El amor también cotiza en el mercado. Sobre Volkgeist, amor y capitalismo, de Guido Arditi

Para mi este libro es de los que llegan para confirmar lo que intuíamos y es de los que nos obligan a mirar la realidad desde un ángulo inesperado. "Volkgeist, amor y capitalismo", de Guido Arditi, es todo eso y más. Y no es poco, en estos tiempos en que parece que todo el mundo tiene una opinión sobre todo, pero cada vez nos detenemos menos a pensar de dónde vienen nuestras certezas.
En poco más de cien páginas, Arditi se mete con una cuestión que nos atraviesa y que, sin embargo, pocas veces nos detenemos a mirar desde este lugar: la relación entre el amor romántico y el capitalismo. Lo hace sin esconderse detrás de una montaña de conceptos ni convertir la filosofía en un territorio reservado para iniciados o intelectuales. Hay pensamiento, hay lecturas, hay una estructura teórica sólida, pero también hay claridad. Y eso se agradece.
La idea que recorre el libro puede parecer sencilla, hasta que uno empieza a llevarla a su propia vida: el amor no sucede en el vacío. Amamos dentro de una época, bajo determinadas condiciones sociales, culturales y económicas. Incluso aquello que sentimos como lo más íntimo, lo más nuestro, eso que suponemos nace de una zona secreta e inexplicable del corazón, está atravesado por el mundo en el que vivimos.
Nos gusta pensar que elegimos libremente a quién amar, que nuestros deseos nos pertenecen por completo y que el amor es una especie de territorio salvaje donde las reglas del mercado no tienen demasiado que hacer. Pero ¿es realmente así?
Arditi pone esa certeza bajo sospecha. Y lo interesante es que no necesita negar los sentimientos ni reducir el amor a una operación económica para mostrarnos hasta qué punto las condiciones materiales de la existencia intervienen en nuestra manera de vincularnos.
El hombre es el medio. Immanuel Kant: sostuvo que el ser humano debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo, nunca simplemente como un medio para alcanzar otros fines.
Karl Marx: analizó cómo, bajo el capitalismo, el ser humano puede quedar reducido a un instrumento de producción.
Friedrich Nietzsche: en Así habló Zaratustra, presenta al ser humano como un puente o tránsito hacia el superhombre, no como una meta definitiva.
Martin Heidegger: sostiene que El hombre existe como hombre en cuanto habita un lugar.
El capitalismo nos educa en la autonomía, la individualidad y la libertad de elección. Nos presenta como sujetos independientes, capaces de decidir qué queremos, qué necesitamos y con quién deseamos compartir la vida. En cierto modo, el amor romántico parece reproducir esa misma lógica: dos individuos libres que se encuentran, se eligen y establecen un vínculo por voluntad propia.
El problema empieza cuando esa libertad, tan celebrada en los discursos, choca con las condiciones concretas de nuestra existencia.
Aquí aparece Marx, y con él la vieja cuestión de la alienación. Trabajamos, producimos, consumimos, cumplimos horarios, administramos el tiempo y tratamos de mantenernos a flote en una maquinaria que rara vez se detiene a preguntarnos cómo estamos. Muchas veces terminamos el día con la sensación de haber hecho un montón de cosas sin haber vivido demasiado. Y entonces volvemos a casa, al teléfono, a la pareja, a los servicios de streaming, como Netflix o HBO, convertidos en analgésicos cotidianos para aliviar el dolor de existir, anestesiar el pensamiento y hacer más llevadera la rutina de una vida que, a veces, preferimos no mirar demasiado de cerca. Si volvemos a ese espacio privado donde esperamos encontrar algo parecido a la felicidad.
Como si el amor tuviera que reparar todo aquello que el resto de nuestra vida deteriora por nuestro propio inconformismo. Quizás una de las intuiciones más interesantes del libro esté ahí: en la enorme responsabilidad que depositamos sobre los vínculos afectivos, de pareja, de amistades. Esperamos que la pareja nos comprenda, nos complete, nos salve, nos rescate de la soledad y nos devuelva un sentido que no conseguimos encontrar en otros lugares. Le pedimos al amor que haga el trabajo que la sociedad no hace, el trabajo que nosotros mismos no hacemos. Que nos devuelva el tiempo perdido, que nos reconcilie con nosotros mismos, que convierta una existencia fragmentada en algo parecido a una totalidad.
Y después nos preguntamos por qué tantas relaciones terminan convertidas en un campo de batalla y pasamos de ese es especie de estado de enamoramiento o embobamiento existencial a un estado d eodio, bronca, angustia y desilusión.
Hay otro aspecto que me interesa especialmente: la mercantilización de los afectos. Porque el mercado no vende solamente objetos, también aprendió a vender experiencias, expectativas, identidades y, por supuesto, la promesa de no estar solos.
Basta con mirar una aplicación de citas esas ap que te prometen encontrar la persona que este a tu altura. Rostros que desfilan por una pantalla, perfiles resumidos en unas cuantas fotografías, gustos, preferencias, cosas en común, edades, distancias. Personas convertidas en opciones disponibles, como si el encuentro amoroso fuera una búsqueda entre productos que podemos comparar, descartar o reemplazar cuando aparece una alternativa aparentemente mejor.
