El limbo de Bolaño (o la sospecha de no ser real)

Lo primero que pensé fue: si esto es verdad, estamos todos en problemas.
La anécdota aparece como aparecen las cosas importantes: en una charla cualquiera, sin solemnidad, casi como un chiste que se cuenta para llenar un silencio. Pero no. Ahí adentro hay dinamita.
Roberto Bolaño casi se muere. No es metáfora, no es pose literaria. Se le fue la vida hasta el borde y volvió. O eso creemos. Porque según él, no volvió del todo. Según él, en ese momento se murió y lo que vino después —los años extra, los libros, las conversaciones, los amigos— no eran más que un residuo, un eco, una especie de limbo narrativo donde todo seguía funcionando como si nada.
Como si nada. Imagínate sostener eso en una mesa con escritores. Vino, humo, egos girando como moscas alrededor de una lámpara. Y Bolaño, tranquilo, diciendo que todo eso —la mesa, la charla, las risas— era producto de su imaginación. Que ellos, sus amigos, eran personajes.
Ahí aparece Rodrigo Fresán, que no es ningún improvisado, y le tira la frase que cualquier persona con un mínimo de dignidad lanzaría: "Me estás insultando. ¿Me estás diciendo que soy un producto de tu imaginación?"
Porque hay algo profundamente ofensivo en ser reducido a ficción ajena. A decorado. A utilería de la mente de otro.
Y entonces Bolaño remata, como quien clava el último clavo en un ataúd que todavía respira: "Peor es ser un personaje de Isabel Allende."
Silencio. O risa. O las dos cosas mezcladas como alcohol barato.
Yo no sé si Bolaño tenía razón. No sé si realmente murió y lo que vino después fue una prolongación fantasma, un simulacro bien escrito. Pero te juro que hay días —acá, en este lado del mundo, en este rincón de Traslasierra donde el viento te habla como si supiera demasiado— en los que esa idea se vuelve peligrosa.
Porque entonces todo empieza a correrse apenas.
Las personas dicen frases demasiado justas.
Las coincidencias se apilan como capítulos mal disimulados.
Y uno empieza a sospechar. ¿Y si no somos más que eso? ¿Y si alguien —alguno de nosotros— está escribiendo esto ahora mismo?
Lo más inquietante no es ser un personaje. Lo verdaderamente incómodo es no saber de quién.