Edipo no vive en la familia

Hay algo extraño en Edipo. Uno podría pensar que después de tantos siglos ya deberíamos haberlo dejado descansar. Que Sófocles lo escribió, que los griegos lo escucharon, que Edipo mató a su padre, se acostó con su madre sin saberlo, descubrió la verdad y terminó arrancándose los ojos. Fin de la historia.
Pero no.
Edipo siguió caminando. Entró en los consultorios, en las universidades, en los libros de psicología, en los departamentos de filosofía, en las conversaciones sobre el deseo. Se metió incluso dentro de nosotros, hasta el punto de que durante buena parte del siglo XX parecía imposible hablar del inconsciente sin tropezarse con su nombre.
Entonces apareció Freud. Y Freud hizo algo extraordinario: tomó una tragedia griega y la convirtió en una teoría del sujeto.
Edipo ya no era solamente aquel hombre que, sin saberlo, había matado a su padre y se había casado con su madre. Ahora era también una estructura psíquica. Un drama alojado en las profundidades del sujeto. Una escena familiar que, de alguna manera, todos representaríamos.
Padre. Madre. Hijo. El triángulo perfecto. El deseo, la prohibición, la rivalidad, la culpa.
La familia convertida en escenario originario del inconsciente.
Freud encontró en Edipo una de las formas privilegiadas para contar aquello que no sabemos que sabemos.
Pero entonces llegaron Deleuze y Guattari. Y dijeron: cuidado. Tal vez el deseo no sea una falta. Tal vez el deseo no esté esperando ser interpretado como quien espera que alguien encuentre debajo de la cama el objeto perdido de la infancia.
Tal vez el deseo produzca.
Produzca vínculos, máquinas, imágenes, relaciones, discursos, mundos. Y entonces el famoso triángulo comenzó a resquebrajarse.
Padre. Madre. Hijo.
¿Por qué habría que reducir el deseo a esas tres figuras? ¿Por qué el mundo entero debería quedar afuera de la habitación familiar?
El Anti-Edipo, publicado en 1972, lanza una provocación formidable: Edipo puede ser menos una verdad del inconsciente que una manera de encerrar el deseo.
El deseo quiere salir. La familia lo devuelve. El deseo se dispersa. Edipo lo vuelve a reunir. El deseo conecta con la ciudad, con el trabajo, con el dinero, con la política, con los cuerpos, con las máquinas, con las mercancías, con las instituciones.
Edipo responde: —Volvamos a casa.
Y un año después, en 1973, Michel Foucault llega a Río de Janeiro para pronunciar cinco conferencias que luego serían publicadas como "La verdad y las formas jurídicas".
Y ahí ocurre algo todavía más inquietante. Foucault no pregunta únicamente qué desea Edipo.
Pregunta: ¿Qué régimen de verdad produce a Edipo?
Porque quizá el asunto nunca haya sido descubrir qué había dentro de la cabeza de aquel hombre. Quizá el asunto sea descubrir cómo una sociedad determina qué cuenta como verdad. Y ahí Edipo vuelve a cambiar de rostro.
Foucault mira la tragedia de Sófocles y encuentra en ella algo que desborda la interpretación psicológica: una escena vinculada con las formas griegas de producir verdad, con el testimonio, la investigación, la justicia, la acusación y el poder. Edipo no es solamente el hombre que quiere saber quién es. Es también el hombre que quiere saber la verdad. Y para encontrarla debe atravesar un dispositivo.
Pregunta. Interroga. Busca testigos. Reconstruye hechos. Convoca voces. Persigue una verdad que, al final, terminará volviéndose contra él.
Ahí está la tragedia. No solamente descubrir quién mató a Layo. Descubrir que la verdad tiene consecuencias. Que saber no es una actividad inocente. Que toda verdad puede producir un sujeto. Y que determinados procedimientos para establecer la verdad producen también determinadas formas de poder.
Por eso Foucault resulta tan incómodo. Porque desplaza la pregunta. Freud puede decir: —Miremos hacia adentro.
Foucault responde: —Miremos alrededor. Miremos las instituciones. Miremos los discursos. Miremos las prácticas. Miremos quién tiene derecho a hablar.
Quién puede interrogar. Quién puede diagnosticar. Quién puede juzgar. Quién puede decir qué es normal. Quién puede decir qué es locura. Quién puede decir qué es perversión. Quién puede decir qué es verdad.