Deslizamos un dedo y alguien entra en nuestro campo de posibilidades. Deslizamos otra vez y desaparece, todo sucede con una facilidad desconcertante. El otro está ahí, al alcance de la mano, pero nunca sabemos si estamos frente a una persona o frente a la próxima opción de un catálogo interminable.
La lógica del consumo se cuela así en nuestros vínculos. Evaluamos, comparamos, calculamos. Buscamos compatibilidades, administramos expectativas y, a veces, hasta pretendemos medir lo que sentimos, como si el deseo pudiera organizarse en una planilla de Excel y la incertidumbre del amor se resolviera con una fórmula.
El problema no son las aplicaciones en sí mismas, ni las nuevas formas de encontrarse. El asunto es qué hacemos con ellas y hasta qué punto terminamos reproduciendo, también en nuestra intimidad, la lógica de un sistema que nos acostumbra a elegir, consumir y reemplazar.
Siempre parece haber algo mejor a la vuelta de la pantalla. Alguien más interesante, más atractivo, más compatible. Y mientras seguimos buscando, corremos el riesgo de no encontrarnos nunca con nadie de verdad.
Lo paradójico es que vivimos en una época con posibilidades de conexión que habrían resultado impensables para otras generaciones y, sin embargo, la soledad sigue ahí, instalada en medio de tanta disponibilidad. Dali lo diagnostico: dijo La enfermedad del siglo XXI será la soledad a pesar de que nunca fue tan sencillo establecer contacto con alguien. Quizás por eso mismo convendría preguntarnos qué entendemos por encontrarnos.
Arditi no se queda, sin embargo, en la denuncia. No escribe desde la nostalgia de un pasado supuestamente mejor ni parece interesado en condenar las transformaciones culturales porque sí. Su propuesta invita a pensar si todavía es posible construir relaciones que no reproduzcan automáticamente las reglas del mercado. Si podemos recuperar otras formas de encuentro, de cuidado y de reconocimiento, donde el otro deje de ser una oportunidad de consumo, una mercancía, un producto de supermercado que se elije desde una aplicación de citas, para volver a ser, sencillamente, otro ser humano.
En ese punto, el amor puede convertirse en una forma de resistencia. No porque esté mágicamente fuera del sistema, sino porque todavía existe la posibilidad de relacionarnos de un modo que no responda exclusivamente a la utilidad, la conveniencia o el beneficio personal.
Amar también podría consistir en dejar de calcular. En aceptar que el otro no viene a completar nuestro inventario de carencias ni a satisfacer cada una de nuestras expectativas. En entender que un vínculo no es una inversión que deba ofrecer resultados constantes, ni una mercancía que pierde valor cuando deja de producirnos determinadas sensaciones.
No es una cuestión menor. También las amistades, los afectos familiares y los vínculos que construimos a lo largo de la vida quedan expuestos a esta manera de medirlo todo. A veces parece que hasta el tiempo compartido tuviera que justificar su utilidad, como si estar con alguien porque sí, sin obtener nada a cambio, se hubiera convertido en una extravagancia.
La lectura de Arditi me hizo pensar en algo que solemos pasar por alto: no solamente compramos cosas, también aprendemos a desearlas. Y ese aprendizaje no termina cuando cerramos la billetera, se extiende a la imagen que construimos de nosotros mismos, a lo que esperamos de los demás y a la manera en que imaginamos una vida feliz.
El capitalismo no organiza únicamente la producción y el intercambio de bienes. También participa en la construcción de nuestros deseos, nuestras expectativas y nuestras formas de relacionarnos. Nos enseña a competir, a optimizar recursos, a administrar el tiempo y a buscar siempre una versión mejorada de aquello que tenemos. Después llevamos esa pedagogía a la intimidad, como si una persona pudiera evaluarse con los mismos criterios que utilizamos para elegir un teléfono o comprar un electrodoméstico.
Tal vez por eso nos cuesta tanto aceptar las imperfecciones de los demás. Tal vez también por eso nos cuesta tanto aceptar las propias.
Hay una escena de la película "Mi novia Polly", aquella comedia con Ben Stiller y Jennifer Aniston, que viene al caso. Reuben, el personaje de Stiller, trabaja evaluando riesgos y termina llevando esa lógica al terreno sentimental. Cuando debe decidir entre su exesposa y Polly, recurre a un programa informático para determinar cuál de las dos le conviene. Introduce datos, compara posibilidades y deja que una computadora haga lo que él no se atreve a resolver por sí mismo: elegir a quién amar.
La escena tiene algo de absurdo, pero también de inquietante. Reuben necesita convertir sus sentimientos en una operación calculable, como si el amor pudiera someterse a una evaluación de riesgos y la persona elegida fuera aquella que ofrece mejores garantías de éxito. En el fondo, busca una relación que no lo exponga demasiado a la posibilidad de sufrir.
