El lado B del amor

02.11.2026

Salgo a la calle con un pensamiento ardiéndome en el pecho como si fuera una proclama mal doblada en el bolsillo interno de la campera: "Las personas deberían venir con 30 segundos de trailer para ver en que se va a meter uno".

Llueve. Llueve una llovizna berreta, de esas que no limpian nada pero terminan empapándote igual. Camino sin rumbo y pienso que el amor, tal como nos enseñaron a vivirlo, se parece bastante a esa lluvia: cae despacio, parece inofensiva y, cuando querés acordarte, ya te atravesó hasta los huesos.

Las vidrieras están llenas de promesas. Perfumes que prometen seducir, alianzas que prometen eternidad, departamentos para "empezar una nueva vida", colchones donde supuestamente duerme la felicidad. Todo parece decir lo mismo: el amor se compra, se financia, se demuestra con cosas. Como si el afecto fuera una inversión y la pareja, un patrimonio.

Pienso cuánta gente estará hoy más preocupada por pagar la cuota de una vida que ya no desea que por preguntarse si todavía ama.

El capitalismo no solo vende objetos. También vende formas de vincularnos. Nos enseñó que amar es proveer, aguantar, rendir examen todos los días. Que toda relación necesita balances: cuánto di, cuánto recibí, cuánto me debe el otro. Una masculinidad contable que convierte los sentimientos en una planilla de Excel y la ternura en una inversión de riesgo.

Sigo caminando con esa bronca seca que no necesita gritar para hacerse sentir. Esa que endurece la mandíbula y acelera el paso.

Porque junto con ese amor convertido en mercancía vino otro aprendizaje, todavía más viejo: el patriarcado.

A los hombres nos enseñaron a amar como se enseña a pelear. Resistí. Bancá. No aflojés. Si duele, es porque vale. Si controla, es porque cuida. Si cela, es porque ama.

Mentira.

El control nunca fue cuidado. Solo fue miedo buscando otro nombre.

Recuerdo a alguien —siempre hay alguien— que empezaba diciendo "avisame cuando llegues". Después vino el "¿por qué tardaste?". Más tarde, "esa amistad no me gusta", "esa ropa no va con vos", "yo solo quiero lo mejor para vos".

Así funciona el poder.

Nunca entra pateando la puerta. Se sienta despacio, te sirve un café y te habla bajito. Cuando querés darte cuenta, ya reorganizó tu vida.

Eso tampoco era amor.

Era administración de un cuerpo ajeno.

Entonces también me acuerdo de mí. Más joven. Más duro. Convencido de que ser hombre era no dudar nunca, no mostrar miedo, no pedir ayuda. Creía que amar era aguantar en silencio o decidir por los dos. Nadie me enseñó que escuchar también es una forma de valentía. Que aflojar no siempre es rendirse. A veces es dejar de romper lo que uno dice querer.

Entro a un bar cualquiera. Huele a café recalentado y a medialunas que ya conocieron tiempos mejores. En una mesa, una pareja comparte el silencio mirando cada uno su celular. Están juntos, pero pareciera que cada pantalla sostiene una conversación más importante que la que podrían tener entre ellos.

Pienso que el mercado necesita exhibiciones permanentes del amor. Fotos, estados, regalos, aniversarios convertidos en contenido. Todo debe poder mostrarse, medirse, compartirse.

El amor verdadero, en cambio, casi nunca hace ruido. No necesita espectadores. Necesita responsabilidad.

Porque amar no consiste en convertirse en el jefe emocional de nadie. No es salvar. No es corregir. No es dirigir una vida ajena como si uno supiera mejor.

Amar es aceptar que la otra persona tiene un mundo propio al que nunca vamos a acceder del todo.

Y respetarlo. Eso es mucho más difícil que controlar.

El amor que vale no necesita una roca. Necesita un compañero. Alguien capaz de celebrar que el otro cambie, incluso cuando ese cambio obligue a revisar la relación. Alguien que no confunda presencia con posesión ni cuidado con vigilancia.

Es un trabajo incómodo. Escuchar antes de responder. Preguntar antes de asumir.

Acompañar sin invadir. Cuidar sin encadenar.

Hacerse cargo de la propia mierda antes de descargarla sobre el cuerpo de quien tenemos al lado.

Ese es el lado B del amor. El que no aparece en las publicidades de chocolates. El que no puede venderse porque no produce consumidores más obedientes.

Es un amor profundamente político porque rompe con la lógica de la propiedad. No necesita que el otro sea pequeño para sentirse grande. No exige obediencia para sentirse seguro. No administra cuerpos ni emociones como si fueran bienes privados.

Hay gente que para no quedarse sola se busca un carcelero. El amor revolucionario no promete tranquilidad eterna. Promete libertad. La libertad de que la otra persona pueda crecer sin pedir permiso. Cambiar de opinión. Discutir. Tener proyectos propios. Irse, incluso, si quedarse significa dejar de ser quien es. Porque elegir todos los días vale infinitamente más que permanecer por miedo. Es posible que esas personas no se hayan cuestionado que si su pareja ha comenzado a interesarse por nuevas aficiones, como coleccionismo, ver películas, practicar deportes o cultivar amistades en diversos grupos, es porque que han perdido el interés por ellas. Pienso que en el amor no se trata de eliminar a la persona que compite, ¿verdad? Sino de destacar y ser elegidos cada día entre tantas personas atractivas en todo el sentido de lo que eso significa.

Pago el café y vuelvo a salir. La lluvia sigue cayendo. Pero ya no me pesa igual.

Tal vez porque entendí algo mientras caminaba. Yo no quiero un amor que me compre ni que me vigile. No quiero un amor que necesite convertirme en dueño para hacerme sentir importante. Quiero uno que camine al lado. Que discuta cuando haga falta. Que sostenga sin encadenar. Que celebre la libertad del otro aunque esa libertad incomode.

Porque el amor no vino a convertirnos en propietarios. Vino a recordarnos que nadie pertenece a nadie. Y en un mundo obsesionado con poseerlo todo, amar de esa manera ya es una forma de revolución.

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