Y entonces Edipo deja de ser únicamente una historia sobre una familia. Se convierte en una historia sobre el poder de producir sujetos.
Lo más turbulento, me parece, es que: Quizá durante siglos no hayamos estado buscando el significado de Edipo. Quizá hayamos estado aprendiendo a mirarnos a nosotros mismos a través de Edipo.
Ahí aparece una pregunta que atraviesa a Freud, Foucault y también a Deleuze y Guattari: ¿Quién cuenta nuestra historia?
Porque no es lo mismo decir: "Deseo esto porque existe un conflicto inconsciente en mi estructura familiar" que decir: "Deseo esto porque mi deseo circula por una red social, económica, histórica y política".
No es la misma concepción del sujeto. En el primer caso, el deseo vuelve a la familia.
En el segundo, la familia es apenas uno de los territorios por donde circula. Y eso modifica completamente el mapa.
Deleuze y Guattari llaman máquinas deseantes a esas conexiones. El deseo no sería entonces una habitación cerrada donde un niño mira alternativamente al padre y a la madre. Sería una red. Una conexión. Una fuga. Una producción permanente.
El deseo conecta una boca con un pecho, pero también una fábrica con una mercancía, una pantalla con un ojo, una canción con un recuerdo, un cuerpo con otro cuerpo, una multitud con una consigna.
El deseo no está solamente en la cama.
Está en la calle. En la oficina. En el supermercado. En el dinero. En la publicidad. En la escuela. En la política. En el lenguaje. En los algoritmos que deciden qué imagen veremos después.
El capitalismo comprendió esto mucho antes de que nosotros termináramos de comprenderlo. No necesita solamente trabajadores. Necesita deseos. Necesita que deseemos. Que compremos. Que imaginemos. Que aspiremos. Que odiemos. Que nos comparemos. Que produzcamos una versión de nosotros mismos y después compremos aquello que supuestamente nos falta para convertirnos en ella. El capitalismo no destruye necesariamente el deseo. Muchas veces hace algo más sofisticado: lo administra. Lo captura. Lo convierte en mercancía. Le pone precio.
Le construye una vitrina. Le ofrece una aplicación.
Y entonces la vieja tragedia griega vuelve a aparecer, pero transformada. Ya no tenemos solamente a Edipo frente a la Esfinge. Tenemos al sujeto contemporáneo frente a miles de dispositivos que le preguntan constantemente:
¿Quién sos? ¿Qué querés? ¿Qué te gusta? ¿Qué comprás? ¿A quién deseás? ¿Qué mirás? ¿Qué temés? ¿Qué deberías ser?
Y cada respuesta deja un registro. Cada deseo produce datos. Cada elección puede convertirse en mercancía. Cada identidad puede transformarse en un mercado.
Por eso resulta fascinante volver a Edipo.
Porque quizá Edipo nunca haya sido solamente Edipo. Quizá haya sido una máquina de interpretación.
Freud lo utilizó para pensar el inconsciente. Deleuze y Guattari lo atacaron para liberar al deseo de su encierro familiar. Foucault lo desplazó hacia las prácticas de verdad, el poder y la producción histórica del sujeto. Y nosotros seguimos ahí, intentando averiguar qué queda de nosotros cuando quitamos las etiquetas con las que otros nos explicaron.
Tal vez la pregunta ya no sea: ¿Qué deseo?
Tal vez sea: ¿Quién me enseñó a llamar deseo a esto que deseo?
Y ahí empieza el verdadero problema.
Porque puede ocurrir que aquello que creemos más íntimo —nuestros deseos, nuestros miedos, nuestras culpas, nuestra manera de amarnos, incluso nuestra manera de pensarnos— tenga una historia.
Una historia que no comenzó en nosotros. Y quizá la libertad no consista en descubrir finalmente nuestro verdadero Edipo.
Quizá consista en sospechar de la necesidad de tener uno. Edipo quiso conocer la verdad y terminó destruyéndose.
Nosotros, en cambio, vivimos rodeados de discursos que permanentemente nos dicen quiénes somos. Tal vez nuestra tragedia contemporánea no sea no conocer la verdad. Tal vez sea no poder dejar de creer en las verdades que otros fabricaron para nosotros.
Y en alguna parte, detrás de esa vieja máscara griega, Edipo todavía sonríe. Porque mientras nosotros buscamos dentro de la familia la explicación de nuestros deseos, quizá él ya sepa algo que nosotros todavía no: que el verdadero escenario nunca fue la casa.
Fue el mundo.