¿No hacemos algo parecido cuando convertimos los encuentros en una sucesión de requisitos, descartes y comparaciones? Buscamos compatibilidad, estabilidad, satisfacción, garantías. Queremos la experiencia del amor, pero sin asumir demasiados riesgos. Como si pudiéramos elegir a una persona del mismo modo en que elegimos un producto, comparando prestaciones y calculando cuánto vamos a ganar o perder.
Quizás el problema no sea que intentemos elegir bien, sino que hayamos empezado a confundir el amor con la conveniencia. Y en esa confusión, el otro deja de ser alguien con quien construir una experiencia imprevisible para convertirse en una respuesta posible a nuestras necesidades.
El amor romántico ocupa un lugar enorme en nuestra imaginación porque seguimos esperando de él algo que muchas otras dimensiones de la vida dejaron de ofrecernos: pertenencia, reconocimiento, refugio, sentido. Cuando el trabajo nos agota, cuando los lazos comunitarios se debilitan y cuando la vida cotidiana se vuelve una sucesión de obligaciones, la pareja aparece como ese último territorio donde todavía esperamos sentirnos alguien para alguien. Pero ninguna relación puede soportar indefinidamente semejante carga. No hay persona capaz de reparar por sí sola todas las fracturas de una sociedad. Tampoco hay amor que pueda sustituir una vida que nos resulta ajena, ni vínculo que resuelva por completo la soledad de existir.
Y acaso ahí esté una de las preguntas más incómodas que deja este libro: ¿cuánto de lo que buscamos en el amor tiene que ver con el otro y cuánto con aquello que nos falta en el mundo?
No tengo una respuesta definitiva, y sospecho que el propio libro tampoco pretende ofrecérnosla. Su valor está, precisamente, en abrir el interrogante y obligarnos a revisar algunas ideas que damos por sentadas. ¿Elegimos realmente con libertad? ¿Hasta qué punto nuestros deseos son nuestros? ¿Cuánto hay de espontáneo en aquello que llamamos amor y cuánto responde a las formas de vida que hemos aprendido a considerar naturales?
Son preguntas que incomodan porque nos involucran. No podemos despacharlas como un asunto exclusivo de economistas, filósofos o sociólogos. Hablan de nosotros, de nuestras historias, de las veces que elegimos y de las que creemos haber elegido. Hablan de nuestras expectativas, de nuestros fracasos y de esa vieja costumbre humana de buscar en otra persona una respuesta para preguntas que ni siquiera sabemos formular.
Guido Arditi, que ha estudiado y trabajado en distintos países, entre ellos India, México y Uruguay, construye una mirada que cruza la filosofía, la sociología y la observación cultural. En "Volkgeist, amor y capitalismo" consigue que una discusión teórica dialogue con experiencias reconocibles, de esas que suceden todos los días y que pocas veces relacionamos con las estructuras económicas que organizan nuestra existencia.
El libro es breve, apenas unas 120 páginas, pero deja bastante más que una lectura rápida. Está escrito con claridad, sin necesidad de esconder las ideas detrás de una jerga innecesaria. Y tiene una virtud que valoro especialmente: no pretende pensar por nosotros, sino ofrecernos herramientas para mirar de otra manera aquello que creíamos conocer.
Terminé la lectura pensando que quizás el capitalismo haya conseguido algo más profundo que convertir casi todo en mercancía: hacernos creer que incluso nuestros deseos más íntimos nacen exclusivamente de nosotros mismos. Como si el mundo terminara en la puerta de casa, como si el sistema económico no tuviera nada que ver con nuestras tristezas, nuestras elecciones o nuestra manera de querer.
Pero el mundo entra con nosotros. Entra en nuestras conversaciones, en nuestros miedos, en las expectativas que depositamos sobre quienes amamos. Está presente incluso cuando creemos habernos apartado de él.
Por eso Volkgeist, amor y capitalismo no es solamente un ensayo sobre las relaciones amorosas. Es también una reflexión sobre la libertad, el trabajo, el consumo y la manera en que construimos nuestras vidas en una época que parece haber convertido la búsqueda de la felicidad en otra obligación de rendimiento.
Lo recomiendo porque no ofrece respuestas cómodas ni fórmulas para alcanzar una supuesta plenitud afectiva. Hace algo más interesante: nos invita a desconfiar, a replantearnos y a pensar un poco sobre las respuestas que ya teníamos. Y porque, después de leerlo, uno vuelve a mirar de otra manera esas pequeñas escenas cotidianas en las que creemos estar decidiendo por nuestra cuenta. Quizás el amor siga siendo uno de los pocos lugares donde todavía podemos ensayar otra forma de vivir, pero para eso habrá que empezar por preguntarnos cuánto de lo que hacemos por amor responde realmente a nuestro deseo y cuánto hemos aprendido a desear sin siquiera advertirlo.
No es poca cosa para un libro de poco más de cien páginas. A veces alcanza con eso: que un libro termine, pero que las preguntas sigan dando vueltas por la casa mucho después de haberlo cerrado.