El orgullo de habitar otros universos

25.10.2026

Una forma de estar en el mundo consiste en no conformarse con el mundo que nos tocó. No necesariamente por inconformismo político, ni por una voluntad de fuga, sino porque siempre parece haber algo más interesante ocurriendo en otra parte: en una galaxia muy, muy lejana, en una mazmorra custodiada por un dragón, en una habitación donde alguien está escribiendo un código que puede cambiarlo todo, en las páginas de un libro que nos lleva a lugares donde nunca estuvimos.

A eso, entre tantas otras cosas, podríamos llamarlo ser geek.

Pero ser geek no es solamente saber quién es el padre de Luke Skywalker, recordar el orden cronológico de las películas de Marvel, reconocer una melodía de los videojuegos de los ochenta o discutir durante horas sobre cuál es la mejor adaptación de Tolkien. Esas cosas también forman parte del asunto, claro. Y hay una felicidad extraordinaria en saberlas. Pero reducir el sentimiento geek a una acumulación de datos sería como pensar que un melómano escucha música únicamente para reconocer acordes.

Hay algo más profundo. Ser geek es desarrollar una relación afectiva con aquello que nos apasiona. Es encontrar en un objeto, en una historia o en un personaje una pequeña parte de nuestra propia biografía. Es mirar una película y recordar quiénes éramos cuando la vimos por primera vez. Es volver a abrir un libro y descubrir que, aunque sus páginas siguen siendo las mismas, nosotros ya no somos aquellos que las leyeron. Porque los objetos también tienen memoria.

Una figura de acción sobre un escritorio puede parecerle a cualquiera un simple muñeco. Para quien la conserva, acaso sea una cápsula del tiempo. Un viejo videojuego puede contener más recuerdos que muchas fotografías. Una colección de libros, discos, historietas o películas puede ser una cartografía de nuestras obsesiones, pero también de nuestras pérdidas, nuestros descubrimientos y nuestras pequeñas victorias.

El geek no colecciona solamente cosas. Colecciona versiones de sí mismo.

Durante mucho tiempo, esas pasiones fueron motivo de cierta vergüenza. El muchacho que prefería los cómics a las conversaciones de sus compañeros, el adolescente que sabía demasiado sobre una banda de rock, el que pasaba las tardes frente a una computadora o el que encontraba en la ciencia ficción una manera de pensar el futuro eran figuras que la cultura dominante observaba con una mezcla de condescendencia y sospecha.

Había que crecer. Había que abandonar esas cosas. Había que convertirse en alguien serio. Como si la seriedad fuera una forma de amputación.

Después ocurrió algo curioso: el mundo comenzó a parecerse cada vez más a aquellos universos que alguna vez fueron considerados extravagantes. Los superhéroes conquistaron las pantallas, los videojuegos se transformaron en una de las industrias culturales más poderosas, la ciencia ficción dejó de ser una literatura marginal y las convenciones geek se llenaron de personas que ya no tenían ninguna intención de esconder sus gustos.

Lo que antes era una rareza se convirtió en una cultura. Pero hay una diferencia entre que una cultura se vuelva popular y que uno deje de sentirse un extraño. El mercado puede apropiarse de nuestras pasiones, convertirlas en productos, vendernos camisetas con nuestros personajes favoritos y organizar festivales multitudinarios. Sin embargo, no puede fabricar del todo esa emoción íntima que aparece cuando reconocemos algo que nos pertenece. Porque el sentimiento geek no depende de una moda. Depende de una forma de mirar.

Hay quienes encuentran su universo en la tecnología. Otros, en la literatura fantástica, el cine, la astronomía, los juegos de rol, el manga, la música o las interminables discusiones sobre el funcionamiento de una máquina. Algunos necesitan conocer cada detalle de aquello que aman; otros prefieren perderse en sus historias sin preguntarse demasiado por sus mecanismos.

No existe una única manera de ser geek. Existe, más bien, una curiosidad que se niega a agotarse. Y quizás esa sea una de sus características más hermosas: la capacidad de seguir maravillándose.

En un mundo que parece exigirnos opiniones inmediatas sobre todo, el geek todavía puede detenerse a investigar. Puede pasar una noche entera leyendo sobre un personaje secundario, buscando una edición agotada, desmontando una teoría o tratando de comprender cómo funciona un artefacto imaginario. Puede entusiasmarse con una pieza de plástico, con una secuencia de código, con una ilustración o con una historia que otros consideran infantil.

No porque ignore la realidad, sino porque sabe que la imaginación también es una manera de comprenderla.

Yo creo que es profundamente humano esa necesidad de construir mundos. Desde las mitologías antiguas hasta las sagas contemporáneas, desde las pinturas rupestres hasta los videojuegos, hemos inventado universos para explicarnos el nuestro. Los geeks, de alguna manera, continúan esa tradición. Son los habitantes contemporáneos de una vieja necesidad: la de encontrar sentido en las historias. Y hay, también, una forma de fraternidad en todo esto.

Basta escuchar a dos desconocidos descubrir que comparten una obsesión. De pronto, la conversación se transforma. Aparecen nombres, referencias, anécdotas, teorías. Se abre una puerta. Ya no importa demasiado de dónde vienen ni qué hacen cuando no están hablando de aquello que los apasiona. Durante unos minutos, pertenecen al mismo universo. Es una contraseña emocional.

Quizás por eso ser geek tenga algo de resistencia. No una resistencia heroica, ni una épica de grandes gestos. Una resistencia pequeña, cotidiana, casi doméstica. La de conservar aquello que nos produce felicidad cuando el mundo insiste en decirnos que hay cosas más importantes. La de defender el derecho a emocionarnos con lo que amamos. La de no permitir que la adultez convierta todas nuestras pasiones en asuntos vergonzantes. Porque crecer no debería significar renunciar al asombro. A esta altura de la vida, uno aprende que las cosas verdaderamente importantes no siempre son las que parecen importantes. Que una canción puede salvar una noche. Que un libro puede acompañarnos durante años. Que una película puede convertirse en una conversación pendiente con alguien que ya no está. Que un objeto aparentemente insignificante puede ser el último vestigio de una época en la que todavía creíamos que todo era posible. Y que, a veces, una nave espacial de juguete puede contener más poesía que muchas declaraciones solemnes.

Ser geek es, en definitiva, conservar una habitación secreta dentro de uno mismo. Una habitación donde todavía hay lugar para los héroes, los monstruos, las máquinas imposibles, las historias interminables y las preguntas que nadie termina de responder.

No se trata de vivir fuera del mundo. Se trata de encontrar en él un lugar desde donde seguir imaginando. Y si alguna vez nos preguntan por qué seguimos emocionándonos con esas cosas, por qué todavía nos entusiasma una nueva película, por qué guardamos aquel viejo objeto o por qué podemos hablar durante horas de un universo ficticio, quizás la respuesta sea mucho más sencilla de lo que parece: Porque hay pasiones que no nos distraen de la vida. Nos enseñan a vivirla. Y porque, aunque el mundo insista en que ya deberíamos haber crecido, todavía hay una parte de nosotros que mira hacia las estrellas y espera que, en alguna de ellas, exista otra historia por descubrir.

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