El pequeño cementerio de mis obsesiones

Hay quienes coleccionan estampillas, monedas antiguas o recuerdos de viajes. Yo prefiero estas pequeñas criaturas que parecen haber escapado de una novela gótica, de una película de terror de los años ochenta o de algún rincón olvidado de la imaginación.
Calaveras de todos los estilos, cráneos con armaduras, miradas vacías, sonrisas eternas y tazas que parecen recordarnos que hasta el café puede tener algo de ceremonia funeraria.
Cada una tiene su propia personalidad, su pequeño gesto de ironía frente a la solemnidad de la vida. Algunas parecen guerreros nórdicos; otras, viejos rockeros que sobrevivieron a demasiadas noches; las hay que guardan secretos detrás de sus cuencas vacías.
Están ahí, custodiando la ventana, entre el hierro, las plantas y la luz del patio. Afuera, la naturaleza insiste en crecer. Adentro, estas pequeñas representaciones de la muerte parecen tomarse todo con bastante humor.
Quizá por eso me gustan tanto: porque no pretenden ocultar lo inevitable. Lo convierten en objeto, en juego, en estética, en una forma de compañía.
Al fin y al cabo, la muerte es una certeza; el sentido del humor, una forma de resistencia.
Y mientras haya libros, música, objetos extraños y pequeñas obsesiones que nos alegren la mirada, que las calaveras sigan haciendo guardia.
En esta casa, hasta la muerte tiene lugar en la colección. 💀