El amor dura tres años, o el arte de aprender a aburrirse

11.09.2026

A cierta edad uno todavía cree que el amor consiste en encontrar a alguien que lo quiera. Romantizamos el enamoramiento y el embobamiento existencial que uno vive. Después, si tenemos suerte o mala suerte —a veces es exactamente lo mismo—, descubrimos que las cosas son bastante más complicadas.

Frédéric Beigbeder conoce bien esa zona.

En El amor dura tres años, su personaje Marc Marronnier atraviesa el amor como quien atraviesa una ciudad después de una noche de borrachera: con los ojos irritados, cierta dificultad para caminar derecho y la sospecha de que en algún momento tomó una pésima decisión. Hay algo profundamente sospechoso en un hombre que necesita demostrar que el amor dura tres años.

Uno podría pensar que está haciendo ciencia. Estadísticas, bioquímica, neurotransmisores, evolución, demografía. Todo parece indicar que detrás de esa afirmación hay una investigación rigurosa. Pero cuando uno conoce a Marc Marronnier, empieza a sospechar que tanta estadística no es más que una manera elegante de esconder una herida.

Marc acaba de separarse de Anne. Y desde esa separación intenta construir una teoría general del amor. No es un detalle menor: cuando nos rompen el corazón solemos hacer exactamente eso. Convertimos nuestra desgracia en filosofía. Si alguien nos abandona, llegamos rápidamente a la conclusión de que nadie sabe amar. Si una relación fracasa, inventamos una teoría sobre la imposibilidad de las relaciones. Y si además sabemos escribir, podemos publicar un libro con nuestras conclusiones.

Beigbeder lo hace con humor, cinismo y una considerable dosis de mala leche.

Marc Marronnier es un cronista mundano de la burguesía parisina, un hombre moderno, sofisticado, contradictorio y bastante insoportable. Bebe, seduce, engaña, se enamora, se aburre, se divorcia y vuelve a enamorarse. Todo mientras intenta convencernos de que lo que le ocurre a él es una ley de la naturaleza. Tres años. Ni dos ni cuatro. Tres. En uno de los pasajes más divertidos de la novela, Marc presenta su teoría casi como si estuviera exponiendo una investigación científica: ¡Tres años! Las estadísticas, la bioquímica, mi caso personal: la duración del amor siempre es idéntica.

Y entonces aparece esa extraordinaria explicación del ciclo sentimental: "Pasión-Ternura-Tedio", tres niveles de un año cada uno, una especie de Santísima Trinidad del desencanto.

El primer año se compran muebles.

El segundo año se cambian los muebles de sitio.

El tercer año se reparten los muebles.

Es difícil no reírse.

Y, sin embargo, debajo del chiste hay algo bastante triste. Porque conocemos esa historia. No necesariamente con muebles, pero sí con objetos, rutinas y pequeñas ceremonias que alguna vez fueron parte de una vida compartida y que después terminan convertidas en inventario de una separación.

Primero se construye una casa.

Después se habita.

Finalmente se decide quién se lleva la lámpara.

Y quizás ahí esté una de las mayores virtudes de Beigbeder: consigue convertir una tragedia sentimental en una comedia de costumbres sin quitarle completamente la tristeza. Porque Marc no solamente está hablando del amor. Está hablando del tiempo.

De lo que el tiempo hace con el deseo. Del modo en que una persona desconocida puede parecernos fascinante y, algunos años después, convertirse en alguien cuyos gestos conocemos demasiado bien.

Al principio queremos saberlo todo. Después ya sabemos todo. Y tal vez el amor necesite cierta cantidad de misterio para sobrevivir. Pero entonces aparece una segunda idea, mucho más interesante que la teoría de los tres años.

Beigbeder escribe: "El amor dura lo que tiene que durar, me da lo mismo. Pero si quieres que dure, creo que es necesario aprender a aburrirse."

Ahí la novela cambia. Porque de pronto el problema ya no es cuánto dura el amor. El problema es qué hacemos cuando deja de ser apasionante.

