la derrota en discurso.
Y quizás eso sea lo verdaderamente diabólico: convencernos de que nuestra libertad consiste en no tener que rendirle cuentas a nadie.
Después aparece Al Pacino y termina de cerrar el círculo: —Soy un fan del hombre. Soy un humanista.
El Diablo convertido en humanista. Qué hermoso disparate. Qué perfecta contradicción.
Porque quizá el Diablo no necesita que pequemos. Quizás le alcanza con que creamos que somos libres mientras seguimos cargando los ladrillos que otros pusieron en nuestra espalda. Y entonces vuelvo a mirar el libro de Milton sobre la mesa. El paraíso perdido. Qué título extraordinario. Porque quizás todos perdimos algún Paraíso. La infancia. El amor. La juventud. Una casa. Una persona. Una ilusión.Un cuerpo que ya no tenemos. Una versión de nosotros mismos que alguna vez creyó que la vida iba a ser otra cosa. Y después del Paraíso viene la culpa.
Siempre hay alguien dispuesto a explicarnos por qué caímos. Dios. El Diablo. La familia. La sociedad. La moral. El capitalismo. La religión. El algoritmo. El vecino. Nosotros mismos.
Pero quizás Milton entendió algo que todavía seguimos discutiendo: caer también puede ser una forma de elegir. No digo que toda caída sea libertad. Ni que toda transgresión sea emancipación. Digo otra cosa.
Que quizás ha llegado el momento de mirar el saco de ladrillos y preguntarnos: ¿quién me convenció de que tenía que cargarlo?
Porque tal vez el infierno no sea arder eternamente. Tal vez el infierno sea levantarse todos los días, ponerse el saco sobre los hombros y caminar sin preguntarse nunca quién metió adentro todos esos ladrillos. Miro nuevamente la tapa. John Milton. El paraíso perdido. Y pienso que quizás el Paraíso no se perdió cuando Satanás cayó.
Quizás se perdió cuando dejamos de preguntarnos por qué obedecíamos.
