Cuando todo podíamos

El grito de una niña de siete años
rompe el silencio de la tarde.
Un padre corre a auxiliarla
después de un revolcón con su bicicleta.
Los miro
y soy la niña de siete años
y el padre corriendo.
Los miro
y recuerdo a mis hijas aprendiendo
a andar en bicicleta.
Los miro
y rememoro cuando aprendí a pedalear,
cuando con mi primo Pablo
llegamos en bicicleta hasta Baldecitos.
Las travesuras de chicos,
el olor de los limones,
la sensación de que todo podíamos.
Evoco todo eso y más
y pienso:
¿Se podrán hacer todas estas cosas?
¿Volverá alguna vez a ser como era antes?
Mi madre me decía
que ya nada sería como antes,
que pasaría mucho tiempo,
que el mundo cambia aunque uno no se dé cuenta.
Todos dicen que el mundo cambió,
que va a cambiar,
que será distinto.
Nadie tiene la certeza.
¿Acaso existen las certezas?
¿Acaso se hamacan en el rubor de la madrugada
y juegan a las cartas
con las ilusiones de la gente?
Y yo, sentado en el patio de la casa,
desculo la tarde
que sangra
en la punta de un algarrobo.