Estamos acostumbrados a pensar que el aburrimiento es la señal definitiva de que una relación murió. Vivimos en una época que convirtió la intensidad en una especie de certificado de autenticidad. Si todavía hay mariposas, funciona. Si ya no hay mariposas, hay que salir corriendo. Pero quizá las mariposas no puedan vivir para siempre.

Quizá nadie pueda pasar veinte años sintiendo la misma descarga eléctrica que sintió la primera noche. Y ahí aparece una frase de Beigbeder que, detrás de su ironía, tiene algo de propuesta: "hay que encontrar a la persona con la que tengamos ganas de aburrirnos."

No parece una frase particularmente romántica. No tiene flores. No tiene violines. No promete noches interminables ni sexo desesperado en hoteles de París. Propone algo bastante menos espectacular: Encontrar a alguien con quien podamos soportar un domingo. Un martes. Una enfermedad. Una cuenta que pagar. Una discusión absurda. Una tarde en la que no pasa absolutamente nada. La verdadera prueba del amor quizá no sea si podemos soportar la pasión, sino si podemos soportar la ausencia de ella.

Porque enamorarse es relativamente fácil. Lo difícil es seguir queriendo a alguien cuando ya conocemos sus defectos, cuando sabemos lo que va a decir, cuando la sorpresa desapareció y el misterio se convirtió en costumbre. Lo difícil es descubrir que el otro no existe para entretenernos. Y que nosotros tampoco existimos para entretener al otro. Marc, por supuesto, no parece especialmente capacitado para aceptar semejante conclusión. Su vida sentimental es una sucesión de huidas. Cuando consigue aquello que desea, deja de desearlo. Cuando encuentra estabilidad, busca intensidad. Cuando tiene intensidad, descubre que también tiene miedo. Cuando ama a alguien que lo ama, se aburre. Cuando ama a alguien que no lo ama, sufre. Y ese sufrimiento, paradójicamente, le devuelve algo que necesita: la sensación de estar vivo. 

En otro pasaje de la novela, llega todavía más lejos: "Amar a alguien que también te ama es narcisismo. Amar a alguien que no te ama, eso es amor."

Y ahí está quizá el corazón negro de todo el libro. Marc parece necesitar que el amor duela para creer que es verdadero. El amor correspondido puede volverse cotidiano. El amor imposible, en cambio, permanece intacto. No tiene que enfrentarse a los muebles. No tiene que discutir por quién limpia. No tiene que descubrir que la persona ideal también tiene mal humor cuando tiene sueño. El amor imposible no envejece porque nunca llega a vivir completamente. Permanece suspendido en la imaginación. Y por eso puede ser eterno.

Tal vez por eso Marc utiliza a las mujeres para castigarse, como reconoce brutalmente en otro momento de la novela. No busca solamente amar. Busca también enfrentarse a sí mismo. Y entonces su teoría de los tres años empieza a parecer menos una teoría sobre el amor que una teoría sobre su propia incapacidad para permanecer.

Tres años son suficientes para que desaparezca la ilusión. Tres años son suficientes para que la fantasía sea reemplazada por una persona real. Tres años son suficientes para descubrir que amar a alguien significa también aceptar su parte aburrida. Y ahí quizá esté la verdadera provocación de Beigbeder. No nos está diciendo necesariamente que el amor dure tres años. Nos está preguntando si somos capaces de soportar aquello que viene después. Porque tal vez el amor no muera cuando termina la pasión. Tal vez ahí empiece otra cosa. Algo menos brillante. Menos cinematográfico. Menos vendible.

Pero posiblemente más difícil y más verdadero. El amor después del amor como canta Fito Páez. El amor cuando ya no hay muebles nuevos que comprar. Cuando ya sabemos dónde están las cosas. Cuando ya no esperamos que el otro nos salve del aburrimiento.

Cuando descubrimos que compartir la vida también consiste en "aprender a aburrirse juntos". Y quizá, después de todo, la teoría de Beigbeder tenga razón.

Pero no por las estadísticas. No por la bioquímica. No por los neurotransmisores. Sino porque después de tres años ya no podemos seguir enamorados de una fantasía. Tenemos que decidir si queremos a la persona. Y esa decisión, a diferencia del enamoramiento, no la toma ninguna sustancia química. La tomamos nosotros.

Todos los días.

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