El día que murió el Indio

05.06.2026

Hoy murió el Indio Solari.

Y aunque la muerte es una noticia individual, hay personas cuya partida se parece más al cierre de una época que al final de una vida.

Esto me recordó inmediatamente a aquella noche de octubre de 1987 cuando fui con mi amigo Pililo a ver a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en Córdoba.

Los Redondos todavía no eran un fenómeno de masas. No existían las peregrinaciones multitudinarias, ni los documentales, ni las remeras oficiales, ni los especialistas en explicar lo que supuestamente significaba cada verso del Indio. Eran apenas una banda extraña, con una fama que circulaba de boca en boca como circulan las cosas importantes.

El recital fue en la ex Asociación Española. Un lugar demasiado grande para la cantidad de gente que había. Apenas unos cientos.

La banda llegó con canciones nuevas que más tarde formarían parte de "Un bahión para el ojo idiota". Sonaron temas de "Gulp", de "Oktubre" y de ese futuro que todavía no tenía nombre. Hubo acoples, problemas de sonido y errores. Pero también había algo que después desapareció para siempre: la sensación de estar viendo algo que todavía no sabía en qué iba a convertirse.

La noche anterior el Indio y Skay habían terminado zapando con los cordobeses de Astroboy en algún bar perdido de la ciudad. Como suele ocurrir con las historias verdaderas, nadie parecía darle demasiada importancia. Todavía no eran monumentos. Todavía eran personas.

Hoy la gente que asegura haber estado en aquel recital llenaría el Chateau Carreras.

Y no creo que todos mientan. Simplemente sucede algo extraño con la memoria.

Primero alguien escucha una anécdota. Después la cuenta como propia. Más tarde incorpora un detalle. Luego otro. Hasta que un día el recuerdo ajeno termina ocupando una habitación entera dentro de su cabeza.

La nostalgia se convirtió en una industria. Se venden recuerdos como quien vende merchandising. Ediciones limitadas del pasado. Versiones remasterizadas de cosas que jamás ocurrieron.

Y mientras camino hacia mi trabajo —ese lugar donde tantas veces sentí que me robaban los sueños más que el tiempo— miro las vidrieras. Veo chicos usando remeras de bandas que nunca escucharon. Veo personas enamoradas de personajes descubiertos hace dos semanas en una red social. Veo identidades compradas en cuotas.

Entonces pienso en el Indio. Pienso en aquella noche con Pililo. Pienso en esos trescientos locos desperdigados en un salón enorme. Y entiendo que lo que extraño no es solamente al músico. Extraño una época en la que las cosas todavía no venían explicadas. Cuando uno se acercaba a una banda, a un libro o a una idea porque algo lo empujaba desde adentro y no porque un algoritmo lo había puesto de moda.

Por eso hoy no murió solamente un cantante.

Murió una parte de esa Argentina subterránea donde los mitos todavía eran secretos.

Y mientras escribo esto, levanto la vista y veo colgado en la pared de mi cuarto aquel cuadro de "Oktubre" con su disco dorado. El vidrio devuelve mi reflejo mezclado con la tapa del álbum. Durante unos segundos no sé quién está mirando a quién.

Quizás sea eso lo que hacen los artistas cuando atraviesan una vida entera.

Terminan formando parte de nuestra propia cara. Y cuando se van, sentimos que el espejo pierde algo.

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